Capítulo 13
En el invernadero, los clics y las llamadas que emite la máquina locuisonus me están dando sueño.
Contengo un bostezo, y cuando la doctora Seymour me pregunta si he dormido mal le echo la culpa al brazo, lo cual no es del todo falso: resulta que cuando los huesos cicatrizan por efecto del dracólico, duele muchísimo.
De lo que descubrí la noche anterior no le digo nada.
Revelar que el nombre real de la ecolocalización es koinamens sería como reconocer que he hablado de ello con Muirgen y Rhydderch, y me arriesgaría a ser degradada al instante.
La doctora Seymour ha añadido una hora de clase a nuestros turnos, en los que nos enseña con las máquinas locuisonus encendidas y a todo volumen por si hay actividad.
Estudiamos la teoría de las ondas de sonar y la biología de los dragones, y ella nos bombardea con preguntas retóricas: ¿son necesarios los cuernos de los dragones para la transmisión de la ecolocalización?
¿Por qué es bífida la lengua de un bolgorith?
¿Hay alguna especie de dragón que esté más capacitada para hablar determinados idiomas?
Estudiamos las variaciones semánticas y su relación con los patrones migratorios de los dragones, y descubro que hay veinte idiomas dracónicos autóctonos del Ártico que tienen casi trescientas palabras diferentes para decir «frío», entre sinónimos, metáforas y metonimias.
¿Podría ocurrir lo mismo con la ecolocalización?
, nos pregunta. Y hasta que no acaba de taladrarnos con sus preguntas no nos permite volver a nuestros puestos junto a las máquinas locuisonus.
¿Y si Muirgen y Rhydderch hablan usando una versión de la ecolocalización y Soresten y Addax otra?
Ambas versiones podrían ser similares, con sutiles variaciones.
Eso podría explicar lo que hemos observado en los campos: que Soresten usaba una llamada de ecolocalización particular para darle una orden a Muirgen, pero otra ligeramente diferente a la hora de hablar con Addax.
El corazón se me dispara en el pecho mientras escribo a toda prisa mis ideas en las páginas del cuaderno de registro.
Hago tres listas: llamadas exclusivamente de Muirgen y Rhydderch, llamadas exclusivamente de Soresten y Addax, y llamadas compartidas por todos.
Hay más llamadas en las primeras dos listas que en la tercera.
Y las llamadas usadas por los cuatro dragones al comunicar todos juntos tienen significados más simples: venir, ir, esperar, parar...
Me froto los ojos e intento pensar: noto que se me está formando una idea en los confines de la mente, que emite destellos desde un extremo de mi campo visual. Va creciendo como una burbuja llenándose de aire, hasta que explota:
La ecolocalización no es simplemente un lenguaje.
Es un lenguaje con más lenguajes en su interior.
Mamá lleva años insistiendo en la teoría de la existencia de dialectos dentro de las lenguas habladas de los dragones y nadie la ha creído nunca. ¿Y si tenía razón, y la ecolocalización también es una lengua con dialectos, solo que inaudible para los humanos?
Agarro la pluma con más fuerza; la mano me tiembla, incapaz de seguir el ritmo de mis propios pensamientos. Al otro lado de la mesa, Gideon está concentrado en su trabajo, ajeno a todo.
¿Y si el lenguaje universal mediante ecolocalización —el koi namens—, el que usa toda la especie, es simple?
¿Limitado en vo cabulario y menos complejo que los dialectos que se han desarrollado a partir de él?
Eso explicaría que Muirgen y Rhydderch no pudieran comunicarse de una manera concisa con Borislav y que hubieran acabado enfrentándose a él.
Si hubieran hablando en el mismo dialecto, Borislav habría podido advertirlos de que no era un intruso, sino un mensajero.
Pero ¿cómo se habrán desarrollado esos dialectos? ¿Por qué no hablan todos los dragones con una única forma de ecolocalización que pueda comunicar tanto ideas simples como otras complejas?
Tendría que haber prestado más atención a lo que le estaba contando mamá a la doctora Hollingsworth sobre dialectos dracónicos, en lugar de obsesionarme con mi dosier y la posibilidad de las prácticas.
«Doctora Featherswallow, si los dragones hablaran en dialectos regionales, sin duda los habríamos oído».
Eso fue lo que dijo Hollingsworth. Bueno, pues estaba equivocada, y mamá tenía razón. Echo un vistazo a mis apuntes.
Tengo la sensación de que el corazón se me para y arranca repetidamente.
¿Los dialectos de la ecolocalización también serán regionales?
Anoche Rhydderch dijo que Muirgen era hermana suya, lo que implica que habrían salido del huevo y, probablemente, que se habrían criado en el mismo sitio.
Así que quizá los dialectos de la ecolocalización varíen según el lugar en el que una cría de dragón aprende a ecolocalizar.
Y si Soresten y Addax son ambos dragones de las arenas, quizá procedan de la misma región...
