Capítulo 13 #2
Pero Gideon se ha puesto a girar los mandos de la máquina locuisonus, buscando la frecuencia adecuada.
La doctora Seymour se lo queda mirando, impotente, y de pronto una idea terrible me cambia el humor.
¿Será el dracovol de la doctora Seymour?
La veo sentarse en el suelo del bosque, con la cabeza entre las manos, y siento una punzada de terror.
Ese no es un dracovol salvaje.
— Tenía razón —anuncia Gideon con una sonrisa triunfal—. Está ecolocalizando.
¿Los dracovols pueden ecolocalizar como los dragones? Eso la doctora Seymour no lo ha mencionado en ningún momento.
Claro que tampoco mencionó la existencia de su mensajero secreto.
—¿Con quién está hablando? —pregunto, algo temerosa.
¿Podría haber más dracovols en la zona? Y, de ser así, ¿a quién pertenecen los otros? ¿Habrá alguien en Bletchley que sepa que la doctora Seymour envió a este en busca de Ursa?
Echo un nuevo vistazo al hueco. La dracovol presiona con el morro uno de los huevos, sin apartar la vista de mí.
—No suena en absoluto parecido a la ecolocalización de los dragones —dice Gideon, escuchando atentamente la transmisión.
—¿Puedo escuchar? —pregunto, tendiendo la mano.
Él vacila un momento, pero luego me pasa los auriculares.
Me los pongo en los oídos. Oigo dos sonidos simultáneos: un murmullo grave y un ruido agudo, como de roce.
Esa llamada de ecolocalización es continua.
No hay pausa, no da ocasión a la respuesta.
Le paso los auriculares a la doctora Seymour, que los coge sin mucha convicción, y vuelvo a mirar en el interior del hueco.
La dracovol ahora tiene los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre los huevos. De pronto, uno de ellos tiembla.
—¡Oh, Dios mío! —exclamo, en voz baja—. Creo... que les está hablando.
—¿A quiénes? —pregunta Sophie, acercándose para mirar.
— A los huevos.
—Imposible —dice Gideon.
Me giro a mirar a la doctora Seymour.
—¿Es imposible? —le pregunto—. ¿O podría estar comunicándose con las crías que aún están dentro de los huevos?
La doctora Seymour vuelve a la vida de pronto, se pone en pie y mira el interior del árbol. Cuando la dracovol ve a la doctora Seymour, emite una especie de gorjeo gutural agudo.
—Quizá no sea una hembra —dice la doctora Seymour—. A veces la dracovol hembra abandona los huevos y es el macho quien los empolla.
Observo que Gideon está tomando nota en un cuaderno que se ha sacado del bolsillo.
—Pero ¿es posible? —insisto.
— Sí —dice ella, con un suspiro—, supongo que sí.
—Entonces probablemente los dragones hagan lo mismo, ¿no?
La doctora Seymour asiente.
—Bueno, entonces esto es una prueba —digo yo, alzando una ceja y mirando a Gideon—. Si los dragones y los dracovols usan la ecolocalización para comunicarse con sus crías dentro de los hue vos, quiere decir que la ecolocalización no se creó con la intención de que sirviera como arma.
—Viv tiene razón —afirma Katherine—. La ecolocalización debe de ser algo natural para ellos, como... ¿Cuál es la palabra?
— Instintivo —dice Sophie.
—Eso no significa que no puedan usarla como arma —replica Gideon.
—No os desconcentréis —dice la doctora Seymour—. Sea o no un arma, nuestro trabajo es simplemente descifrarla.
—¡Quizá los huevos de dragón dependan de la ecolocalización para poder abrirse!
—sugiero—. A lo mejor sin ella las crías no pueden crecer.
Eso explicaría por qué es mucho más compleja la ecolocalización de los dragones que la de las ballenas o los murciélagos.
Porque la especie depende de ella para sobrevivir.
—Es una teoría posible, Vivien — concede la doctora Seymour—. La exploraremos en más profundidad, por supuesto, pero recuerda que de momento no es más que eso. Una teoría.
Me quedo mirándola. Eso tendría todo el sentido. Supone un progreso. ¿Por qué no lo celebra?
—Es hora de recoger. Gideon, por favor.
Gideon carga de nuevo la máquina locuisonus en el carrito. Yo miro de nuevo hacia el interior del hueco.
—Déjalo, Vivien —dice la doctora Seymour, con decisión, y yo doy un paso atrás. Nunca me ha hablado en ese tono. Está inquieta, apoyándose en un pie y luego en el otro, mordiéndose las uñas. ¿Qué le pasa? ¿Le preocupa la posibilidad de que Ravensloe descubra que me ha dejado usar el dracovol?
De vuelta al invernadero, se adelanta. Yo acelero el paso para llegar a su altura y compruebo que los demás están unos metros por detrás.
—¿Es el mensaje que envié? —le pregunto, en voz baja—. ¿Es eso lo que le preocupa?
—Te dije que no lo mencionaras nunca.
De vuelta en el invernadero, vuelvo a coger mi cuaderno de registro. Yo sé lo que he visto. La dracovol estaba hablándoles a sus huevos con la ecolocalización. Ahora entiendo por qué es sagrado el koinamens. Tiene un significado y un propósito que van más allá de cualquier guerra.
Dejo la pluma. ¿Qué haría Wyvernmire con un secreto así?
¿Con una información sobre una especie que supera todo lo que han descubierto hasta ahora el resto de los científicos y zoólogos?
Ganaría la guerra, eso está claro. Pero ¿usaría los conocimientos sobre ecolocalización para otros fines?
Pienso en las cabezas de guiverno que dicen que tiene colgadas de las paredes de su despacho.
¿Y si usa la ecolocalización como arma contra los dragones?
Solo de pensarlo se me pone la piel de gallina. De pronto entiendo por qué se enfadó tanto Muirgen cuando le pregunté por la ecolocalización. Si los dragones la usan para empollar los huevos y para curarse las heridas, ¿para qué otras cosas puede servir?
«Eso no es asunto tuyo —me digo—. Tú tienes que preocuparte de salvar a tu familia, de salvar a Ursa. Y ahora tienes las herramientas idóneas para hacerlo».
Por lo pronto, sé que la ecolocalización es un lenguaje que muy posiblemente tenga dialectos, y la clave para ganar la guerra es aprender a hablarlos. Ya he aprendido nueve idiomas: ¿qué son unos pocos más?
Durante lo que queda de turno la doctora Seymour no me habla, y Gideon me mira mal cada vez que levanto la vista de mi cuaderno de registro.
—Te das cuenta de que se supone que deberíamos trabajar juntos, ¿verdad? —dice—. Podría comprobar tus hallazgos, si quisieras...
—No, gracias —digo, sonriendo con tanta fuerza que me duelen las mejillas—. Al fin y al cabo, el arte de las lenguas es tradicionalmente territorio de las mujeres.