Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—¿Y qué tipo de persona eres? —responde Chumana, muy tranquila.

— De las malas —murmuro—. Del mismo tipo que Wyvernmire. De esas personas que toman decisiones implacables, sea cual sea su coste, sin importarles a cuántas personas pueden hacer daño.

—Hmmm —responde Chumana, con un murmullo gutural.

Es una respuesta vacía. No la que me esperaba.

Pero ¿qué es lo que quiero exactamente? De pronto siento que me domina la rabia: querría humillar a Atlas tanto como me ha humillado él a mí, ver el rostro de la doctora Seymour cuando la delate ante Wyvernmire, ver a Chumana huyendo, vencida. ¿Por qué los odio tanto?

«No es a ellos a quien odias —me digo—. Es a ti misma».

Me presiono los ojos con los nudillos y veo a Sophie viniéndose abajo, con las notas de su Examen en la mano.

La veo sola en la casa de acogida, sin nada que comer.

La veo tendida sobre el cadáver de Nicolas en un hospital de tercera clase.

Respiro hondo y me tiembla todo el cuerpo. Me cae una gota de lluvia en el rostro.

—¿Por qué has venido hasta aquí? —dice Chumana, con voz suave.

—Para rogarte que nos ayudes —digo, mirándola con dureza —. ¿Es eso lo que quieres oír?

—Yo creo que has venido por otro motivo.

—Sí, claro. Cómo no.

—He conocido a demasiados humanos con el alma torturada.

Resoplo, molesta.

—No tengo muy claro que tenga alma siquiera.

Soy como una manzana roja y brillante, pero podrida por dentro.

—¿Ah, sí? —murmura Chumana—. Yo me siento igual.

—Tú has estado encerrada en la biblioteca durante años, y todo por un estudiante que ni siquiera te comiste. ¿Por qué no ibas a tener alma?

—Te equivocas —me corrige Chumana —. No me encerraron por hacerle daño a un estudiante. Me encerraron por protestar contra el Acuerdo de Paz.

Me encojo de hombros, recordando que yo también le pedí que rompiera el Acuerdo de Paz calcinando la residencia de una política humana.

—¿No somos culpables de eso las dos?

—Y hace cincuenta y ocho años luché en la Masacre de Bulgaria.

Me quedo mirándola, incrédula.

—No, no es cierto.

—Soy una bolgorith, ¿no?

—Pero... yo pensaba que naciste en Britania.

—Así es. Mi madre puso mi huevo en Bulgaria, y luego se lo llevó en la bolsa cuando se marchó cruzando el mar. Eclosioné en Rùm, como la mayoría de los dragones de Britania.

—Entonces ¿cómo...?

—El gobierno británico le pidió a la reina Ignacia que enviara ayuda a Bulgaria.

—Para ayudar a la población humana cuando nos enviaron una petición de ayuda —digo yo, recordando mis clases de historia.

— No —gruñe Chumana—. Eso era mentira. La ayuda iba destinada a los dragones búlgaros, para asegurarse de que su operación tenía éxito.

Por un momento tengo la sensación de que se me para el corazón.

—¿Enviaron dragones británicos para contribuir a la matanza de los humanos?

—Sí, niña humana. Para asegurarse de que los dragones más poderosos de Europa tuvieran una deuda eterna con Britania. ¿De verdad crees que Wyvernmire ha convencido a los búlgaros para que se alíen con ella solo con promesas?

Sacudo la cabeza. No puede ser. Britania no traicionaría a otros humanos, y sus dragones no accederían a contribuir a la matanza. Nuestro lema nacional es «¡Alabadas sean la paz y la prosperidad!».

Recuerdo lo que me dijo Wyvernmire.

«Y al final, nos aseguramos de que esos dragones estuvieran en deuda con nosotros».

—Unas cuantas personas importantes protestaron, por supuesto —precisa Chumana, enroscando la cola en torno al cuerpo y rodeándome con ella—.

Especialmente los pocos que sabían que supondría el fin del esfuerzo de los humanos búlgaros por descifrar el koinamens.

Por aquel entonces el gobierno británico no entendía qué era eso que llamaban el «código de los dragones», ni lo mucho que llegarían a codiciarlo.

Suelta un bufido y emite una nube de humo oscuro y rabioso. Yo empiezo a sentir náuseas solo de pensarlo.

—Chumana..., ¿mataste a humanos búlgaros?

—Sí.

—La familia de mi madre murió en esa masacre — replico—. Ella se salvó por los pelos. Aún tiene pesadillas.

Chumana baja la cabeza, y veo que en la coronilla tiene una fila de pequeños cuernos.

