Capítulo 12
Los dragones están el uno junto al otro, mirando cómo me acerco.
Tengo el cuerpo rígido del frío, así que me meto la mano que tengo libre en el bolsillo.
El azul y el violeta de las escamas de los dragones se ven poco en la oscuridad; de no ser por su enorme tamaño, quedarían disimulados entre las sombras.
—No recuerdo haber pedido una traductora —me gruñe Rhydderch al verme llegar.
Me paro a unos metros y me quedo pensando en cómo empezar.
—Yo diría que no deberías estar por ahí a estas horas —añade Muirgen, lamiéndose los labios —.
¿No deberías estar en el invernadero? Te he visto entrar y salir tantas veces durante mis patrullas con Soresten y Addax que empezábamos a creer que Ravensloe te ha puesto a trabajar en algo que quizá pueda ayudarnos realmente a ganar la guerra.
Los dos dragones se ríen con su risa grave, gutural, y yo finjo una sonrisa. Así que el dragón que vi en el campo con Soresten y Muirgen el otro día era Addax.
—He venido a haceros una pregunta —digo, con una voz más baja de lo previsto.
Los dragones me miran con sus enormes ojos amarillos y veo cómo mueven las colas en la oscuridad.
—Adelante —dice Rhydderch.
—El dragón búlgaro que aterrizó aquí... Borislav.
—¿Sí?
—¿Por qué necesitasteis un traductor para entenderlo?
—Ya lo sabes —responde Muirgen, con desgana—. No hablamos las lenguas dracónicas del Este...
—Pero ¿los dragones no tenéis otro modo de hablar entre vosotros? — la interrumpo.
Muirgen ladea la cabeza y me mira sin parpadear.
«Es esencial que ninguno de los dragones que trabajan en Bletchley Park sepa que estamos intentando descifrar su código en el invernadero».
La doctora Seymour me mataría si supiera que estoy aquí.
Pero, si queremos descifrar el código en tres meses, será consciente de que no podemos seguir dando palos de ciego.
Tengo que hacerles la pregunta que he venido a hacer.
—¿Podéis comunicaros con algún... sexto sentido? ¿Algo que los humanos no tengamos?
Un ratón de campo pasa correteando junto a mi zapato y, antes de que pueda dar un paso atrás, Muirgen lo ensarta en una de sus afiladas garras negras. Lo levanta y se queda mirando cómo se agita un momento, hasta que muere. Se lo traga entero.
—¿A qué te refieres exactamente?
—A algo que me dijo un dragón hace mucho tiempo —miento—. Me dijo que los dragones pueden hablar entre sí en... una especie de código —digo, intentando parecer cándida—. ¿Es eso cierto?
Rhydderch emite un gruñido grave que le sale de las profundidades del pecho.
De los orificios nasales de Muirgen sale un humo negro. En el momento en que da un paso adelante, la luna le ilumina las púas del lomo.
—¿Un código? —dice, con un ronroneo—. ¿Es eso lo que crees que es?
—Tranquila, Muirgen —le advierte Rhydderch, que se gira hacia mí mostrando los dientes —. ¿Qué es lo que te ha contado tu primera ministra?
—Nada —me apresuro a decir—. Ya os lo he dicho, fue un dragón. ¿Decía la verdad? ¿Os podéis leer la mente los unos a los otros?
—¿Cómo te atreves a venir aquí buscando un conocimiento que no te corresponde tener? —gruñe Muirgen.
—Soy traductora —digo, manteniendo la calma, aunque noto que tengo el cuerpo acalorado del miedo—. Por supuesto que me interesa conocer todos los modos en los que pueden comunicarse los dragones...
—¡El koinamens pertenece a los dragones, y solo a los dragones! —ruge Muirgen.
Da un paso atrás y golpea el suelo con sus dos patas delanteras. Con el impacto salgo volando, y aterrizo sobre el brazo malo dos metros más atrás. Me pongo en pie con dificultad, intentando hacer caso omiso del intenso dolor que siento en la muñeca.
—Por favor — digo, girándome a mirar en dirección a la casa—. Vais a despertar a todo el mundo. Solo quiero saber por qué Borislav y vosotros no hablabais el mismo... koinamens.
—El dragón que te dijo eso traicionó a su propia raza —sentencia Rhydderch—. Es un misterio que debe permanecer entre los dragones.
Agita la cola en dirección a Muirgen y ella da un paso atrás. Están comunicándose, es evidente.
Están hablando con la ecolocalización.
—Pero ¿por qué? —insisto—. ¿Por qué debe seguir siendo un misterio?
—Es sagrado — dice Muirgen con voz sibilante—. Es lo único que tenemos los dragones que no nos podéis quitar.
¿Sagrado? Por lo que yo sé, los dragones no tienen religión. ¿Qué podría tener de sagrado un lenguaje?
—¿Hay diferentes tipos de koinamens? —pregunto—. ¿Diferentes... secuencias?
—Voy a despellejar viva a esta humana, Rhydderch...
