Capítulo 14 #5
Hollingsworth no le dejó acabar la frase.
Observo el humo que se eleva sobre su cabeza.
Mamá estaba deseando explicarle su teoría sobre los dialectos de los dragones.
Estaba tan desesperada por hacerlo que había enviado su investigación a la Academia varias veces, sin obtener respuesta.
Hollingsworth debió de leer el estudio personalmente.
Sabía exactamente qué era lo que mamá estaba intentando demostrar, pero el gobierno ya sospechaba que era una rebelde.
Y si la Academia y Wyvernmire tenían pensado limitar el aprendizaje de las lenguas dracónicas, por supuesto que no iban a publicar el trabajo de mamá.
Pero si Hollingsworth tiene una copia de la investigación de mamá, podría pedirle que me dejara verla. El estudio de mamá de los dialectos dracónicos podría ayudarme con mi teoría de que la ecolocalización también tiene dialectos.
Mamá podría ayudarme a descifrar el código.
Fijo el último enganche de la cortina y doy un paso atrás.
El tacón de mi zapato se apoya en el aire y me caigo hacia atrás, en cima de Atlas, que me agarra de la cintura justo en el momento en que estoy a punto de darle en la nariz con la cabeza.
Me queda la espalda apoyada en su pecho, y así me baja al suelo, rodeándome con sus brazos.
—Esos zapatos son más peligrosos que las llamas de un dragón —susurra, con la boca entre mi pelo.
Me separo y emprendemos el regreso al salón de baile en silencio.
Cuando Atlas intenta agarrarme de la mano finjo que no me doy cuenta.
Entro en el salón y al momento Marquis me mira desde la otra punta.
Cuando ve que llevo la melena suelta y que Atlas aparece en el umbral detrás de mí, esboza una sonrisa socarrona.
Yo decido no hacerle caso y recorro la estancia con la mirada.
Hollingsworth también ha regresado y está hablando con un hombre menudo junto a la mesa de las bebidas.
Me voy directa a ella y la sonrisa de Marquis desaparece de golpe.
—Siento interrumpir —digo en voz alta.
El hombre me mira, sorprendido, y Hollingsworth se da media vuelta.
—¡Vivien! —exclama, sonriendo—. Cómo me alegro de volver a verte.
La observo muy seria.
—¿Quieres disculparme, Henry? —le dice a su amigo.
El hombre saluda con un gesto de la cabeza; me mira, intrigado, y se va. Hollingsworth se queda mirándome, expectante.
—¿Y bien? ¿Qué tal te lo pasas en Bletchley?
—¿Quiere decir que cómo me lo paso desde que metió a mis padres en la cárcel y me arruinó el futuro?
Hollingsworth chasquea la lengua y le da un sorbo a su champán, dejando una mancha de pintalabios rojo en el borde de la copa.
—Ya hemos hablado de esto, Vivien. Los únicos culpables de la detención de tus padres son ellos mismos. Y, si no estoy equivoca da, fuiste tú quien arruinaste tu propio futuro violando el arresto do miciliario para liberar a una dragona asesina. ¿No es así?
Siento que se me calientan las mejillas. Tiene razón. Podría haberme quedado en casa con Ursa. Si lo hubiera hecho, sería únicamente la desgraciada hija de unos criminales. No una criminal.
— A usted nunca le interesó el trabajo de mi madre. Cuando presenté mi solicitud para entrar en la universidad, pensaron que mis padres podrían ser una amenaza potencial y Wyvernmire la envió a espiarnos para descubrir si eran rebeldes.
—Sí, admito que es verdad —reconoce Hollingsworth—.
Pero también tenía mis motivos. Tu madre es interesante, por supuesto, pero eras tú la que me intrigabas.
Las facultades envían las solicitudes que reciben para estudiar lenguas dracónicas a la Academia, y la tuya me impresionó.
No he conocido nunca a nadie de tu edad que hable tantas lenguas dracónicas.
Intento mantener el gesto hostil, pero no puedo disimular mi asombro.
—Tenía toda la intención de invitarte a mi programa de prácticas —añade Hollingsworth—. Pero nuestra primera ministra tenía otras ideas. Decidió que te quería aquí. Y me enviaron a que te reclutara, no para mi programa, sino para el DDCD .
Miro a mi alrededor, nerviosa. De modo que Hollingsworth también debe de haber firmado un compromiso de confidencialidad.
—¿Así que Wyvernmire tenía intención de ofrecerme un trabajo igualmente? —pregunto, pensando en el día en que me llevaron a su despacho esposada. Bajo la voz—. ¿Aunque no hubiera liberado a esa dragona?
Hollingsworth asiente.
— El DDCD tenía un programa de reclutamiento nacional para gente de todas las clases, pero el proceso de solicitudes a la universidad les proporcionaba un modo de afinar la selección.
Se fijaron en ti igual que hice yo. Por supuesto, si no hubieras incumplido el arresto domiciliario, no serías una delincuente como la mayoría de los reclutas que hay aquí, pero Wyvernmire disponía de muchos recursos con los que tentarte.
—Me han puesto a trabajar con... idiomas —digo, vacilante. No puedo saber qué sabe Hollingsworth exactamente.
