Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 16
57%

Capítulo 16

En mis sueños, los guardias de la paz arrancan a Ursa de los brazos de mamá mientras ella le suplica a un dragón que bebe coñac que se lea su propuesta de estudio.

Atlas presiona mi cuerpo con el suyo, y acerca los labios.

Yo tengo a mis espaldas un huevo gigante.

«Hollingsworth me ha dicho que aprobaré el Examen si te beso», me susurra.

Unas manos me rodean el cuello y, cuando levanto la mirada, el rostro que veo encima de mí es el de Sophie.

Me despierto sobresaltada. Aún suena el zumbido del despertador, y Katherine suelta un gemido quejumbroso. Levanto la cabeza y tanteo bajo la almohada en busca del cuchillo. Sigue ahí, y todas seguimos vivas.

Hay que buscar el lado bueno.

Me visto a toda prisa y me dirijo al invernadero sola, pisando la escarcha del bosque y girándome a mirar hacia atrás cada pocos minutos. Se está levantando un viento que mueve las copas de los árboles y me revuelve el cabello, echándomelo sobre el rostro.

—Buenos días, Soresten —le digo al dragón de las arenas que monta guardia frente al invernadero. Él responde con un movimiento de la cabeza.

—Buenos días, recluta.

Soresten tiene un bonito color pardo, el morro largo y unos finos bigotes.

Sus ojos están tan separados el uno del otro que no tengo muy claro hacia dónde está mirando.

Pienso en el libro que estaba leyendo antes de encontrar la invitación al baile, y luego me giro a mirar a nuestro alrededor. Allí no hay nadie más.

—Soresten, ¿te importa que te pregunte de dónde eres?

El dragón parpadea.

—De Lyme Regis —responde—. Eclosioné en las rocas Blue Lias, en 1813.

Lyme Regis está en la Costa Jurásica, en Dorset, donde se encuentran cada año cientos de fósiles de dragón.

—Y Addax... —añado, tímidamente—. Ella también es una dragona de las arenas, ¿no? ¿También es de allí?

—Por supuesto —responde Soresten. Su tono es amable, casi suave—. Nuestra madre la tuvo varios años más tarde, pero en Rùm esta vez, donde hay menos humanos.

Soresten y Addax son hermanos, igual que Rhydderch y Muirgen. Así que, efectivamente, proceden de la misma región.

—Mi máxima —añade— procede de un encuentro que tuvimos en aquella época con un grupo de humanos del lugar que pensaban que podrían adueñarse de una de las crías de dragón y domesticarla.

—¿Y cuál es? —pregunto, educadamente.

Soresten parece hinchar el pecho:

— Nullam dominum nisi arenam et mare. «Mis únicos señores son la arena y el mar».

—Es bonito. Y el encuentro con esos humanos ¿cómo acabó?

—Mi madre se los comió —responde Soresten—. Antes del Acuerdo de Paz los problemas podían resolverse bastante rápido.

Asiento, atónita, y abro la puerta del invernadero.

Soresten sigue con su monólogo sobre las relaciones entre dragones y humanos. Entro en la calidez del invernadero, me quito los guantes y estiro los dedos congelados. Tras una pared de follaje creada por la frondosa colección de plantas de la doctora Seymour, oigo que esta habla con alguien.

—Yo tengo experiencia en estos asuntos, ya lo sabe. Cuando estuve en Alemania, el Freikorps me destinó a un regimiento de estudio de la conducta dracónica.

Me quedo de piedra. Es Ralph. ¿Qué está haciendo aquí?

—Soy licenciada en Conducta y Biología Dracónicas, guardia 707 —responde la doctora Seymour—. Y diplomada en la Teoría del Enfrentamiento o Huida de las especies dracónicas. Y, por si no te has dado cuenta, la última versión de la máquina locuisonus la he creado yo.

Miro entre el follaje. La doctora Seymour está de pie, junto al improvisado rincón del café, lavando las tazas sucias del día anterior. Ralph está sentado en el cómodo sofá, con su fusil sobre las rodillas.

— Por supuesto. ¿Cómo iba a olvidar la brillante carrera de la doctora Seymour? —responde, burlón—. ¿A cuántos hombres se ha llevado a la cama para llegar hasta aquí?

Oigo el repiqueteo de la loza en el lavadero, y veo que la doctora Seymour tensa los hombros y se gira lentamente, aflojando el labio en una mueca de asco.

—Dime, 707, ¿cómo es que estás aquí, de madrugada, rogándome que te dé trabajo, cuando los dos sabemos que para la primera ministra no eres más que un lastre? Si no te ha dado ninguna responsabilidad en las estrategias de combate, ¿por qué te iba a dar esta?

Ralph se pone en pie de un salto y agarra su fusil. Yo abro la puerta del invernadero y la cierro de un portazo.

—Buenos días, doctora Seymour —saludo, animadamente—. ¿Hay café caliente?

—¿Vivien? —responde ella, y detecto el tono de alivio en su voz—. El guardia 707 ha venido a ofrecernos algo de ayuda... extra.

Me abro paso por entre el follaje.

—He oído que anoche estuvieron a punto de matarte — comenta Ralph con sorna, y la vista se le va al brazo ya curado—. Parece que estás en todas las guerras.

—No tanto como tú —respondo, sin alterarme, con la vista puesta en el corte que tiene en la nariz.

