Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

La noche del baile anochece antes que nunca desde que llegamos a Bletchley.

Fuera hace frío —demasiado como para que nieve — y, en las inmediaciones de la casa, las huellas de las pisadas de los dragones están cubiertas de escarcha.

La chimenea del dormitorio de las chicas está encendida, y nos vestimos a la temblorosa luz anaranjada de las llamas.

—¿Quién ha cogido mi cepillo? —pregunta Serena desde el baño.

Por el espejo veo a Katherine, que finge no oírla, mientras se pasa el cepillo de hueso de dragón por su rebelde melena.

En el exterior se oye el crujido de la grava: no han dejado de llegar coches en toda la tarde.

El vestido me cae como un guante y el satén rosado le da calidez a mi piel blanca.

Gracias al dracólico, mi brazo se ha curado del todo y no necesito seguir llevando el cabestrillo.

A mis espaldas, Dodie alarga la mano y sostiene en ella uno de mis largos tirabuzones.

—Estás preciosa —me dice.

Ella lleva un vestido de chifón del mismo azul que sus ojos.

Serena sale del baño, con el cabello alisado. Se ajusta una tira de seda en torno a las sienes y la ondulada melena le cae por encima, creando un efecto de una elegancia incomparable.

—El año pasado llevé un modelo casi igual de bonito, para el baile de debutantes —dice, mirándose al espejo.

—¿Qué es un baile de debutantes? —pregunta Katherine.

—Una fiesta de presentación en sociedad —dice Dodie, acercándose para ayudarla a desenganchar el cabello de su rizada melena.

A su lado veo a Sophie, con un vestido de seda de color verde intenso que me recuerda el que le compraron para la ceremonia de entrega de resultados del Examen, y que no llegó a ponerse nunca.

—Toma — dice Dodie, entregándome un paño plegado con una sonrisa tímida en el rostro—. Un regalo de Navidad adelantado. He hecho uno para cada una de nosotras.

Es un pañuelo pequeño, con minúsculas lenguas de dragón rojas bordadas en los extremos.

—Dodie, es precioso.

La abrazo, y me envuelve un dulce olor a almendras; cuando la suelto, observo que tiene los dedos llenos de pinchazos.

—Tuvo que ayudarme Karim —dice, ruborizándose.

Asiento, perpleja al darme cuenta del esfuerzo que ha tenido que hacer. Las otras chicas también se le echan encima, dándole las gracias, y yo me siento en la cama para abrocharme los zapatos. De la sala de recreo, al otro extremo del pasillo, nos llega el sonido de la radio:

«El movimiento rebelde vuelve a golpear el West End de Londres y ha matado a varios guardias de la paz —cuenta la voz nasal del reportero—.

Aproximadamente un centenar de rebeldes han lanzado un ataque esta tarde, durante una conferencia en la Academia de Lingüística Dracónica, y se han llevado cientos de documentos.

No ha habido víctimas civiles, pero se han realizado varias detenciones.

No obstante, la mayoría de los asaltantes han sido vistos huyendo a lomos de los dragones... ».

La narración queda cortada y se oye un ruido de interferencias. Cuando ya he recorrido medio pasillo, la radio vuelve a cobrar vida. Solo que la voz es diferente esta vez, profunda y suave.

«Este es un mensaje a los ciudadanos de Britania de parte de la Coalición Humanos-Dragones».

Marquis y Gideon, ambos vestidos con sus respectivos trajes, levantan la vista desde sus sillones, perplejos.

«Hemos intervenido esta emisión de radio con el fin de aclarar las cosas. El gobierno acaba de informar de que la Coalición ha lanzado un ataque contra la Academia de Lingüística Dracónica en Londres hoy mismo. Es mentira».

Apoyo ambas manos en la repisa de la chimenea y me quedo mirando la radio.

«Esta tarde algunos miembros de la Coalición han llevado a cabo una serie de protestas frente a la Academia en respuesta a las nuevas directrices del gobierno sobre el estudio de lenguas dracónicas.

A partir de mañana, solo los ciudadanos de primera clase que se hayan sometido a un intenso programa de cribado por parte del gobierno podrán estudiar lenguas dracónicas, de modo que el resto de los ciudadanos no podrán hablar dracónico en espacios públicos.

Es una medida segregacionista como no se veía en Britania desde la firma del Acuerdo de Paz y la instauración del sistema de clases, que dividió cruelmente nuestra sociedad en una serie de opuestos de forma antinatural: humanos contra dragones, nativos contra inmigrantes y ricos contra pobres.

»Como represalia, la Coalición se ha hecho con una serie de documentos de contenido lingüístico para impedir que el acceso a las lenguas dracónicas quede restringido a la clase gobernante.

La Coalición seguirá luchando hasta que Britania quede liberada de la tiranía de una líder que gobierna en nombre de la paz y que sin embargo comete injusticia tras injusticia contra humanos y dragones.

Querríamos recordar a nuestros compatriotas que nunca ha sido nuestra intención acabar con el sistema.

