Capítulo 10 #2
La idea de que pueda haber varios modos de decir las mismas cosas con la ecolocalización me fascina, igual que lo hizo la lengua dracónica harpentesa la primera vez que oí a mamá hablándola en una expedición a Norfolk, cuando tenía cuatro años.
Cojo una nueva tarjeta y describo la segunda llamada que ha hecho Soresten.
Parecida al trino de tipo 10, pero con una inflexión al final. Ambas llamadas parecen indicar una orden de aterrizar.
Luego le doy un nombre a la nueva llamada.
Trino – tipo 14.
Al final del día, Sophie se recuesta en la silla y veo cómo se mete un cuaderno de registro bajo la chaqueta.
—La doctora Seymour dijo que no debíamos sacarlos del invernadero —le recuerdo—. Por seguridad...
—Eso ya lo sé —replica ella—. Pero un turno de siete horas no basta para descifrar todo esto.
Se lleva una mano a la boca y se muerde las uñas. Está preocupada. Cómo no va a estarlo. Todo su futuro depende de que consigamos descifrar este código.
—Vamos —digo, aguantándole la puerta—. Estoy segura de que la doctora Seymour no se dará cuenta de que no está.
Ella pasa sin dar las gracias.
— Tengo la sensación de que todo esto es una pérdida de tiempo —comenta, mientras regresamos atravesando el bosque—. He estado comparando la ecolocalización con el código morse, y no tienen nada que ver.
Doy una patada a un montón de hojas húmedas y asiento.
—Tampoco se parece en nada a las lenguas dracónicas.
—Pero tenemos que descifrarla de todos modos —dice ella—. O no volveremos a casa.
—Lo haremos —respondo, decidida.
Me subo el cuello del abrigo para protegerme del frío y hundo las manos en los bolsillos.
Caminamos en silencio, estirando el cuello para mirar al cielo cada vez que pasa un dragón por encima de nuestras cabezas.
A veces, cuando estoy tendida en la cama, imagino qué podría pasar si los dragones rebeldes descubrieran nuestra posición y se lanzaran sobre Bletchley.
¿Nos quemarían como hizo aquel dragón con los guardias en la estación?
Está claro que solo es cuestión de tiempo que nos descubran.
Sophie tiene razón. No estamos progresando con la suficiente rapidez.
Ojalá pudiera preguntarle a alguno de los dragones de guardia sobre la ecolocalización...
Oigo unos pasos a nuestra espalda y dejo de pensar en dragones enfurecidos. Al lado de Sophie aparece Atlas. Lleva en las ma nos un montón de trozos de madera y, cuando ve que Sophie y yo nos miramos, las levanta para enseñárnoslos, sonriendo.
—He salido a buscar material — nos explica—. En mi tiempo libre trabajo la madera. Para entretenerme, ya sabéis.
Un criador de caballos convertido en seminarista que talla madera como hobby.
—No sabía que vosotras trabajarais por las tardes.
—No lo hacemos —responde Sophie—. Yo he estado ayudando a la doctora Seymour y Viv estaba haciendo... investigaciones suplementarias.
Le miro y sonrío.
—Me gusta hacer más trabajo del que se me pide, ¿recuerdas?
Él sonríe y baja la vista. Se mira los pies y vuelve a levantarla.
—Hablando de investigación... Eso que estabas leyendo en la biblioteca... Deberías echar otro vistazo a los libros, por si se te ha pasado algo por alto.
Me quedo mirándolo, pensando en ese libro sobre las islas de Escocia. Atlas ni siquiera sabía qué estaba buscando en ese libro porque no se lo dije.
—¿De qué estás hablando?
Me echa una mirada cándida.
—Después de la visita de Ralph me he quedado organizando las estanterías un poco...
—¿Organizando?
Sophie levanta una ceja.
—Sí — dice Atlas, esbozando una sonrisa—. ¿Eso es un problema?
—En absoluto —respondo—. Da la impresión de que eres un hombre de múltiples talentos, Atlas King.
—No tienes ni idea, Featherswallow.
Sophie tose con fuerza y a Atlas está a punto de caérsele la madera.
—Nos vemos para la cena —dice, animado—. Adiós, Sophie.
Ambas nos quedamos observándolo en silencio mientras cruza el jardín en dirección a la casa. Mientras veo cómo se aleja siento una extraña sensación en el estómago.
Sophie se gira hacia mí.
—¿Qué-ha-sido-eso?
—No tengo ni idea — respondo—. ¿Qué quería decir con lo de la investigación...?
—¡Estabas flirteando con él!
—Desde luego que no —me defiendo—. No puedo creerme que sugieras algo así.
—¿Por qué? —dice ella—. No sería la primera vez que flirteas con chicos de tercera clase.
—Esto no tiene nada que ver con su clase, y sí con el hecho de que estoy aquí para contribuir a que ganemos esta guerra y nos podamos ir a casa. Nada más.
—Oh —dice Sophie —. Muy bien.
Guarda silencio hasta que llegamos al jardín; luego se detiene de pronto.
—No puedo volver —dice en voz baja.
—¿Adónde?
—A la tercera clase. A la casa de rehabilitación.
Trago saliva.
—¿Tan duro fue?
—Conocí a algunas personas buenas —responde lentamente—. Mi amigo Nicolas. Vivía en la casa conmigo.
