Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¡Soy el vice primer ministro! ¡Abrid la puerta!

Me despierto con el brazo de Atlas rodeándome el cuerpo y el rostro apoyado en la cubierta de un libro.

—¿Deberíamos abrir? —pregunta Marquis, medio dormido, desde abajo.

—Espera —respondo, levantando la cabeza—. Karim, tú tienes que esconderte.

Bajo las escaleras mientras Karim se esconde en un recoveco que se usa como estantería.

—Toma —dice Atlas, pasándome el mapa enmarcado más grande que hay en el altillo.

Lo colocamos sobre el hueco donde está Karim y Marquis abre la puerta de la biblioteca. Al otro lado está Ravensloe con un grupo de guardias.

— Los que tengáis turno de mañana seréis escoltados hasta vuestro puesto de trabajo —anuncia Ravensloe—. El resto... —echa una mirada a Marquis— volveréis a vuestros dormitorios inmediatamente. Se ha acabado la diversión.

—Sí, claro, porque pasarse la noche intentando evitar que nos maten ha sido de lo más divertido —responde Marquis.

—¿Dónde estaba usted? —le pregunta Atlas a Ravensloe—. ¿Dónde estaban sus guardias anoche, cuando mataron a dos personas?

Me sorprende el gesto incómodo que veo en los ojos de Ravensloe, pero enseguida aparece una mueca burlona en su lugar.

—No éramos conscientes de que tratábamos con un grupo de animales incivilizados.

—¿Han encontrado a Gideon? — pregunto—. ¿O... a alguno de los otros reclutas?

—Hemos supuesto que estarían con vosotros —responde Ravensloe, echando un vistazo a la sala.

Los cuatro negamos con la cabeza.

—Señorita Featherswallow, señorita Rundell, serán escoltadas al invernadero por estos guardias, por su propia seguridad. Y tú... —dice, mirando a Marquis—. La primera ministra Wyvernmire desea felicitarte personalmente.

Cuando Sophie y yo entramos en el invernadero, la doctora Seymour está dando sorbos a una humeante taza de café frente a la máquina locuisonus. Se pone en pie en cuanto nos ve, con los ojos rojos. Del techo cuelgan unas tiras de espumillón, en un triste intento de celebrar la Navidad.

—Chicas, he oído lo que pasó anoche y lo de Katherine. ¿Estáis bien?

—Yo...

Hasta ahora he hecho un esfuerzo por no pensar en ello. Katherine, que era de tercera clase desde que nació pero que nunca vaciló en entablar amistad con Serena, que flirteó descaradamente con Marquis, que nos ganó a todos al ajedrez una y otra vez.

No puedo creerme que intentara matarme. No puedo creerme que esté muerta.

La doctora Seymour se echa a llorar.

— Esto no tenía que acabar así.

—Atlas me lo ha contado todo —respondo—. ¿Sabe lo de los dragones búlgaros?

—¿Los dragones búlgaros? ¿Qué quieres decir?

—Wyvernmire ha decidido firmar una alianza con ellos dentro de dos días, si no hemos descifrado el código antes.

La doctora Seymour vuelve a sentarse, como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas.

—No tenía ni idea —responde—. ¿Estás segura?

Asiento.

—Me lo ha dicho la propia Wyvernmire. Doctora Seymour..., si le doy a Wyvernmire uno de los dialectos, el que usan Rhydderch y Muirgen, cancelará su alianza con los búlgaros. Pero si no...

—Invadirán el país — dice Sophie con voz grave.

La doctora Seymour se acerca al armario sin decir palabra y se pone a escribir algo en un trozo de papel. Una advertencia para los rebeldes.

—Su dracovol... —De pronto caigo en el pequeño dragón que tiene su nido en el bosque—. ¿Puede llegar hasta él sin que nadie lo vea?

Asiente, sin apartar la vista del papel. Por supuesto que puede. Lleva haciéndolo meses. Sella el sobre.

—Vivien, tengo que preguntártelo. ¿Piensas entregarle a Wyvernmire ese primer dialecto?

—Yo... no lo sé —respondo, y detecto el pánico en mi propia voz—. Si no se lo doy, se aliará con los búlgaros y no volveré a ver a mi familia nunca más. Pero...

La doctora Seymour asiente.

—Voy a por el dracovol.

Desaparece tras una de las altas máquinas reperisonus y yo la sigo.

Tras la máquina y la maraña de cables, uno de los paneles del invernadero está abierto, como una ventana.

La doctora Seymour sale por allí, con el sobre agarrado contra el pecho.

Luego cierra el panel y desaparece en el bosque.

Sophie y yo cruzamos una mirada. Ella tiene una mano sobre la locuisonus, y con la otra tira de su broche, nerviosa.

Un dragón en una red. Si le dijera a Wyvernmire que Sophie me ha ayudado a descifrar el código, ¿me creería?

—Yo también voy — digo—. Tengo que encontrar a la dragona de la biblioteca y pedirle que nos ayude.

Sophie asiente.

Echo a correr, dejando atrás los bloqueadores de señal, y me adentro en el bosque, más allá del punto donde me encontró Chumana la otra vez.

El terreno se vuelve más escarpado y de pronto me encuentro con que estoy ascendiendo por la ladera, tropezando entre ramas rotas y montones de hojas.

No puedo dejar de pensar en la pregunta de la doctora Seymour

«¿Piensas entregarle a Wyvernmire ese primer dialecto?».

