Capítulo 14 #4
Estamos al pie de una escalera estrecha.
Atlas sube y yo lo sigo, y llegamos a otro salón con altas ventanas cubiertas con cortinas opacas.
A ambos lados hay estatuas blancas sobre unos pedestales de piedra, y unas pequeñas figuras de dragones nos miran desde las repisas de las ventanas.
Yo sigo pensando en el dragón que bebía coñac.
—¿Qué dices, Featherswallow?
Yo estoy mirando una estatua con la imagen de dos dragones en posición romántica, con los cuerpos enredados.
—¿Hmmm?
—Recibí tu última nota... y dejé mi respuesta.
Me mira a través de sus pobladas pestañas y yo siento que se me calienta la piel.
—Entonces ya la leeré.
—Mientras tanto, ¿puedo darte otra cosa?
El gesto solemne con que me mira me hace sonreír.
—¿Qué tipo de cosa? —bromeo.
Abre la palma de la mano. En el centro hay una minúscula golondrina de madera colgando de una cinta trenzada que acaba en dos cierres metálicos. De pronto recuerdo haberlo visto tallando un trozo de madera en la sala de recreo.
—Yo... ¿Esto lo has hecho tú?
Atlas asiente.
—¿Puedo?
Me giro, levantándome el cabello, y Atlas me cuelga la cinta del cuello. La golondrina queda en el mismo lugar que ocupaba mi pase de clase, solo que es tan pequeña que queda oculta entre mis pechos.
—Para que te acuerdes de quién eres — me susurra Atlas al oído.
«Las golondrinas eran originalmente dragones que podían hablar en todos los idiomas del mundo. Pero aquello era un lastre para ellos, al ser capaces de empatizar con las historias de tanta gente».
No sé qué decir. Es un gesto tan dulce que siento que me ruborizo y, horrorizada, constato que se me llenan los ojos de lágrimas. Respiro hondo.
—Atlas, yo...
—Te echo una carrera hasta ese huevo gigante.
Lanzo una mirada al salón en penumbra, agradeciendo que haya cambiado de tema. En el otro extremo hay un enorme huevo plateado.
—Tú ya has estado aquí antes, ¿no?
Se encoge de hombros.
—El despacho de Wyvernmire está cerca, y me gusta ver lo que hace.
Entonces, sin aviso previo, echa a correr.
Se me escapa la risa al verlo correr. Querría seguirlo, pero mis zapatos de tacón son peligrosamente altos.
«Oh, al demonio con los zapatos».
Corro tras él todo lo rápido que me atrevo. Justo cuando extiende el brazo para tocar el huevo, le agarro de la chaqueta y se cae hacia atrás, tropezando con mi pie. Pierdo el equilibrio y ambos caemos al suelo, sin aliento, con las narices pegadas a la base del huevo plateado.
—¡Has hecho trampas! —exclama, frotándose la rodilla.
Me siento, veo la sonrisa reflejada en sus ojos y me dejo caer atrás mientras me río. El techo gira sobre mí y acabo riéndome tan fuerte que no puedo respirar.
—Tú has salido antes —protesto, con la voz entrecortada.
Se me ha soltado la horquilla, así que me la quito, y el cabello me cae sobre los hombros. Atlas se gira para mirarme, apoyando un codo en el suelo y la cabeza en la mano.
—¿Sabes qué es lo que creo? —dice, con una mueca socarrona.
—¿Qué?
—Creo que es la primera vez que te he visto reír.
— Y yo creo que es la primera vez que te he visto perder —replico, con un gesto de suficiencia.
—No he perdido —replica, con un bufido—. Habría llegado primero si no hubieras recurrido al sabotaje.
—Soy más rápida que tú —respondo—. Tú sabías que el huevo de dragón estaba ahí antes de que entráramos por la puerta, así que el único que ha hecho trampas eres tú.
Tiene una pelusa del traje pegada a la barba incipiente. Se la retiro y él sigue mis dedos con la mirada; luego fija la vista en la cinta que llevo en torno al cuello.
—¿Por qué siempre has querido ser traductora de lenguas dracónicas?
La pregunta es repentina, pero es evidente que lleva queriendo hacérmela un tiempo.
—Mi madre me habla en búlgaro. Y yo creo que, una vez que has aprendido dos idiomas, quieres aprenderlos todos.
—Levanto la vista al techo otra vez, intentando no pensar en que su rostro está a apenas unos centímetros del mío —.
Las lenguas dracónicas, y los dragones, siempre me han fascinado.
Empecé a prepararme para la universidad cuando tenía doce años.
—He oído que las universidades están poniendo el acceso cada vez más difícil. Debes de haber trabajado muy duro.
Vuelvo a asentir.
—Estudiábamos a todas horas.
—¿Estudiábamos?
—Sophie y yo.
—Sophie me dijo que suspendió el Examen —dice—. Yo también.
Eso ya lo sabía. Si Atlas hubiera aprobado, habría ascendido a segunda clase.
—No nos dieron tiempo para estudiar —prosigue Atlas—. Simplemente llegamos un día a la escuela y nos plantaron delante el Examen.
—¿Qué? ¿Por qué?
Atlas se encoge de hombros.
— Nunca teníamos suficientes profesores, y debía hacerse en un momento en que contaran con suficientes examinadores, así que no pudieron avisarnos con antelación. —Frunce el ceño y apoya la cabeza en el suelo, junto a la mía—. O eso nos dijeron.
—Bueno, entonces no es de extrañar que suspendieras —observo, enfadada. Pienso en los meses que dediqué al estudio, en el montón de libros de texto que tenía sobre el escritorio. Me quejaba constantemente, pero al menos tuve ocasión de prepararme.
