Capítulo 16 #2
Se queda callado y me muerdo la lengua. ¿Por qué he tenido que sacar a colación ese humillante incidente otra vez?
—¿Qué hacéis aquí abajo? —le pregunto—. ¿Y por qué hace tanto calor?
Los departamentos se suceden hasta el otro extremo de la sala.
Camino por el pasillo central, mirando tras cada uno de los biombos.
Algunos de los cubículos están repletos de mesas y libros; otros tienen vitrinas llenas de piezas variadas: un fósil, un gran colmillo amarillento y algo que bien podría ser un excremento de dragón.
En uno de ellos hay un mueble con montones de cajones de madera minúsculos, todos ellos con etiquetas extrañas como BÁLSAMO DE CALÉNDULA : PARA QUEM ADURAS .
Al lado hay una caja llena hasta rebosar de pequeños dragones de madera.
Reconozco la autoría de las tallas de inmediato, y la mano se me va a la golondrina que tengo colgada del cuello, bajo la blusa.
—¿Dónde aprendiste carpintería? —le pregunto a Atlas, que me sigue por el pasillo.
—Mi padre me enseñó antes de morir.
—Lo siento.
Cojo un dragón de madera y finjo observarlo atentamente, por si necesita tiempo para recobrar la compostura. Pero cuando me giro a mirarlo veo que es él el que me observa a mí.
—Sostienes esa figurita de madera casi con el mismo cariño con el que manipulas todos esos libros que lees.
—¡Estoy admirando una obra de arte! —replico.
Atlas sonríe.
—Yo también.
De pronto el aire es tan caliente que apenas puedo respirar. Dejo el dragón.
— No digas cosas así —respondo con brusquedad— si después no puedes actuar en consecuencia.
Él baja la mirada al suelo.
—Tienes razón. Perdón.
Sigo caminando y, cuando ya estoy cerca del final de la sala, el olor a metálico se hace aún más intenso.
—¿Qué es eso? —pregunto, tapándome la boca y la nariz.
Atlas se ha parado en otro cubículo, ha entrado dentro y está metiendo carbón en uno de varios hornos con una pala.
Se ha arremangado la camisa y el pelo oscuro de sus antebrazos brilla con la humedad.
Con el calor siento un cosquilleo en la nuca; me quito la chaqueta y me recojo el cabello.
Sigo caminando hasta llegar al último cubículo, que ocupa todo lo ancho de la sala, donde han montado una plataforma cubierta de hierba, rocas y arena.
Es como si hubieran querido hacer una playa.
Sobre la arena hay varios montículos de helechos secos, plumas y trozos de carbón quemado.
—Atlas —digo, girándome—. ¿Qué es...?
Algo se mueve en el interior de uno de los montículos. Doy un paso atrás. ¿Es una rata? Los helechos se agitan y algunas plumas salen volando. Es demasiado grande para ser un roedor. El movimiento cesa y una larga cola verde asoma por un lado del montículo.
Me quedo mirando a Atlas, que se me acerca por detrás.
—Espero que no sea lo que creo que es.
Él no bromea ni suelta alguna ocurrencia.
Tiene el rostro muy serio. La cola desaparece y en su lugar aparece un pequeño morro.
La cría de dragón se me acerca reptando, arrastrando el vientre por el suelo.
Tiene una cresta de púas sobre el dorso y, cuando levanta la cabeza para olisquear, veo que tiene dos cuernos bajo la barbilla.
Me quedo mirando, atónita, sin atreverme casi a respirar.
Ese dragón del oeste no tiene más que unos días de vida.
—Eso no debería estar aquí — digo con voz temblorosa.
Atlas levanta la tapa de un barril y mete la mano en su interior.
Un olor insoportable se me cuela en las fosas nasales: el barril está lleno de carne cruda.
Tira un trozo sobre la plataforma y el pequeño dragón suelta un chillidito y se abalanza sobre él, levantándolo con las alas.
De pronto aparecen otras dos crías de ninguna parte y se le echan encima, chillando y disputándose el trozo de carne.
—¿Por qué no? —pregunta Atlas.
¿De verdad me está preguntando eso? Me quedo mirándolo mientras echa más carne, cortada a pedazos, y luego unas minúsculas piedras que los dragoncitos recogen del suelo con el morro.
Atlas abre uno de los hornos y echa una palada de carbón caliente sobre la plataforma.
El primer dragoncito lo olisquea, se echa encima del carbón humeante y se hace un ovillo, descansando el morro bajo el ala.
Me agacho para observar la escena. Nunca he visto un dragón tan pequeño.
Sus escamas son del tamaño de las uñas de mis dedos y brillan con diferentes tonos de verde, azul y marrón, como si aún no hubieran decidido de qué color quieren ser.