Muirgen acerca su enorme cabeza, pero Rhydderch le da un golpetazo en el rostro. Ella suelta un rugido de dolor y yo retrocedo trastabillando.
Rhydderch acerca su cabeza a la mía, tanto que puedo verle una capa de suave pelo en el morro.
—Estás poniéndonos muy difícil mantener lo poco que queda del Acuerdo de Paz —me advierte—. Te sugiero que te vayas, o dejaré que mi hermana te mate.
Asiento. No tienen ninguna intención de contarme nada.
Doy unos pasos atrás, retrocediendo lentamente, y luego me paro.
Rhydderch vuelve atrás, con Muirgen, y acerca su morro al de ella.
Al darle el golpe le ha hecho una herida con los dientes, justo debajo del ojo izquierdo, y está sangrando.
Los dos dragones se quedan inmóviles y de pronto la herida empieza a encogerse.
Trato de aguzar la vista. ¿Estoy viendo lo que estoy viendo?
Los bordes de la herida se están juntando de nuevo como los lados de una costura, y de pronto solo queda una mancha de sangre en lugar de la herida.
—¿Cómo has hecho eso? —le pregunto a Muirgen.
Repaso todo lo que me ha dicho Marquis a lo largo de los años sobre anatomía dracónica, pero no recuerdo nada de heridas que se curaran solas.
—El koinamens es sagrado — repite Muirgen—. No vuelvas a preguntar por él nunca más.
Vuelvo a adentrarme en la oscuridad y atravieso el campo a la carrera, con el corazón desbocado. ¿Rhydderch acaba de curar a Muirgen usando la ecolocalización?
Tengo una terrible sensación en el estómago.
No he aprendido nada sobre la ecolocalización, salvo que los dragones la llaman koinamens y que la consideran sagrada. Pero ninguno de esos dos datos me ayudará a descifrarla. Echo a caminar en dirección al jardín y levanto la vista hacia la casa. Sigue en silencio, y casi no se ve en la oscuridad.
Pienso en las cosas que los humanos consideramos sagradas.
El conocimiento, los textos religiosos, las tradiciones.
Muchos humanos débiles y sedientos de poder han usado todas esas cosas en algún momento como arma, pero los dragones no son como nosotros.
Quizá ellos vean el koinamens igual que nosotros vemos la naturaleza, o a los niños, o el amor.
No como algo sagrado por lo que hace, sino por lo que es, dándole un significado más profundo, más intrínseco de lo que podemos llegar a comprender.
Un tipo de sacralidad que no debe corromperse ni ser objeto de abuso.
Quizá sea algo instintivo, algo que forma parte de la identidad común de los dragones.
A mis espaldas se quiebra una ramita.
Paralizada, me giro en dirección al bosque. Hay alguien caminando, las hojas y la escarcha crujen bajo sus pies. Entre los árboles aparece la figura de un hombre que cruza el parque, acercándose.
Me quedo sin aliento. ¿Y si es Ralph? El hombre vacila al verme, luego acelera el paso. Ahora es demasiado tarde para esconderse. Me agarro el brazo fracturado y espero.
—¿Featherswallow?
—¿Atlas?
—¿Qué estás haciendo aquí fuera?
Respiro, aliviada.
—¿Qué estás haciendo tú? Pensaba que estabas en aislamiento.
Atlas me coge de la mano y me lleva hasta las sombras que rodean la casa. Se mete en el bolsillo una ristra de cuentas de oración, con una pequeña cruz al final.
—Me han soltado hace unas horas —me dice.
—¿Y qué hacías en el bosque?
Ahí fuera no hay nada más que árboles, y el invernadero.
Esboza una sonrisa burlona.
—¿Qué hacías tú en el campo?
«Mierda».
Baja la voz:
—¿Qué tal si acordamos no hablar de lo que hacíamos ninguno de los dos ahí fuera en plena noche?
Asiento, y luego me estremezco. El aire gélido se me cuela bajo el abrigo, que llevo apoyado sobre los hombros y el cabestrillo. At las se ha dado cuenta, y por un momento observa la fina tela de mi camisón, que me llega a los muslos. Me ajusta el abrigo y me lo abotona.
Lo observo y le veo las manos, cubiertas de cortes rojos, y la sombra de una magulladura en el pómulo.
—Gracias... por lo que hiciste.
Atlas niega con la cabeza.
—No es nada de lo que enorgullecerse.
—Pero intentaste pararlo...
—Le partí la nariz —dice Atlas.
—Entonces le hiciste un favor.
Atlas sonríe, pero al momento a ambos se nos escapa la risa.
—¡Chis! — dice, empujándome hacia los arbustos—. Creo que la ventana de Ravensloe está por aquí.
De pronto noto el contacto de sus manos en mi cintura.
—¿Qué te han hecho en el aislamiento? —susurro.
Estamos de pie entre dos arbustos, con la espalda contra la pared de la casa. La luna ha desaparecido tras una nube y está tan oscuro que no le veo ni la cara.
