Capítulo 15
Nadie regresa al baile. En lugar de eso, volvemos a la sala de recreo.
Marquis lleva de la mano a Karim, que se ha quedado sin palabras; Gideon no suelta una botella de champán abierta.
Nos sentamos junto al fuego, y Marquis se pone a liar varios cigarrillos.
Lo único que interrumpe el silencio es el ruido que hace Katherine vomitando en el baño.
Siento un profundo vacío en el estómago.
Esto no parece real, y sin embargo ahí estamos, sentados en una especie de corro de amigos, como si estuviéramos tomando la última copa antes de irnos a la cama.
Me siento entumecida, como si en algún momento alguien hubiera tendido un velo a mi alrededor, separándome del resto del mundo. Y aun así sé, con absoluta certeza, que en unas semanas podría estar muerta, al igual que todas las personas que me im portan. De pronto echo de menos a mi madre.
Sophie está sentada en el asiento junto a la ventana, mientras Dodie le deshace el trenzado.
No quiere mirarme. Mejor. No quiero ver la esperanza en sus ojos.
La esperanza de que aún podamos salir de aquí juntas.
La esperanza en que yo pueda tener un plan.
Porque no lo tengo. No hay esperanza cuando sabes que vas a tener que traicionar a tu mejor amiga por segunda vez.
Le tiendo la mano a Gideon y él me pasa la botella de champán sin decir palabra.
Le doy tres buenos tragos y toso al sentir las burbujas llenándome la garganta y subiéndome a la nariz.
Insensibilizarme un poco más no puede hacerme daño.
Pero mi cerebro ya da vueltas, haciendo cálculos, intentando clasificar las llamadas de ecolocalización que he descubierto en un patrón que tenga sentido.
Tenemos que descifrar ese código, y tengo que ser yo quien lo haga.
No permitiré que mi familia muera.
—Lo de hoy ha sido una representación muy macabra —comenta Serena, con sus zapatos dorados colgados de la mano—. Nos visten elegantes, nos exhiben en público y... ¿para qué? —De pronto los ojos se le llenan de lágrimas—. ¿Para que saboreemos la libertad por última vez?
—Para dar la impresión de que el DDCD está haciendo progresos —responde Marquis—. Para recordarnos a todos lo que tenemos que perder.
Alguien resopla al otro lado de la sala. Atlas tiene la mirada puesta en el fuego; ya se ha quitado la chaqueta y tiene la corbata apoyada en el hombro.
—¿Y qué es lo que tenemos que perder exactamente? —dice. El reflejo de las llamas baila en sus pupilas cuando se gira hacia Marquis—. ¿La posibilidad de darnos un atracón de canapés mientras charlamos con un puñado de hombres blancos de primera clase?
—La redención —responde Sophie con un tono glacial, antes de que pueda hacerlo Marquis—. Esta es nuestra ocasión de ser alguien diferente.
El recuerdo del discurso de bienvenida de Ravensloe flota en el ambiente, y la estancia se queda helada de pronto. ¿Quién será el recluta más débil del equipo de Aviación? Seguro que no es Marquis, gracias a Dios. ¿Será Serena? ¿O Karim?
—Yo no necesito ser alguien diferente —dice Atlas, en voz baja—. Y tampoco lo necesitáis ninguno de vosotros.
Querría creerle, pero Sophie tiene razón. No hay futuro para Viv la delincuente, la chica que traicionó a su amiga, la que rompió el Acuerdo de Paz. Pero ¿y para Viv, la que descifró el código de los dragones, que puso fin a la guerra y salvó a su familia? Para ella sí podría haber algún futuro.
—Os he mentido — dice Serena de pronto, dejándose caer sobre un montón de cojines apilados en el suelo—. No suspendí el examen a propósito. Simplemente soy estúpida.
—No eres estúpida, Serena —dice Karim.
—Lo soy. Porque ahora, si no quedo primera en Aviación, tendré que casarme con el duque de Pembroke.
Un amigo de mis padres, dueño de las oficinas del Departamento de Promoción y Degradación de Londres.
—Hace una mueca de asco—. Hace años que me pretende.
Y ha dejado claro que si escojo la segunda clase en lugar de elegirlo a él, se encargará de que me degraden a tercera.
—¡Vaya, cómo han cambiado las tornas! —exclama Sophie.
—Cállate, Sophie —la regaña Marquis.
Sophie se gira a mirarlo, herida, se pone en pie de pronto y se va a la cama.
El resto nos quedamos en la sala de recreo, pasándonos el champán y los cigarrillos mientras escuchamos el eco de la música procedente del salón de baile.
Atlas está junto al fuego, pensativo, y no vuelve a decir palabra.
De pronto se siente como un extraño. Karim se duerme con la cabeza apoyada en el regazo de Marquis y, una vez que se acaba la botella, poco a poco, todos van volviendo a sus dormitorios.
Yo me hago un ovillo en el sillón, tapada con un chal, y me quito los zapatos de sendas patadas.
Tengo las mejillas calientes y la cabeza me pesa. Contengo un bostezo.
—Bueno, buenas noches — murmura Atlas. Se dirige a todos, pero me mira a mí.
—Buenas noches —respondo.
