Capítulo 11 #3
Patrimonio. ¿Oro? ¿Dinero? ¿Para qué iban a necesitar el dinero los dragones? No es que hagan la compra, ni paguen facturas. Me sorprendo al darme cuenta de que, después de tantos años aprendiendo lenguas dracónicas, nunca me he planteado cómo encajan los dragones en la sociedad humana.
Igual que no me he planteado nunca cómo consigue comida la gente de tercera clase.
—Juguemos a un juego — propone Katherine, en un evidente intento de aligerar la tensión—. ¿Todo el mundo conoce el «dos verdades y una mentira»?
—Uno de mis favoritos —responde Marquis, con una mueca divertida—. Tú primera, Kath.
Katherine se sienta sobre las rodillas y sonríe, contenta.
—Una: soy de tercera clase, pero mi tía es de segunda. Dos: llevo jugando al ajedrez desde que tenía seis años. Tres: una vez maté a un guardia de la paz.
Me recuesto en el sofá. Es perfectamente posible que Katherine sea de tercera clase y su tía de segunda. Y si es una revelación del ajedrez, tiene sentido que lleve jugando desde los seis años.
—La mentira es la tres —dice Gideon, dándole un bocado al pastel de chocolate.
Katherine lo mira, divertida, y niega con la cabeza. A Gideon se le cae el bocado de pastel de la boca, y acaba en la moqueta.
—Empecé a jugar al ajedrez cuando tenía siete años —dice. La observo buscando cualquier rastro de humor, pero no encuentro nada más que un gesto de cansancio y resignación. Katherine es la más pequeña de todos nosotros. ¿Cómo pudo matar a un guardia de la paz?
«Aunque lo cierto es que dijo que la reclutaron en la cárcel».
—¡Es el turno de Gideon! — anuncia Katherine.
Gideon frunce el ceño y se ruboriza un poco. Yo echo la cabeza adelante, deseosa de descubrir de dónde es y por qué se cree una especie de experto en dragones.
—Uno, mi padre era un alto funcionario del gobierno. Dos, desearía que no fuera mi padre. Tres, conozco a alguien que está enamorado de una dragona.
Marquis suelta una carcajada y Gideon se ruboriza aún más.
—Nadie podría enamorarse de una dragona... —objeto.
—En realidad, el rey de Egipto está casado con una dragona —señala Dodie—. ¿No lo sabías?
—Yo... no —respondo.
Marquis susurra algo al oído de Karim y ambos se echan a reír.
—La mentira es la tres — afirma Serena.
—Os lo he puesto demasiado fácil —dice Gideon, frunciendo el ceño.
Me pregunto quién es su padre y si es gracias a su cargo que entró en contacto con los dragones. ¿Qué me ha hecho pensar que conocía mínimamente a mis compañeros reclutas?
—Es el turno de Viv —decide Gideon.
Yo me quedo helada y me invade el pánico. Todas mis verdades son demasiado insoportables como para revelarlas.
«Abandoné a mi hermana. Ayudé a una dragona asesina a romper el Acuerdo de Paz. Traicioné a mi mejor amiga».
De pronto se abre la puerta de la sala de recreo y aparece la doctora Seymour.
—¿Os importa si me uno al grupo? —pregunta tímidamente—. Están inspeccionando el invernadero.
—¡¿Inspeccionando?! —exclamamos Sophie y yo, al unísono.
—Es un protocolo habitual —responde la doctora Seymour, con una sonrisa que no le llega a los ojos —. Para asegurarse de que todo funciona y de que se respeta la Ley de Secretos Oficiales.
—Estamos jugando a dos verdades y una mentira —dice Marquis tranquilamente. Se ha puesto cómodo sobre la moqueta, a mi lado, y está liándose un cigarrillo. Me pregunto a qué guardia le estará comprando el tabaco.
—Quizá no deberíamos —murmura Gideon.
La mención de la Ley de Secretos Oficiales y el hecho de que Ravensloe haya enviado a los guardias a comprobar que se está respetando nos ha dejado a todos fríos de golpe. Como si el ataque a Londres y la conversación sobre diferencias de clase no fueran suficientes.
La doctora Seymour se acerca y se sienta a mi lado.
Se alisa la falda sobre las rodillas. En el momento en que Karim le tiende una bandeja de galletas, la doctora se saca un papelito del bolsillo y me lo pone en la mano.
Yo me lo escondo entre las piernas y lo desdoblo.
Las palabras han sido garabateadas a toda prisa, y hay un manchurrón de tinta en lo alto.
Vivos.
Casi no puedo ni respirar. Ursa y los padres de Sophie están vivos. Siento un estallido de felicidad en mi interior.
Mañana quedará bajo la tutela del Estado.
El corazón se me encoge de pronto.
¿Tutelada por el Estado? ¿Abel y Alice no quieren seguir ocupándose de ella?
¿O es que Wyvernmire ha enviado a los guardias para que se la lleven?
¿No dijo que dejaría a Ursa con sus cuidadores hasta que yo hubiera acabado en Bletchley?
La doctora Seymour me mira, intrigada, y yo hago un esfuerzo por sonreír.
«Son buenas noticias», me digo.
Hace veinticuatro horas habría dado cualquier cosa por poder leer esas palabras. Pero ahora lo único en lo que puedo pensar es en Ursa, arrancada de los brazos de Alice, igual que la separaron de los brazos de nuestra madre.
No seguimos con el juego. Me paso el resto de la tarde sentada junto al fuego, aferrando la nota con las noticias del dracovol.
—Ahora ya tienes algo por lo que luchar —me dice la doctora Seymour cuando nos vamos todos a la cama.
Espero a que se duerman todas antes de permitirme llorar. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y volver al arresto domiciliario en casa, con Ursa. Ojalá no nos hubiéramos separado nunca.
«Pero Marquis aún seguiría preso, o quizá algo peor. Y mamá y papá estarían muertos».
Aprieto el rostro contra la almohada y lloro. Alguien se cuela en la cama, a mi lado, y reacciono con un respingo.
—Soy yo — susurra Sophie—. ¿Estás bien?
Me giro y observo su rostro en la oscuridad.
Ella apoya la cabeza en la mía. Así es como solíamos dormir cuando éramos niñas.
No con la cabeza en extremos opuestos de la cama, como nos hacía dormir mamá a Marquis y a mí, sino con las manos cogidas, mejilla contra mejilla, de modo que pudiéramos susurrarnos al oído toda la noche.