Capítulo 21
Vuelvo al pasillo donde estaba la estatua gigante del huevo y encuentro la oficina de Wyvernmire.
Es como si hubieran pasado años desde aquella carrera con tacones para pillar a Atlas.
Me cuelo por la puerta que hay tras el huevo y emboco un corto pasillo.
Hay otra puerta al final. ¿Será aquí donde viene Atlas a espiar a la primera ministra?
Respiro hondo y siento que las lágrimas se me secan en el rostro.
Lo que le he dicho a Marquis iba en serio: es hora de ser realistas.
Es hora de darle el código a Wyvernmire.
Llamo con los nudillos.
—¿Sí?
La estancia es grande y muy luminosa. En la chimenea arde el fuego y en un sillón, frente al hogar, está el maletín de Wyvernmi re.
En la mesita auxiliar hay un tablero de ajedrez con piezas de mármol, cada una con la imagen de una especie diferente de dragón.
Ella está sentada tras un gran escritorio y esboza una expresión de moderada sorpresa.
—Vivien —dice con voz suave—. Qué placer verte por aquí.
Me aclaro la garganta.
—Buenas tardes, primera ministra. ¿Qué tal su... vuelo?
—Bastante movido, con todo este viento —responde ella, curvando los labios pintados en una sonrisa.
«Pues deberías probar a volar montada en un dragón».
Wyvernmire vuelve a bajar la vista al papel que estaba leyendo y añade una nota con su pluma.
—¿A qué debo el placer, Vivien?
Doy un paso adelante.
«Cuidado», me dice una voz interna.
Me detengo.
«No muestres todas tus cartas de golpe».
Es la voz de papá.
—He venido a informarla de mis progresos —digo —. En el invernadero.
La primera ministra deja la pluma y levanta la vista.
—Ven y siéntate —dice, señalando la silla al otro lado de la mesa—. ¿Qué has descubierto?
Me siento en la dura silla y paso un dedo por los reposabrazos, en forma de garra. Siento su mirada fija en mí, expectante.
—¿Por qué lo llaman código —pregunto—, cuando saben que es un idioma? Por eso me han reclutado a mí, una políglota, ¿no? Para aprender ese idioma.
Ella sonríe.
—Qué buena pregunta. Al principio no teníamos muy claro lo que era. Y desde luego, la ecolocalización no se comporta como ninguno de los idiomas que conocemos.
—Pero usted hace tiempo que sabe que es un idioma —insisto—. Porque la doctora Hollingsworth se lo dijo. Por eso fue a ella a quien envió a mi casa para reclutarme, y no a Dolores Seymour.
Wyvernmire levanta una ceja.
— Solo alguien que domine un idioma está capacitado para determinar la soltura de otra persona en ese idioma —prosigo—.
Que alguien pueda esbozar unas cuantas frases en wyrmerio no significa que tenga el acento correcto, que comprenda los matices y las implicaciones relacionados con la cultura del lenguaje.
Dolores Seymour no habría podido juzgar mi dominio de las lenguas dracónicas, puesto que ella no las habla.
¿Sabrá Wyvernmire que Hollingsworth me envió el trabajo de mi madre?
—Los búlgaros lo llamaron código, así que es el nombre con que se ha dado a conocer —me explica Wyvernmire.
—¿Los búlgaros?
No voy a decirle que la doctora Seymour me ha hablado del estudio de la ecolocalización realizado por los humanos búlgaros, que provocó la matanza. Supongo que no es algo que deba contar a sus reclutas.
—Me temo que fueron precisamente los grandes progresos que hicieron en el aprendizaje de la ecolocalización lo que hizo que sus dragones decidieran iniciar esa masacre —responde Wyvernmire.
Me observa atentamente e intento fingirme sorprendida—.
Por eso prestamos especial atención a mantener en secreto el trabajo que realizáis en el invernadero.
—Pero usted ya sabe que la ecolocalización es un idioma que para los dragones es tan natural como el respirar. ¿Por qué sigue llamándolo código? ¿Es para que suene más peligroso?
—Bien podría ser que fuera un código, en vista de lo lejos que estamos de entenderlo — afirma Wyvernmire con frialdad. De su gesto amable de pronto no queda ni rastro—. Bueno, ¿vas a contarme tus progresos?
—Empiezo a comprender sus... variaciones —digo yo—. Pero va a llevarnos más tiempo del que pensábamos. No es solo aprender un idioma. Sería más bien como aprender varios.
—¿Es que hay varios idiomas de ecolocalización?
—Eso creo, sí.
—¿Y son muy diferentes unos de otros? —Vuelve a apoyar la espalda en la silla y arruga la frente.
Hago una pausa. Si se lo cuento, no hay vuelta atrás.
—¿Y bien? —insiste—. ¿Son tan diferentes como el francés y el holandés?
—No — respondo enseguida—. Son similares. Todos derivan de un idioma universal, como...
—¿Sí?
—Como si fueran dialectos.
Wyvernmire se pone en pie y echa a caminar por el despacho.
—Hollingsworth y Seymour debían de saberlo ya...
—¡No! —la interrumpo—. No lo sabían. Lo he descubierto gracias a que mi madre estaba estudiando dialectos dracónicos de las lenguas habladas, y he pensado que la ecolocalización podría funcionar del mismo modo.
—No tenemos tiempo para aprender varios dialectos de ecolocalización.
