Capítulo 11 #2
Los libros de la biblioteca me llegan esa tarde, y entre ellos está Las Hébridas: explorando las islas de Escocia . Voy a la página 265 y cae un papelito sobre las sábanas. Compruebo que la enfermera no esté mirando antes de abrir la nota, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Hola, Featherswallow. Las inoportunas interrupciones de Ralph Wyvernmire aqu no nos molestarán. Quiero conocerte mejor. ¿Puedo?
Sonrío, y por un segundo se alivia la presión que siento en el pecho.
Hablar con este chico es una idea malísima, y todo lo que tiene que ver con él es tan misterioso que me pone de mal humor.
Pero todavía no me he enfrentado a ningún enigma que no pueda resolver.
Atlas es un lastre... y aun así resulta de lo más convincente.
Garabateo una respuesta.
Hola, Atlas King. Desde el momento en que me dejaste este mensaje, has atacado al sobrino de la primera ministra y has conseguido que te manden a aislamiento.
Eso no me parece muy de cura, pero agradezco la intención, así que...
considera que ya has empezado a conocerme mejor.
Quizá quieras corresponder respondiéndome a esta pregunta: por todos los dragones, ¿qué demonios tiene de divertido tallar madera?
Deja tu respuesta en la novela Buscando golondrinas , de C. Amsterton.
La enfermera me deja marcharme el domingo por la tarde, con un cabestrillo nuevo en el brazo.
Me paso por la biblioteca y dejo el libro en su sitio, con mi respuesta a buen recaudo.
Luego voy directamente a la sala de recreo, donde me reciben con unas efusiones contenidas que acaban casi en cuanto empiezan.
Suena la música, y Karim está junto al fuego, bordando un paño.
El ambiente está tenso, como si todos estuviéramos haciendo grandes esfuerzos por fingir normalidad.
Me siento, observando la ausencia de Atlas, y veo una cesta de pícnic sobre la mesa.
—Ayer Gideon hizo progresos en el invernadero —comenta Katherine, sonriente.
Me giro hacia Gideon, que está medio escondido tras la tapa de la cesta de pícnic.
—¿Qué tipo de progresos?
—Algunas llamadas de ecolocalización tienen significados diferentes dependiendo del dragón que las emite —dice Gideon, cerrando la tapa—. La ecolocalización es aún más compleja de lo que pensábamos.
«Formas diferentes de decir las cosas... como sinónimos».
—Eso lo descubrimos ya hace unos días — digo yo—. Cuando oímos que Soresten decía lo mismo de dos formas diferentes.
—Pero la doctora Seymour y yo hemos confirmado la teoría con una observación más prolongada de los dragones de patrulla —precisa Gideon, con una sonrisita de suficiencia—.
Aún no sabemos qué es lo que determina la variación del significado, quizá sea una cuestión de tono o de registro, pero lo descubriremos muy pronto.
Me giro a mirar por la ventana para que Gideon no pueda ver la rabia reflejada en mi rostro. ¿No fui yo quien sugirió esa teoría a la doctora Seymour? Ahora Gideon se lleva todo el mérito, mientras que a mí se me acusa de intentar abandonar mi puesto.
—¿Atlas aún no ha salido? —le pregunto a Marquis, que está sentado en el brazo del sofá donde se encuentra Karim.
Niega con la cabeza.
—Pero he visto a Ralph —dice Marquis, esbozando una sonrisa de satisfacción—. Da la impresión de que no se va a quitar el casco durante un tiempo.
¿De verdad ha hecho eso Atlas? Yo pensaba que los curas tenían que ser personas tranquilas, contenidas y pacíficas.
La lluvia empieza a repiquetear en las ventanas, aumentando de intensidad hasta que acaba siendo difícil oírnos al hablar.
Espero que en Londres también esté lloviendo, y que la lluvia extinga los últimos rescoldos.
Sophie tiene la mirada perdida en la niebla.
Debe de estar pensando en sus padres, y no se me ocurre nada que le pueda decir.
De pronto siento rabia por lo que han hecho mis padres y mi tío Thomas.
¿Era esto lo que pretendían al unirse a los rebeldes?
¿Incendiar Londres? ¿Que sus hijas vivieran otra guerra?
Gideon echa leña al fuego y Katherine saca sándwiches y una tarta de chocolate de la cesta.
—Dicen que los pícnics son buenos para recuperarse de cualquier enfermedad — me dice, guiñándome un ojo.
Yo querría decirle que su pícnic me importa lo mismo que una mierda de dragón porque mi hermana quizá esté muerta, pero la veo sonreír de corazón y decido callarme.
Me siento en la moqueta, apoyando la espalda en el lateral del sofá, y me quito los zapatos de sendas patadas.
Dodie me trae un refresco de lima y Serena señala mi brazo vendado con un gesto de la cabeza, levantando las cejas.
—Eres aún más tozuda de lo que pensaba —dice—. ¿No podías haber hecho lo que decían, sin más? Si lo hubieras hecho, Atlas no estaría en aislamiento.
Le lanzo una mirada fulminante, intentando decidir qué parte de su absurda sugerencia debería rebatir primero.
—No es tozuda —replica Dodie, frunciendo el ceño—. Tiene corazón de dragón.
«Corazón de dragón».
«Valiente».
El cumplido me reconforta de algún modo, y sonrío a Dodie, sorprendida.
