Capítulo 19
Para cuando regreso a Bletchley Park, tengo las manos insensibles del frío.
Lo único que quiero es acurrucarme junto a la chimenea y dormir, pero en lugar de eso me llevo la máquina locuisonus al invernadero.
La doctora Seymour está ahí, enfrascada en la lectura de un libro. Cuando me ve entrar lo cierra de golpe.
—¿Dónde has estado? Soresten me ha dicho que te has llevado la máquina locuisonus a una revisión de mantenimiento. —Suelta una carcajada airada—. ¿Tienes idea del riesgo en que has puesto el programa? Te he encubierto una vez, Vivien, pero no volveré a hacerlo...
—Ahora soy yo la que la está encubriendo —le digo.
La doctora Seymour da un paso atrás.
—¿Perdona?
—Sé que es una espía —añado—. Ahí es donde he estado hoy. Con una de sus colegas.
Remarco la última palabra y la doctora Seymour se queda pálida.
—¿Chumana?
Asiento, y ella cierra los ojos.
— Es cierto. La Coalición debe de haber enviado a Chumana después de que recibieran mi último mensaje...
—¿Qué decía el mensaje? —pregunto, sin inmutarme—. ¿La ubicación precisa de Bletchley Park?
—No seas tonta. Eso ya lo saben —responde la doctora Seymour, que levanta la vista y se queda mirando los árboles que nos rodean—. Les dije que estabas haciendo demasiados progresos, a pesar de que estuvieras intentando ocultármelos, y que muy pronto podrías utilizar la ecolocalización tú sola.
Me quedo de piedra.
—¿Así que les dijo que enviaran a Chumana para ver si podía convencerme de que parara? —No logro ocultar mi asombro—. ¿Cómo es que la conoce?
—Tu encuentro con la dragona encerrada en la Universidad de Londres no pasó inadvertido precisamente, ni al DDCD ni a los rebeldes. Y cuando la liberaste, se unió a la Coalición.
— Pero..., si está de acuerdo con Chumana en que los humanos no deberíamos aprender a hablar con la ecolocalización, ¿por qué inventó la máquina locuisonus?
—Lo hice antes de saber el daño que podría causar —confiesa—. Y lo lamento amargamente.
—Sin embargo, nos enseña cosas sobre la ecolocalización a diario.
—Necesito una tapadera realista.
—Una tapadera que le permita espiarnos —replico—. No es de extrañar que casi nunca detectemos llamadas rebeldes: ¡saben que no deben volar por aquí! Y ahora que saben dónde nos encontramos podrían atacar en cualquier momento...
—Hace meses que lo saben. No atacarán. Aún no.
—¿Aún no? — respondo, casi sin aliento—. Si los rebeldes sa ben dónde estamos, ¿por qué no han intentado llegar a Wyvernmi re cuando estaba aquí, la noche del baile?
—En contra de lo que te hayan podido decir, el objetivo de la Coalición no es la guerra, Vivien. Es el cambio.
La doctora Seymour me mira con una expresión triste en los ojos.
—¿Vas a denunciarme?
¿Que si voy a denunciarla? Si delato a la doctora Seymour ante Ravensloe, la mandará arrestar.
Los rebeldes podrían tomár selo como una señal para atacar y se desataría el infierno.
He he cho más progresos que nadie hasta ahora con la ecolocalización, y lo único que me queda por hacer es explicarle a Wyvernmire que no es un código, sino un idioma con dialectos que habrá que aprender.
Puede que no sea la noticia que se esperaba, pero es el progreso que pedía.
Y entonces podré salir de aquí, volver con Ursa y con mis padres... y a lo mejor, solo a lo mejor, puede que consiga que liberen también a todos los demás.
Poso la mirada en el armario donde encontré el correo dracovol. La doctora Seymour lo usaba para comunicarse con los rebeldes, pero también me lo dejó para descubrir dónde estaba Ursa. ¿Quién es realmente esta mujer?
