Capítulo 10 #3
Me dejo llevar a la sala de recreo, donde el resto de reclutas están agolpados en torno a la radio, discutiendo hacia dónde girar el dial. Atlas está sentado junto a la ventana, tallando un trozo de madera con una navaja. Evito mirarle a la cara y me dejo caer en un sillón.
—¿Qué te pasa, Featherswallow? — dice Katherine—. Por tu cara se diría que ha muerto alguien.
«Alguien murió», querría decir, al tiempo que veo la mueca de Sophie. «Así que cállate y déjame en paz».
La sala está decorada con muebles antiguos y unas feas cortinas verdes con flores rosa.
En una esquina hay una librería con antiguos cuentos para niños olvidados, de antes de la guerra, y las paredes están vacías, salvo por algunos bocetos de dragones de Marquis, que Katherine y Dodie han insistido en colgar para «llenar un poco el espacio».
Eso explica por qué hay un diagrama con el título Anatomía Abdominal de los Dragones justo encima de la chimenea.
Aquí solo venimos los reclutas. Trabajamos, comemos y dormimos juntos y prácticamente no vemos a ningún otro ser humano, salvo por los líderes de nuestros equipos y los guardias de turno.
—¿Has visto a Marquis? —le pregunto a Katherine.
Ella pliega la hoja de papel que tiene entre las manos, pero no antes de que pueda ver la lista de llamadas de ecolocalización que tiene apuntadas.
—Está con Karim —dice ella, con una sonrisita—. Otra vez.
A mí no me sorprende que mi primo se haya echado un novio en plena guerra civil. Al fin y al cabo, no conozco a nadie a quien le guste más flirtear que a él.
—¡Callaos todos! —grita Serena, en el momento en que encuentra una emisora y la radio cobra vida.
Sube el volumen y la sala se llena de música.
Yo cierro los ojos, repasando mentalmente la terrible historia de Sophie una y otra vez.
Si no desciframos ese código y ganamos la guerra, Sophie vivirá en la cárcel de Granger toda la vida.
Una cadena perpetua, por transfuguismo de clase.
Y eso no puedo permitirlo, no puedo consentir que lo que le hice en el pasado le haga aún más daño del que...
—¿Bailas conmigo?
Marquis entra sonriente y me agarra la mano.
Yo niego con la cabeza, pero él insiste, levantándome de mi sillón y haciéndome dar vueltas en el centro de la sala entre los aplausos de Dodie.
Suena una canción de jazz, una que solíamos poner en casa, y Serena hace girar a Katherine en nuestra dirección.
Gideon y Karim se ríen y, cuando veo a Atlas y a Sophie moviendo los pies por la moqueta con el cabello brillándoles a la luz del sol poniente, me olvido de quiénes somos, de los oscuros secretos que cada uno de nosotros lleva dentro.
Y por un momento, solo por un momento, somos felices.
«Aquí Londres. Ahora oirán una declaración de la primera ministra».
Levanto la vista, y en ese momento la música deja paso a la voz de Wyvernmire:
«Les hablo desde la Sala de Gobierno del 10 de Downing Street. Tras una semana de guerra, y de valientes batallas libradas por nuestro ejército y nuestros compatriotas voluntarios, esta tarde la Coalición Humanos-Dragones ha lanzado un ataque brutal contra gente inocente del centro de Londres».
Me dejo caer en el sillón. Todos escuchamos, perplejos. Atlas cierra bien las cortinas opacas.
«Como nación, tenemos la conciencia tranquila.
Hemos hecho todo lo que habría podido hacer cualquier país para mantener la paz entre humanos y dragones.
Y aun así los rebeldes insisten en traicionar el Acuerdo de Paz, en traicionar al Parlamento, en traicionar a la democracia.
De momento los informes confirman que, contando a partir del mediodía, este ataque se ha cobrado la vida de dos mil ciudadanos de primera, segunda y tercera clase, en los barrios de Soho, Camden, Mayfair, Fitzrovia, Bloomsbury y Marylebone».
Me pongo en pie de un salto.
«Somos un país que históricamente ha sabido afrontar la adversidad y la derrota. Pero ¡no vamos a aceptarlas nunca más! La reina Ignacia nos ha reiterado su apoyo, igual que la comunidad independiente de guivernos de Mendip Hills...».
El estómago se me encoge del miedo. Observo los rostros atónitos que me rodean y acabo fijando la vista en Sophie.
«Todos los ciudadanos, el pueblo británico, debe presentarse al servicio siguiendo las instrucciones que recibirán...».
Marylebone. Wyvernmire ha dicho Marylebone, el lugar en el que pensaba que Ursa estaría segura. Me agarro al reposabrazos del sillón; siento que me fallan las piernas.
«... juntos pondremos fin a la injusta persecución de nuestros compatriotas humanos y dragones...».
Salgo de la habitación trastabillando y me agarro a la barandilla con fuerza, bajando las escaleras como puedo.
Dos mil muertos. ¿Por qué la he dejado allí?
¿Cómo he podido? La puerta principal está cerrada con llave.
Pruebo las puertas que salen del salón central.
Una de ellas da a un pasillo que lleva a la cocina.
Avanzo a trompicones bajo las filas de cazuelas y sartenes que cuelgan del techo, con la visión del rostro lloroso de Ursa ante mis ojos.
