Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Quiénes sois «nosotros» exactamente? ¿Tú y Wyvernmire? ¿Tú y los búlgaros? Tienes que decidirte de una vez. ¿Estás con ellos? —me espeta—. ¿O estás conmigo?

Niego con la cabeza, incrédula. ¿Cómo se atreve? Ha estado mintiéndome todo este tiempo, fingiendo que es quien no es.

«En realidad no —me dice una vocecita interior—. Ya viste que rompía las reglas desde el principio. Quizá siempre ha sido honesto».

Observo a los otros. Todos miran a Atlas en silencio, perplejos.

Entonces Marquis me mira a mí, suplicante.

Yo niego con la cabeza. «No podemos», intento decirle con los ojos.

Si nos unimos a los rebeldes, nuestra familia morirá.

Sé que tengo razón. El gobierno tiene a nuestros padres y a Ursa.

Los rebeldes no pueden protegerlos de ningún modo, por muchos dragones que tengan.

Sophie apoya una mano temblorosa sobre mi brazo.

—Si dices que van a venir los búlgaros y Atlas tiene razón en eso de que los rebeldes van a atacar, parece ser que aquí va a librarse una buena lucha.

Asiento.

— Entonces... ¿cómo huimos de Bletchley? —pregunta Karim.

Pongo una mano sobre la escalera que lleva al altillo. De pronto siento una necesidad imperiosa de alejarme de todos ellos.

—A lomos de dragón —digo yo, mientras subo.

Me tiendo para dormir entre dos librerías, doblando la chaqueta y usándola como almohada. Oigo que los otros se preparan para dormir y fijo la mirada en el techo hasta que la luz de la lámpara se apaga. Un momento más tarde oigo el crujido de la escalera.

—¿Te importa si acampo aquí arriba? —pregunta Atlas, de pie en el otro extremo de las librerías.

—Mientras no te importe dormir con el enemigo... —respondo yo.

Atlas echa su chaqueta al suelo y oigo un murmullo: está pasando páginas.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto en voz baja.

—Leer.

— Estamos a oscuras, Atlas.

Oigo cómo cierra el libro y nos quedamos allí estirados, escuchando la respiración de los que duermen.

—¿Featherswallow? —susurra Atlas.

—¿Qué?

—Siento no haberte dicho que estoy con la Coalición.

No digo nada hasta que lo oigo suspirar.

—Olvídate de eso. Ahora que lo pienso, era bastante evidente.

¿Cómo no he sospechado de él desde el primer momento?

—¿Y cómo llegaste hasta aquí? —le pregunto en voz baja—. ¿Cometiste un delito a propósito para conseguir que te enviaran al DDCD ?

—No —responde—. El padre David y yo estábamos facilitando el traslado de rebeldes a escondites en el campo. Unos guar dias encontraron a uno de ellos oculto en nuestra iglesia y me detuvieron.

—¿Y qué fue del padre David?

— Los guardias lo mataron.

Se me pone el vello de punta.

Atlas se aclara la garganta.

—Conseguí enviar un mensaje a la Coalición antes de que me detuvieran, y lo siguiente que sé es que la doctora Seymour se presentó en mi celda y me reclutó para un programa del gobierno.

—¿Tú sabías quién era?

—No. Pero me lo dijo, discretamente, durante la entrevista. Tener a dos rebeldes infiltrados en Bletchley era una oportunidad que la Coalición no iba a desaprovechar.

Así que la doctora Seymour y Atlas han estado colaborando todo este tiempo.

—¿Y tú? —susurra—. ¿De verdad liberaste a... una dragona asesina?

—Para salvar a mis padres, sí.

—¿Sabías que estaban en la Coalición?

Niego con la cabeza, pero luego me doy cuenta de que no puede verme en la oscuridad.

—No. Trabajaban encubiertamente, supongo. Como tú.

—¿Y ahora... no quieres ayudarlos?

—Estoy ayudándolos —respondo—. Si le doy el código a Wyvernmire, los soltará.

—¿Estás convencida?

No respondo. Hace unos días habría dicho que sí. Pero desde nuestro encuentro en su despacho ya no estoy tan segura.

— Estoy cansada de tomar decisiones, Atlas —susurro—. Cansada de equivocarme.

Los ojos se me llenan de lágrimas y parpadeo para apartarlas. Sé lo que Atlas quiere que diga. Que seguiré los pasos de mis padres y me uniré a los rebeldes, que nunca le daré el código a Wyvernmire. La garganta me duele de tanto contener el llanto.

—Ya hice daño una vez a una persona a la que quiero —digo lentamente—. No volveré a hacerlo nunca más.

