Capítulo 16 #3
—Tienes razón —admite —. Soy un exaltado, impulsivo..., rabioso, de hecho. Y me alegro de que tú también lo seas. La verdad es que a veces tengo la impresión de que nada te afecta. Eres siempre tan... indescifrable.
Respiro hondo.
—¿Indescifrable?
«Ayer solo me faltó rogarte que me besaras. ¿Se puede ser más explícita?».
—Anoche alguien intentó matarte y apenas has dicho una palabra.
Suelto una risita nerviosa.
—Y cuando Ralph te rompió el brazo creo que no te vi llorar siquiera.
Me encojo de hombros, recordando el ruido del hueso al quebrarse.
—Debería haber imaginado que los dragones te habrían hecho reaccionar.
En eso tiene razón. Apartar a los cachorros de dragón de sus padres va en contra de todo lo que se supone que defiende el Acuerdo de Paz. En contra de todo por lo que estamos combatiendo en esta guerra.
—¿Qué quieres decir con eso de que tu fe tiene algo de dracónica?
Atlas se aclara la garganta, incómodo.
—A veces me da la impresión de que es algo...
prehistórico. Lo resiste todo, como los dragones, y a muchas personas les da miedo.
—Se mete las manos en los bolsillos y sé que está buscando su sarta de cuentas para la oración—.
Pero de algún modo sigue ahí, aunque he intentado apartarla de mi vida.
Y luego está mi iglesia, la de Bristol: tiene chapiteles puntiagudos como cuernos, y piedras como escamas, y alberga ese sagrado corazón ardiente...
Paso un dedo por las escamas de la cabeza del dragoncito que duerme y veo que las mejillas de Atlas se tiñen de rosa.
—Forma parte de algún designio ancestral, del que la mayoría de la gente ya se ha apartado. Eso lo sé..., no soy ciego. Y sin embargo aquí estoy, estudiando la Iglesia y los dragones, dos tipos de dinosaurios que siguen muy vivos.
El dragoncito escupe una llama minúscula.
—¡Au! —exclamo, con una mueca de dolor.
La llama me ha quemado el dedo y se me empieza a formar una ampolla.
Las otras dos crías de dragón, que siguen jugando, se detienen de pronto.
La primera ladea la cabeza. Ambas se giran a mirarnos con sus ojos de un negro profundo y luego se miran la una a la otra.
Una de ellas hace temblar el cuerpo y la vibración se le extiende por las alas.
—Creo que se están comunicando — susurro, agazapándome.
—¿Qué? —dice Atlas—. ¿Quieres decir... telepáticamente?
—Más o menos.
El tercer dragoncito abre los ojos, mira a los otros, se echa sobre uno de sus costados y se pone a dormir otra vez.
—Los dos primeros tienen un vínculo más cercano —dice At las, agachándose a mi lado—. Han salido del mismo nido. Pero el tercero va a lo suyo.
Los compañeros de nido se quedan mirando al dragoncito que duerme, y se acercan a él hasta casi tocarlo con el morro, pero él no se mueve. Me pregunto si están intentando hablar con él, pero en ese caso reaccionaría, ¿no? ¿No le sería imposible dormir si oyera sus voces en el interior de su cabeza?
—¿Puede ser que sus nidos estuvieran cercanos? —pregunto—. ¿En la misma zona?
—Eso sí. Vienen de la misma zona de anidación, en Inverness. Quizá hasta fueran vecinos.
Pero, si las tres crías de dragón proceden de la misma región y han aprendido el dialecto de ecolocalización en el que les habrán hablado sus padres antes incluso de eclosionar, tendrían que entenderse entre sí, ¿no? A menos que mi teoría sea errónea y los dialectos no sean regionales...
Me quedo mirando a las dos crías del mismo nido — hermanos— y de pronto veo el rostro de mamá ante mí.
«Podrían no ser dialectos regionales. Podrían ser...».
La respuesta va volviéndose más clara poco a poco, como el sol saliendo por el horizonte.
—Tengo que irme —digo, y me pongo en pie.
—Oh..., vale.
Atlas me sigue, pero yo ya me dirijo hacia las escaleras, conectando los puntos a tal velocidad que apenas puedo seguir mi razonamiento yo misma. Paso por una de las estufas abiertas y hago una pausa. En el interior, entre las brasas, hay un huevo de dragón.
—Llegó con las crías de dragón —dice Atlas, abatido—. No creo que vaya a eclosionar.
—Por supuesto que no —respondo, con la mano en el pasamanos —. Necesita algo que solo un dragón puede darle.
Atlas frunce el ceño.
—¿El qué?
Me giro, ya en el rellano de las escaleras, y lo miro a la cara. Tiene los hombros caídos y el rostro tenso, como si el mero hecho de estar ahí le pesara como un lastre.
—La ecolocalización. Una cría no sale del huevo a menos que oiga la llamada de sus padres.
Y de pronto veo ante mí la verdad, la pieza del rompecabezas que me faltaba.
Sé lo que mamá estaba intentando decirle antes de que Hollingsworth la interrumpiera.
Quería demostrar que cada familia de dragones habla su propio dialecto.
Y lo mismo ocurre con la ecolocalización.
El koinamens no es un código creado por los dragones.
Es un lenguaje que contiene otros miles de lenguajes, todos sagrados, cada uno propio de una familia de dragones.
El motivo por el que Soresten y Addax, y Muirgen y Rhydderch, hablan su propio dialecto no es porque sean de la misma región. Es porque son familia.
Los dialectos de la ecolocalización no son regionales.
Son familiares.