—Primera ministra, tiene a toda la Academia de Lingüística Dracónica a su disposición. Si recluta a algunos de sus lingüistas, estoy segura de que descifrarán los dialectos en muy poco tiempo.
Wyvernmire niega con la cabeza. En la suave piel de su cuello han aparecido dos manchas de un rojo intenso.
—En tres meses era imposible conseguirlo —añado —. Pero en cinco años se podría...
—¿Cinco años? —Wyvernmire se gira de golpe y me mira con rabia—. Apenas tenemos cinco días.
«¿Cinco días?».
—La situación se ha vuelto desesperada —señala Wyvernmire—. Un número cada vez mayor de dragones de la reina Ignacia están abandonándola para unirse a la rebelión. Ya he iniciado contactos con Borislav.
—¿Borislav? ¿El dragón búlgaro para el que traduje?
—Cualquier buen líder tiene un plan B, Vivien.
Y cuando el último equipo fracasó en la misión de descifrar el código, sin ofrecerme ningún avance con el que reforzar nuestras defensas y ganar la guerra que sabía que se avecinaba, decidí que no era sensato depender únicamente de la iniciativa humana.
Escucho el suave tictac del reloj, intentando recordar algo de la conversación con aquel dragón.
«Dile a Wyvernmire que los dragones de Bulgaria están de acuerdo».
De golpe me quedo sin aliento. Niego con la cabeza, sin poder creerme lo que estoy oyendo.
—Se ha aliado con Bulgaria —digo lentamente—. Va a traicionar a la reina Ignacia, ¿no es así?
— Sí —dice Wyvernmire sin dudarlo—. A menos que uno de vosotros pueda traducir la ecolocalización, construirme un escuadrón apto para combatir a los dragones o encontrar el modo de criar a esas bestias, me veré obligada a confirmar mi alianza con Bulgaria en cinco días.
—Suspira—. No es el plan de acción que deseaba, pero no me habéis dejado opción...
—¡Va a hacer que nos maten a todos! —grito, poniéndome en pie de un salto—. ¡La reina Ignacia querrá venganza, arrasará todo el país! Será peor que esta guerra y la anterior.
—No con los dragones búlgaros de nuestro lado —responde Wyvernmire.
Entonces lo recuerdo. Esa línea de tinta turquesa que cruzaba el globo terráqueo de papá, la que unía Britania con Bulgaria, con el emblema de Wyvernmire dibujado. Mis padres lo han sabido desde el principio.
Me quedo mirando a Wyvernmire.
«¿Cómo he podido admirar a esta mujer?».
—¡¿De su lado?! —exclamo —. Los dragones búlgaros no sienten ningún respeto por los humanos: en cuanto les haya dado lo que quieren, erradicarán al pueblo de Britania, igual que hicieron en Bulgaria.
—Te equivocas —responde—. Bulgaria siempre ha sido una amenaza, por supuesto, incluso antes de la Masacre.
Simplemente por el enorme tamaño de sus dragones bolgorith.
Por eso Britania siempre ha intentado tener cierta ventaja, dominando las lenguas dracónicas búlgaras y manteniendo embajadores de ambas especies en el país.
Y, al final, nos aseguramos de que esos dragones estuvieran en deuda con nosotros.
—¿Quiere decir que solo se han prestado a ayudarla porque le deben un favor?
—le espeto—. Todo este tiempo ha estado esperando el momento de romper el Acuerdo de Paz, ¿no es así?
Su acuerdo con la reina Ignacia solo era temporal, para que la ayudara a combatir a los rebeldes, hasta que pudiera contar con los dragones búlgaros, más grandes y potentes.
La cabeza me da vueltas pensando en toda esta locura.
—Debe de haberles prometido algo —sugiero—. A los dragones búlgaros les importan un comino las deudas. ¿Qué puede haberles prometido para conseguir que se aliaran con usted?
—Soy una política con más de veinte años de experiencia en la negociación con dragones. Eso déjamelo a mí. Tú céntrate y dime cuántos de esos dialectos puedes hablar hasta ahora. ¿Qué necesitas para poder aprenderlos más rápido? Pide, y te daré lo que necesites.
Me río.
— Claro, depende de una delincuente adolescente, porque nadie en la Academia está dispuesto a ayudarla, ¿no?
Todos esos expertos en lenguas dracónicas saben de la existencia de la ecolocalización, por supuesto.
Y ninguno quiere tener nada que ver, ni siquiera la propia Hollingsworth, porque saben lo que les ocurrió a los humanos de Bulgaria cuando lo hicieron.
¿Así que soy la única políglota que le queda?
Veo un atisbo de miedo en los ojos de la primera ministra.
—Mi madre tuvo que huir para salvar la vida cuando los dragones búlgaros arrasaron su pueblo —añado—.
Vio cómo se comían a su madre, a su tío y a sus primos.
Fue un milagro que pudiera salir de Bulgaria con vida.
Harán lo mismo a su pueblo, sean rebeldes o lealistas.
Pero a usted eso no le preocupa, ¿verdad?
—Me dejo caer de nuevo sobre la silla y la miro fijamente—.
Ni siquiera ha pronunciado el nombre de Dodie.
—La historia de Dodie es trágica, en eso te doy la razón. Pero fue ella quien rompió el pacto intentando escapar. Mis guardias hicieron lo necesario.
—Matar a una chica indefensa nunca es necesario.