—Oh, no lo sé —dice él—. Probablemente habría suspendido de todos modos. Yo no soy como tú, Featherswallow.
—¿Como yo?
—Ya sabes..., estudiosa.
Pongo los ojos en blanco y me río.
—Ojalá pudiera verme tal como me ves tú. «Empática, estudiosa...».
—¿Increíblemente guapa? — añade Atlas, tímidamente.
Yo mantengo la vista fija en el techo, pero noto que se me calientan las mejillas. ¿Cuánto champán habrá bebido? Quiero mirarlo a la cara, pero de pronto me siento algo aterrada.
Atlas se aclara la garganta.
—Perdona —dice—. Eso ha sido...
—¡No! —respondo, con más énfasis del que querría. Me giro de lado, situándome frente a él—. No... pasa nada.
Estamos tan cerca que puedo contar las pecas que tiene bajo el ojo.
Su aliento me hace cosquillas en la mejilla.
Abre ligeramente los labios, como si fuera a susurrar algo.
Su mano encuentra mi cadera y se inclina sobre mí.
Siento su calor sobre el vestido. Nuestros rostros se acercan y su boca queda justo encima de la mía...
Atlas se echa atrás.
—Lo siento —dice—. No puedo.
El corazón se me dispara, y tengo que hacer un esfuerzo para no tirar de nuevo de él hacia mí.
Se ha puesto muy serio. Parece confundido, hasta enfadado.
—¿Qué pasa? —susurro.
Levanto la cabeza y me siento en el suelo. ¿Por qué no me ha besado?
— No es que no quiera hacerlo —dice.
Intento sonreír, pero solo puedo tensar la boca en una mueca de dolor.
—Es por mi... vocación.
«¿Su qué?».
—Religiosa.
—Oh.
—Los sacerdotes no... no deben...
—Está bien —digo, con el rostro encendido—. Lo sé.
¿Cómo he podido ser tan tonta? Los curas hacen voto de castidad... Todo el mundo lo sabe.
—Siempre se me olvida... que eres cura.
— Seminarista.
Esta vez la puntualización no me hace sonreír.
—¿Así que no puedes ni siquiera... besar?
No me puedo creer que le esté preguntando eso. Debo de parecerle desesperada. Ojalá pudiera retirar mis palabras.
—No, si realmente estoy llamado al sacerdocio —dice Atlas.
Me quedo mirando el huevo de dragón que tiene detrás. Podríamos estar besándonos debajo, pero en lugar de eso está presenciando el momento más humillante de mi existencia.
—¿Y de verdad crees que Dios te está diciendo que tienes que ser cura y que no debes enamorarte nunca? —le espeto, sin pensar.
—Por supuesto que quiere que me enamore —dice Atlas—.
Solo que no de esa manera. Yo diría que todos queremos de maneras diferentes.
Para algunos, el amor puede ir dirigido a otra persona.
O podría ser a la enseñanza, a la medicina, al arte o...
a los idiomas —añade, señalándome con un gesto de la cabeza—. Pero para mí es el sacerdocio.
Me encantan los idiomas, pero nunca me he planteado que eso sea una especie de amor. Los idiomas son prácticos, cuantificables, traducibles... Todo lo que no es el amor.
—Pero ¿cómo puedes estar seguro? — insisto—. ¿De que eso es a lo que estás destinado?
Él se pasa una mano por el cabello y duda un momento.
—Yo... no lo sé —dice en voz baja.
Me pongo en pie, deseando no haberle hecho la pregunta.
—Deberíamos volver. Antes de que se den cuenta de que no estamos.
Atlas asiente. Me echa una mirada larga y triste y de pronto siento que querría estar lo más lejos posible de él. Oigo un ruido súbito a mis espaldas que me hace dar un respingo. Una de las pesadas cortinas opacas se ha caído.
—Deberíamos ponerla en su sitio —propongo. El salón está en penumbra, pero aun así las luces de las lámparas de gas quizá se puedan ver desde el cielo—. Ayúdame.
Me subo a la repisa de la ventana y Atlas me sostiene la cortina. Encuentro el enganche y vuelvo a colgarla. ¿Y si ocurriera en algún otro lugar de la casa? ¿Y si los rebeldes sobrevuelan el lugar y ven...?
Me quedo inmóvil. Abajo, en el patio, veo una minúscula luz naranja.
Alguien está fumando ahí fuera.
—¿Ya está? —pregunta Atlas.
Pego el rostro al cristal. Solo estamos en un primer piso y la luna emite una luz intensa. Distingo la silueta de una mujer envuelta en un abrigo de pieles, y un brillo plateado entre sus dedos mientras fuma.
La doctora Hollingsworth.
Al verla me lleno de rabia. Fumar fue la excusa que usó para hurgar en el estudio de papá y mamá hasta encontrar pruebas que los incriminaran.
Pruebas que me aseguré de que acabaran quemadas.
«Apuesto a que eso no te lo esperabas. ¿Verdad, vieja zorra?».
—¿Qué estás haciendo? —dice Atlas, a mis espaldas.
La mente me vuela hasta aquella noche horrible en la que estábamos sentados comiéndonos nuestros pierogi , ajenos al hecho de que la vida, tal como la conocíamos, iba a acabarse de pronto.
«Doctora Featherswallow, si los dragones hablaran en dialectos regionales, sin duda los habríamos oído».
¿Y qué era lo que había dicho mamá?
«Podrían no ser dialectos regionales. Podrían ser...».