Capítulo 23 #3
—¿Qué estás sugiriendo? —replico, sin poder aguantarme más—. ¿Que Sophie debería olvidar lo que le hice, sin más? ¿Que los supervivientes búlgaros deben olvidar el papel que tuviste en la historia de sus vidas? ¡No puede ser tan fácil, Chumana!
—No, es verdad. Pero mostrar arrepentimiento y pasarte toda la vida demostrándolo es otra cosa muy diferente.
Niego con la cabeza. Eso no es más que otra dosis de las mismas medias verdades de Atlas, una vez más.
Y yo ya sé lo que significa demostrar arrepentimiento.
Significa hacer que el koinamens siga siendo un secreto para Wyvernmire.
Solo eso podría darles una oportunidad de victoria a los rebeldes, liberar a la ter cera clase del sufrimiento que empujó a Katherine, a Dodie y a Gideon a tomar medidas desesperadas, y evitar que Wyvernmire esclavice a los dragones de Britania.
Pero ¿y si ayudo a los rebeldes y fracasan? Ya no sería la experta en lenguas dracónicas más famosa del mundo, eso está claro. Y mis padres morirían. Y habría perdido cualquier oportunidad de encontrar a Ursa.
Mantener el código en secreto sería una decisión noble y altruista. Pero yo no soy ninguna de esas dos cosas. ¿Por qué iba a arriesgarme a perder lo que más quiero por los rebeldes?
«Porque eres buena —me imagino que diría Atlas—. Porque, si te sientes culpable, es señal de que tienes más bondad que maldad en tu interior».
¿Puede ser cierto eso? Con todo lo que he hecho... mandar a Sophie a tercera clase, donde sufrió lo indecible, dejar a Ursa, estar a un paso de entregarle el código a Wyvernmire... ¿Puede ser que quede algo de bondad en mí?
—Has luchado admirablemente por tu familia —señala Chumana—. Te negaste a delatar a la doctora Seymour. Te ofreciste a curarme con esa máquina endiablada. Esas no son las cosas que haría alguien como Wyvernmire.
Recuerdo el gesto de compasión de la doctora Seymour, los labios de Atlas sobre los míos, el contacto de Sophie durmiendo en mi cama, esa chispa de orgullo que sentí cuando Marquis me dijo que quería pasarse al bando de los rebeldes... y me siento algo reconfortada.
Chumana no miente. Esas no son las decisiones ni los recuerdos de una mala persona, sino las de una persona buena que se niega a perdonarse por lo que ha hecho de malo.
Porque es más fácil traicionar a tu mejor amiga por tu carrera profesional, sacrificar a toda la tercera clase por tu familia, darle a Wyvernmire los medios necesarios para experimentar con huevos de dragón cuando crees simplemente que naciste mala.
Pero ¿y si eres buena? Entonces tu bondad no es compatible con esas decisiones.
Parpadeo, contemplando mi propio reflejo en el charco que tengo a los pies.
«Pero, si eres buena — me digo, pensando muy despacio—, las personas y los dragones a los que vas a hacer daño sufrirán porque tú has decidido que sufran. No porque hacerles daño sea una parte inevitable de tu naturaleza, sino porque has decidido que no importan».
Esa idea me deja sin respiración. Decidí traicionar a Sophie por puro egoísmo. ¿Eso no me hace tan malvada como Wyvernmire o la reina Ignacia?
Levanto la vista y miro a Chumana. Las nubes grises se ven pálidas en contraste con sus escamas oscuras y mojadas.
—No creo que pueda perdonarme nunca por lo que hice —murmuro, sintiendo de nuevo cómo brotan las cálidas lágrimas en mis ojos.
—No tienes que perdonarte —gruñe Chumana—. Todavía no. Pero puedes darte una segunda oportunidad.
«Una segunda oportunidad».
—Si no lo haces, todo tu sufrimiento y el sufrimiento que has causado a los demás no habrán servido de nada.
Suelto aire y me estremezco, contemplando el agua sucia que cae por los lados de la zanja.
Tengo la ropa empapada. No puedo perdonarme por el daño que le hice a Sophie.
Y puede que Sophie no pueda perdonarme nunca, algo por lo que nunca podré culparla.
Pero si consigo darme una segunda oportunidad, quizá pueda hacer las cosas de otro modo.
Puedo escoger vivir una vida en la que lo importante no sea lo que pueda lograr —notas, clase social, éxito profesional—, sino el tipo de persona que pueda llegar a ser.
— Quiero demostrar que lo siento —le digo a Chumana, alzando la voz por encima del murmullo de la lluvia—. Aunque no creo que mi arrepentimiento pueda compensar el daño que le causé a Sophie.
Los ojos de la dragona se iluminan de pronto.
—Pero si dices que es posible, que fue posible en tu caso..., quiero intentarlo.
Chumana baja la cabeza hasta la altura de la mía, acercándose tanto que me calienta la piel helada con su aliento.
—¿Recuerdas, en la biblioteca, cuando me preguntaste cuál era mi máxima?
—Sí... —respondo, justo en el momento en que la lluvia empieza a amainar.
—Me negué a decírtela porque me avergonzaba. Pero ahora ya me he librado de ella, igual que me he librado de la piel muerta. Tengo una nueva máxima.
Me acerco un poco, rozándole la piel cálida con el hombro, y apoyo una mano sobre las escamas de su costado.
—¿Y cuál es?
— Remissio dolor redemptus est —dice Chumana —. El perdón es sufrimiento redimido.