—Sí. En la biblioteca ya me dijiste que era búlgara.

—¿Por qué? —le pregunto, poniéndome en pie—. ¿Por qué lo hiciste?

—Cumplía las órdenes de mi reina —responde ella, sin inmutarse.

—Pero... ¡esas órdenes no estaban bien! ¡Es un ser malvado, si fue capaz de ordenar algo así!

La honorable reina Ignacia: así es como la llaman los dragones. Su reinado dura desde antes de que nacieran mis abuelos.

—Malvada se queda corto. —Chumana me mira y de su boca salen chispas —.

Regresé a mi tierra de origen en medio de un baño de sangre.

Maté, calciné y destruí. Saqué a los humanos de sus casas y hundí los barcos en los que intentaban escapar.

Las llamas que arrojé no discriminaban entre ancianos y jóvenes.

—Estás mintiendo. —Me tiembla todo el cuerpo—. No harías algo así.

—Vaya si lo hice. Y cuando acabó, el gobierno de Britania empezó a hablar sobre un acuerdo de paz.

—Otro bufido—. Qué ironía. Vieron la facilidad con que masacramos al pueblo búlgaro y de pronto temieron que pudiera pasar algo parecido en su país.

El Acuerdo de Paz se escribió solo para asegurarse de que los humanos británicos no corrieran nunca la misma suerte que los búlgaros a cuya matanza contribuyeron.

El miedo genera odio, y ese odio puede oprimir tanto a los dragones como a los humanos.

Pienso en el detonador que le arranqué a Chumana de la piel, en las quemaduras que no le trataron a Nicolas, en Dodie, en Katherine y en Owen.

—La reina Ignacia accedió después de que le ofrecieran...

privilegios especiales. —Chumana golpea el suelo con la pata, dejando una huella de su garra del tamaño de mi cabeza—.

Me odié a mí misma por lo que había hecho.

Los horrores que cometimos en Bulgaria eran algo difícil de soportar, incluso para un dragón.

Y seguía presenciando la corrupción que siempre ha existido entre los diferentes primeros ministros y la reina de los dragones.

Así que, en la víspera de la firma del Acuerdo de Paz, protesté. E intenté matar a la reina Ignacia.

Chumana es una bolgorith. Son de los dragones más grandes de Europa. Pero se rumorea que la reina de los dragones es aún más fuerte, la mayor dragona del oeste que ha existido nunca, con unas mandíbulas capaces de romper la piedra.

—¿Matarla?

Asiente.

—Considero que ha traicionado a la especie.

Siento un nudo en el estómago.

—Fracasé, obviamente —cuenta Chumana, agitando la cola de rabia—. Pero no me concedieron el privilegio de ser ejecutada... Ya viste dónde me encerraron.

Ahora soy yo la que asiente.

—Viví allí, consumida por el mal de mis propios recuerdos, durante años. Me estaba planteando incluso volar más allá de los muros de la universidad para activar ese detonador cuando de pronto apareció una niña humana que se ofreció a quitármelo.

Se me acelera el corazón. Me giro, y ella me perfora con su mirada.

—Esa niña me dio una oportunidad. La oportunidad de reintegrarme en la Coalición e intentar compensar mis errores. Una oportunidad de expiar mis pecados y buscar el perdón. Ahora dime, niña humana, ¿por qué no haces tú lo mismo?

Las gotas de lluvia siguen cayendo sobre mi rostro, una tras otra.

Me empapan el cabello y bajan por el cuello de mi camisa mientras contemplo a la dragona búlgara que tengo delante, Chumana la asesina.

—Yo no merezco el perdón —respondo—. Y tú tampoco.

—Pocos merecemos el perdón, niña. Pero respóndeme a esto: ¿dónde sería más útil? ¿En esa biblioteca, hundiéndome en el fango de mi propia culpa? ¿Muerta después de hacer explotar ese detonador premeditadamente? ¿O volando libre, contribuyendo a la victoria de los rebeldes?

Me estremezco y observo los charcos que se están formando a mis pies, mientras me pregunto cuántas batallas ha librado Chumana con los rebeldes desde que se ha unido a ellos.

¿Cuántos documentos rescataría de la Academia de Lingüística Dracónica antes de que Wyvernmire recuperara el control?

¿Cuántas vidas habrá salvado? Si se hubiera negado a salir de la biblioteca cuando se lo propuse o si hubiera usado ese detonador para matarse, ahora habría menos gente con vida.

Desde luego, mis padres ya estarían muertos.

Y el movimiento rebelde dispondría de un dragón menos.

Pero ¿quién es ella para reclamar el perdón? Ella no ha perdido su país, a su familia, su vida.