Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El mundo se para de golpe, y de pronto se pone en marcha otra vez.

—¡La has matado! —grita Atlas, cargando contra el guardia que lleva a Dodie en brazos. Marquis lo sigue, pero en pocos segundos los guardias los reducen.

—¡Soltadlos! —les grito a los guardias que los tienen inmovilizados contra el suelo—. ¿No os basta con lo que habéis hecho?

A nuestras espaldas oigo a Sophie sollozando sobre el cuerpo de Dodie.

Serena intenta tranquilizarla, pero ella se la quita de encima.

¿Cómo puede ser que alguien que hace un momento estaba trepando una valla de pronto esté tan inmóvil?

Me quedo mirando el cuerpo de Dodie, casi esperando que se ponga en pie y nos sonría.

Querría arrodillarme y desabotonarle la chaqueta, para comprobar si todo ese charco de sangre procede de ella, pero me contengo.

Un guardia pone a Atlas en pie de un tirón, y cuando le veo por fin el rostro observo que está cubierto de lágrimas.

Gideon y Karim están paralizados, atenazados por el horror, y cuando más guardias entran a la carrera levantan las manos.

—¡Has matado a nuestra amiga! —masculla Atlas, incrédulo.

Voy a su lado, haciendo caso omiso del guardia que le tiene agarradas las manos a la espalda, y lo rodeo con mis brazos.

—¿Amiga? —dice alguien en voz alta.

Me giro. Ravensloe está bajando por una de las escaleras. Observa la escena y endurece el gesto, haciendo una mueca de asco al ver el cuerpo inerte de Dodie.

—Esa chica no era vuestra amiga. Mirad a vuestro alrededor. —Llega al último escalón y mueve un brazo, señalando las cuatro paredes—. Mirad dónde estáis. Esto no es un internado para niños ricos. No estáis aquí para hacer amigos. Sois delincuentes. Y estáis aquí para pagar por vuestros delitos.

Veo a Marquis arrugando el gesto mientras forcejea con el guardia que lo retiene.

—Esta noche Dodie ha decidido abandonar sus obligaciones —dice Ravensloe, sin cambiar de tono—. Se le había ofrecido una segunda oportunidad y la ha rechazado. Y ha pagado su ingratitud con la vida.

—¡No le han dado ninguna oportunidad! — grita Marquis—. Le han asignado una tarea imposible y luego le han dicho que, aunque consiguiera realizarla, sería a costa de Atlas!

Atlas contiene el llanto y yo lo agarro con fuerza, fijando la vista en el guardia que tiene detrás hasta que no puede más y aparta la mirada.

—No podrán seguir con esto —dice Serena con la voz temblorosa, mirando a Ravensloe—. La primera clase no... Yo no...

—Tú, Serena Serpentine, deberías considerarte afortunada de estar aquí —replica Ravensloe con tono burlón. Le hace un gesto a un guardia, que da un paso adelante y aparta a Sophie del cadáver de Dodie.

—¡Suéltame, desgraciado! —grita ella.

Katherine sale en su defensa, pero un guardia le corta el paso y se levanta la visera. Siento un odio irrefrenable en mi interior.

—Vais a tener que olvidar cualquier idea de amistad —subraya Ravensloe —. Estáis aquí con un solo objetivo, un objetivo que de momento no habéis conseguido. Dodie debería ser un ejemplo para quienes alberguen cualquier idea de eludir su responsabilidad o ceder a la cobardía.

—Aquí el único cobarde es usted —le espeto.

Las palabras salen de mi boca antes de que pueda contenerlas, y veo que Ralph esboza una sonrisa complacida. Ravensloe entrecierra los ojos y me mira, con los ojos convertidos en sendas rendijas.

—No sé si debería recordarte que, si me pones a prueba, serás degradada y reemplazada —amenaza.

«Como si tuvieras tiempo de enseñarle la ecolocalización a alguien nuevo», querría decir. ¿De verdad correría el riesgo de perdernos a todos en este momento? ¿O todo esto no es más que una amenaza vacía para someternos?

—Algunos de vosotros —añade Ravensloe, mirando fijamente a Atlas— estáis más cerca de la degradación que otros.

—Pues degrádeme —replica Atlas —. O, mejor aún, máteme como acaban de matar a Dodie. Solo que eso ahora no puede hacerlo, ¿no? Si mata a los dos reclutas que tiene en Zoología, ¿quién se va a encargar de conseguirle un ejército de dragones?

Ravensloe se pone morado; luego mira a los diez guardianes que acaban de oír una información que supuestamente debería estar sometida a la Ley de Secretos Oficiales.

El corazón me da un vuelco en el pecho y siento un sudor frío en la espalda.

Levanto la vista, miro a Atlas y él me sonríe, tranquilo.

—¡Ponedlo en aislamiento! —grita Ravensloe—. ¡Y los demás, a vuestros dormitorios!

—¿Otra vez en aislamiento? —protesto, mientras los guardias se llevan a Atlas hacia la puerta principal y alguien me separa de él de un tirón—. ¡Atlas! —grito—. ¿Adónde te llevan?

Pero ya están cruzando el patio, con él a rastras.

—¡Cierra la puerta con llave, Featherswallow! —me grita desde la distancia.

Los otros reclutas ya están subiendo las escaleras. Sophie va apoyada en Serena. Marquis me espera, con el rostro cubierto de lágrimas. Seguimos a los demás y siento la mirada de Ravensloe fija en la espalda.

