Capítulo 24
Chumana me lleva de vuelta al bosque y me cuelo por el panel abierto del invernadero.
La doctora Seymour también ha vuelto. No me pregunta dónde he estado.
A la hora del almuerzo, a Sophie y a mí nos vienen a buscar para escoltarnos hasta el comedor, donde Atlas y Marquis están cuchicheando ante el pavo de Navidad.
Seguimos sin saber nada de Serena ni de Gideon.
—¿Soph? —le digo. Sé que probablemente sea la última vez que me permita usar ese apodo—. ¿Puedo hablar contigo? ¿En privado?
Sophie parpadea.
—De acuerdo.
Atlas me sonríe, pero la mirada que le lanzo yo es fulminante. Él no desvía la mirada. Al contrario, cuando ve que salgo al pasillo con Sophie, asiente casi imperceptiblemente.
¿Quién se cree que es?
Echo una mirada al guardia que hay junto a la puerta, que no presta demasiada atención, y luego a Marquis.
—Se va esta noche —le digo sin voz, simplemente articulando las palabras con la boca, en referencia a Karim, que sigue oculto en la biblioteca. Luego sigo a Sophie y salimos del comedor.
—Reclutas, ¿adónde vais? —pregunta el guardia.
Es la primera vez que lo veo. De pronto caigo en que debe de ser uno de los que han enviado para reemplazar a los guardias muertos que he visto en el bosque.
—Necesito lavarme las manos para el almuerzo — responde Sophie, mostrándole las manos manchadas de tinta—. El vice primer ministro Ravensloe dice que es mejor ir de dos en dos.
—Tengo órdenes de que no salga nadie sin escolta.
—¿Quieres escoltarnos hasta el dormitorio, pues? —propongo yo.
El guardia vacila, se gira a mirar a Marquis y a Atlas y por fin decide que nosotras somos más valiosas. Nos sigue por las escaleras y se sitúa en el exterior del dormitorio, montando guardia. Yo cierro la puerta.
—¿Qué pasa, Viv?
Sophie echa una mirada triste a las camas vacías. Parece exhausta. Cuesta creer que todas nuestras compañeras de dormitorio están muertas o escondiéndose.
—¿Es sobre Chumana? ¿Sobre el código?
—No —respondo—. No voy a darle el koinamens a Wyvernmire. Lo usaría para controlar a los dragones y ganar la guerra, y sé lo que significaría para la tercera clase. Sé lo que significaría para ti.
Me agarra la mano y me la aprieta.
—Atlas tenía razón —dice—. Cuando estábamos en la biblioteca, estábamos pensando solo en nosotros. Pero así es como nos aseguraremos de que lo que le pasó a Nicolas no vuelva a suceder. Y eso significa que quizá, algún día, podamos volver a casa. Juntas.
Me siento tan avergonzada que se me pone el vello de punta.
— De eso es de lo que te quería hablar —le digo. Con la mano en la suya, me siento una impostora.
Ella frunce el ceño.
—¿De casa?
Aparto la mano y me siento en la cama, a su lado. El corazón me golpea el pecho con fuerza y me noto el rostro encendido. ¿Cómo voy a poder decirlo en voz alta?
—Hice algo terrible.
Ella me mira con curiosidad.
—El verano pasado.
Hago una pausa, intentando hacer acopio de valor.
—¿Recuerdas cuando fui a ver a la profesora Morris para hablar de mi solicitud de ingreso a la universidad?
Sophie asiente.
—Todos lo hicimos. Ella fue quien escribió nuestras cartas de recomendación.
—Su hija también solicitó una plaza para estudiar Matemáticas en la Universidad de Londres.
—Lo recuerdo —dice Sophie—. Lily.
Asiento.
—A Morris le preocupaba que no aceptaran a Lily. Así que me pidió algo.
—¿Qué podías hacer tú para facilitar el ingreso de Lily en la universidad?
Cierro los ojos y recuerdo. A pesar de que Sophie y yo estábamos en el Programa de Acceso Rápido para acelerar nuestro ingreso en la universidad, Morris me advirtió de que las universidades se estaban volviendo aún más selectivas.
— Morris me dijo que tú eras la principal competidora de Lily. Y... —Respiro hondo y hago un esfuerzo para seguir adelante—. Me pidió que imitara tu caligrafía para cambiar algunas de tus respuestas en el Examen.
Sophie menea la cabeza, incrédula, como si no me hubiera oído bien. Luego se queda paralizada, como una piedra.
—Me dijo que si me negaba me quitaría del Programa de Acceso Rápido y que tendría que pasarme otro año en el instituto. Pero que, si la ayudaba, les hablaría personalmente de mí a los del departamento de ingresos de Lenguas Dracónicas.
Querría encogerme hasta desaparecer, pero me obligo a mirar a Sophie a los ojos porque es lo mínimo que se merece. Siento el rostro congestionado, me arde la cara como si tuviera fiebre.
—Es culpa mía que suspendieras el Examen, Sophie. No es que estuvieras mal preparada ni que no fueras lo suficientemente lista. Cambié tus respuestas de modo que suspendieras y que Lily pudiera entrar en la universidad en tu lugar.
Sophie se tambalea.
—P... pero... ¿por qué?
—Quería entrar en la universidad antes, ser la primera en graduarme a los veinte años como traductora de lenguas dracónicas —digo, con el rostro cubierto de lágrimas—.
Me daba miedo que diera malas referencias de mí y no poder entrar nunca en la universidad.
Pero, Sophie, escúchame. Te prometo que me arrepentí en cuanto lo hice.