—¿Cuánto tiempo tardarás en poder usarlo otra vez? —me pregunta.
—Unos días —respondo —. La enfermera me ha dado dracólico.
De pronto se hace el silencio y todos me miran.
—¿Dracólico? —dice Gideon—. Pero ese tipo de medicina está prohibida en Britania...
Me encojo de hombros y le doy un bocado al sándwich de pollo que tengo delante.
—No para la primera clase —responde Sophie—. En el mercado negro lo venden a litros. Lo he visto con mis propios ojos.
—No digas tonterías —replica Gideon, entrecerrando los ojos —. Mi familia nunca...
—Quizá tu familia entienda la crueldad que es extraerles sangre a dragones jóvenes cautivos —dice Sophie, muy seca —. Pero no todo el mundo es así.
Miro a Serena con disimulo. Ella no está tan a la defensiva como Gideon.
—A mí me dijeron que solo extraían sangre a los dragones que morían de causas naturales —dice ella.
—Imposible —rebate Marquis—. Para que el fármaco sea efectivo, las proteínas tienen que ser de un donante vivo.
Serena traga saliva.
—En cualquier caso, el dracólico ha salvado vidas...
—No las de todo el mundo —le espeta Sophie—. A la gente de tercera clase no les ha llegado nunca ni un solo vial, ni de esta ni de otras medicinas, aunque habrían podido...
Se frena, con la voz temblorosa, y sé que está pensando en Nicolas.
Comemos en un silencio incómodo, pero yo no puedo dejar de pensar en dragones vivos a los que les extraen la sangre. Dejo mi bocadillo sobre la mesa.
— Sophie... —dice Dodie, midiendo las palabras—, ¿qué otras cosas no hay en tercera clase?
Echo una mirada a Sophie, esperando a ver qué dice. Solo ha pasado seis meses en tercera clase, y aun así está claro que tiene tantas cosas en la lista que no sabe por dónde empezar.
—Carne —dice, dándole otro bocado al pollo—. Las carnicerías están todas en los barrios de segunda clase.
—Nosotros teníamos un carnicero que venía de puerta en puerta, vendiendo jamón y huesos de ternera a veces —dice Katherine—. Pero siempre tenían un horrible color gris.
Miro a Marquis: la comida en segunda clase nunca era gris, pero él no parece en absoluto sorprendido.
—Los estantes de la verdulería de mi barrio siempre estaban vacíos — añade Sophie—. Nada más que verdura marchita y de vez en cuando alguna bolsa de patatas.
—A lo mejor esa tienda no recibía suministros suficientes —propongo—. Mamá dice...
Veo que todos me miran y no acabo la frase.
—No es una cuestión de suministros —dice Karim, con tono suave—. A las tiendas de tercera clase solo llega lo que no se vende en las de segunda y primera.
Se me encienden las mejillas. ¿Por qué no sabía eso? ¿Por qué he supuesto siempre que todas las tiendas recibían los mismos productos? Sophie me mira y menea la cabeza, y de pronto me siento como una boba.
—A nuestros libros de texto les faltaban páginas, y siempre llevaban el nombre de otra persona —prosigue Katherine —. Y las prendas de ropa llegaban manchadas o rotas.
—Agua caliente —dice Sophie—. Por mucho que lo intentáramos, nunca teníamos agua caliente para el baño.
—¿No podíais calentar el agua en un fogón? —pregunta Serena.
—Sí —dice Sophie, mirándola con frialdad—. Solo que nunca había carbón.
—¿Porque no podíais pagároslo?
—Porque las clases superiores tienen la costumbre de mantener una chimenea encendida en cada habitación.
Serena le da un sorbo a su refresco y no dice nada.
—Pero el sistema de clases existe para que todo el mundo tenga una oportunidad — digo yo, buscando apoyo en la mirada de Marquis.
A los dos nos enseñaron lo mismo, en clase, por la radio y en casa.
El resultado de desmantelar el sistema sería un caos social—.
Así no hay nadie viviendo por las calles, y todos los niños pueden ir al colegio.
Por eso reeligieron a Wyvernmire... para que se asegurara de mantenerlo. La gente quiere el sistema de clases.
—Vivir entre cuatro paredes no significa que no pases frío ni hambre —dice Sophie—. Ir al colegio no significa que vayas a aprender. ¿Y quién eres tú para decir lo que quiere la gente?
Intento mantener la espalda recta y no venirme abajo ante la fría mirada de Sophie.
—A nosotros nos calentaba la casa un dragón —dice Karim—. No había carbón, así que lanzaba sus llamas contra los muros, por el exterior. La casa y nuestra tienda eran de piedra. Menos mal.
—¿Un dragón? —pregunto yo.
Karim asiente.
—En Escocia hay muchos más que aquí. Mis padres le pagaban con encajes.
—¿Encajes? — pregunta Dodie—. ¿Para qué iban a querer encajes los dragones?
—Bueno, los encajes tienen mucho valor. Incluso los restos a los que mis padres no podían dar uso.
—Pensaba que los dragones solo trabajaban para los humanos cuando se veían obligados a ello —digo yo, pensando en Chumana—. Como un castigo.
—Algunos no tienen elección —responde Karim—. Los que tienen patrimonio no necesitan trabajar, pero los que no tienen, bueno...