—Me han interrogado, me han soltado una buena reprimenda y luego me han dejado ahí un buen rato —responde, con tranquilidad—. Según parece, Lumens negoció mi liberación.
Asiento.
—A partir de ahora tendrás que portarte mejor que nunca. Se ha acabado eso de salvarme de Ralph.
Sus manos encuentran las mías en la oscuridad.
—Deberíamos entrar —digo yo, aunque es lo último que que rría hacer—. No te iría mal dormir un poco.
Atlas está buscando algo en el bolsillo de su chaqueta.
— Todo lo que necesito es hielo, un whisky y un buen confesor.
—¿Confesor?
Una llama cobra vida entre nosotros y de pronto veo el rostro de Atlas iluminado por una cerilla.
—Por mis pecados —dice sonriendo.
—¿No puedes confesar tus pecados ante ti mismo o algo así?
Un gallo canta en algún lugar, a lo lejos. Debe de estar a punto de amanecer.
—Me temo que no funciona así —responde—. Y en cualquier caso, todavía no soy cura, ¿recuerdas?
—Perdón, seminarista.
Volvemos a sonreír.
—Y hablando de pecados... ¿Por qué te odias tanto por los tuyos?
—¿Qué?
Atlas se encoge de hombros.
—Prefieres dejar que Ralph te parta los huesos a darle la satisfacción de que te saque las palabras de la boca, y te admiro por ello.
Pero te dijo que te lo merecías, y daba la impresión de que estabas de acuerdo.
Dejaste de oponer resistencia justo antes de que te rompiera el brazo.
Le dejaste que lo hiciera. Y dejaste que Sophie te hablara como si...
—Está enfadada conmigo, eso es todo.
«Y con motivo».
—Ya, bueno, sea lo que sea por lo que discutisteis, a mí me parece que te estás castigando mucho por ello.
—¿Y qué? —digo yo—. Cuando haces algo malo, ¿no es normal castigarse por ello?
—¿Pasarse toda la vida castigándose por algo que no puedes corregir? —Atlas niega con la cabeza—. En absoluto.
—¿Qué te hace pensar que me voy a pasar la vida haciéndolo?
—Marquis me ha dicho que hace ya seis meses que Sophie y tú os peleasteis.
¿Marquis ha estado hablando de mí a mis espaldas? ¿Con Atlas?
—No tenía ningún derecho...
—Fui yo quien le pregunté —se apresura a precisar. Al menos tiene la decencia de avergonzarse—. Tenía curiosidad, pero no me dio ningún detalle.
No consigo decidir si debo sentirme halagada o molesta.
—¿No podéis perdonaros mutuamente, sin más? — propone—. ¿Perdonaros a vosotras mismas?
Sonríe. Toda esta situación —que un chico que acaba de arriesgarse a ser degradado por golpear a un guardia me aconseje sin que se lo haya pedido— resulta extrañamente ridícula.
—Bueno, quizá eso sea posible en tu caso —digo, fijando la vista en su alzacuellos—. Pero algunas cosas son imperdonables.
—Te equivocas —dice él, y de su sonrisa no queda ni rastro—. No hay nada imperdonable. No, si estás arrepentida de verdad.
—¿Así que lo que dices es que la gente puede ir por ahí cometiendo crímenes horribles, y que luego se les pueden perdonar solo porque digan que lo sienten?
— Sí, más o menos es eso.
Suelto un bufido.
—En ese caso, ¿podría matarte ahora mismo y quedar absuelta, con solo pasar por una pequeña cabina y pedir perdón después?
—Pero ¿lo lamentarías realmente? —pregunta, sonriendo de nuevo—. Ahora mismo da la impresión de que querrías matarme de verdad.
Le echo una mirada fulminante.
—Desde luego, tú eres todo un santo cuando no estás dándole puñetazos a la gente —le digo—. Lo que hice yo para llegar hasta aquí, lo que le hice a Sophie, es mucho peor.
«¿Por qué le estoy contando todo esto?».
—Ella no podría perdonarme nunca si supiera toda la historia. Le dolería tanto que me odiaría toda la vida... y no podría culparla por ello.
Siento que las lágrimas están a punto de asomar y de pronto quiero chillar. Esto no es asunto de Atlas, y sin embargo aquí estoy, revelándole los detalles más íntimos de mi pasado.
Él se encoge de hombros.
—Tendría todo el derecho. No tiene obligación de perdonarte, y no puedes obligarla a que lo haga. Pero no puedes odiarte toda la vida. Si no, ¿cómo vas a aprender de tus errores?
—¿Aprender?
— Mi madre dice que nunca es demasiado tarde para cambiar.
—La mía dice que debemos vivir con las consecuencias de nuestras acciones.
Atlas asiente lentamente.
—Da la impresión de que tenemos concepciones diferentes de lo que significa el arrepentimiento.
Por supuesto. Somos como agua y aceite. Un chico de tercera clase y una chica de segunda. Un sacerdote y una delincuente.
La cerilla se apaga y sigo hablando en la oscuridad:
—A veces, Atlas, no basta con estar arrepentido.