—Sé lo que pasa en Canna gracias a lord Rushby —le digo—. Pero ¿qué pasa en Eigg?
—Eso no puedo decírtelo —responde.
«Entonces es algo importante».
—Si los dragones rebeldes saben que en Bletchley Park estamos intentando descifrar la ecolocalización, ¿por qué no se lo dicen a la reina Ignacia, para enfrentarla a Wyvernmire?
—Porque no queremos una guerra aún más cruenta de la que ya tenemos. — La doctora Seymour hace una pausa—. ¿Para qué necesitabas la investigación de tu madre?
—La ecolocalización no es solo un idioma —le digo—. Pero eso usted ya lo sabía, ¿no?
—Pero tu madre...
—Es antropóloga dracónica. Descubrió que las lenguas dracónicas tienen dialectos que no son regionales, sino familiares.
La doctora Seymour se inclina, acercando la cabeza.
—¿Familiares?
—Cada familia o grupo familiar de dragones habla su propio dialecto. Yo creo que con la ecolocalización ocurre lo mismo. —Hago una pausa—. Pero usted tiene que saberlo, doctora Seymour. ¿Los dragones de la Coalición no se lo han dicho?
— No quieren hablar de la ecolocalización con humanos, ni siquiera con los rebeles.
Y hacen bien. La naturaleza humana es voluble.
Cambiamos de bando como cambiamos de ropa.
Lo que has dicho de los dialectos familiares...
me recuerda los grupos de ballenas. Cada grupo tiene sus llamadas particulares; así es como distinguen a sus miembros de los de otros grupos.
¿Cómo puede saber tanto la doctora Seymour y aun así...?
—Lo está arriesgando todo —le digo—. Su carrera, su investigación, su vida. El otro día oí a Ralph. ¿De verdad quiere darle la satisfacción de ver cómo la despiden y la arrestan?
—Lo arriesgo todo por la gente a la que quiero —responde la doctora Seymour, con decisión—.
Por la tercera clase, por los dragones con los que estamos perdiendo el contacto.
Por mi hijo. —Se lleva las manos al vientre y me doy cuenta de que he abierto los ojos como platos—.
Quiero que crezca en un mundo igualitario.
Quiero reparar el daño que he creado. Cuando Ravensloe me invitó a venir a Bletchley y a que trajera mis máquinas, yo trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en relaciones internacionales con los dragones.
Y acepté porque sabía que podía enmendar algunos de mis errores desde dentro. Las máquinas locuisonus...
—Son increíbles — digo yo, en voz baja.
—Son peligrosas —dice ella, endureciendo la voz—. Hay un motivo por el que no poseemos las mismas capacidades que los dragones, Vivien. Somos demasiado malvados para merecérnoslas.
—Pero piense en el progreso: un idioma nuevo a la espera de ser descifrado. Es el descubrimiento del siglo.
—Pero piensa en el precio. ¿No te lo ha contado Chumana? ¿No entiendes por qué es tan importante para los dragones...?
—Lo entiendo. Y si mis padres no estuvieran en Highfall, quizá... —Niego con la cabeza—. De todos modos, Wyvernmire tardará años en aprender los entresijos de la ecolocalización. Quizá, en ese tiempo, haya cambiado el gobierno. Quizá los rebeldes hayan ganado la guerra.
«Ya no me importa, mientras pueda volver a casa».
La doctora Seymour agita la cabeza, frustrada, sin apartar la mano del vientre.
—Solo un secreto separa a Wyvernmire de poder someter a los dragones — sentencia—. ¿Qué crees que pasó en Bulgaria? ¿Que los dragones masacraron a toda una población sin motivo?
El corazón se me encoge en el pecho.
—¿El gobierno búlgaro descubrió la ecolocalización?
La doctora Seymour asiente y echa una mirada a la locuisonus que aún llevo al hombro.
—Lo que pensábamos que habíamos descubierto durante la guerra ya lo sabía el doctor Todorov, gracias a una máquina que aprovechaba el efecto piezoeléctrico de los cristales de cuarzo.