Los cuernos bajo la barbilla indican que es un macho.
¿De dónde ha salido y dónde están sus padres?
Los otros dos se desafían lanzando bocados al aire.
Sus lenguas bífidas aún están manchadas de sangre.
—¿Son huérfanos? —pregunto.
Atlas se encoge de hombros.
—Lo dudo.
Siento que se me congestiona el rostro con la rabia.
—Si no son huérfanos, ¿han sido robados?
—Algún asistente al baile de ayer se los trajo a Wyvernmire —dice Atlas. Sus ojos oscuros reflejan las brasas del carbón candente bajo el cuerpo de la cría de dragón, que ya duerme—. Yo estaba aquí, acomodándolos, cuando te atacó Gideon.
—¿Quién los trajo?
¿Sería el ministro de Defensa Alemán, o lord Rushby, o ese príncipe búlgaro?
Atlas se limita a encogerse de hombros otra vez.
—No parece... que te preocupe —señalo.
— Lo que yo piense no importa —responde, sin inmutarse—. Si estas crías de dragón ayudan a Wyvernmire a ganar la guerra, ¿a quién le importa de dónde vengan?
Suspiro y tomo aire aspirando a través de los dientes.
—Pero ¿a quién se los habrán quitado? ¿A los dragones rebeldes?
Atlas asiente.
—Los cogieron de unos nidos de Escocia, antes de que los rebeldes expulsaran al ejército.
—Pues vendrán a por ellos —respondo—. Sus padres.
—Quizá —dice él, con una indiferencia enervante.
—¿Qué vais a hacer con ellos?
— Ganarnos su confianza —responde Atlas—. Estudiarlos y registrar la velocidad a la que crecen.
—Pero ¡no crecerán! —estallo—. No como deberían. Para empezar, este no es su hábitat natural, y las crías de dragón necesitan a sus padres para aprender a volar, para escupir fuego, ¡para hablar! ¿Tú estás de acuerdo con esto?
Cuando me mira, sus ojos son como el hielo.
—¿Es que crees que tengo alternativa? Debemos ganar la guerra, ¿no?
¿No es precisamente a eso a lo que te has comprometido?
—Niega con la cabeza y cierra la puerta del horno de carbón con un golpe—.
Tú descifrarás el código y se lo entregarás a Wyvernmire.
¿Y para qué? ¿Para que pueda volar como un dragón, cazar como un dragón, hablar como un dragón?
¿Para qué crees que quiere todas esas cosas?
¡Es para poder controlarlos, para poder controlarnos!
Así que no está de acuerdo con todo esto. Simplemente está intentando provocarme para que reconozca que Wyvernmire no es quien yo pensaba que era.
—No deberías haberme enseñado esto —le digo, enfadada.
—¿Por qué no? — responde Atlas, levantando la cabeza—. Ha hecho que te enfadaras; es justo lo que esperaba.
—Oh, ¿así que yo también soy uno de tus experimentos? —replico, furiosa—. Dime, Atlas, ¿estás satisfecho con mi reacción? ¿Mi rabia ha cumplido tus expectativas?
—Featherswallow, tú ya sabías lo que hacíamos aquí abajo, ¿no? ¡Estoy en el equipo de Zoología, maldita sea!
—No esperaba que Wyvernmire os hiciera hacer nada que fuera contra el Acuerdo de Paz —replico entre dientes.
—¡Otra vez ese maldito Acuerdo de Paz! —exclama, cruzándo se de brazos—.
¿Es que no te ha bastado descubrir que Wyvernmi re envía a niños a que sirvan de alimento a los dragones?
Me acusas porque no puedes soportar la idea de que te ha engañado.
Toda tu vida se ha basado en un sistema de creencias falso.
—¡Ja! — respondo, sarcástica—. ¿Un sistema de creencias falso? Eso es de lo más divertido, viniendo de alguien cuya fe es tan prehistórica como los dragones que estudia. Vas por ahí haciéndote el bueno, pero luego vas rompiendo narices a los guardias y... y...
—¿Y qué?
Hago acopio de valor y lo digo:
—Vi cómo me mirabas cuando llevaba ese vestido puesto. ¡Eres un hipócrita impulsivo y exaltado!
El silencio que se hace entre los dos es insoportable.
Me mira de reojo.
—Si fuera tan impulsivo como dices, Featherswallow, ya te habría besado una docena de veces.
Me quedo helada y me trago los insultos que tenía preparados. Estoy tan furiosa que podría escupir fuego. Pero no puedo evitar que algo en mi interior se ablande.
—Y ahora que lo mencionas —añade—, siempre he pensado que mi fe tiene algo de dracónica. Gracias por recordármelo.
—Tú..., yo... Lo que dices no tiene sentido.
Él niega con la cabeza y se seca la frente con la manga de la camisa.