Giro la llave de la puerta trasera de la cocina y salgo al oscuro jardín, rodeado por un muro, para respirar el aire frío del exterior.
Si Ursa está muerta, no me queda ningún motivo por el que vivir.
Caigo de rodillas.
«Por favor, ella no. Quien sea, pero ella no».
Siento una presión en el pecho y me doblo en dos.
—¿Recluta? ¿Necesitas un médico?
Oigo las pisadas de las botas de un guardia en la grava y alguien tira de mí, poniéndome en pie. Ralph me mira y me ve el rostro cubierto de lágrimas.
—Featherswallow. Entonces has oído las noticias.
Lo miro a los ojos.
—Fitzrovia, ahí es donde vivías, ¿no? —Me suelta y se enciende un cigarrillo—. ¿Has perdido a alguien?
—No debería estar aquí. Voy a volver dentro.
—No, no lo harás. —Le da un golpecito a su cigarrillo y me mira—. Pero debería informar de que has salido fuera del horario permitido. —Hace un gesto con la cabeza en dirección a la puerta de la cocina—. Podrían vernos por tu culpa.
No respondo. Me imagino a Abel y a Alice intentando proteger a Ursa mientras el techo se desploma a su alrededor.
—A Ravensloe le gustará saber que hemos corrido el riesgo de revelar nuestra posición por tu culpa, ¿no crees?
Asiento y me giro hacia la puerta, pero Ralph me agarra del brazo.
— Te he dicho que no ibas a volver a entrar —dice con un gruñido, y tira el cigarrillo a medio fumar al suelo—. ¿Por casualidad no sabrás dónde guarda la doctora Seymour la llave del invernadero?
—¿Qué? —¿De qué está hablando?—. No.
—¿Estás segura?
Me sigue apretando el brazo con la mano. La lana de mi chaqueta es gruesa, pero aun así me hace daño en la piel.
—Estoy segura —respondo—. No he visto ninguna llave.
Ralph se humedece los labios.
—No te creo.
Lo observo y siento la sal de las lágrimas secas sobre el rostro. Él se ríe en voz baja y niega con la cabeza.
—¿Crees que tú lo tienes mal?
¿Qué es lo que quiere de mí? Intento soltarme, pero él me aprieta el brazo aún con más fuerza.
—Yo estoy aquí solo porque mi tía no quiso dejarme volver a Alemania cuando empezó esta guerra.
«Tía».
—Estaba recibiendo instrucción de combate con dragones en los Freikorps, y me distinguí con honores.
Volví a casa de permiso y acepté un puesto temporal como guardia, pero entonces el Acuerdo de Paz se vio amenazado y no me dejaron volver.
No quedaría nada bien que el sobrino de la primera ministra esquivara su responsabilidad de defender el país.
—Ralph suelta una risita y da un paso hacia mí —.
He perdido a mis amigos, mis contactos, oportunidades.
Todo para que me destinen aquí, a vigilar a un puñado de niñatos delincuentes. ¡He perdido mi oportunidad!
Yo dejo vagar la mirada por el oscuro jardín.
—Guardia 707, me estás haciendo daño.
—Y es todo por tu culpa.
Me giro de golpe y lo miro.
—Tus nuevos amigos quizá no sepan por qué estás aquí —dice Ralph—, pero yo sí.
Siento una presión cada vez más fuerte en el corazón. Ralph se limita a sonreír.
—Vivien Featherswallow, la chica que colaboró con una dragona asesina —dice en voz alta—. La chica que hizo estallar la guerra. La chica que dejó atrás a su hermanita para salvar a un grupo de rebeldes.
—¡Para! —respondo, con un murmullo grave, tapándome los oídos —. Por favor, para.
—¿Por qué será que las jovencitas de aspecto más dócil se creen que pueden venir aquí y hacer el trabajo de los hombres? ¿Tú crees que sabes más de dragones que yo?
Me retuerce el brazo y suelto un gemido. Un sollozo se abre paso por mi garganta, hasta que el dolor me deja sin aliento.
—Debería partirte el brazo —dice—. Al fin y al cabo, te lo mereces, ¿no? —Su boca vuelve a estar junto a mi mejilla—. Dime que no te lo mereces y pararé.
Intento apartarlo con el brazo que tengo libre, pero me tiene inmovilizada.
No digo una palabra. Ursa está muerta. Hay dos mil muertos. Y Sophie lo ha perdido todo por mi culpa. Todo por mi egoísmo. El dolor me nubla la vista.
«Por supuesto que me lo merezco».
Noto la mano de Ralph colándose por el cuello de mi camisa y contengo una exclamación. Sus dedos me rozan la parte alta del esternón.
Buscando una llave.
—¿Ahí no hay nada? —dice, fingiéndose sorprendido, pero sin apartar las manos de mi piel—. Quizá no seas tan lista como tu mamá...
Echo el codo atrás con fuerza y le doy en el vientre. Por un momento se queda sin aliento.
—Serás perra...
Ralph se echa hacia delante, aplastándome contra la pared. Un dolor lacerante me atraviesa la muñeca y suelto un grito.
Oigo un crujido.
El chasquido del hueso en el momento en que Ralph me rompe el brazo.