Capítulo 20 #2
• La ecolocalización es un lenguaje universal usado por todos los dragones.
• Cada grupo de dragones habla un dialecto familiar de ecolocalización diferente al resto.
• Posibles dialectos familiares disponibles para el estudio en Bletchley Park:
• Dialecto A: Muirgen y Rhydderch.
• Dialecto B: Soresten y Addax.
• La ecolocalización tiene el poder de curar, hacer crecer y matar. Sin ella, los huevos no pueden eclosionar.
«No» .
Tacho las dos últimas frases. Eso es un secreto que no le contaré a Wyvernmire. No voy a permitir que experimente con crías inocentes, por útil que pueda ser para la campaña de guerra.
«Pero, si no se lo dices a Atlas, esos huevos no eclosionarán nunca y no conseguirá su objetivo».
El pánico me atenaza el estómago y de pronto echo de menos su contacto.
¿Cómo debe de sentirse, encerrado en una celda, sin nada más que hacer que recordar los últimos momentos de Dodie?
Pienso en la ternura con la que me colgó la golondrina de madera del cuello, en las lágrimas de su rostro anoche, mientras lo abrazaba.
Pese a su carácter rebelde, Atlas es bueno y amable.
¿Conseguirán que se venga abajo, como han hecho con Dodie?
Vuelvo a leer lo que he escrito y siento un sofoco.
Se me eriza el vello de la nuca. Lo he conseguido.
Este es el gran avance que pedía Wyvernmire.
Con tres meses resulta imposible conseguir más, pero gracias a mí ahora sabemos que la clave para descifrar la ecolocalización es aprender sus dialectos.
Y yo ya he empezado a hacerlo.
Cuando acaba el turno, recorro los pasillos vacíos. Bletchley está más silencioso de lo habitual y me pregunto dónde habrán ido a parar todos los guardias.
—¿Marquis?
Está sentado en una de las mesas de la sala en la que nos reunieron a nuestra llegada, en penumbra.
—¿Qué haces aquí solo, a oscuras?
Me mira muy serio.
—A Ravensloe no le ha gustado que le plantarais cara. Y Kno tt no deja de amenazar a Karim con destituirlo por «falta de contribuciones». Karim está tan petrificado que no puede decir nada, especialmente ahora que sabe lo que me ocurrirá a mí si gana.
—¿Le has dicho que te enfrentabas a la pena de muerte?
—Ojalá no se lo hubiera dicho —responde Marquis, arrepentido.
—Hoy ha pasado algo...
—Tengo que contarte algo, Viv.
Ambos hablamos al mismo tiempo.
Marquis se gira y me mira de frente. Estoy a punto de decirle que lo he conseguido. He conseguido el objetivo para el que me trajeron aquí. He descifrado el código, o al menos tengo la clave para aprender ecolocalización. Él hace una pausa, me mira fijamente y me doy cuenta de que parece asustado.
—¿Qué pasa? —pregunto en voz baja—. Oh, Dios. ¿Qué has hecho?
—No puedo seguir con esto —me dice con una voz que apenas es un susurro.
—¿Con qué? ¿Con la construcción de aviones?
— No puedo trabajar para Wyvernmire. No puedo estar en su bando.
—Marquis, ¿qué quieres decir? No estás en ningún bando. Estás aquí para salvar a nuestros padres.
—¡Estoy en un bando, y tú también! Tenemos que dejar de hacer como si no tuviéramos responsabilidad en todo esto.
Yo estoy aquí, construyendo aviones para la mujer que amenaza con ejecutar a nuestros padres.
La mujer que prefiere ir a la guerra que cambiar ese acuerdo de paz corrupto. ¡Que ha hecho que mataran a Dodie!
—Fue Ravensloe quien hizo que mataran a Dodie —le corrijo.
Pero de pronto solo puedo pensar en lo que me dijo Chumana.
«Estás en el lado equivocado de la historia, niña humana».
—¿Y si no se tratara únicamente de salvar a nuestra familia? —plantea Marquis—. ¿Y si podemos salvarlos y ayudar a que ganen los rebeldes?
Niego con la cabeza.
—Si no le damos a Wyvernmire lo que quiere, no volveremos a verlos. Nos jugamos demasiado como para ayudar a nadie.
—¿Y luego, qué? ¿Volvemos al sistema de clases, al Examen, a tratar a los dragones como ciudadanos de cuarta clase?
