Capítulo 18
Espero a la hora del almuerzo para robar una máquina locuisonus.
Al final del turno, Sophie parece querer decirme algo, pero al final se lo piensa mejor y sigue a la doctora Seymour y a los demás al comedor.
Solo queda Soresten vigilando el invernadero, y apenas me mira cuando paso por el claro donde toma el sol.
—Me llevo esto para reparar —digo, cargándome la bolsa al hombro.
Soresten levanta la cabeza como si quisiera olfatearlo y el corazón se me acelera en el pecho. Es impensable que pueda adivinar para qué sirve, pero la corneta que sobresale de la bolsa deja claro que es algo que estamos usando para escuchar. Aun así, es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
Me abro paso entre los árboles. ¿Y si es demasiado tarde y Chumana ya se ha ido? ¿Cuánto tiempo habrá estado llamándome? ¿Y si uno de los dragones de patrulla ha oído las llamadas y decide investigar?
Saco la máquina locuisonus y la enciendo.
Me adentro en el bosque sin dejar de escuchar.
No oigo nada más que alguna llamada de exploración.
Si estoy fuera del rango de acción de los bloqueadores de señal de goma de la doctora Seymour, quiere decir que puedo emitir llamadas a través de la máquina locuisonus.
¿Y si replico la llamada de Chumana? Si la oye, sabrá que soy yo, y seguirá el sonido hasta que me encuentre.
Es peligroso, por supuesto. Alguno de los dragones de patrulla podría oírlo, y se daría cuenta de que estoy hablando koinamens en el bosque a través de una máquina.
«¿Es que tienes una idea mejor?».
Me arrodillo a los pies de un árbol y coloco la máquina locuisonus sobre el duro suelo.
Me quito los guantes, saco los auriculares de la máquina y cambio el selector de «recepción» a «emisión».
Es algo que no he hecho nunca. Ni siquiera creo que lo haya hecho la doctora Seymour.
La máquina no está pensada para emitir llamadas grabadas enteras, sino pequeños fragmentos, cortados y pegados para radiar aquello que queremos decir. Pero no hay tiempo para eso.
Aprieto el botón y reproduzco la grabación de Chumana.
No puedo oír las llamadas, ya que la máquina locuisonus las convierte de nuevo a su frecuencia original.
Pero sé que se están reproduciendo, porque se enciende un pequeño piloto verde parpadeante.
¿Qué he hecho? Levanto la vista al cielo, nerviosa.
En cualquier momento pueden aparecer Muirgen, o Yndrir, o Soresten, preguntándome cómo y por qué estoy usando su lenguaje ultrasónico secreto.
Después informarán a su reina y ella romperá con Wyvernmire y perderemos la guerra...
—¿Cómo te atreves a enviarme esa abominación, niña humana?
Me giro de golpe y veo una enorme dragona rosada acercándose. ¿Cómo puede caminar tan sigilosamente con esas patas del tamaño de peñascos? Me mira con esos ojos ámbar surcados de círculos blancos y mueve la cabeza a modo de saludo.
—Chumana —suspiro, aliviada—. Has venido.
Tiene el hombro izquierdo ensangrentado. La herida es tan profunda que veo incluso el brillo del hueso.
— Has venido —me dice en slavidraneishá.
—Me has llamado, ¿no? —respondo, y echo una mirada a la máquina locuisonus.
—Sí. He tenido que usar todo tipo de llamadas, ya que no sabía cuáles reconocerías —dice con un gruñido.
—¿Cómo sabías que estaba escuchando las llamadas de ecolocalización?
— Sé mucho de lo que pasa en el interior del invernadero.
«¿Qué? ¿Cómo?».
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto—. Deberías estar escondida en algún lugar lejano, donde la reina Ignacia no pueda encontrarte.
Chumana suelta una carcajada.
—Yo soy la menor de las preocupaciones de Ignacia. —Agita la cola—. No podemos quedarnos aquí. Los dragones de guardia vienen de camino; oigo cómo hablan entre ellos.
El pánico se adueña de mí. Reproducir las llamadas de Chumana ha sido una estupidez. No puedo permitir que me encuentren aquí.
—¡Venga, ven conmigo! —dice Chumana, señalándose la grupa con un gesto de la cabeza—. Como la última vez.
Yo no lo veo claro.
—No te ofendas, pero no creo que a ninguna de las dos le haga demasiada gracia que te monte encima.
Chumana suelta un bufido socarrón.
—Lo de montar es para caballos. Yo te estoy permitiendo que te refugies en mi grupa. Y ahora date prisa, antes de que cambie de opinión.
Meto la máquina locuisonus de nuevo en la bolsa. Luego me acerco a su costado, como hice en la biblioteca, y apoyo una mano en la base de la grupa. Al subir me doy cuenta de que su olor ha cambiado. Ahora huele a aire fresco, a pino y a sangre caliente.
—¿Qué te ha pasado en el hombro? — le pregunto.
—No es más que una herida de guerra.
No le pregunto en qué guerra ha estado luchando. Llego al punto entre sus alas donde antes tenía el detonador. La cicatriz está perfectamente cerrada.
—Agárrate a algo —murmura.
Y, antes de que tenga tiempo de prepararme, echamos a volar.