—Por supuesto —responde—. En la guerra, los idiomas son tan cruciales como las armas.
—Entonces ¿cómo puede permitir que se limite su estudio? —pregunto, sin poder contenerme—. Usted es rectora de la Academia de Lingüística Dracónica, ¡su trabajo es preservar y promover el estudio de las lenguas dracónicas!
Se me acerca, con su copa ya vacía en la mano.
— La Academia la financia el gobierno, Vivien —Recorre la sala con la mirada—. Y también está sometida al control del gobierno.
La miro y de pronto lo entiendo. ¿Cuánto tiempo hará que el gobierno controla el aprendizaje de las lenguas dracónicas?
—Año a año nos han ido reduciendo la financiación, y tenemos cada vez más limitado el acceso a nuevas lenguas —me explica Hollingsworth, en voz baja—. Ya hemos tenido que cerrar dos tercios de nuestros departamentos.
—Pero ¿por qué? —pregunto—. Con o sin guerra, seguimos necesitando comunicarnos con los dragones. Las lenguas dracónicas forman parte de nuestra sociedad, parte del legado de nuestro país...
—¿Tú sabías que la Academia fue la primera institución que transcribió las lenguas dracónicas de Bulgaria?
Creamos su forma escrita usando el alfabeto latino en lugar del cirílico, que es el que usa el búlgaro.
¿Sabes por qué? —Hollingsworth me mira atentamente y tensa un poco la voz —.
En Britania hay muy poca gente que sepa leer el cirílico, y hay que poder comprender un idioma para poder manipularlo.
¿Por qué querría manipular las lenguas dracónicas de Bulgaria el gobierno británico?
—Controlar los idiomas, controlar las palabras, es controlar lo que sabe la gente.
Entonces Hollingsworth suelta una carcajada, tan falsa que casi me hace dar un paso atrás. Pero entiendo lo que significa. Alguien nos está observando. Me obligo a sonreír, intento actuar con naturalidad.
—Necesito leer la propuesta de estudio de mi madre —le digo a toda prisa—. Esa sobre los dialectos dracónicos. Nos podría ayudar a poner fin a la guerra.
Hollingsworth frunce el ceño y me mira un buen rato, intrigada. Tengo claro que se muere por pedirme que le cuente más, pero la Ley de Secretos Oficiales nos impide hablar de ello.
—Usted me dijo que tenía un futuro brillante y que me hiciera con él —añado—. Bueno, pues eso es lo que estoy haciendo. Envíeme la investigación de mi madre. Por favor.
—Disculpen.
Me doy la vuelta y me encuentro a Marquis de pie, mirando a Hollingsworth con frialdad. Ella lo saluda educadamente con un gesto de la cabeza, pero luego se gira hacia mí con cien preguntas en los labios.
—Nos han convocado a una reunión — anuncia Marquis—. Solo a los reclutas.
¿Será mentira? Echo una mirada al resto de invitados, que van ocupando sus asientos en las mesas para la cena.
—¿Ahora? —pregunto.
—Ahora.
Me despido de Hollingsworth bajando la cabeza y sigo a Marquis.
—¿Por qué demonios hablas con ella? —me pregunta.
Salimos del salón y veo a los otros reclutas haciendo cola frente a una puerta a la derecha del vestíbulo.
—¿Qué hacemos aquí? —digo yo, haciendo caso omiso a su pregunta.
—Wyvernmire quiere hablar con nosotros antes de hacer su gran entrada —responde Atlas desde la cola, poniendo los ojos en blanco. Dodie, a su lado, se mueve agitadamente.
—¿Vosotros creéis que será algo malo?
—Por supuesto que no —responde Atlas, sonriéndole para tranquilizarla —. Probablemente quiera saber cómo vamos, para tener algo de lo que presumir ante sus invitados.
Entramos en lo que parece una sala abandonada.
Los muebles están cubiertos con sábanas blancas y del techo cuelga una lámpa ra de araña cubierta de polvo que emite una pálida luz amarillen ta.
La primera ministra Wyvernmire está sentada en un sillón tapizado en terciopelo rojo descubierto.
Tras ella están Ralph y Owen. Querría preguntarle dónde está Ursa, y por qué se la ha llevado cuando me había prometido que no lo haría.
Pero no puedo hacerlo sin reconocer que he usado el dracovol.
—Buenas noches —dice ella—. Espero que estéis disfrutando de la fiesta.
Todos asentimos y respondemos con un murmullo mientras nos preguntamos qué es lo que va a suceder. Otros dos guardias entran en la sala, a nuestras espaldas.
—Quería daros las gracias personalmente antes de hacer mi entrada en el Baile de Navidad —dice—. Esta noche contamos con numerosos invitados distinguidos, pero ninguno de ellos es tan importante como vosotros.
Atlas tose con fuerza.
—Habéis tenido casi un mes para asentaros en Bletchley Park —prosigue—. Y en ese tiempo los rebeldes se han vuelto más osados. Estoy segura de que os habrá conmocionado tanto como a mí la noticia de los recientes ataques contra civiles en la capital.
Pienso en los dos informes de radio contrapuestos sobre el conflicto de la Academia. ¿Cómo habrá reaccionado Wyvernmire a la infiltración de los rebeldes en la radio?