Paro un momento para recuperar el aliento, antes de colarme bajo la alambrada que separa el recinto de Bletchley Park de los campos de labranza que hay más allá, entre un bosque tan denso que no hay siquiera patrullas.

Tropiezo con algo pesado que sale rodando con un sonoro repiqueteo por el terreno helado.

Un casco de guardia. Me quedo inmóvil. Justo detrás del tronco caído de un árbol hay un montón de cuerpos, y sus uniformes brillan bajo la nieve acumulada.

Los guardias que oyeron a Atlas cuando violó la Ley de Secretos Oficiales, justo después de que mataran a Dodie.

No se fueron a casa por Navidad. Contengo un sollozo y cierro los ojos, apretando los párpados, aterrada ante la posibilidad de ver asomar un mechón de cabello pelirrojo.

Sigo ascendiendo, abriéndome paso por el bosque, hasta llegar a una pradera. Ahí está la zanja a la que me llevó Chumana. Me asomo a mirar: está vacía, salvo por la piel de dragón y unos cuantos charcos de nieve fundida. Chumana se ha ido.

«Por supuesto que se ha ido, idiota. Prácticamente le dijiste que se fuera con viento fresco».

Bajo a la zanja igualmente, rebozándome las botas y los pantalones con barro.

El aire huele a tierra fresca y a humo de chimenea.

Me agazapo junto a la piel de dragón y lloro.

No puedo soportar la idea de perder a Ursa y al resto de mi familia.

Y el único modo de salvarlos es traicionando a Atlas y a Sophie, a los rebeldes y posiblemente a todo el Reino Unido.

Así que eso es lo que voy a hacer. Atlas se equivoca.

Nací mala. Por mucho que lo intente, no consigo tomar la decisión correcta, si eso supone pagar un precio en lo personal.

No soy lo suficientemente valiente, ni lo suficientemente altruista.

Y ya he cometido demasiados errores como para poder enmendarme.

—¿A qué debo el placer, niña humana?

Chumana está al borde de la zanja, descomunal, con la cola extendida sobre el hueco. Se me acerca.

—Aún estás aquí —digo yo, sorbiéndome la nariz.

—Tenía la sensación de que volverías.

Me limpio las lágrimas del rostro.

—Necesito tu ayuda para sacar a gente de Bletchley Park.

—¿Necesitas mi ayuda? ¿Otra vez?

—No es demasiado pedir, ¿no? —replico, algo cortante—. La doctora Seymour y tú ya debéis de estar acostumbradas a trabajar juntas.

—Por supuesto que sí — responde ella—. Y deberías dar gracias. Quizá te hubiera matado ya, de no ser por ese chico.

—¿Chico?

—Atlas —señala, con una voz sibilante.

—¿Conoces a Atlas?

—Sí. Debe de haberse imaginado que me exasperarías. La paciencia que tiene contigo es impresionante.

La mente se me dispara. ¿Atlas ha estado visitando a Chumana?

Él no me ha hablado de ella en ningún momento, ni siquiera después de reconocer que estaba con los rebeldes, ni cuando le he contado que liberé a una dragona asesina y que esta rompió el Acuerdo de Paz.

Debe de saber que se trataba de Chumana.

No confía en mí. El corazón se me encoge y de pronto veo la verdad con tal claridad que no puedo creerme que no la viera antes.

Las promesas de ayer de que Sophie acabaría perdonándome, y todo eso de la llamada de Dios, los besos...

todo era una actuación para asegurarse de que no le diera el código a Wyvernmire.

A duras penas logro contener las lágrimas.

¿Cómo he podido creer que Atlas pudiera sentir algo por alguien como yo?

¿Cómo me he atrevido a albergar esperanzas de que me llegaran a perdonar lo imperdonable?

—¿Ya le has desvelado a Wyvernmire los secretos de mi idioma ancestral?

Hago un esfuerzo por contener el llanto.

—Aún no.

—¿Aunque estén a la espera de los dragones búlgaros?

Levanto la vista.

—¿Cómo lo sabes?

—He estado escuchando.

—La doctora Seymour os ha informado al resto... de los rebeldes.

Chumana asiente lentamente.

—Wyvernmire no tiene ni idea de que hay espías rebeldes en Bletchley —digo yo —. Ni de que la Coalición sabe lo de la llegada de los búlgaros. Si queréis evitar que refuerce su ejército, tendríais que atacar ahora, antes de que los búlgaros tomen posiciones por todo el país.

—Has pensado mucho en todo esto, niña humana. Serías una buena rebelde.

—Pero si le doy el código, el koinamens..., podría no firmar la alianza. Y no habría que enfrentarse a los dragones búlgaros.

—Si hicieras eso sería una catástrofe para los dragones —responde Chumana—.

Con máquinas locuisonus más sofisticadas y traductores expertos capaces de reproducir las llamadas en koinamens, Wyvernmire podría infiltrarse en las comunidades de los dragones y extorsionarlas, adoctrinar a las crías, subyugar e incluso destruir especies enteras.

Suspiro profundamente.

—Yo quería hacer lo correcto, ¿vale? Pensaba que podía cambiar, pero no puedo.

¿Y por qué iba a hacerlo, ahora que ha quedado claro que Atlas es un mentiroso?

—Siento que se me enciende la lengua de la rabia—.

No puedo ayudarte, ni ayudar a los rebeldes, ni a la tercera clase, porque no soy ese tipo de persona.