El viento silencia mi exclamación de asombro, y la base de las alas de Chumana se mueve con tal fuerza bajo mis muslos que me caigo hacia delante, agarrándome a la primera escama que encuentro.
Pego el rostro a la superficie de su cuerpo, aterrada, sin atreverme a mover un dedo.
Siento cómo ascendemos; el aire se vuelve cada vez más frío a nuestro alrededor.
No oigo nada, nada más que el rumor del viento y el batir de las alas.
Tampoco veo nada, porque tengo los párpados apretados, pero siento cómo se balancea la máquina locuisonus que cuelga de mi hombro.
Abro por fin los ojos y miro por encima del ala de Chumana.
El bosque se extiende bajo mis pies, las copas de los pinos convertidas en un mar de verde y marrón.
No hay ni rastro del invernadero, que está perfectamente oculto bajo la vegetación, pero al final del bosque reconozco Bletchley Park, la casa y el jaleo que la rodea, entre coches negros y minúsculos guardias blancos.
Y dragones. Los veo por todas partes, patrullando junto al lago, encaramados al tejado de la casa y en el cielo, convertidos en figuras distantes.
Chumana también los ve y vira de golpe, haciéndome soltar un grito.
Nos inclinamos tanto que casi se me salen los pies de los improvisados estribos en que los he encajado, entre púas y escamas.
Bajamos en picado, como un misil lanzado hacia la superficie, y el viento se cuela entre nuestros cuerpos, casi levantándome de su lomo, a una velocidad que me deja sin aliento.
Las enormes patas de Chumana aterrizan suavemente sobre la hierba, pero el impacto crea una reverberación que se extiende por todo su cuerpo y me lanza al suelo.
Jadeando, recupero el aire que me falta y levanto la vista.
Ella tensa los labios en una sonrisa que deja a la vista una dentadura de afilados colmillos amarillos.
—Espero que tu máquina no se haya roto —dice.
Levanto la cabeza y tiro de la máquina locuisonus. Afortunadamente parece que ha sobrevivido al aterrizaje de emergencia.
—¿Dónde estamos? —pregunto.
Hemos aterrizado en una hondonada. Es como una zanja profunda, con los laterales tan verticales que no veo lo que hay arriba.
—Más allá del bosque —responde Chumana, acercando el morro a la herida—. Un campo no cultivado.
Es la primera vez que salgo de Bletchley desde que bajé de ese tren. De pronto me viene la idea a la cabeza, por supuesto:
«Podrías irte a casa».
Pero ¿ir a casa para qué? A Ursa se la ha llevado el gobierno y mis padres siguen en Highfall. Si me voy de Bletchley, mi única posibilidad de salvarlos habrá desaparecido. Además, no me puedo ir sin Marquis.
Recorro la zanja con la mirada. La tierra está quemada y hay un montón de huesos en un extremo, así como un cráneo que parece que debió de pertenecer a alguna desafortunada vaca.
Hay también una marca enorme en el suelo a la izquierda, la huella de un cuerpo pesado.
Y una enorme piel de dragón, muerta y seca.
—¿Cuánto tiempo llevas durmiendo aquí? — le pregunto a Chumana.
—Varios días.
—Pero ¿por qué? Pensaba que habrías huido después de prender fuego al despacho de Wyvernmire. Esperaba que estuvieras lo más lejos posible.
—Oh, eso hice —responde Chumana—. Pero tuve que volver.
—¿Has tenido que volver específicamente a Bletchley Park?
«¿Qué es lo que querrá?».
—Tenía que hablar contigo.
Su enorme cabeza se eleva sobre mí, y siento el aire caliente de su respiración en el rostro. Me la quedo mirando y veo mi rostro reflejado en sus ojos. Suelta un bufido y echa una mirada de asco a la máquina locuisonus.
—¿Tienes idea de lo que estás haciendo metiéndote en asuntos que no te conciernen?
—¿Cómo sabes qué es esto? ¿Cómo sabías que podrías contactar conmigo a través de la ecolocalización...?
—¡No se llama así! —ruge Chumana, dando un golpetazo al suelo con una pata. La vibración me hace trastabillar.
—Ya lo sé —me corrijo, levantando las manos —. Lo siento. Es el koinamens, ¿verdad?
Los ojos se le encienden de pronto.
—¿Cómo es que conoces su nombre real?
—Es complicado.
Me observa y yo le devuelvo la mirada.
—Antes has dicho que has usado todo tipo de llamadas para contactar conmigo. Así que... ¿cada dragón tiene sus propias llamadas características? ¿Me has llamado usando las llamadas universales, en lugar de...?
Chumana me lanza una mirada intensa y calculadora, y pierdo el hilo de lo que estaba diciendo.
—Si crees que voy a ayudarte a aniquilar a toda mi especie, estás muy equivocada.
—¿Aniquilar a tu especie? —replico—. ¿De qué estás hablando?
—He venido a decirte que dejéis de hacer lo que estáis haciendo en el invernadero —dice ella—. Los rebeldes lo saben, y es solo cuestión de tiempo que se entere la reina Ignacia.
Así que Chumana no se ha ocultado. Está con la Coalición. Y si ella sabe lo que estamos haciendo con las máquinas locuisonus, quiere decir que en el invernadero debe de haber un espía rebelde. De pronto lo veo todo claro.
La doctora Seymour.