Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Cuando llegan los demás, Owen nos lleva por los oscuros pasillos a un ala del edificio en la que no había estado. Al fondo oigo voces y risas, y al final llegamos a una puerta por debajo de la cual se filtra la luz. Owen la abre y nos da paso al estruendo.

Ante nosotros se abre la pista de baile, un mar de cuerpos, colores y brillos bajo unas enormes lámparas de araña de cristal.

Los altos techos con molduras se elevan sobre las chimeneas de mármol y un enorme espejo refleja la escena: hacía meses que no veía tanta gente junta.

Un grupo de mujeres con vestidos decorados con cuentas exclaman, boquiabiertas, al ver a un mayordomo subido a una escalerilla que vierte champán sobre una pirámide de copas, y luego sueltan un ooh al ver la cascada de champán que va llenándolas.

Hay un enorme árbol de Navidad decorado con velas y guirnaldas, una pequeña orquesta y una cantante con un arpa.

Su voz llena hasta el último rincón de la sala, lánguida y seductora.

En cuanto entramos vemos cabezas girándose hacia nosotros, y de pronto noto a Marquis pegado a mí.

La doctora Seymour se nos acerca, vestida con un largo vestido rojo. Está guapísima. Los otros dos jefes de equipo también vienen y nos invitan a entrar, y Lumens se lleva a Atlas y a Dodie para presentarles a un hombre alto y de aspecto importante.

—No seáis tímidos —nos dice la doctora Seymour a Marquis y a mí—. Todas estas personas están impacientes por conoceros.

Echo una mirada a mi primo, y en su rostro veo reflejada mi misma confusión. «¿Impacientes por conocernos?». Sigo a la doctora Seymour, midiendo cada movimiento que hago, y cuando me ofrecen una copa de champán la cojo de la bandeja a toda prisa, desesperada por tener algo que hacer.

—¿Quiénes son todas estas personas? —le pregunto a la doctora Seymour, mientras le doy un sorbo a mi copa.

Veo que Sophie y Serena son reclamadas por un grupo de jóvenes sonrientes, y que una señora anciana se lleva a Karim hacia las luces del árbol de Navidad, para enseñárselo a sus amigas como un trofeo.

—Gente que financia la campaña bélica con sus aportaciones — responde la doctora Seymour, después de pensárselo un poco—.

Ese hombre del bigote que habla con Knott es el ministro de Defensa alemán.

La mujer con el vestido plateado de seda es nuestra ministra de Educación.

—La doctora Seymour hace una pausa—. Y esa mujer de allí es la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica.

Miro hacia el lugar que señala la doctora Seymour y contengo una exclamación.

Junto al piano de media cola, con el cabello perfectamente recogido en un moño y los dedos cubiertos de anillos, está la doctora Hollingsworth.

Le pongo una mano en el brazo a Marquis y veo que de pronto está rojo de rabia.

—No puedes —le advierto, porque ya sé lo que está pensando.

Esa es la mujer que ordenó la detención de nuestros padres. La mujer que fingió ser nuestra amiga antes de sentenciarlos a muerte. La doctora Seymour nos mira a los dos, extrañada.

—¿La conocéis?

—No es la primera vez que nos la encontramos —respondo, muy seria—. Doctora Seymour, ¿ha oído la...?

—¿La interferencia por radio? —Baja la voz y asiente —. Si lo que dice la Coalición es cierto, esa mujer debe de ser la máxima responsable de la prohibición del estudio de lenguas dracónicas.

Una parte de mí querría ir hasta donde está y preguntarle por qué ha decidido volverse contra todo lo que ha construido con tanto esfuerzo.

El aprendizaje de idiomas —y la traducción en particular— tiene que ver con dar voz a la gente, a especies y a países, abriéndolos al mundo.

No aprender más que lenguas humanas sería encerrarnos en nosotros mismos, sería como borrar a los dragones y su historia de la faz de la Tierra.

A nuestro lado pasa Ravensloe, acompañado de un joven muy pálido.

—En Oxford no tenemos mucho tiempo para seguir las noticias —dice el joven, hablando muy despacio—. Pero esa maldita Coalición es la comidilla entre los estudiantes.

—¿Conoce la figura del uróboro —responde Ravensloe—, el antiguo símbolo griego que muestra a un dragón comiéndose la cola?

No me cabe duda de que sí... ¡Pues ojalá los dragones rebeldes hicieran lo mismo!

Si en lugar de ir a por la cola del vecino se dieran la vuelta y fueran a por la suya propia, por fin tendríamos la paz.

Pasan de largo y desaparecen entre sonoras carcajadas.

—¿Marquis Featherswallow?

Nos giramos y nos encontramos con un hombre de larga melena rizada que lleva un bastón negro. Nos mira y nos sonríe.

—Trabajas en Aviación, ¿verdad?

El hombre tiene un acento idéntico al de mamá.

—Me temo que no se nos permite hablar de ello... — responde Marquis, pero el hombre se echa a reír y le hace un gesto para que se acerque.

—Yo también estoy al día de los secretos de la primera ministra —dice, guiñándole el ojo—. Me interesaría saber algo más de tu trabajo...

Marquis me echa una mirada de impotencia; el hombre le rodea los hombros con el brazo y se lo lleva a la barra.