Tras la Gran Guerra, pedimos que se convocaran elecciones generales, para que la reforma llegara des de el interior del gobierno.

¡No queríamos un golpe de Estado, sino la democracia!

Pero esa es una palabra que nuestra gobernante ya ha olvidado.

El partido de Wyvernmire sigue culpando a la Coalición de las muertes causadas por esta guerra, pero no admite su responsabilidad.

Pueblo de Britania, vuestra primera ministra os está mintiendo.

Dragones de Britania, vuestra reina os está mintiendo.

¡Abajo el Acuerdo de Paz! ¡Abajo el sistema de clases! ¡Viva la Coalición!».

La voz da paso a más ruido de interferencias, luego el vacío.

—¿Segregacionismo? —repito lentamente.

Es un término que no había oído nunca. Me imagino a los re beldes lanzándose contra Londres a lomos de los dragones y ro bando documentos de la Academia.

¿De verdad tiene el gobierno tanto pánico a la rebelión que es capaz de limitar el estudio de las lenguas dracónicas?

El miedo me atenaza el corazón. ¿Qué ocurrirá cuando vuelva a casa?

¿Se me negará el acceso a la universidad porque no soy de primera clase?

—Pues lo ha hecho muy a la callada, ¿no? —dice Marquis, cabizbajo.

Se refiere a Wyvernmire... y no se equivoca.

El proceso de veto que sufrimos mi familia y yo cuando solicité el ingreso para estu diar lenguas dracónicas se mantuvo en secreto, y ahora Wyvernmi re ha ampliado esas restricciones a todo el país sin decir una palabra a nadie.

¿Limitar el estudio del dracónico? ¿Por qué iba a hacer algo así precisamente la mujer que tan impresionada se ha mostrado de mi dominio de las lenguas?

—Uno de los pasos más importantes en un golpe de Estado es hacerse con el control de los medios —dice Gideon, echando el cuerpo hacia delante —. Esos rebeldes están intentando hacer que la gente crea que no han cometido ningún delito.

—¿Así que tú no crees que Wyvernmire esté restringiendo el acceso a las lenguas dracónicas? —pregunto, esperanzada.

Gideon se encoge de hombros.

—Cuanto más puedan comunicarse los humanos y los dragones rebeldes, más oportunidades tienen de ganar la guerra.

Así que podría ser. —Me mira a la cara—.

Tal como he dicho, apuesto a que a los dragones rebeldes ahora mismo no les importa que los humanos aprendan sus idiomas, si van a acabar con todos nosotros cuando...

—¿Ya volvemos a decir tonterías, Gideon?

Atlas está apoyado contra el marco de la puerta, vestido con un traje rojo y corbata negra.

Lleva una barba de tres días, y es la primera vez que lo veo sin el alzacuellos.

Me guiña un ojo y se queda mirando mi vestido.

Las manos se me van al cabello para alisármelo, antes de que pueda controlarlas.

—No son tonterías —replica Gideon, airado—. ¿Por qué crees que Wyvernmire los está combatiendo con tanto empeño? Nos está protegiendo de la naturaleza bestial de los dragones, de lo que sucedió en Bulgaria...

—Lo que sucedió en Bulgaria fue la venganza de cientos de dragones furiosos en respuesta a la colonización de su comunidad, a los combates de dragones organizados como espectáculo y al secuestro masivo de huevos y crías.

—¿Estás diciendo que los humanos de Bulgaria se merecían ser asesinados? —pregunta Gideon, entrecerrando los ojos.

Me giro de golpe hacia Atlas.

— Lo que estoy diciendo —responde Atlas, marcando las palabras— es que cuando oprimes a una comunidad durante siglos, no puedes sorprenderte porque se subleve de pronto.

—Pero nosotros no estamos oprimiendo a los dragones —digo yo—. Adoptaron el Acuerdo de Paz. La misma Reina de los Dragones lo firmó. Ella...

—La Reina de los Dragones lo firmó —concede Atlas—, pero los miles de dragones de Britania no. Es lo mismo que decir que Wyvernmire habla por todos los individuos de este país. —Se que da mirándome —. No sé tú, pero yo no recuerdo haber dado mi consentimiento para ese tal Acuerdo de Paz.

Marquis me echa una mirada incómoda y me doy cuenta de que están esperando que responda.

Pienso en lo que me dijo Wyvernmire cuando hablé con ella en la cárcel de Highfall, sobre confiar el estudio de las lenguas dracónicas solo a ciudadanos que el gobierno considere leales, y se me encoge el corazón.

El informe de los rebeldes debe de ser verdad.

La propia Wyvernmire dijo que teme que el dominio de los idiomas potencie la colaboración de los rebeldes dragones y humanos.

Probablemente era precisamente en eso en lo que estaban implicados mis padres.

—Debe de ser parte de la estrategia de Wyvernmire —decido—. Y, una vez que hayamos ganado la guerra, todo volverá a la normalidad y la gente podrá estudiar lenguas dracónicas otra vez.

Por la mirada que me echa Atlas tengo la impresión de que se compadece de mí.