—¿Él... suspendió el Examen?
No puedo creerme que esté pronunciando esas palabras en su presencia, bailando sobre el filo de la navaja, arriesgándome a revelar la verdad sobre lo que hice. Sophie asiente. Me quedo mirando una araña que trepa por el tronco de un árbol.
—¿Qué es lo que era tan malo? Se suponía que tenía que ser un lugar que os facilitara la adaptación a la nueva clase...
Sophie niega con la cabeza, y no acabo la frase.
—Había una trabajadora social, una funcionaria del gobierno, pero ella casi nunca estaba allí.
Y cuando venía, no le importaba lo que tuviéramos que decirle.
—Sophie se pone en marcha otra vez y yo la sigo—.
Sabía que la casa de rehabilitación de Camden se usaba para transacciones del mercado negro, pero nunca lo denunció.
—¿Mercado negro?
— En el piso de arriba vivía un grupo de adultos que vendían pases de clase en uno de los dormitorios. Bebían mucho, había muchas peleas, y... —Sophie respira hondo—. Lo llevaba un tal Finley, pero venía mucha otra gente. Hombres y mujeres, de diferentes clases.
Nos paramos en el patio y Sophie apoya la espalda en la pared de la casa.
—Nicolas y yo trabajábamos en una taberna, The Raven Inn.
Hacíamos el mismo turno y... bueno, ya sabes...
—Me mira con los ojos muy abiertos y yo asiento, intentando no mostrarme sorprendida ante la idea de que Sophie tenga un novio.
Ella siempre insistía en que los chicos eran una distracción, y en que no podía dedicarles tiempo hasta pasado el Examen—.
Trasladó sus cosas a mi habitación y creamos una especie de campamento, lejos de la segunda planta, usando la cocina únicamente cuando todos los demás dormían.
Una noche me desperté y vi que entraba humo por debajo de la puerta.
Toda la planta baja estaba en llamas, y también la escalera.
Colgamos las mantas por la ventana para poder saltar, pero entonces Finley y sus hombres entraron en nuestra habitación cargados con cajas de material, pases de clase y hueso de dragón, para sacarlo por la ventana.
Debía de tener un gran valor, porque no nos dejaron acercarnos a la ventana hasta que hubieron salvado su mercancía.
Para entonces, las llamas ya habían llegado a nuestra puerta, así que Nicolas apartó a Finley de un manotazo y...
—A Sophie se le escapa un gemido que me hiela la sangre—.
Entonces empezaron a pelearse y Nicolas me gritó que saltara.
Sophie respira agitadamente, conteniendo el llanto, y le cojo la mano.
—Pensaba que saltaría después de mí. Pero justo en el momento en que toqué el suelo se produjo una explosión —Levanta la vista y se queda con la mirada perdida entre los árboles —.
Cuando sacaron a Nicolas, estaba cubierto de quemaduras.
Se lo llevaron al hospital, pero no disponían del equipo ni de los medicamentos necesarios.
Los hospitales de tercera clase no están bien equipados. Sus lesiones eran graves y...
Cierro los ojos.
—Murió.
—Soph... —susurro—. Lo siento. Lo siento mucho.
—Después de eso intenté volver a casa —prosigue, limpiándose la nariz con la manga—.
Pero el gobierno quería reubicar a los supervivientes en otra casa de rehabilitación.
Me encontraron una y otra vez. Mi madre intentó ocultarme, pero con eso no consiguió más que meterse en problemas.
Así que decidí que ya estaba cansada de todo aquello.
Las palabras salen de su boca como si no pudiera frenarlas, y lo único que puedo hacer yo es escuchar, horrorizada.
—No es justo —dice con la voz ronca — que Nicolas muriera cuando en otros hospitales, los hospitales de segunda clase, tenían todo lo necesario para salvarlo.
Me imagino a Sophie en un hospital de Camden, llorando sobre el cadáver del chico que había muerto protegiéndola.
Protegiéndola del lugar al que la había enviado yo.
—Me fui a Marylebone, a la verdulería, a la biblioteca, al par que.
Como hacía antes —dice Sophie—. Esperé tres horas hasta que pasó un guardia y me pidió el pase de clase, para que me detuviera.
Le dije que no iría a ninguna casa de rehabilitación y rompí mi pase en sus narices.
Fue un gustazo, ¿sabes? —Me mira como si pudiera entender lo que sintió—.
Me sentí bien mostrán dole, a él y a cualquiera, lo que pienso del estúpido sistema de clases de Wyvernmire.
—Esas últimas palabras las pronuncia con rabia—.
Al final acabé en la cárcel de Granger. Viv, ¿estás bien?
Tengo los ojos llenos de lágrimas. Asiento en silencio, sin hacer nada para evitarlas.
No puedo mirarla a la cara. No puedo ni respirar.
A Sophie la degradaron por mi culpa. Se encontró atrapada en ese incendio por mi culpa.
Habría podido morir, y si no hubiera estado allí, quizá Nicolas no habría...
—¿Viv?
Me siento tan culpable que querría enroscarme, hacerme una bola y que se me tragara la Tierra.
He hecho cosas terribles, imperdonables. Sophie suaviza el gesto. Levanta una mano y me limpia las lágrimas.
«¡Para!», querría gritar. «Deja de ser buena conmigo».
—Venga —dice con voz suave, cogiéndome de la mano.