—¿A qué te refieres? —dice él, suavizando la voz—. ¿Qué es lo que hiciste?

Siento cómo me quema el rostro y me alegro de que no me pueda ver congestionada. Oigo el crujido del suelo bajo sus pasos, hasta que se sitúa en el espacio que me separa de las librerías.

—Soy seminarista, Featherswallow. Llegará el día en que mi trabajo sea escuchar confesiones.

Oigo el tono burlón en su voz y me giro hacia él.

—No hay nada que puedas decirme que vaya a sorprenderme — añade, con la boca junto a mi oído.

Así que se lo cuento. Le susurro la verdad, de modo que solo él pueda oírla. No puedo creerme que esté pronunciando esas palabras, las palabras que no he revelado a nadie más. Pero ahí están. Él escucha en silencio mientras yo me muero de vergüenza.

—¿Entiendes por qué no puedo abandonarlo todo para unirme a tu Coalición? Sophie sufrió lo indecible por culpa de mi egoísmo. Pero si le doy el código a Wyvernmire y le digo que Sophie me ayudó a descifrarlo, puedo salvar a mi familia y devolverle a Sophie su vida.

Espero a que diga algo, pero él no habla. Está demasiado asqueado como para reaccionar. Yo hundo el rostro en mi chaqueta.

—¿Tal vez nací siendo así de mala? —pregunto, con la voz amortiguada.

—No —responde Atlas en voz baja—. No creo que nadie nazca malo. Creo que todos tenemos el bien y el mal en nuestro interior. ¿Tú no?

Me giro hacia él y distingo el perfil de su mandíbula y los rizos de su cabello.

—Así es como lo veo yo —me dice—. Si fueras mala en esencia, si no tuvieras nada de bueno en tu interior, ¿cómo podrías saber siquiera lo que es la maldad?

Sin la bondad, no habría nada con lo que comparar y distinguir la maldad.

La maldad no sería maldad..., solo sería un estado normal.

Yo creo que tienes el bien y el mal en tu interior, para que puedas distinguirlos el uno del otro, Featherswallow.

Para que puedas decidir en qué lado quieres estar.

Así que, si te sientes culpable por lo que hiciste, es una señal evidente de que hay bondad en tu interior.

Aparto la mirada, pero él tira de mí.

—Vivimos en un mundo que lo permite todo, pero que no perdona nada. Yo creo que Sophie podría perdonarte un día. Deberías contarle la verdad.

—A veces me despierto por la noche y está ahí, a mi lado, en la cama: la culpa. Como un agujero negro que quiere absorberme.

Atlas me agarra de la mano.

— Entonces dile que se vaya —susurra, convencido, y pega los labios a mi oreja—. Elimínala, como un dragón elimina la oscuridad con su luz.

Me quedo paralizada. Tengo la mano sobre su muñeca y siento el suave roce del vello de su brazo.

Levanto la cabeza, buscándolo, y él se acerca, deslizando un brazo en torno a mi cintura y tirando de mi cuerpo hacia él.

Su boca encuentra la mía y explota algo en mi interior.

Me arden los labios, temblorosos. Su boca es la más suave que he besado nunca, y de pronto está sobre mi cuello, mi rostro, mis ojos cubiertos de lágrimas.

Nos movemos casi instintivamente, nuestros cuerpos se funden, y de pronto me encuentro encima de él, con una mano agarrada a la suya y la otra perdida en su cabello, mientras lo beso una y otra vez, deseando que no pare.

«¿Por qué hemos tardado tanto?», pienso, mientras sus dedos se cuelan bajo mi blusa para recorrerme la espalda.

Él se aparta de pronto, respirando afanosamente.

—Featherswallow, yo...

Lo hago callar con otro beso, y siento su risa antes incluso de oírla. Echa la cabeza atrás.

—Viv... —susurra, con la boca en mi cabello. Mi nombre, saliendo de su boca, es como terciopelo.

—¿Qué, Atlas? —respondo, casi con impaciencia.

—Creo que ya no quiero ser sacerdote.

Me quedo inmóvil de pronto.

—Pero has sido religioso toda tu vida. Crees en Dios, y decías que te había llamado al sacerdocio. ¿Por qué no ibas a...?

—Pero ¿y si la llamada era para otra cosa?

El corazón se me dispara, pero no tanto por los besos, sino con la esperanza de que esté a punto de decir lo que tanto he estado esperando que dijera.

Un coche frena sobre la grava del exterior y un destello de luz se cuela por entre las cortinas opacas, lo justo para que pueda ver el rostro de Atlas por un momento.

Tiene los ojos brillantes y muy abiertos.

— Viv —dice—. ¿Y si Dios me llamaba para que fuera contigo?