Pasa a mi lado sin sonreír ni dedicarme ningún gesto; nada que recuerde el hecho de que hace apenas unas horas casi nos hemos besado. De pronto Gideon reacciona, y él también se va hacia el dormitorio de los chicos. Solo quedamos Marquis, yo y un somnoliento Karim.
—¿Qué es lo que le pasa? —dice Marquis, señalando con la barbilla hacia el lugar que ocupaba Atlas.
—Lo mismo que nos pasa a todos —respondo, encogiéndome de hombros.
—Pero ¿por qué actúa como si fuera culpa tuya?
«¿Eso hace?».
—Antes la he defendido. Quizá sea eso.
—¿A Wyvernmire?
Asiento.
—He dicho que quería lo mejor para nosotros, para Britania, pero ahora...
Le cuento lo de Canna y que Hollingsworth prácticamente me ha reconocido que el gobierno se ha hecho con el control de la Academia.
—Es casi como si Wyvernmire se esperara que los dragones de Britania se le volvieran en contra — dice él, tensando el gesto—, y como si quisiera ganarles a su propio juego.
—Pero ¿por qué? —replico—. Tiene a la reina Ignacia de su parte, y por tanto a la mayoría de los dragones de Britania.
—¿Tú crees que va de farol? ¿Qué solo intenta asustarnos para que trabajemos más rápido?
Pienso en Wyvernmire tal como la he visto siempre en los periódicos, la mujer que siempre he considerado firme pero justa. Esta noche la he visto diferente. ¿Y si su actitud impecable no es más que un engaño, tan falsa como la mía? ¿Y si ella también está podrida por dentro?
—Yo no...
Karim se mueve ligeramente, sin despertarse, y ambos nos callamos de golpe. Marquis le acaricia el cabello rapado. A la luz de la chimenea veo que esboza una sonrisa.
—Lo que sientes por él es de verdad —constato. Mi primo pone los ojos en blanco.
—No hace ni un mes que lo conozco.
—Nunca te había visto mirar a ninguno de los anteriores de ese modo.
— Bueno, tampoco ha habido tantos...
—Mentiroso.
A Marquis se le escapa la risa y hace que Karim se despierte, sobresaltado. Yo me tapo la sonrisa con las manos mientras él levanta la cabeza con los ojos empañados.
—¿Qué pasa? —murmura.
—Nada —dice Marquis, con la sonrisa aún reflejada en los ojos—. Venga, nos vamos a la cama.
Me da un abrazo de buenas noches y yo me quedo mirando el fuego, sin decidirme a abandonar la calidez de la sala de recreo. Cierro los ojos e intento imaginar una situación que nos permitiera salir a todos de Bletchley Park.
Cuando me despierto, las brasas de la chimenea ya están frías. La sala está a oscuras y las piernas se me han entumecido bajo el peso de mi cuerpo. Me incorporo y a mis espaldas oigo el crujido de un tablón del suelo.
—¿Quién está ahí? —susurro.
Unas manos me rodean el cuello. Intento respirar desesperadamente, pero me arrastran hacia atrás, contra los cojines del sillón, aplastándome la garganta.
Intento agarrar los brazos situados a los lados de mi cabeza y clavarles las uñas, apoyando los pies descalzos en la moqueta e intentando hacer fuerza para darme la vuelta y ver quién quiere matarme.
¿Es Ralph, que ha venido a acabar lo que había empezado?
Lanzo un puñetazo que impacta con fuerza en su rostro.
Los dientes de mi agresor me raspan los nudillos y la presión en torno a mi cuello se vuelve aún mayor, aplastándome la cinta del colgante de Atlas.
Veo un reflejo en el metal de la radio, sobre el fuego, veo mi propia cara amoratada y, por encima, dos fuertes brazos cubiertos de pelo rubio, y el rostro de...
—Gideon —suplico, casi sin aliento. Todo me da vueltas—. Por favor...
Bajo mi chal, mi mano entra en contacto con algo duro.
«Esos zapatos son más peligrosos que las llamas de un dragón».
Lo agarro con fuerza y le atizo a Gideon en la mejilla con el tacón. Él suelta un grito y me suelta, y caigo hacia delante sobre la moqueta, jadeando.
«¡Socorro!», quiero gritar, pero no consigo emitir ningún sonido.
Gideon se me acerca, tambaleante, con un profundo orificio ensangrentado bajo el ojo izquierdo. Me lanzo a por el atizador de la chimenea.
—¡Que alguien me ayude! — consigo gritar.
Sigo jadeando mientras él se acerca, con el rostro desencajado, y presiona el vientre contra la punta del atizador.
Agarra la vara de metal con ambas manos y la lanza contra la pared.
De pronto caigo en que los guardias están todos patrullando en el ala norte, donde están los invitados al baile.
Retrocedo arrastrándome de espaldas, quemándome los codos con la moqueta, pero él me agarra de la garganta y tira de mí, poniéndome en pie...
y de pronto la sala de recreo se llena de luz.
—¡Hijo de puta! —grita Marquis, mientras carga contra Gideon, atizándole un puñetazo en la cabeza que lo derriba.
Yo vuelvo a caer al suelo, mareada, y de pronto noto que Karim está detrás de mí, agarrándome por debajo de los brazos y ayudándome a ponerme en pie.