Me quedo sola con la doctora Seymour y de pronto recuerdo cada momento de nuestra última conversación.

Insistir ahora en el tema del dracovol me parece inoportuno, y seguro que sería aún más humillante para ella, una vez pasada la emoción de los descubrimientos que propició la situación.

—Doctora Seymour, lamento...

—Ah, Dolores —dice una voz—. Qué alegría verte aquí.

Se nos acerca un hombre con una mujer cogida de cada brazo.

—No te veía desde los años de la universidad. Permíteme que te presente a mi esposa, Iris, y a mi hermana, Penelope.

Ambas mujeres tienen la nariz puntiaguda y la piel blanca. No habría podido adivinar quién es quién.

—Encantada — dice la doctora Seymour—. Vivien, este es lord Rushby, conde de Fife. Rushby, esta es uno de mis fichajes de mayor talento, Vivien Featherswallow.

Asiento a modo de saludo y observo que Gideon me está observando desde el grupo de al lado. La doctora Seymour sigue cantando mis alabanzas, y al oírlo a él se le van poniendo rojas las orejas. Doy otro trago de champán. Mi copa ya está prácticamente vacía.

Lord Rushby me mira con curiosidad.

—Todo el mundo parece estar interesadísimo por el trabajo que hacéis aquí, en Bletchley, y sin embargo da la impresión de que solo podéis hablar de él con un puñado de escogidos.

Es joven, guapo y elegante.

—Es una precaución necesaria —respondo, sonriendo—. Para proteger la campaña de guerra.

El conde se gira hacia la mujer que tiene a la derecha.

—Dolores y yo —le dice— estudiamos juntos en el Departamento de Dragones, querida. Ella siempre sacaba mejores notas que yo, claro. Era la preferida del profesor.

Todos se ríen y veo que la doctora Seymour se toma con muy buen humor la sugerencia de que sus buenas notas fueron producto de un mero favoritismo.

—Bueno, habéis reunido a una buena comitiva — añade, con gesto aburrido—. Parece que mucha gente ha cruzado el país para venir y demostrar su espíritu... navideño.

Me mira de soslayo, como si esperara que pillara el significado oculto tras sus palabras. ¿Por qué da la impresión de que todos los visitantes tienen una idea precisa de lo que se cuece en Bletchley Park?

—A decir verdad —respondo, porque parece que debo decir algo—, ya me había olvidado por completo de la Navidad.

—Por supuesto —responde Rushby, sonriendo, mientras coge otra copa de champán de una bandeja y me la pasa—. Habéis trabajado mucho. Pero hay que mantener el ánimo, incluso en plena guerra. La presencia de la ministra de Defensa alemana, y de ese refugiado búlgaro...

—¡El último superviviente de la familia real búlgara! —exclama Penelope.

—... es, por supuesto, pura coincidencia.

—He oído que el Acuerdo de Paz alemán está en las últimas — comenta Iris.

Me giro a mirar a la doctora Seymour, pero ella se muestra absolutamente indiferente. Suena música de violines, y le doy otro sorbo al champán. Empiezo a sentir el cuerpo deliciosamente ligero y cálido. Contemplo las doradas burbujas de la copa.

—¿No es un aburrimiento —plantea Iris a la doctora Seymour— tener que ver a toda esa gente hablando de la aburrida guerra y de cómo afecta a sus aburridas vidas?

—Tu marido nos distraerá, estoy segura —dice Penelope, tirando del brazo de Rushby como si fuera una niña—. Cuéntanos una de tus apasionantes historias.

Contengo un suspiro y observo que la doctora Seymour también está empezando a distraerse. Pasea la mirada por la sala, quizá buscando a alguien —a cualquiera— más interesante con quien hablar. Espero que lo localice pronto.

—Pues ahí va una —dice Rushby —. Los rebeldes han tomado Eigg. Es oficial.

La doctora Seymour vuelve a girarse de golpe hacia nuestro grupo.

—¿Estás seguro? —dice—. No he oído ningún informe al respecto.

—No es algo de lo que el gobierno quiera que se charle en el mercado, querida —responde el conde, sin inmutarse—. Pero sus dragones han tomado la isla, y se dice que su próximo objetivo es Canna.

Eigg. Canna. Las islas mencionadas en la carta de la doctora Seymour. Si son propiedad del gobierno, y están relacionadas con la investigación sobre ecolocalización que ha encargado Ravensloe a la doctora Seymour, ¿cómo es que no lo sabía?

—¿Qué interés pueden tener en Canna? —dice Iris—. Es un lugar horrendo.

—¿Horrendo? —pregunto yo, al ver que la doctora Seymour no responde—. ¿Por qué?

— Quizá para nosotros, pero no tanto para los dragones.

Lord Rushby suelta una carcajada y se saca un grueso puro del bolsillo.

—Oh, querido hermano —dice Penelope, retorciéndose un mechón de cabello con el dedo—. No creo que Vivien te haya entendido.

—¿No? —pregunta Rushby, desconcertado. Le echa una mirada a la doctora Seymour—. Pensaba que era algo bien sabido en estos círculos.

La doctora Seymour niega con la cabeza y la sonrisa de lord Rushby se vuelve más amplia.

—Para los dragones de Britania, Canna es como un bufé libre de carne humana.