Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Me quedo mirándolo, mientras mi mente da vueltas a sus palabras intentando convertirlas en algo que tenga sentido.

—Si sigues así, querido, vas a alarmar a la chica —le advierte Iris.

Rushby no le hace caso y se enciende el puro.

—Por eso me cuesta tanto entender que haya dragones entre los rebeldes. Esas criaturas tienen todo lo que podrían necesitar, y aun así se quejan.

Penelope frunce los labios y niega con la cabeza. Me siento como una tonta, pero no me importa. Tengo que preguntar.

— Lord Rushby, ¿qué quiere decir con carne humana?

—Canna es el lugar al que envían a los delincuentes juveniles —dice Rushby.

Da una calada a su puro—. La ley establece que los menores no pueden ser ejecutados, pero, con el hacinamiento de las cárceles que provocó la llegada de inmigrantes de Bulgaria tras la Masacre, el gobierno tenía que hacer algo con ellos.

El ruido que me rodea se convierte en un murmullo sordo. Solo oigo la voz de Rushby.

—Así pues —continúa—, en lugar de llenar las cárceles hasta los topes, nuestro antiguo primer ministro encontró una solución mejor al problema.

—Los delincuentes que no han cumplido los dieciocho años de edad son enviados a Canna, para que sirvan de alimento a los dragones —dice Penelope, aparentemente horrorizada—. ¿No es terrible?

— Durante un tiempo funcionó —prosigue Rushby, sin hacer el mínimo caso a mi expresión de perplejidad—. Pero ahora los mocosos empiezan a encontrar formas de sobrevivir —añade con un bufido—. Imagínate: niños de apenas siete años ganándoles la partida a los dragones.

—Depredadores engañados por sus presas —añade Iris con un suspiro.

—Pero... ¡¿cómo permiten eso?! —exclamo.

—¡Está en el Acuerdo de Paz, querida! —responde Penelope —. En una cláusula añadida a posteriori para compensar a los dragones por tener que compartir el espacio aéreo con nuestros aviones.

Dejo la copa y siento que la sala da vueltas a mi alrededor. De pronto recuerdo la protesta de Fitzrovia, las manchas de sangre en mi dosier, el rostro de la muchacha muerta. El estómago me da vueltas. Casi puedo oír las voces de los manifestantes gritando por encima de la melodía de los violines.

«¡El Acuerdo de Paz está corrompido!».

—¡Mira, ya la has asustado! —dice Iris.

La doctora Seymour me tiende una mano, pero yo doy un paso atrás y choco con alguien. Noto unos labios junto al oído:

—Vamos a tomar un poco de aire, ¿quieres? —propone Atlas.

Se me lleva al otro extremo de la sala y salimos al pasillo. Cierra la puerta a nuestras espaldas y el ruido desaparece. Mi voz llena el silencio del pasillo:

—¡Una isla llena de niños! —estallo—. Enviados para que sean pasto de los dragones. El conde de Fife me lo acaba de decir. ¡Y se reía al contarlo!

Owen, que monta guardia en la puerta, se gira como si no pudiera oírnos.

—El objetivo del Acuerdo de Paz es que los humanos y los dragones no se maten entre sí —añado, caminando arriba y abajo.

Tengo las mejillas encendidas, y la impresión de que si me quedo quieta voy a vomitar—.

Pero, si hay una cláusula que lo estipula, quiere decir que Wyvernmire lo sabe.

¡Que lo da por bueno! Y la doctora Seymour...

— Me giro y fijo la vista en la puerta cerrada del salón de baile—. Ella también tiene que saberlo.

Atlas me mira, con las manos en los bolsillos. Yo estoy casi sin aliento.

—¿Tú lo sabías?

—Sí —dice, sin alterarse—. Pero solo porque he oído los rumores. Esa cláusula no está incluida en la versión del Acuerdo de Paz disponible para el público; solo aparece en las copias del gobierno.

—Pero está ahí, negro sobre blanco, ¿no? —replico, furiosa—. Los dragones tienen permiso para comerse a los niños humanos a cambio de compartir el espacio aéreo.

Atlas niega con la cabeza.

—Creo que dice algo como: «A discreción del gobierno, se concederán derechos de caza extraordinarios a los dragones de Britania, solo en la isla de Canna».

—«Derechos de caza extraordinarios» —repito, con un bufido —. Desde luego, eso sí que es hablar en código.

Atlas se contiene para no sonreír.

—¡No es divertido! —exclamo—. Atlas, eso significa que los rebeldes tienen razón en una cosa... —La cabeza me da vueltas—. El Acuerdo de Paz está corrompido. Yo pensaba que los dragones eran buenos...

—No son todos los dragones —dice Atlas—. La Coalición quie re una paz verdadera entre las especies, no este acuerdo falso e interesado que se ha inventado la élite.

Me doy cuenta de que se ha radicalizado. Las mentiras de los rebeldes han hecho mella en él.

—No es la paz lo que quieren los rebeldes —respondo —. Es la anarquía.

—Ven —dice Atlas, echando una mirada a Owen—. Vamos a algún lugar más privado.

Asiento y lo sigo por el pasillo. Me duele la cabeza y el champán me ha dejado la boca seca.

