Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Marquis deposita a Katherine en el suelo, con los ojos desorbitados. Me quedo mirándola. Tiene la cara gris. Está muerta.

—¿Envenenada? —murmura Sophie, y lentamente se gira hacia Gideon.

—¡Yo no he hecho nada, lo juro! —grita Gideon.

Marquis lo agarra del cuello de la camisa.

—¡Alto! —grita Serena—. No ha sido él.

—Entonces ¿quién? —ruge Atlas.

Me quedo mirando a Serena, mientras el corazón me golpea las costillas con fuerza.

—El veneno lo puso Katherine —revela Serena—. Antes la he visto viniendo del sanatorio con un frasco. Me ha dicho que era algo para ayudarla a dormir, pero luego la oí hablar con Ralph sobre una esencia de cicuta...

—¿Tú crees que ha tomado demasiado...? —pregunto.

—No, Viv. —Serena me mira a través de los dedos—. Una sola gota de cicuta es mortal. Yo creo... Creo que la galleta que se ha comido iba destinada a ti.

Dejo que el resto de la galleta que tengo en la mano caiga al suelo.

—¿Por qué no has dicho nada? —le pregunta Atlas.

Serena niega con la cabeza.

— No creía que llegara a usarla...

Se queda paralizada y veo que tiene la mirada fija en algo. Me giro y veo que Gideon tiene una mano en el pomo de la puerta y en la otra una pistola. Y está apuntándome con ella.

—Baja el arma, Gideon —dice Atlas.

Me quedo mirando a Gideon, su rostro tenso y lleno de rabia y sus manos temblorosas. Es un revólver pequeño, como los que llevan los guardias en el cinto. No me atrevo a moverme, no quiero que entre en pánico.

—Puedes salir de aquí esta noche, colega —le dice Marquis muy despacio—. No tiene que morir nadie más...

—Sophie tiene razón —dice Gideon, con la voz tensa. Me señala con un movimiento de la cabeza—. No podemos confiar en ella. Por lo que sabemos, podría incluso haber descifrado ya el código y habérselo dado a Wyvernmire.

—No lo he hecho — me apresuro a decir—. Gideon, la ecolocalización se compone de dialectos. Por eso...

BANG .

La bala de Gideon levanta una esquirla de la repisa de la chimenea y se clava en la pared, muy lejos de mí. Atlas se lanza sobre él, pero Gideon vuelve a levantar la pistola.

—¡Atlas, no! —grito.

Atlas se detiene en el momento en que Owen irrumpe en la sala con su pistola en ristre. Gideon se gira, mueve el dedo torpemente sobre el gatillo y dispara. La segunda bala le da en el pecho a Owen, que cae hacia atrás, con un gesto de estupefacción en el rostro.

—¡Owen! —exclamo, echándome al suelo, a su lado, mientras Gideon huye por la puerta abierta.

—Levántate. Está muerto —me dice Marquis, tirándome del brazo. Me quedo mirando el reguero de sangre que le sale por la boca—. Tenemos que...

—Lo sé —respondo, sin dejarlo acabar. Busco con la mirada a Sophie, que parece estar hiperventilando —. Gideon volverá a por nosotras. Tenemos que escondernos.

Serena se lanza hacia delante, le quita el arma a Owen y sale corriendo por el pasillo sin mirar atrás. Yo la miro, horrorizada.

—Venga —me dice Atlas, tirando de mí en dirección al pasillo—. Antes de que aparezcan más guardias.

Subimos las escaleras hasta la planta superior y recorro el pasillo con la mirada, buscando alguna habitación.

—¡La biblioteca!

Los cinco entramos a toda prisa, mientras resuenan los gritos de un guardia en la planta de abajo, y cierro la puerta con llave.

Karim se apoya en una estantería, jadeando, y Sophie suelta un improperio.

Todos nos quedamos ahí, a oscuras, escuchando el sonido de la respiración de los demás.

Sophie busca a tientas por una de las mesas; luego enciende una cerilla y con ella una lámpara.

En cuanto se ilumina la estancia, tengo claro que debo decirles lo que sé.

Atlas escucha con la oreja pegada a la puerta.

Respiro hondo.

—Los dragones búlgaros invadirán Britania en menos de tres días.

Atlas me mira fijamente y da un paso atrás, apartándose de la puerta.

—¿Cómo es eso? —pregunta Marquis.

Les cuento lo de la alianza de Wyvernmire con Bulgaria. Que planea traicionar a la reina Ignacia. Que los dragones búlgaros aterrizarán en Bletchley si no le doy algo que le permita interpretar la ecolocalización. Atlas se deja caer en una silla y Sophie se gira hacia mí.

—¿Tenía razón Gideon? ¿Has descifrado el código?

La miro, luego miro a Marquis y cierro los ojos.

—Oh, Dios mío —susurra ella—. Lo has hecho.

—No es tan sencillo...

—¿Se lo has dado? — pregunta Atlas, muy tenso—. ¿A Wyvernmire?

Frunzo el ceño.

—No. Soph, el código de los dragones no es un arma. Es un idioma llamado koinamens, sagrado para los dragones porque lo usan para curar y para que los huevos eclosionen.

Echo una mirada a Atlas y veo en sus ojos que por fin lo entiende.

—Y eso no es todo —prosigo—. He descubierto que el koinamens tiene dialectos y que cada familia de dragones tiene el suyo. Muirgen y Rhydderch hablan uno, y Soresten y Addax hablan otro diferente. Eso es lo que intentaba decirle a Gideon antes...

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —pregunta Sophie con rabia.

—Unos días —respondo—. Pero quería estar segura.

