Capítulo 18 #2
Su correo dracovol no tenía nada que ver con Ravensloe ni con la investigación. Está comunicándose con la Coalición Humanos-Dragones.
—¿A decírmelo a mí? —respondo, incapaz de contener la indignación —. Yo trabajo para la primera ministra Wyvernmire, que tiene a todo el ejército británico a sus órdenes. Tú a mí no puedes decirme nada.
—Ah, sí, la mujer que amenaza con matar a toda tu familia —replica Chumana, socarrona—. No sabía que fueras tan cobarde, niña humana.
—No lo soy —protesto—. No tengo elección. Hago lo que hago en el invernadero para salvarlos.
—¿Tienes idea del daño que estás causando?
—Yo solo hago lo que me dicen. ¿Por qué sería malo que los humanos hablaran el koinamens? Ya hablamos lenguas dracónicas.
—Porque el koinamens no forma parte de la naturaleza hu mana —responde Chumana con rabia —. Por eso tenéis que recu rrir a esa lengua artificial y antinatural que distorsiona el sonido de mis llamadas, despojándolas de su verdadera esencia.
Vuelve a fijar la mirada en la máquina locuisonus.
—Ya sé que no lo es —reconozco, suavizando la voz—. Sé que sirve para cosas que no se pueden hacer con otras lenguas. Puede curar y puede hacer que las crías de dragón crezcan...
—¡¿Qué dragón te ha dado ese conocimiento?! —exclama Chumana.
—Ninguno. Lo he descubierto yo sola. Sé que el koinamens no es un código y que no es un arma. Nacisteis con él. Es parte de vuestra naturaleza. Y que diferentes dragones hablan diferentes versiones, como... dialectos —añado.
Chumana emite un gruñido profundo.
—Tengo razón, ¿verdad? —pregunto. «Y mamá también tenía razón».
—Te estás metiendo en algo que va más allá de tu capacidad de comprensión — me advierte Chumana—. Les ponéis nombres a nuestras llamadas, igual que intentáis categorizar las diferencias en nuestro aspecto externo, pero no comprendéis cómo encajan unas con otras, creando un todo.
—Pero yo quiero comprenderlo, quiero saber cómo conversan los dragones...
—El koinamens no está hecho para la conversación; para eso tenemos los idiomas.
¡Aun así, seguís hurgando, con la esperanza de conseguir someterlo a una organización gramatical, porque así qui zá consigáis someterlo a vuestra voluntad!
Lo que no veis es que, aunque el koinamens dice menos que otros idiomas, significa más.
Es más profundo que el intelecto, más rápido que la luz.
Es el susurro de una madre que llega a la mente de su cría para tranquilizarla mientras espera su regreso al nido.
Dime, niña humana: ¿se puede traducir el significado de un apretón de manos?
¿De la risa de un niño? ¿De un último aliento?
Me quedo mirando una hoja de hierba pisoteada. ¿Cómo puede ser un lenguaje más rápido que la luz?
—¿Sabes por qué se opone la Coalición al Acuerdo de Paz? —dice Chumana.
—Creen que está corrompido —respondo—. Creen que condena a los dragones al ostracismo y oprime a la tercera clase.
—¿Y tú qué crees?
Pienso en los niños de Canna, en la prohibición de estudiar lenguas dracónicas, en la chica de tercera clase muerta.
—Yo creo que el Acuerdo de Paz se firmó con buenas intenciones —digo, sin mucha convicción.
— Existen muchos países sin acuerdos de paz, niña humana —replica Chumana—.
Pero el nuestro ha hecho de los dragones unos ciudadanos de segunda, apenas tolerados, y ha impuesto un sistema de clases que anula a algunos de los mejores simplemente por su situación económica.
Es una fachada, montada para que la primera ministra Wyvernmire pueda favorecer a sus amigos y tener el poder en sus manos.
—¿Y la reina Ignacia? ¿No firmó ella misma el Acuerdo de Paz?
—Otra corrupta —murmura Chumana, rabiosa.
—¿Y qué es lo que sugieren los rebeldes? —pregunto—. Sin un acuerdo de paz, dragones y humanos lucharán por el territorio, por los recursos, y habrá otra guerra...