¿Cómo es que la noticia del ataque de Gideon ha corrido tan rápido?

—Ese idiota se presentó ante Ravensloe en plena noche y le contó lo que había hecho —dice Ralph—. Le dijo que tienes «tendencias rebeldes» y que habría que eliminarte del programa —añade, y da un paso hacia mí—. ¿Es eso cierto?

Lo miro fijamente, intentando no hacer caso del miedo que siento y que hace que se me dispare el corazón. El recuerdo del dolor que sentí cuando se me quebró el brazo aún me deja sin aliento.

—Gideon no es más que un niño asustado que se siente amenazado por la inteligencia de las mujeres que tiene alrededor — respondo, mirando a Ralph y luego a la doctora Seymour—. No es el primero con el que nos encontramos.

Observo un movimiento en las comisuras de la boca de la doctora Seymour.

En ese momento se abre de nuevo la puerta y entra Gideon, seguido de Sophie y Katherine.

Nos mira, saluda con un movimiento de la cabeza y se sienta frente a una máquina locuisonus.

Lleva una venda en torno a la cabeza, sujetándole el apósito de gasa que le cubre la herida bajo el ojo.

Es él quien tendría que ser eliminado del programa por haber intentado matar a otra recluta.

Si sigue aquí, debe ser que Ravensloe está desesperado.

Me siento frente a él y finjo estar muy concentrada en mi cuaderno de registro.

Me duele la garganta. Esta mañana los morados del cuello tienen peor aspecto, pero los he escondido subiéndome el cuello de la chaqueta.

Oculto el rostro tras el cabello y miro a Gideon, con sus mejillas rosadas y su nariz cubierta de pecas.

Tiene más fuerza física de lo que pensaba, pero es evidente que a nivel mental apenas se sostiene.

Lo de anoche fue un intento desesperado de luchar por sobrevivir.

¿Es que también pensaba matar a Katherine y a Sophie, después de librarse de mí?

«Sophie».

Está hablando con Katherine en voz baja, y ambas miran disimuladamente a Gideon.

Si consigo descifrar el código de los dragones, ella no podrá venir conmigo.

No sabe que, si está aquí, es por culpa mía.

¿Es que el mundo intenta decirme que es demasiado tarde para reparar el daño que hice en verano?

¿Estará el dios de Atlas ahí arriba, riéndose de mí por haber pensado que de algún modo podría evitar las consecuencias de esa decisión insensata?

Cierro mi cuaderno de registro de golpe, pero Gideon ni siquie ra levanta la vista.

Si descifro el misterio de la ecolocalización, Sophie se pasará la vida en la cárcel de Granger, y Gideon y Ka therine regresarán al infierno del que los haya sacado Wyvernmi re.

Si no lo hago, mi familia y yo moriremos y Ursa quedará huérfana.

Pase lo que pase, he perdido algo que no podré recuperar.

—Necesito una pausa —anuncio en voz alta.

No espero una respuesta. Agarro mi abrigo y me lo pongo mientras emprendo el camino de vuelta a la casa.

Encuentro un baño, me remojo la cara con agua fresca y me bajo el cuello.

Lo tengo de color azul-morado, con unas marcas en forma de media luna en el lugar donde Gideon me ha clavado las uñas. ¿Intentará matarme otra vez?

Paseo sin rumbo por los pasillos, caminando en círculos mien tras los sucesos de la noche anterior van pasando por mi mente.

¿Y si descifro el código y gano en mi categoría pero Marquis pierde en la suya?

La idea me aterra. ¿Es que no hay modo de convencer a Wyvernmire de que nos deje volver a casa a todos, si le damos lo que quiere?

—¡Featherswallow!

Me giro de golpe. Atlas asoma la cabeza por una puerta bajo la escalera.

—¿Por qué no estás trabajando? —me susurra.

—He salido a dar una vuelta —respondo—. El ambiente en el invernadero es... tenso.

—Por qué será... —responde, muy serio.

Me hace un gesto para que me acerque; miro alrededor para asegurarme de que no hay guardias antes de cruzar el pasillo y colarme por la puerta que tiene al lado. Estamos en lo alto de una escalera estrecha que desciende hasta un sótano mal iluminado.

— Dodie y el doctor Lumens están en una salida de campo —me dice Atlas—. Ahora solo puede llevarnos por separado.

El aire es sofocante y tiene la frente perlada de sudor.

—Oye..., siento no haber estado ahí anoche cuando Gideon..., cuando tu...

—No habría cambiado nada si hubieras estado —le digo, sonriendo—. ¿Vas a contarme qué es lo que estabas haciendo?

Me coge de la mano y me lleva escaleras abajo, sin responder.

El sótano es enorme, más grande aún que el salón de baile, y está dividido en zonas por unos biombos separadores como los que se usan para crear cubículos en las oficinas.

En el ambiente flota un olor metálico tan intenso que casi puedo paladearlo.

—Anoche Gideon fue a decirle a Ravensloe que tengo tendencias rebeldes —le digo, mientras observo el jaleo de libros antiguos y papeles repartidos por todas partes.

—¿Tú? ¿Tendencias rebeldes? —Atlas suelta un soplido —. No conozco a nadie que siga las normas tan obedientemente como tú.

—... dijo el chico que no quiso besar a la chica por no infringir no sé qué norma.