Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Oh, Vivien —replica Wyvernmire con un suspiro —. Estás intentando ser recta y honorable. Admiro tu esfuerzo, de verdad. Pero lo cierto es que eres como yo. Haces lo que es mejor para ti.

Niego con la cabeza.

—El único motivo por el que estoy aquí es porque quiero salvar a mi familia. Ya no me importa lo que me suceda.

—Oh, pero es no es cierto —responde ella con voz suave—.

Claro que quieres salvar a tu familia. Pero también quieres ser quien descubra el código de los dragones.

—Suelta una carcajada gutural—. Hacer lo necesario para satisfacer tus ambiciones no es un concepto que te resulte desconocido, ¿no es así?

Noto que se me calienta el rostro, al tiempo que en el rostro de Wyvernmire aparece una sonrisa taimada.

—Ya lo has hecho antes, con tu amiga Sophie.

Siento un nudo en la garganta.

—Oh, sí, lo sé todo. —Ahora habla despacio, mirándome muy fijamente —. Me ha informado esa profesora que estaba tan desesperada por obtener un puesto para su hija en la Universidad de Londres. Dime, Vivien, ¿aún sabes imitar la caligrafía de Sophie?

De pronto todo me da vueltas y siento que se me inflama hasta el alma de la vergüenza.

—Si no hubieras hecho lo que hiciste, Sophie estaría estudiando en la Universidad de Londres contigo, en lugar de la hija de esa profesora.

Parpadeo para frenar las lágrimas. Sé mucho mejor que Wyvernmire cómo una decisión tomada en una fracción de segundo puede cambiar una vida para siempre. Cómo acabamos haciendo daño a las personas que más queremos.

—No pasa nada —dice Wyvernmire, conciliadora—.

Hiciste lo que necesitabas hacer. Para conseguir una plaza en la universidad.

Para trabajar en Idiomas Dracónicos. Para garantizarte un trabajo bien pagado antes incluso de graduarte.

—El tono de la primera ministra es dulce, casi maternal—.

Y ahora mírate. ¿Qué harás cuando hayas descifrado el código de los dragones?

Podrías aceptar un puesto en la Academia de Lingüística Dracónica, claro, y ser la persona más joven en conseguirlo.

Pero ¿por qué conformarte con eso? ¿Por qué no construir una máquina locuisonus más grande y mejor de lo que nunca podría imaginar la doctora Seymour?

¿Por qué no pasarte la vida leyéndoles la mente a los dragones?

Wyvernmire se inclina hacia delante.

—Tú eres como yo, Vivien. Como la Reina de los Dragones. Ambiciosa e implacable.

Es como si me hubiera dado un puñetazo en el vientre.

—Pero no quiero serlo —replico, con la voz quebrada.

— No tienes elección. Eres así. Acéptalo —sentencia Wyvernmire.

La luz se refleja en el broche en forma de garra que la primera ministra lleva en el pecho. ¿De verdad ha estado frente a frente ante la reina Ignacia? Si es así, debe saber que el broche que lleva es una pobre imitación de las garras de un dragón del oeste.

—¿Es cierto que les da niños a los dragones para que se los coman? ¿Es eso lo que les ha prometido a los dragones búlgaros? ¿Gente para que coman?

—La política siempre requiere algún sacrificio —responde Wyvernmire sin inmutarse—. Y los delincuentes deciden ser delincuentes, ¿no es así? De modo que deben aceptar las consecuencias de sus acciones.

Esas palabras tan familiares hacen que me dé vueltas la cabeza.

—Realmente es usted todo lo que dicen los rebeldes —le espeto—. Lo único que ve es lo que puede o no puede hacer la gente, y no quiénes son realmente.

—¿Y tú qué, Vivien Featherswallow? La favorita del profesor, la estrella de la clase, siempre sonriente, desesperada por agradar. Hasta el punto de que no tienes ni idea de quién eres realmente.

Me echo atrás como si hubiera recibido un bofetón y Wyvernmire tuerce la boca en una sonrisa tensa.

—Ahora háblame de los dialectos.

Me pongo en pie y doy un paso atrás. El único dialecto del que sé hasta ahora es el que usan Rhydderch y Muirgen.

— Aún no entiendo ninguno —miento—. Necesito más tiempo. Si pudiera darnos más tiempo...

—Cinco días —dice ella, cortante. Recoge su pluma y vuelve a fijar la vista en sus papeles, como si de pronto la conversación la aburriera—.

Eso es todo lo que puedo darte. Mientras tanto, debo hacer un pequeño viaje a Londres.

Solo te pido un dialecto. Dame uno, y serás la ganadora de tu categoría.

—¿Y qué será de los otros reclutas? Si le doy un dialecto, ¿los perdonará también a ellos?