Era un aparato primitivo, mucho menos desarrollado que su sucesor, mi máquina locuisonus.
Pero era un inicio. Él decía que era como leer los pensamientos de los dragones.
Los humanos de Bulgaria obligaron a los dragones a luchar en combates organizados, secuestraron a sus crías y usaron la ecolocalización para experimentar con ellas. Hicieron cosas terribles.
—Así que... ¿todo este tiempo ha estado fingiendo que sabía menos de lo que sabía en realidad sobre la ecolocalización? ¿Ya sabía lo que era desde el principio?
—Sí —confiesa la doctora Seymour—. Siempre he sabido que es un idioma de importancia capital para los dragones.
Me quedo mirando la máquina locuisonus. Todo este tiempo he pensado que era la clave para salvar a mi familia y encontrar a Ursa, pero me han estado engañando.
—Así que esto no ha sido más que una pérdida de tiempo —reconozco, amargamente—, aprender un idioma que ya conocía...
— No, Vivien —me interrumpe la doctora Seymour—. Olvidas que yo no soy traductora. El descifrado de la ecolocalización, el significado de cada llamada, la existencia de esos dialectos... todo eso lo has hecho tú.
—¿Y el equipo anterior? ¿Los reclutó simplemente para sabotear su trabajo? ¿Dónde están ahora, doctora Seymour?
Tiene la decencia de dejar caer la cabeza, avergonzada.
—Los cables de las reperisonus no se rompieron accidentalmente —prosigo—. Los cortó usted. Todo este tiempo ha estado intentando evitar que progresáramos en los conocimientos que usted misma nos había dado.
—Así es —reconoce ella—. Cuando sugeriste la posibilidad de que la hembra de dracovol estuviera hablándoles a sus huevos a través de la ecolocalización, me asusté.
Temía no poder evitar que descifraras el código, cuando te estabas dando cuenta de cosas que yo había tardado mucho en entender.
Me aterraba que pudieras darle esa información a Dodie o Atlas, y que ellos le dieran al profesor Lumens la clave para conseguir que los huevos de dragón eclosionaran.
Ibas tan rápido que me costaba seguirte.
Es casi imposible sabotear el trabajo de una traductora experimentada si apenas conoces el idioma del que está traduciendo.
—Así pues, los reclutas anteriores..., ¿qué fue de ellos?
— Simplemente los enviaron de nuevo a los lugares donde estaban antes.
—¿Está segura de eso? —insisto, bajando la voz.
Los ojos se le llenan de lágrimas.
—Tenía que conservar mi posición como informadora. La alternativa era...
Niego con la cabeza. No quiero oír nada más, solo quiero irme a casa.
—Debería entender que he de entregar la traducción de la ecolocalización a Wyvernmire —le digo—. Usted también tiene algo muy importante que perder...
—Toda la familia de tu madre murió asesinada en Bulgaria, ¿verdad?
Asiento.
—Si Wyvernmire aprende a usar la ecolocalización, los dragones de Britania se alzarán en guerra. Se repetirá la historia. —Me mira, y esta vez es una mirada gélida, dura—. Y entonces ambas perderemos lo que más queremos.
En la cena, Marquis me recibe con una mirada fulminante.
—¿Dónde has estado toda la tarde? —me dice, agitado—. La doctora Seymour ha dicho que te has llevado una máquina a reparar. No estabas en los talleres, así que...
—Has pensado que podías dedicar la tarde a intentar descifrar el código, ¿no?
—interrumpe Katherine, sentándose frente a mí, con el gesto duro—.
No estabas llevándote la locuisonus para que la reparasen; simplemente te la estabas agenciando para tu uso personal, y la doctora Seymour te ha encubierto.
Todos sabemos que quiere que ganes tú. Seguro...
—Se la he llevado a Knott para que arreglara uno de los diales —miento—. Y luego...