— Así que el otro día, cuando estuviste en el despacho de Wyvernmire...

—Le dije que necesitaba más tiempo. Cuando me reveló su alianza con los búlgaros, no pude dárselo.

No puedo hacerlo, ahora que he visto de lo que es capaz.

Pero si no le doy al menos un dialecto, sellará la alianza y pondrá a toda Britania en peligro.

Tal vez se cometa otra masacre como la que asoló Bulgaria.

Oímos a un grupo de guardias que pasa por delante de la biblioteca y nos quedamos mudos. Uno menciona el nombre de Gideon.

—Muy pronto empezarán a buscarnos también a nosotros —advierte Marquis en voz baja—. Wyvernmire querrá hablar conmigo sobre el avión, y apuesto a que cancelará al momento el programa de Aviación. Es evidente que Serena cree que le va a ir mejor escondiéndose por su cuenta.

—Tú aquí no estás seguro —le digo a Karim—. Tenemos que sacarte...

—Sophie y tú no podéis ir a ningún sitio —me interrumpe Atlas —, ahora que Gideon anda suelto por ahí. —Me mira fijamente—. ¿Quién es esa persona que dices que puede ayudarnos?

—Marquis, ¿tienes los planos de tu avión? —digo, haciendo caso omiso a la pregunta.

Observo un temblor en la mandíbula de Atlas.

Marquis se saca del bolsillo el cuaderno de bocetos.

—Si Wyvernmire te encuentra, úsalos para entretenerla. Miéntele, dile que tienes más ideas. Cualquier cosa que pueda darle más tiempo a Karim.

—Si nos encuentran aquí, no nos quitarán el ojo de encima —dice Karim—. Especialmente a ti, Viv.

—Tiene razón — dice Atlas—. Wyvernmire querrá ponerte a buen recaudo, protegerte de otros asesinos potenciales. Y deberías dejar que lo hiciera.

—Pero ¿y...?

—Marquis y yo sacaremos a Karim de aquí.

—No, esta noche no —replica Sophie—. Hacedlo mañana, tras vuestro turno. Puede permanecer oculto hasta entonces.

—Ve tú con él —le digo a Sophie. Y me giro hacia Atlas—. Y tú. Es vuestra oportunidad para huir.

— Aún no lo has pillado, ¿verdad, Viv? —dice Sophie—. Aunque pudiera escapar, no podría volver a mi casa. No podría obtener un pase de clase otra vez: quedaría marcada en el sistema como una delincuente buscada.

—Otra opción —insisto, evitando la mirada de Atlas— es que le demos el código juntas a Wyvernmire. Podemos decirle que hemos trabajado en él en equipo, que no habríamos podido hacerlo la una sin la otra. Y acabamos con esta competición sin sentido.

En el rostro de Sophie aparece una tenue esperanza.

—¿Harías eso?

—Por supuesto que lo haría. No voy a irme de aquí sin ti, sin ninguno de vosotros...

—¡Nada de todo esto importará! —estalla Atlas.

Me giro de golpe hacia él.

—Si le das el código a Wyvernmire, no importará quién logra escapar o no. Si gana la guerra, volveremos a la situación de antes —prosigue, angustiado —. Para alguno de vosotros eso está bien, claro, pero... ¿qué hay del resto de nosotros?

—Viv acaba de decirte que los huevos precisan de la ecolocalización para eclosionar —responde Sophie—. Si se lo dices a Wyvernmire, tú también ganarás en tu categoría...

Atlas suelta una risotada grave, casi histérica.

—Desde luego, sois increíbles. Siempre buscando la manera de salvar el culo.

—Tú no tienes ni idea de lo que he pasado yo —le espeta Sophie.

—¡Sí que la tengo! —replica Atlas, gritando—.

De eso se trata precisamente. Fuiste degradada, Sophie, lo que significa que has visto cómo vive la tercera clase.

Y si Wyvernmire gana la guerra, esa gente seguirá sufriendo en silencio.

Wyvernmire y la reina Ig nacia seguirán redactando cláusulas que las beneficien en el Acuerdo de Paz, y nosotros seremos responsables de haberle dado al gobierno el método perfecto para explotar y controlar a los dragones.

—Ya tiene la voz ronca de tanto gritar —.

Y, aun así, lo único en lo que pensáis es en quién va a ser el que nos condene a todos para siempre.

—¿Qué es lo que sugieres, Atlas? —pregunto yo, enfadada—. ¿Que permitamos que nos ejecute? Porque eso es lo que le ocurrirá a Karim, y posiblemente a mí también, si no hacemos lo que dice.

Atlas frunce el ceño y niega con la cabeza como si no me creyera.

—Mis padres son rebeldes —prosigo, con voz temblorosa—. Yo liberé a una dragona asesina para intentar eliminar las pruebas, y de algún modo la Coalición usó eso como señal para iniciar la guerra. Así que si no ganamos... moriremos.

—La Coalición puede esconderte —propone, agitado—. Si decides ponerte de su parte, ellos te protegerán. Vienen hacia aquí. Van a atacar Bletchley en cuanto Wyvernmire regrese de su viaje.

—¿Cómo has obtenido esa información? —pregunto, boquiabierta.

Pero en realidad ya lo sé. En el fondo, lo he sabido desde el principio.

— Porque yo estoy con ellos —dice en voz baja—. Estoy con los rebeldes.

Parpadeo, atónita. Primero la doctora Seymour y ahora él.

—¿Así que nos has estado espiando? —pregunto con voz temblorosa—. ¿Todo este tiempo has estado fingiendo que estás con nosotros cuando en realidad eres un informador?