Dodie está muerta. La rotundidad de la palabra hace que la cabeza me dé vueltas.

Solo puedo pensar en que, si no le entrego el código a Wyvernmire, yo también lo estaré en breve.

Y también Marquis, si no acaba la construcción del avión de Knott.

Siento náuseas, y la sensación empeora cuando oigo el llanto de Katheri ne desde el rellano.

Marquis mira por encima de mi hombro, hacia el interior del dormitorio de las chicas.

—Escucha, Viv, ya no puedes confiar en nadie.

—Lo sé — respondo, con la voz ronca.

—Ver morir a alguien puede volver loco a cualquiera. Lo que acaba de suceder... es una prueba de realidad para todos. Y Sophie y Katherine no pueden permitirse que descifres el código.

Lo miro fijamente. Sophie no intentaría matarme. ¿O sí?

—Tú también ve con cuidado —susurro—. Karim...

—No es una amenaza —responde él, decidido.

—¡Apenas lo conoces! Y Wyvernmire tiene a sus padres. Lo ha dicho.

—No me hará daño —repite Marquis.

— Pero ¿y si lo hace? ¿Y si llega a la conclusión de que no tiene alternativa?

—Entonces yo...

No acaba la frase, y ambos apartamos la mirada. ¿Qué es lo que estaba a punto de decir? ¿Que mataría a su novio si fuera necesario?

Suelto un suspiro tembloroso.

—Ya no sé ni qué somos, Marquis...

Él niega con la cabeza.

—Dos chicos que quieren salvar a su familia, eso somos. ¿Aún tienes ese cuchillo que te dio Atlas?

Asiento.

—Está bajo mi almohada.

—Bien. Hazme una señal si me necesitas.

—Ten cuidado —susurro.

Ya en el dormitorio, nos desnudamos en silencio.

Le echo una mirada a Sophie, pero ella me ve y niega con la cabeza, con los ojos hinchados de tanto llorar.

Me meto en la cama y amontono los almohadones, para ver mejor la habitación.

Cuando busco el cuchillo bajo la almohada, encuentro a su lado el pañuelo que me hizo Dodie.

Agarro ambas cosas con fuerza. Dodie siempre me había parecido tímida.

Amable. Delicada. Pero en realidad era valiente.

Se había negado a seguir aquí, a competir con Atlas, se había negado a trabajar con esas crías de dragón secuestradas.

«Sí, y mira adónde la ha llevado la valentía».

La habitación no se llena enseguida con el sonido de la respiración de las chicas, como otras veces, y me quedo despierta durante horas, preguntándome cuántas de ellas pensarán que voy a abalanzarme sobre ellas en plena noche.

Oigo voces de guardias en el exterior, cargadas de urgencia y adrenalina, y pasos sobre la grava.

¿Qué harán con el cuerpo de Dodie? Me pesan los ojos, y agarro con fuerza el mango del cuchillo intentando no dormirme, observando las siluetas inmóviles de las otras en sus camas.

«Nadie va a intentar matarte, Viv».

«¿Y cómo lo sabes?», me replico a mí misma. ¿Y si alguien tiene motivos aún más imperiosos que yo para descifrar el código? ¿Y si ellas también se arriesgan a perder una familia o una hermana?

Ya de madrugada, cuando los ojos se me cierran, oigo dos sonidos. El murmullo de un helicóptero y los sonoros rugidos de varios dragones. No son llamadas, ni advertencias, ni anuncios, o eso me parece a mí. Son rugidos de homenaje. A Dodie. Ella sí que tenía corazón de dragón.

Por la mañana trabajamos en un silencio solo interrumpido por el ruido que hace al sorberse la nariz la doctora Seymour y por el aullido del viento en el exterior.

Le pregunto dónde está el cadáver de Dodie y adónde se han llevado a Atlas, pero ella menea la cabeza y se lleva un dedo a los labios.

¿Es que nos están escuchando? Lo único que nos dice es que Wyvernmire ha vuelto, que llegó anoche en helicóptero.

Me quedo mirando la máquina locuisonus durante horas.

Gideon está buscando puntos en común entre la ecolocalización y el francés mientras Katherine trabaja en su teoría de que las llamadas mediante ecolocalización tienen una estructura que depende de la especie de dragón a la que se dirigen.

Todo eso tiene tan poco sentido que casi me dan pena.

Ahora que sé de la existencia de los dialectos, sé que habría que estudiar cada uno por separado y compararlos unos con otros para determinar qué llamadas son únicas de cada uno de ellos y cuáles usan todos los dragones sin distinción.

Ya no se trata de descifrar un código, de aprender un idioma.

Tenemos que aprender cientos.

Wyvernmire tardará meses, o quizá años, en crear un equipo de traductores. Quizá no llegue a tener la ocasión de usar el koinamens de los dragones en su contra. Eso me provoca cierto alivio: quizá lo que estoy haciendo no sea tan terrible como creen Chumana y la doctora Seymour.

Le doy un buen trago a mi café. Esta mañana el despertador ha sonado poco después de que me durmiera, y siento como si tuviera los ojos llenos de arena.

Pienso en Dodie y en lo desesperada que debe de haberse sentido para intentar saltar esa valla.

El recuerdo de su cuerpo cayendo desde lo alto aún me estremece.

Escribo los conceptos básicos de lo que sé.