—¡Vivien!
La doctora Seymour me está mirando, con una sonrisa divertida en el rostro.
—¿Estás segura de que estás bien? Te he llamado tres veces.
—Lo siento —respondo, cerrando mi cuaderno de golpe—. Estaba... concentrada.
—¿Has logrado hacer algún progreso? — dice ella, ajustándose las gafas.
Respondo que no con la cabeza. La última vez que hice progresos, Gideon consiguió atribuirse el mérito. Esta vez, si podemos demostrar la teoría, quiero que Wyvernmire sepa que es mía.
—Venga —propone la doctora Seymour—, vamos a hacer otra salida.
Sacamos el carrito cargado con las máquinas locuisonus, pasamos junto a Yndrir, que hace el turno de guardia de la mañana, y nos adentramos en el bosque.
Recuerdo la manera en que apareció Atlas la noche anterior, como una luz en la oscuridad, y de pronto siento una gran curiosidad por ver la respuesta que espero tener esperándome en la biblioteca.
—Supongo que los dragones tendrán diversos tipos de códigos para evitar que los humanos podamos descifrar las llamadas de ecolocalización —sugiere Gideon mientras caminamos.
—¿Y por qué se iban a tomar esa molestia? —respondo yo—. La guerra es entre el gobierno y los rebeldes, no entre los humanos y los dragones.
—Bueno, probablemente crearon el código antes de que se firmara el Acuerdo de Paz, ¿no? —responde, echándome una mirada fulminante —. Y, en cualquier caso, no todos los dragones quieren la paz.
«Ellos no crearon el código, idiota», es lo que quiero decirle.
—Incluso los dragones rebeldes están colaborando con los humanos —respondo, en lugar de eso—.
No creo que los dragones de todas partes despertaran un día por la mañana y se dijeran: «Vamos a crear un código con la capacidad que casualmente tenemos para leer la mente, por si acaso un día las cosas se tuercen con los humanos».
Suelto una risita, satisfecha con mi ocurrencia, y Gideon me mira, malhumorado.
—Quizá se estuvieran preparando para el día en que no pudieran hablar entre ellos sin que gente como tú pudiera entender hasta la última palabra de lo que dicen.
—Y eso lo dice el otro políglota de Bletchley —respondo yo, incisiva.
—Yo me limito a los idiomas de mi propia especie, por si no te has dado cuenta —murmura Gideon, que se gira hacia la doctora Seymour—.
Apostaría a que estos dragones rebeldes pretenden usar a los humanos rebeldes mientras los necesiten, y que luego se volverán contra todos los seres humanos una vez que hayan ganado la guerra, igual que los dragones búlgaros...
—¡Chis! — susurra Katherine—. Mirad.
Tiene la vista puesta en las copas de los árboles. Yo la sigo con la mirada. Hay un movimiento en un roble gigantesco justo delante de nosotros. Un dracovol vuela de rama en rama, posándose y luego volviendo a planear, con un ratón muerto en las fauces.
—Un dragón mensajero —susurra Gideon.
Echo una mirada a la doctora Seymour, que se ha quedado pálida.
—Esos dragones no están permitidos en Bletchley —observa Gideon, corriendo hacia el árbol—. Quizá traiga un mensaje de los rebeldes.
—¡Gideon, espera! —digo, mientras le sigo por el bosque.
Nos paramos al pie del árbol y levantamos la vista.
El animal nos observa con sus ojos negros, sin parpadear.
Tiene el morro corto y redondeado, y dos de los dientes inferiores le asoman por la nariz.
De la cabeza le salen unos tentáculos largos y escamosos a modo de bigotes.
Tiene el tamaño de un gato. Aunque los dracovols no tienen la inteligencia de los otros dragones o de los humanos, se dice que son tan inteligentes como los delfines.
El dracovol engulle el ratón y luego repta por el tronco hasta colarse en una gran grieta.
—Déjalo, Gideon —le ordena la doctora Seymour, mientras él echa un vistazo dentro —. Se sabe que algunos viven en la naturaleza, así no hay nada que haga pensar que este trae un mensaje...
—Es una hembra, con sus huevos —anuncia Gideon.
—Déjame ver —digo yo, apartándolo de un empujón.
La grieta está a nivel de los ojos y el interior tiene el fondo cubierto de piedrecitas que emiten calor.
De pronto, la dracovol lanza una llama y las piedras se ponen rojas y luego blancas.
Entre las piedras candentes hay tres pequeños huevos negros.
La dracovol los rodea con su cola y emite un pequeño siseo de advertencia.
Gideon, situado detrás de mí, ha cogido una de las máquinas locuisonus del carrito y la está instalando en el suelo.
—Quizá no traiga ningún mensaje escrito, pero sí uno en lenguaje de ecolocalización —sugiere, excitado, al tiempo que se pone los auriculares.
—No trae ningún mensaje, Gideon —dice Sophie, poniendo los ojos en blanco—. Está empollando.