Y aún me arrepiento. Y después de todo lo que me dijiste que te pasó, lo de Nicolas...
No tenía ni idea de la vida que te esperaba.
Sophie tiene los ojos cerrados, con fuerza.
—Pero... sabías que no volverías a verme. Que tendría que dejar a mis padres. Que no podría volver a estudiar.
— Yo..., sí —respondo, entre lágrimas—. Y lo siento. Me odio por ello. Y no merezco tu perdón, lo sé. Te destrocé la vida por mi egoísmo y mi ambición. Te traicioné. Pero por favor... por favor, no me odies toda la vida.
Sophie se ha puesto en pie, y cuando acerco una mano se tensa y retrocede. Aún tiene los ojos cerrados, pero la expresión de su rostro es de asco. Siento una tensión en el pecho y la cabeza me da vueltas al verla así. De pronto abre los ojos.
—¿Odiarte? —responde, y su voz es casi un susurro—. Ni si quiera te reconozco. —Su boca se tensa en una sonrisa—. Pero pagarás por lo que me hiciste.
Apenas puedo respirar, como si fuera a ahogarme.
—Lo siento mucho, Sophie.
Es todo lo que puedo decir, una y otra vez.
—Lo siento mucho.
Ella me mira, y en sus ojos aparece un destello de rabia. Por un momento da la impresión de que querría matarme. Me siento como embriagada, como si me hubiera sumido en la nada más profunda y no hubiera modo de salir.
—Me pasaré la vida intentando compensarte — le digo.
Sophie retrocede, abre la puerta de un portazo y sale corriendo.
—¡Eh! —grita el guardia.
Caigo al suelo pesadamente, sobre las rodillas, incapaz de contener el llanto.
Ahora ya sabe quién soy realmente, y siempre lo sabrá.
Una mentirosa, un fraude, una presencia brillante pero podrida por dentro.
Agotada, me subo a la cama de Sophie y apoyo la cabeza en su almohada.
Me envuelve su olor, el olor de mi infancia.
No volveré a tenerla tan cerca nunca más.
Intento aferrarme desesperadamente a las palabras de Chumana, recordar lo que me ha dicho antes de volver a caer en ese pozo de angustia y odio del que no he podido salir desde el verano pasado.
«No tienes que perdonarte... Pero puedes darte una segunda oportunidad».
El suelo de madera cruje y de pronto noto unos brazos familiares en torno al cuerpo, y una voz al oído.
—¿Quieres contarme qué es lo que pasa, primita?
Me siento en la cama.
—¿Viv? —dice, con un tono serio que no es habitual en él—. ¿Qué ha pasado?
Se lo cuento todo.
—Siempre he sabido que había algo que no me contabas.
—Si a partir de ahora no quieres saber nada más de mí, lo entenderé.
Él resopla y me pasa la mano por el pelo, despeinándome.
—Viv, eres mi familia. No hay nada que puedas hacer para apartarme de tu lado. —Hace una pausa—. Hiciste algo horrible. Pero te conozco lo suficientemente bien como para saber que te arrepentiste al momento. Y estoy seguro de que estás haciendo lo correcto.
Me abraza y por un momento disfruto de esa sensación. La sensación de que me quieran a pesar de mi error.
—Atlas... ¿Ha dicho algo? — pregunto, fingiendo que no me importa demasiado—. ¿Antes?
Marquis pone los ojos en blanco.
—Quería venir cuando hemos visto salir corriendo a Sophie, pero le he dicho que se vaya a paseo. Desde que está por aquí apenas me has mirado a los ojos un momento.
Resoplo con sorna.
—Como si no te hubieras pasado todo el tiempo pegado a Karim.
Marquis sonríe.
—¿Qué querías decir ayer con eso de que Karim podía escapar a lomos de un dragón?
—La dragona que liberé de la biblioteca está en un campo al otro lado del bosque. Si conseguimos a sacar a Karim de noche, Chumana lo pondrá a salvo. ¿Han encontrado a alguno de los huidos?
—No —responde Marquis, con gesto preocupado—.
Pero la sala de personal de los guardias está justo debajo de la biblioteca, y Karim ha estado escuchándolos toda la mañana a través del suelo de madera.
Creen que Gideon y Serena pueden haber huido al pueblo, así que están ampliando el radio de búsqueda.
—¿Y qué hay de Wyvernmire?
—Me ha felicitado por haber ganado en mi categoría y me ha dicho que podré volver a casa muy pronto —dice, con gesto socarrón.
—¿Y nuestra familia?
Marquis niega con la cabeza.
— No los liberarán a menos que tú también ganes en tu categoría. Dice que yo estoy aquí solo por ti.
—Eso no es justo —replico, furiosa—. También es tu familia, y tú cumpliste tu parte del trato...
—Solo que nunca fue un trato de verdad, ¿no crees?
Miro a mi primo.
—A ella no le importan las promesas que hace. Si le importaran, no nos habría hecho competir entre nosotros. Y ahora, por su culpa, quizá tengamos que enfrentarnos a los dragones búlgaros. La guerra va a alcanzar una nueva dimensión.
Respiro hondo.
—Llegado el caso..., ya sabemos en qué lado vamos a estar, ¿no?
—Viv... Ya te dije que...
—Y estoy de acuerdo. Tenías razón en todo lo que dijiste. He estado equivocada toda mi vida. Quiero que nos unamos a la Coalición, Marquis.
—¿Eso es porque es el bando de tu novio? —bromea en voz baja.