¿Qué habría sido de mí después de liberar a Chumana si Wyvernmire no me hubiera ofrecido un trabajo en Bletchley?

¿Me habrían enviado a Canna, como si fuera un cerdo al que llevan al matadero?

Paseamos por esa ala de la casa, desconocida para mí, junto a paredes cubiertas de antiguos retratos y tapices.

—Piensa en el sistema de clases —digo, decidida a demostrarle que se equivoca—: puede parecer estricto, pero ofrece la oportunidad de mejorar. Solo que a los rebeldes eso no les interesa. En lugar de eso, han declarado la guerra y se han puesto a matar a gente inocente.

Atlas suspira.

—La Coalición no ha tenido elección. Wyvernmire ha ido difundiendo propaganda contra ellos desde hace años; solo tienes que mirar a quién la apoya.

El ministro de Defensa alemán —un nacionalista de derechas—, el último príncipe de Bulgaria — un orgulloso defensor de las peleas de dragones— y unos viejos lords ingleses que prefieren matar a delincuentes menores de edad que reescribir el Acuerdo de Paz.

—¡Por eso deberían rendirse los rebeldes!

—exclamo yo—. No son más que insurgentes radicales, una voz misteriosa en la radio y unos cuantos dragones que por algún motivo se creen víctimas de una injusticia.

—Levanto la mano justo en el momento en que Atlas abre la voz para intentar rebatirme—.

Y no me hables de los combates de dragones —añado, elevando el tono—.

En Britania están prohibidos gracias al Acuerdo de Paz.

—Pero los dragones siguen sufriendo —dice Atlas —.

La industrialización los está expulsando de la tierra y también de los cielos, estamos invadiendo sus terrenos de caza y ni siquiera se los considera miembros de la sociedad.

La gente o los odia, o les tiene miedo. Pero antes del Acuerdo de Paz los dragones vivían entre nosotros.

Eran académicos, políticos, propietarios de terrenos...

Ahora los dragones solo trabajan como obreros u obligados, castigados por sus delitos.

Me paro junto a un tapiz que muestra a un guiverno bajado del cielo por unos hombres que tiran de unas sogas.

—Britania, y eso significa Wyvernmire, es el único lugar de Europa que ha mantenido una alianza duradera con los dragones.

Siempre los hemos escuchado, hemos negociado con ellos...

Por eso es tan famoso nuestro Acuerdo de Paz.

Y por eso también la primera ministra quiere defenderlo, porque quiere lo mejor para nosotros...

—Irlanda del Norte y el Estado Libre de Irlanda también tienen sus Acuerdos de Paz —replica Atlas—. Si no quieren el nuestro, es por algo.

Lo observo, parpadeo, y él vuelve a suspirar.

—Cuando era pequeño, mis primos vivían en una región del este con muchas fábricas de acero —dice.

Me apoyo contra la pared y él se para a mi lado, con cuidado de no pisarme el bajo del vestido.

—Todos hablaban harpentesa antes de hablar inglés, al pasarse todo el tiempo junto a los dragones que trabajaban en las fundiciones. Su primer idioma era una lengua dracónica, pero ahora tendrán que usar el inglés para hablar con los dragones.

Es la primera vez que oigo hablar de alguien de tercera clase capaz de expresarse en una lengua dracónica.

Hace unas semanas no le habría dado ninguna importancia al hecho de que las lenguas dracónicas quedaran fuera del alcance de la tercera clase, porque en cualquier caso tampoco pueden acce der a la universidad.

Sin embargo, los primos de tercera clase de Atlas sabían hablar harpentesa antes incluso de que yo supiera lo que era.

Y es ahora, cuando van a prohibir el estudio de las lenguas dracónicas a la segunda clase, a gente como yo, cuando me importa.

—Una vez hice un viaje con el lord para el que trabajaba —dice Atlas —.

Ya estaba en vigor la ley de cierre de fronteras, pero teníamos un permiso especial.

Fuimos a una feria de caballos en Francia, a las afueras de París.

Nuestro guía era un dragón. Me enseñó algo de drageoir, me enseñó cómo hacer fuego con un trozo de sílex y un pedernal.

Cuando fuimos a desayunar y a tomar café, se sentó en el tejado de una boulangerie y pidió un cuenco de coñac.

Y nadie pestañeó siquiera. Dime si ese no es un mundo mejor en el que vivir.

Un mundo en el que humanos y dragones viven juntos y...

Se abre una puerta en el otro extremo del pasillo y sale un guardia. El corazón se me para de pronto.

Es Ralph.

Lleva el casco bajo el brazo, y observo que tiene un corte en el puente de la nariz.

Se gira, dándonos la espalda, y va en dirección al salón de baile.

Ambos lo observamos, escuchando el eco de sus pisadas, hasta que gira la esquina.

Me acerco a la puerta más próxima y busco el pomo a tientas.

Lo giro, agarro a Atlas de la chaqueta, arrastrándolo conmigo.

—Apuesto a que está furioso por no haber sido invitado al baile —dice Atlas con una sonrisa socarrona, mientras yo cierro la puerta haciendo el mínimo ruido posible.