—No seas ridícula —espeta—. Las reglas se les aplican a todos.

Además, cualquier progreso que puedan hacer a partir de ahora no será más que un extra.

Lo que necesito es la ecolocalización. Solo la ecolocalización podría hacerme reconsiderar esta alianza.

Así que no tardes demasiado, Vivien. —La observo mientras empieza a escribir con tinta de color púrpura —. Bulgaria solo está a un salto en avión.

La Nochebuena se cuela en la sala de recreo en forma de un árbol algo torcido que ha traído uno de los empleados de la casa.

Me dejo caer en un sillón, con la cabeza abotargada después de un día más aprendiendo el dialecto de Rhydderch y Muirgen.

La casa está en silencio; me pregunto a cuántos guardias les habrán dado permiso para que vayan a pasar la Navidad con su familia.

Suena la música de la radio y la chimenea está llena de troncos que irradian calor.

Fuera cae la nieve. Marquis está concentra do en una partida de ajedrez con Katherine, con el cuaderno de dibujo asomándole del bolsillo.

Todos los demás observan la partida, o leen, o charlan en voz baja.

Desde luego el ambiente no es de fiesta, y la ausencia de Dodie es patente.

Lo único en lo que puedo pensar es en que solo quedan tres días para que lleguen los dragones búlgaros, a menos que le diga a Wyvernmire todo lo que sé.

Atlas se sienta en el sofá, a mi lado. Sus notas se han vuelto más frecuentes desde que lo sacaron del aislamiento, la noche de mi visita a Wyvernmire.

Me he encontrado trocitos de papel entre las páginas de mis libros de la biblioteca, en el bolsillo de mi chaqueta e incluso bajo el plato, durante la cena.

Sin proponérmelo, me doy cuenta de que respondo cada vez con más entusiasmo, pensándome cada palabra que escribo, a veces durante horas.

—¿Qué sueles hacer con tu familia por Navidad? —me pregunta Atlas, alargando la mano para quitarme una aguja de pino que tengo en el pelo.

Siento un pinchazo en el pecho. Ursa estará pasando la Navidad con extraños. ¿Le comprarán al menos un regalo?

—Comemos, bebemos y pasamos después a los juegos —respondo, haciendo un esfuerzo por poner un tono alegre—. Ganso asado y el chucrut de mamá, jerez y payasadas. Solo los seis. —Echo una mirada a Marquis, que acaba de rendirse ante Katherine—. ¿Y tú?

—Misa del Gallo con mi madre en Nochebuena —dice Atlas —. Budín de ciruelas, si conseguimos las ciruelas. Y villancicos: mi madre y yo cantamos para recolectar dinero para un hospital pediátrico de tercera clase.

—Atlas King, eres extraordinario.

Los ojos se le iluminan de la sorpresa y suelta una risa grave.

—¡Es la primera vez que oigo mi nombre y una palabra así usados en la misma frase! —exclama, con una sonrisa pícara en el rostro. Me inclino hacia él hasta que nuestros hombros se tocan. Él le da vueltas al botón de latón de su manga con sus dedos, largos y llenos de callos.

—¿Qué palabras has oído que usaran para describirte?

Atlas se encoge de hombros.

—Pobre. Rabioso. Inadaptado.

Siento un nudo en el estómago. Él sigue concentrado en su botón y de pronto el deseo que tengo de besarle es casi irresistible.

Pero yo no puedo ofrecerle ningún consuelo.

Ni por eso, ni por lo que ocurrirá en tres días si no le doy a Wyvernmire lo que quiere.

Paseo la mirada por el resto de los reclutas.

No tienen ni idea de lo que se les viene encima.

Se abre la puerta y entran dos guardias, seguidos por Ravensloe.

Marquis y Katherine se ponen en pie y siento que Atlas se tensa a mi lado. Ravensloe lleva en la mano un decantador con líquido naranja y está sonriendo de oreja a oreja.

—¿Dónde está? —dice, impaciente—. Ah, sí. Marquis Featherswallow.

Marquis mira fijamente al vice primer ministro sin dejar de darle vueltas a una pieza de ajedrez que tiene en la mano. ¿Qué querrá de mi primo?

—Acaban de informarme de que la contribución del señor Featherswallow a la creación de una molleja mecánica nos ha permitido diseñar y construir un avión con unos mecanismos que en buena medida se parecen a los de un dragón.

—Pasea la mirada por la sala, con los ojos brillantes—.

Y con esto el Departamento de Aviación queda cerrado.

Me giro y mis ojos se encuentran con los de Marquis. Tiene el rostro de un rojo encendido y los nudillos de la mano en el que aprieta la pieza de ajedrez se le están poniendo blancos.

—Enhorabuena, recluta — añade Ravensloe—. Has cumplido tu misión.