«Más vale cargar con la culpa de algo que no he hecho que contarle a todo el mundo que he salido de Bletchley Park con una dragona rebelde».
—Y luego la he usado para escuchar a los dragones que están de patrulla.
— Así que Katherine tiene razón —dice Sophie, con frialdad—. La querías para ti, a pesar de haberla tenido ya toda la mañana a tu disposición.
Karim le pasa una bandeja con una tarta de carne, pero ella permanece inmóvil.
—Típico de Viv —añade lentamente—. Siempre obsesionada con ganar, caiga quien caiga.
Siento que me arde el rostro. No puedo negarlo, así que me limito a coger el tenedor y me pongo a comer.
Katherine suelta una carcajada forzada.
—Por lo que he oído, no es la primera vez que traicionas a alguien cercano.
«¿Qué se supone que significa eso?».
—A lo mejor Gideon tenía razón... —añade, echándome una mirada de desprecio.
—¡Ya basta! —grita Marquis.
Noto que Atlas me está mirando, pero yo no lo miro.
Ahora cree que he robado la máquina locuisonus para ganar ventaja sobre los demás, cuando justo esta mañana estábamos hablando sobre lo que hará Wyvernmire en cuanto consiga el código.
Se hace un silencio total, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos contra los platos de porcelana.
Owen monta guardia junto a la puerta, como siempre, y veo que nos observa con el ceño fruncido.
La radio, situada sobre la repisa de la chimenea, da las noticias:
«El ejército británico ha sufrido nuevas bajas esta mañana en una emboscada para la que parece que el batallón rebelde estaba preparado. Pasamos la conexión a John Seymour, corresponsal de guerra. John, ¿cómo puede ser que los rebeldes se adelanten a todos los movimientos del gobierno?».
Doy un sorbo de agua y me pregunto cuántos espías como la doctora Seymour habrá infiltrados en el ejército.
—¿Adónde ibas antes? —me susurra Atlas.
Tiene las manos vendadas y huele sospechosamente a bálsamo de caléndula.
—Cómo me gustaría que la gente dejara de preguntarme todo el rato dónde he estado —respondo, brusca.
—¿Alguien ha visto a Dodie? —pregunta Karim.
Atlas aparta la mirada y se gira hacia él:
—Yo la he visto hace una hora más o menos. Ha dicho que se iba a dar un paseo.
—Ella nunca llega tarde —dice Karim—. Quizá deberíamos buscar...
Una estruendosa sirena atraviesa el aire. Me llevo las manos a las orejas y en ese momento vemos destellos de una luz tan intensa que atraviesa las cortinas opacas. Atlas y yo corremos hacia la ventana y arrancamos la cortina.
—¡Eh! ¡No podéis hacer eso! —grita Owen.
En el exterior vemos guardias corriendo por el patio hacia la puerta de entrada gritándose unos a otros.
Un dragón sobrevuela la casa, pero el cielo está demasiado oscuro como para distinguir quién es.
Luego veo por fin qué es lo que ha causado el caos: una figura que está saltando la valla.
Los guardias corren hacia allí, y cuando la figura está casi en lo más alto...
BANG .
La figura se tambalea un momento, aún agarrada a la valla.
Luego cae de espaldas, desapareciendo en la oscuridad.
—¡Joder! —exclama Marquis, poniéndose en pie—. ¿Eso ha sido un disparo?
Serena aparta a Owen de un empujón y salimos al vestíbulo, pero los guardias bloquean las puertas de entrada. De pronto se abren de golpe y entra un guardia con alguien en brazos: melena pelirroja, uniforme y un par de gafas rotas colgando de la nariz...
El guardia deposita el cuerpo en el suelo y Sophie suelta un grito y cae de rodillas.
—¡¿Atlas?! —exclamo, casi sin voz.
Él me agarra la mano, aparta a los demás y nos situamos en primera fila. El horror me atenaza el estómago.
Allí tendida, en medio del vestíbulo, con una mancha de sangre en el pecho, está Dodie.