—Un acuerdo de paz diferente —responde Chumana—. Un acuerdo escrito por la gente, sin cláusulas ocultas ni sistemas de clases.
Todo eso es demasiado para mí.
— Yo no tengo interés en debates políticos...
—Solo porque eres lo suficientemente privilegiada como para no tener que preocuparte.
—El único motivo por el que estoy aquí es para salvar a mis padres y...
—Tus padres son más fieles a sus convicciones que tú...
—¡Mis padres están prácticamente muertos! —le grito—. A menos que le diga a Wyvernmire que el código dracónico no es un código, sino un idioma con dialectos, dialectos familiares...
Chumana emite un rugido ensordecedor.
—¡Estás jugando con secretos de los dragones, ocultos a los humanos desde el inicio de los tiempos!
¿Qué crees que hará tu primera ministra en cuanto tenga la posibilidad de imitar el koinamens de los dragones?
¿Lo usará para atraer y atrapar a nuestros familiares?
¿Robará huevos y criará su propio ejército de dragones esclavizados?
¿O asesinará a toda una generación de crías de dragón antes de que salgan del huevo, usando las llamadas que solo una madre desesperada enviaría a su propio huevo?
Me quedo sin habla, y Chumana suelta una risa grave y siniestra.
—Por supuesto que no sabías que el koinamens también puede matar, igual que puede curar y fomentar el crecimiento de las crías. No sabes nada de sus complejidades, de su poder ancestral, del peligro que puede suponer si cae en las manos equivocadas.
—Lo siento, Chumana —le digo. Me acerco a la máquina locuisonus y la recojo—. Pero, si no le doy a Wyvernmire lo que quiere, mi familia morirá.
— Dáselo y ganará la guerra —gruñe Chumana—. ¿De verdad crees que liberará a tus padres rebeldes? ¿Tú crees que los dejará vivir? ¡Estás en el lado equivocado de la historia, niña humana!
—Mi hermana es inocente —replico—. Y si mis padres mueren me necesitará aún más. No hay otra solución.
—¿Escogerías a tu hermana por encima de toda la raza de dragones? ¿Por encima de tus congéneres humanos, tratados como animales simplemente por el hecho de haber nacido en la tercera clase?
—Pues sí. Probablemente eso me convierta en una persona horrible. Pero créeme: eso no es ninguna novedad para mí.
Se hace una larga pausa, y un silencio solo roto por el molesto gorjeo de un pájaro. Luego Chumana vuelve a hablar:
—Los dragones mudan la piel —dice—. ¿Sabes por qué es importante?
Echo un vistazo a la piel muerta que hay en el suelo y niego con la cabeza.
— Cada vez que mudamos la piel, dejamos atrás nuestra identidad pasada. Cada vez que lo hacemos, es una ocasión para convertirnos en alguien diferente. Una oportunidad para cambiar.
—Qué práctico, en tu caso —respondo, muy seca.
La herida del hombro le vuelve a sangrar y por la pata le cae un reguero rojo.
—Podría curarte esa herida —le digo—. Ninguno de los dragones de por aquí lo harían, siendo una rebelde, pero yo podría grabar llamadas de curación y...
—Antes preferiría morir —replica Chumana con un gruñido.
Asiento y emprendo la ascensión del lateral de la zanja.
—Podría matarte, niña humana —murmura Chumana, en el momento en que llego a lo más alto —. Podría convertirte en cenizas ahí mismo. O, mejor aún, podría comerme tu carne y ocultar tus huesos entre los otros.
Me quedo helada, pero aun así le sostengo la mirada.
—¿Y por qué no lo haces? Mátame, destruye la máquina locuisonus y todo el mundo pensará que la he robado y he huido.
Mis padres serán ejecutados, por supuesto, así que básicamente estarás sentenciando a muerte a miembros de tu bando, pero ¿qué importan dos muertes más de humanos si ya estás deseando la de una?
Y yo que pensaba que los rebeldes creían que humanos y dragones son una gran familia feliz...
Retrae los labios, dejando al descubierto sus largos colmillos.
—Alguien me ha pedido que me abstenga de usar los dientes. De no ser así, niña humana, ya estarías pudriéndote a mis pies.