Capítulo 11
Me despierto a oscuras. La única luz que veo es la de las velas.
Estoy tendida en una cama, cubierta con una manta hasta la barbilla.
Siento la cabeza pesada y cuando intento moverme me doy cuenta de que tengo el brazo izquierdo inmovilizado, pegado al pecho.
Oigo un roce. Levanto lentamente la cabeza y, con un gran esfuerzo, consigo alargar la mano y levantar la vela que arde en mi mesilla de noche.
Tengo el brazo en un cabestrillo. Las camas a ambos lados de la mía están vacías, y veo un estante lleno de frascos con líquidos y pastillas.
En una esquina hay una enfermera sentada a su mesa.
El roce que oigo es el de su pluma contra el papel.
— Recluta Featherswallow —dice con tono severo—, vuélvete a dormir.
—¿Dónde estoy?
—En el sanatorio —responde. Coge su vela y se pone en pie.
—¿Qué es el sanatorio?
—La sección hospitalaria —dice ella, señalándome el brazo con un gesto de la cabeza—. Es donde puedes acabar cuando abandonas tu puesto.
De pronto siento una punzada de dolor en el brazo.
—Yo no abandoné mi puesto —alego —. Estaba...
Estaba intentando huir de Ralph. Pero ¿qué pasó después?
—El guardia 707 dijo que te revolviste con dureza. —La enfermera coge un frasco del estante y echa un líquido rojo intenso en una cuchara—. Te rompió el brazo accidentalmente evitando que te pusieras en peligro.
«¿Accidentalmente?».
—No estaba poniéndome en peligro.
—¡Hay dragones por todas partes, niña! Dragones rebeldes —responde la enfermera, regañándome—. Los jóvenes os habéis criado pensando que los dragones no son más que personajes de cuentos de hadas. En mis tiempos, tenías suerte si salías a la calle y no veías ninguno.
Me pone la medicina en la boca y me provoca arcadas. Es espesa, como un jarabe, y sabe a humo y a metal. Me obligo a tragar, y de pronto siento que me pesan los párpados.
—¿Qué era eso?
—Dracólico —dice, con una mueca desafiante.
Lo que acabo de tomar es una medicina ilegal hecha con sangre de dragón, solo disponible en el mercado negro. Había oído rumores de que la primera clase tiene acceso a ella, y ahora los he confirmado.
—Eso te calentará las venas y así los huesos cicatrizarán enseguida — asegura—.
Te desmayaste por el dolor de la fractura, por supuesto, y es bueno que así fuera.
—Vuelve a enroscar el ta pón del frasco y me echa una mirada de condescendencia—.
Todos tenemos nuestro papel en la guerra, querida.
Sé valiente, cumple con tu deber y todo irá bien.
Vuelvo a hundirme en las almohadas y en ese momento se me nubla la vista.
Cuando vuelvo a despertarme, el sanatorio está inundado de luz.
La enfermera está de pie pero me da la espalda: se encuentra junto al lavabo, aclarando unos trapos.
La brisa entra por la ventana abierta que hay junto a mi cama.
Miro al exterior y veo las copas de los árboles, y dos dragones sobrevolándolos.
Llaman a la puerta.
—¿Sí? —responde la enfermera.
Entra Marquis, seguido de Sophie.
—Solo diez minutos, por favor —les advierte la enfermera.
Marquis se arrodilla a mi lado y me coge la mano, preocupado.
—¡Ese cabrón! —exclama.
—¡Cuida tu lenguaje, recluta, o haré que te echen! —espeta la enfermera.
Marquis coge una silla, se sienta, y Sophie se queda detrás de él. Hago un esfuerzo por sonreír.
—¿Qué pasó? — pregunto—. No recuerdo que me rompiera el brazo, ni que me desmayara, ni...
—Ralph le contó a Ravensloe que fue un accidente, que estabas huyendo, pero...
—Nosotros vimos cómo te rompió el brazo —dice Sophie—. Y disfrutó con ello.
Recuerdo que Ralph me habló de Alemania, su mano buscando la llave, un dolor candente... De pronto vuelve el terror. El informe de la radio. Dos mil personas. Ursa.
—¿Sabéis algo de casa...?
Marquis niega con la cabeza. Por la nariz le cae una lágrima. Vuelve a invadirme la desesperación y siento una dolorosa presión en el pecho, como un nudo. Suspiro, acongojada.
Preferiría que me rompieran el brazo cien veces antes que constatar que mis peores temores se han hecho realidad.
Sophie apoya una mano en el hombro de Marquis, pero su rostro no refleja el temor que debería sentir ante la posibilidad de que sus pa dres estén muertos.
Ha sufrido ya tanto que es posible que no reaccione ante el dolor.
—Hay supervivientes —señala—. Los hospitales están llenos y los dragones están retirando los escombros.
Asiento.
—¿Quién me encontró?
—Atlas, Marquis y yo te seguimos escaleras abajo — dice Sophie—. Vimos a Ralph partiéndote el brazo contra esa pared...
—Yo te metí en casa —añade Marquis—, pero ya estabas inconsciente...
—¿Y Atlas?
«¿Por qué no ha venido a verme?».
Marquis y Sophie intercambian una mirada.
—Atlas... golpeó a Ralph —dice Sophie—. Más de una vez.
—Muchas veces, en realidad —precisa Marquis, con poca voz —. Por suerte aparecieron Gideon y Serena, que evitaron que siguiera adelante.
No digo nada, y se hace un silencio incómodo.