—Volvemos a la paz...
—¿Qué paz, Viv? —grita—. ¡Estamos en guerra!
Lo miro fijamente.
— Wyvernmire pondrá fin a la guerra. Pero los rebeldes la prolongarán durante años, intentando conseguir lo que quieren. Y si los ayudamos, perderemos todo aquello por lo que estamos luchando.
—Los rebeldes también están luchando por sus seres queridos, Viv —dice, y me mira de un modo que me entran ganas de llorar—. ¿De qué vale salvar a Ursa para que vuelva a una vida en la que pueden degradarla por suspender un examen, donde podríamos perderla de la noche a la mañana...?
Se le quiebra la voz.
Recuerdo las porras plateadas y lo que me dijo Sophie sobre la muerte de Nicolas, sobre la falta de comida y de medicinas.
—Yo quiero ayudar a la gente de tercera clase, Marquis. Y desearía que hubiera dragones en cada esquina, como cuando nues tros padres eran jóvenes. Pero para conseguir eso no puedo entre gar a mamá, papá y el tío Thomas en sacrificio. Los quiero demasiado...
—¡¿Y tú crees que yo no?! —exclama Marquis, con el rostro surcado de lágrimas—. Pero ¿cómo podemos elegir una buena vida para nosotros y no para todos los demás?
Niego con la cabeza. Hace que lo que yo sugiero que hagamos suene malvado, pero no tengo otra respuesta. Cuando pienso en Ursa y en mis padres, me enciendo por dentro. Soy incapaz de elegir ninguna otra cosa. Marquis se arremanga lentamente, mostrándome las cicatrices del brazo.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Tú no crees que es una crueldad hacerle estas cicatrices a un niño solo porque en algún momento no ha cumplido una serie de normas arbitrarias? ¿Cuántas tienes tú, Viv? ¿Siete? ¿Ocho?
Me agarro el brazo con fuerza.
—Estás sacando esto de quicio...
—Nuestros padres estaban tan aterrados de que pudiéramos acabar en tercera clase... Quiero pensar que ahora se avergonzarán de ello.
Me dejo caer sobre uno de los pupitres. ¿Adónde va esta conversación?
—¿Y qué hay de Atlas? —dice Marquis, endureciendo la voz —. ¿Acaso pensabas que ambos ganaríais en vuestras respectivas categorías y que podríais salir de aquí juntos y ser felices para siempre?
—Eso no —replico, airada—. No intentes usarlo en mi contra.
Marquis no se baja la manga de la camisa.
—Finjamos que han ganado los rebeldes. No hay Acuerdo de Paz, ni sistema de clases, ni Examen. La gente puede vivir, trabajar y comprar donde quiera y lo que quiera. Todo el mundo es igual, ¿verdad?
Lo miro, perpleja.
—Supongo que sí...
—Pues no. Tú sigues viviendo en casa de tus padres, en Fitzrovia, que Ursa y tú heredaréis cuando mueran.
Pero ¿y tu novio? Él no tiene propiedades porque sus padres y sus abuelos han sido siempre de tercera clase.
—Se pasa un dedo por el brazo, acariciándose las marcas blancas que tiene sobre la piel—.
No tiene la formación que tienes tú porque las escuelas de tercera clase a las que ha ido no cuentan con presupuesto, así que siempre será la última opción en cualquier selección de personal.
No tiene una buena experiencia profesional porque sus padres no pudieron costearle las prácticas cada verano.
—Para — le ruego, sintiendo que se me calientan las mejillas—. Ya sé lo que intentas hacer.
—No tiene familia en la que apoyarse porque su madre no tenía dinero suficiente para alimentarlos a él y al bebé que llevaba en el vientre.
De pronto siento náuseas. ¿Cuándo le ha contado eso Atlas?
—Y luego está el hecho de que no es blanco.
—Serena no es blanca...
—Serena es de primera clase y tiene un apellido de ascendencia dracónica que hace que nadie se fije en el color de su piel. El caso de Atlas es diferente.
Me giro hacia la ventana, con la mirada perdida.
—Tienes razón en que lo que intentan conseguir los rebeldes llevará años, porque las desigualdades están tan instauradas en nuestra sociedad que va a haber que escarbar con fuerza para eliminar tantos prejuicios.
Se baja la manga y se cubre las cicatrices.