Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Dejo el cepillo y bajamos juntos las escaleras.

La gente está arremolinada en torno a la barra del bar, la mayoría de ellos aún vestidos con ropa quemada y manchada de sangre.

Alguien que no he visto en mi vida me coloca delante una cerveza con una sonrisa.

Yo sorbo la espuma, disfrutando de su sabor amargo y fresco, y sigo a Marquis al exterior.

Hay varias hogueras ardiendo en la hierba, sobre los acantilados, y alrededor veo a grupos de personas y dragones hablando en voz baja.

El sol ya se está poniendo y el mar y el cielo tienen un color morado claro.

Al pasar junto a una de las hogueras alguien nos da algo de comida —una salchicha entre dos rebanadas de pan— y la devoramos como si no hubiera un mañana.

Karim y Sophie están junto al borde del acantilado, y cuando se mueven veo detrás a Serena, Gideon y la doctora Seymour sentados tras ellos, mirando al mar.

Siento una punzada de dolor en el pecho. Faltan tres.

—¿Cómo está Ursa? —pregunta Karim con voz suave cuando llegamos a su altura, mientras apoya la cabeza en el hombro de Marquis.

— Está durmiendo —respondo yo.

—Soñando con dragones —añade Marquis.

Le doy el último sorbo a mi cerveza y me siento sobre la hierba, junto a Sophie. Tiene el rubio cabello limpio y húmedo y las mejillas sonrosadas, pero luce un morado bajo el ojo.

—¿Qué estáis mirando? —pregunto, mientras el sol extiende sus rayos rosados sobre el agua del mar.

—Gideon nos estaba enseñando dónde está Canna —dice Sophie.

Echo una mirada a Gideon, que tiene la vista puesta más allá de la isla que tenemos justo delante, en la que hay detrás.

—¿Cómo es que sabes dónde está Canna? —le pregunto.

Por lo que yo sé, Gideon no se crio en Escocia.

—Porque ahí es donde estaba cuando me reclutaron —murmura, sin apartar los ojos de la isla.

Miro a Sophie y luego a la doctora Seymour para cerciorarme de que he oído bien. Canna es adonde envían a los jóvenes delincuentes, el lugar que la reina Ignacia usa como coto privado de caza. Es donde habrían acabado la mayoría de los reclutas de no haber sido enviados a Bletchley.

— Para mi padre y sus amigotes no era más que un juguetito —dice Gideon, impávido.

El corazón se me encoge en el pecho.

—Pero me vengué. Y por eso acabé ahí.

—¿Es cierto? ¿Lo que dicen que pasa en esa isla? —pregunto—. ¿Los dragones van allí a cazar?

Gideon asiente imperceptiblemente y luego vuelve a fijar la vista en el mar. Bajo mi vaso y nos quedamos todos en silencio. No es de extrañar que estuviera tan desesperado por descifrar el código. No quería volver a Canna.

«He tenido mucho trato con dragones».

—La Coalición acabará con eso —digo, y me giro hacia la doctora Seymour—. ¿No es así? ¿No pueden sacar a esos chicos de Canna?

La doctora Seymour vacila.

—Desde luego, es uno de nuestros objetivos.

Pero, con la invasión de los dragones búlgaros, el país amenaza con venirse abajo.

La guerra ha alcanzado unas dimensiones mucho mayores que antes.

Wyvernmire se ha aliado con los dragones más odiados de Europa, lo que convierte a Britania en una amenaza para los países vecinos.

Los búlgaros ocuparán Britania, con o sin el consentimiento de Wyvernmire, y puede que nosotros también tengamos que hacer algunas alianzas.

Esa es la prioridad de la Coalición de cara al futuro.

—¿Así que podríamos enfrentarnos a una guerra total? —pregunta Marquis.

— Es posible —responde ella.

Tímidamente, apoyo una mano en el hombro del chico que intentó matarme.

—No te preocupes —le digo—. Haremos algo al respecto.

Gideon no responde, pero tampoco se aparta.

Vuelvo a mirar a Marquis y él me lanza una mirada cómplice.

Nosotros sabemos cuáles son nuestras prioridades.

Ahora que el avión que escupe fuego y que mis conocimientos del koinamens ya no sirven de mucho, no podemos ser de gran ayuda a los rebeldes de Eigg.

Pero, si conseguimos volver a Londres y encontrar a la doctora Hollingsworth, quizá ella pueda ayudarnos a sacar a mamá, a papá y al tío Thomas de Highfall.

Y entonces le ofreceré mis servicios, usando mis idiomas para ayudar a la Coalición en todo lo que pueda.

No consigo dejar de pensar en lo que he aprendido so bre la capacidad de los dragones para comunicarse a través del lenguaje y también a través de las emociones.

Y en el hecho de que he estado a punto de decirle a Wyvernmire cómo sacar partido de ello.

Me apoyo en el cálido hombro de Sophie y recuerdo lo que me dijo la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica aquel terrible día en que la vi por primera vez en Fitzrovia, antes de saber quién era en realidad.

«Veo un futuro brillante para ti, Vivien. Pero para alcanzarlo quizá tengas que buscar en lugares inesperados».

Estoy sentada al borde de una isla en guerra, en compañía de la vieja amiga a la que traicioné y de los nuevos amigos que he hecho, con una lengua dracónica ultrasónica metida en el cerebro.

He cometido errores, errores terribles. Pero estoy empezando a perdonarme, o al menos lo estoy intentando, y a la tenue luz del atardecer caigo en algo importante:

No hay nada más inesperado que eso.