—Lleva desde anoche en aislamiento —dice Marquis, y yo cierro los ojos.
—La doctora Seymour ha dicho que muy probablemente lo degraden —dice Sophie.
Sus palabras se quedan flotando en el aire mientras los tres nos preguntamos a qué categoría pueden degradar a Atlas, un inadaptado de tercera clase.
—Aunque según parece Lumens está negociando con Ravensloe —añade Marquis—. Dice que no puede llevar el departamento de Zoología solo con Dodie.
—Cinco minutos —anuncia la enfermera, y Marquis le lanza una mirada asesina. Me coge la mano.
— No te preocupes por Ursa —dice—. Wyvernmire sabe que, sin ella, tiene menos poder sobre ti. Se habrá encargado de que esté protegida.
—Y no dejaremos que Ralph se te vuelva a acercar —me asegura Sophie—. Estaremos juntos. Nos encargaremos...
Niego con la cabeza y los ojos se me llenan de lágrimas al oír cómo intentan reconfortarme. Ninguno de ellos sabe lo que sé yo.
Que dejé que Ralph me partiera el brazo porque me lo merecía.
Que cambié el curso de nuestra amistad con una elección egoísta.
Que arruiné la vida de Sophie.
—Se ha acabado el tiempo —anuncia la enfermera, mirándome—. Mañana te darán el alta. El vice primer ministro quiere que vuelvas al trabajo.
Marquis se levanta, pero yo le agarro la mano con fuerza. Pienso en la última vez que hablé con Atlas, caminando por el bosque con Sophie.
—¿Puedes traerme unos libros de la biblioteca? —le pregunto —. Garabateo unos cuantos títulos en un trozo de papel y se lo doy—. ¿Y puedes pedirle a la doctora Seymour que venga a verme?
—Se han acabado las visitas... —protesta la enfermera.
—Por favor —insisto—. Es por el trabajo.
La enfermera hace otra mueca de disconformidad y Marquis asiente.
—Nos vemos mañana.
Me despido de Sophie con un gesto de la mano. Ella esboza una sonrisa triste, vuelvo a tenderme en la cama y espero.
La doctora Seymour llega una hora más tarde. Su boca es una dura línea recta, y hace una mueca de dolor al verme el brazo.
—Eso no ha sido un accidente — constata.
—No.
—¿Qué quería?
—Sentirse poderoso, supongo —digo yo—. Y la llave del invernadero.
La doctora Seymour asiente. No parece sorprendida.
—Creo que, a su llegada a Bletchley, Ralph solicitó trabajar en Criptografía —dice—. Pensaba que era competente para ello, después del tiempo que había pasado en Alemania, y debió de tomarse como una ofensa personal que la primera ministra Wyvernmire decidiera que se quedara como guardia.
—¿Por qué le interesa la criptografía? —pregunto.
—No es la criptografía lo que le motiva — responde la doctora Seymour—. Son los dragones.
—Doctora Seymour, necesito pedirle un favor.
—Por supuesto. ¿De qué se trata?
Espero a que la enfermera se lleve un montón de ropa sucia de la sala.
—Necesito que me preste su dracovol.
La doctora Seymour se queda paralizada. Primero la veo horrorizada, luego confusa.
—No pasa nada —susurro—. Sé que lo usa para misiones secretas del gobierno. Pero escuche, necesito saber si mi hermana sigue viva. Necesito saber si ha sobrevivido o no...
La doctora Seymour niega con la cabeza.
—No puedo pensar en otra cosa —insisto, sollozando —. No seré capaz de hacer nada más hasta que lo sepa. Doctora Seymour, por favor...
—No sé de qué estás hablando —dice, poniéndose en pie.
—Vi que había correo dracovol en su armario. No quería...
—¿Así que has estado curioseando entre mis objetos personales? —pregunta, con las mejillas congestionadas de la rabia.
—Estaba buscando un lápiz...
—¿A quién se lo has contado?
—¡A nadie! Solo quiero enviar un mensaje. No lo firmaré siquiera. Yo...
—¡No, Vivien! —Se gira a mirar hacia atrás y baja la voz—. Si te pillan, te degradarán, y a mí...
Cierra y abre la boca como si el resto de la frase fuera tan terrible que no se pudiera pronunciar en voz alta.
—Mi hermana solo tiene cinco años —le digo —. Nuestros padres están en la cárcel. No tiene a nadie más en el mundo.
—Lo siento...
—Nunca conseguiré descifrar ese código —afirmo, con los ojos llenos de lágrimas otra vez—. No podré, si está muerta. Si no tengo nada por lo que luchar.
—Hay todo un país por el que luchar —replica la doctora Seymour.
—Por favor... Tengo que saberlo.
La doctora Seymour echa una mirada a la puerta; luego vuelve a mirarme a mí. Se sienta.
—Necesitaré algo para que lo huela —dice lentamente —. Mi dracovol solo está adiestrado para volar a unos cuantos lugares específicos y, además, me temo que si tu hermana está en el centro de Londres, no tenemos ninguna garantía de que su dirección aún exista.
—Mi abrigo —digo, casi sin energías—. En el armario de mi dormitorio.
Huele a humo de dragón, pero aún podría conservar el olor de casa.
El olor de Ursa.
La doctora Seymour asiente.
—No puedes hablarle a nadie de esto —me dice, mirándome muy fijamente. En ese momento la enfermera vuelve a entrar en la sala—. Especialmente a Ravensloe —susurra.
Asiento.
—Gracias.