Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Atlas y tú no recibiréis el mismo trato, ni siquiera después de la abolición del sistema de clases.

Por eso necesitamos actuar enseguida, no cuando estemos cómodamente instalados en casa.

¿Y qué hay de los dragones? Desde la masacre de Bulgaria, todo el mundo les tiene un miedo atroz.

Ya han perdido cualquier posición relevante en nuestra sociedad y solo son tolerados por su inmenso poder.

Imagínate una Fitzrovia donde los humanos y los dragones pudieran convivir, donde tú y Sheba, la del banco, pudierais tener una conversación de verdad, donde la dragona de la biblioteca no fuera una prisionera.

De pronto recuerdo nuestra infancia durante la Gran Guerra, cuando humanos y dragones luchaban juntos, cuando los dragones emplazados en el exterior de nuestro búnker hacían anillos de humo para hacernos reír.

—La paz no es paz si solo la disfrutan unos cuantos —dice Marquis —. Y lo sabes.

Su audacia me deja sin palabras, y por un segundo casi me siento orgullosa..., pero aparto esa idea de mi cabeza.

—¿Ha sido Karim quien te ha metido en esto? —pregunta en voz baja—. ¿O has sido un rebelde todo este tiempo, como nuestros padres?

—Pero ¿tú te estás oyendo? —responde Marquis, poniendo los ojos en blanco—. Deja de intentar culpar a los demás y por una vez escucha.

Pero no necesito escuchar. Ya sé que lo que me está diciendo mi primo es verdad.

Que lo que me ha dicho Chumana es verdad.

¿Cuántas veces me he imaginado, mientras estaba sola en mi cama, lo que sería haber conocido a Atlas fuera de Bletchley?

Me dan ganas de reírme de mí misma. ¿De verdad pensaba que ganaría la guerra y que luego sería libre de tener una relación con un chico de tercera clase?

En nuestra sociedad todo está diseñado para mantenernos separados.

Sin embargo, hay algo que pasa por delante de todo, cualquiera que sea la realidad:

—Me niego a vivir sin Ursa. Y si no les entrego el código, eso es lo que sucederá..., a menos que Wyvernmire decida ejecutarme antes.

—Quieres recuperar a Ursa, pero no quieres darle un mundo en el que vivir —subraya Marquis—.

Muy bien, adelante. Vuelve a tu gran casa de Fitzrovia, donde Ursa recibirá varazos cada vez que su rendimiento en la escuela no sea excepcional.

Mejor eso que ser degradada, ¿no? — Me mira con dureza—.

Pero, cuando todo esto acabe, yo me voy con Karim.

Voy a ayudar a la tercera clase, a los dragones, a los...

—A los rebeldes —digo yo, acabando la frase por él.

Asiente.

—Sabes perfectamente que es imposible que salgáis de aquí los dos —digo en voz baja—. Piénsalo bien. A ella no puedes vencerla... solo puedes ayudarla.

Nos miramos fijamente y siento una punzada en el pecho, una presión que me deja sin respiración.

—Nuestros padres forman parte de la Coalición —dice Marquis—. ¿De verdad crees que es esto lo que querrían que hiciéramos? ¿Que contribuyéramos a la causa por la que están dispuestos a dar la vida? Si estuvieran aquí ahora, ¿tú qué crees que dirían?

«Vete de Londres», me dijo mamá. Ya sabía lo peligrosa que es Wyvernmire.

— Los rebeldes no pueden ganar, Marquis. Wyvernmire tiene a todo un ejército a sus órdenes.

—¿Y si te dijera que sí pueden ganar? ¿Que el modo de salvar a nuestra familia es unirnos a la Coalición?

—Siempre has sido un soñador —respondo, con una sonrisa triste en los labios—. Pero es hora de ser realistas, primo.

Parece deshincharse, como si de pronto mis palabras hubieran extinguido la última chispa de esperanza que tenía.

—No habrá un después para vosotros —digo, con la voz temblorosa, viendo cómo Marquis se pone en pie y se dirige a la puerta—.

Ni para ti ni para Karim. A menos que ayudéis a Wyvernmire a ganar.

Acabará aplastando a los rebeldes..., es solo cuestión de tiempo.

Y tenemos que asegurarnos de sobrevivir... , de que Ursa sobrevive.

Se gira y me mira con profunda decepción.

—¿Sabes cuál es tu problema, Viv? Que eres demasiado cobarde como para jugarte el cuello. Prefieres seguir destruyéndote que cambiar las cosas. Eres igual que ella.

Siento el calor de las lágrimas en los ojos, pero espero a que mi primo deje de mirarme, intentando comprender qué es lo que nos ha pasado.

Hasta que se va, dando un portazo, no permito que fluya el llanto.

Me dejo caer en una silla y lloro como una niña.

Desearía llamarlo para que volviera, rogarle que no me dejara.

Marquis tiene razón. Soy una cobarde. Pero la perspectiva de vivir sin mis padres, sin Ursa, me resulta inimaginable.

O salvo a nuestra familia dándole el código a Wyvernmire, o los pierdo para siempre.

Me pongo en pie y me enjugo las lágrimas.

Quizá haya nacido mala, o quizá la maldad me la hayan plantado después, haya arraigado en mí y no pare de crecer.

Desde el verano pasado no he dejado de tomar decisiones egoístas para conseguir lo que quería.

Y ahora se ha convertido en parte de lo que soy. ¿Cómo puedes cambiar lo que eres?

Y después de haber tomado tantas decisiones egoístas, ¿qué importa una más?