Capítulo 10
Me quito los auriculares y suelto un improperio. Llevo toda la semana escuchando la misma secuencia de llamadas de ecolocalización, y cada vez que creo que empiezo a entender lo que quieren decir, las oigo en un contexto diferente que me descoloca.
Él levanta la vista de las fichas y asiente.
—Entonces ¿por qué aquí se usa como orden para seguir?
Le paso los auriculares a Gideon, rebobino y aprieto el botón de reproducción. Él escucha un momento y luego me mira, perplejo.
—¿Lo ves? —digo, levantando las manos—. No tiene sentido.
Me giro y miro por encima del hombro. La doctora Seymour está trabajando con una máquina reperisonus, intentando reparar el cableado, y eso me hace preguntarme cómo puede ser que haya sufrido daños, cuando está pegada a la pared de atrás.
Sophie está en la otra locuisonus, intentando tomar nota del ritmo de un patrón de sonidos con la ayuda de Katherine.
Repaso los apuntes garabateados en mi cuaderno de registro, pero ya se me mezclan todos.
He estado intentando asociar las llamadas de ecolocalización con las lenguas dracónicas que conozco, buscando coincidencias en el léxico o en el ritmo.
Pero las llamadas que oigo a través de la máquina locuisonus se componen de sonidos que más se parecen al canto de un pájaro o al estruendo de una corneta que a las palabras habladas.
Los idiomas —incluso los dracónicos— se pueden transcribir sobre el papel usando letras o símbolos que reflejan cada sonido o cada significado, pero la ecolocalización no funciona así.
La terminología que usamos, como «trino de tipo 13», no refleja el sonido de lo que oigo en los auriculares igual que la letra s refleja el sonido sibilante de la palabra hahriss , que significa «juntos» en slavidraneishá.
El búlgaro es más fácil de descifrar cuando se sabe que la letra V mayúscula del cirílico tiene el aspecto de la B mayúscula romanizada.
Por otra parte, la ecolocalización no sigue ninguna de estas reglas, no ofrece ninguna de esas pistas que podrían facilitar la traducción completa de los sonidos.
—¿Por qué se ha molestado Wyvernmire en reclutar a lingüistas cuando las llamadas de ecolocalización están más cerca del código morse de Sophie que de cualquier idioma que yo conozca?
—Déjamelo —dice Gideon, señalando con la cabeza la máquina locuisonus.
—Estoy bien... —respondo, pero él ya está tirando de los auriculares. Eso me molesta, y siento que se me calientan las mejillas, pero suelto una risita para fingir que no es así—. ¿Qué te hace pensar que a ti se te dará mejor que a mí?
—Simplemente... se ajusta más a mis capacidades —responde.
—No tenía ni idea de que los chicos tuvierais unas capacidades especiales para descifrar llamadas ultrasónicas —replica Sophie antes incluso de que yo pueda pensar en una respuesta.
—No porque sea chico, aunque sean habitualmente hombres los que se dedican al arte de descifrar códigos —se explica Gideon con una sonrisa —. Pero es que he tenido mucho trato con dragones.
Eso suscita mi curiosidad, y me trago mi protesta.
—¿Ah, sí?
—¿Qué tal si hacemos una salida de campo? —propone la doctora Seymour de pronto.
Cargamos las dos máquinas locuisonus y el resto de material en un carrito y salimos al bosque.
Respiro el aire fresco y levanto el rostro hacia el sol.
Desde que me encontré a Muirgen y a Rhydderch con Borislav, he empezado a ver dragones por todas partes.
Volando frente a mi ventana por la mañana, patrullando el bosque o aterrizando en el patio para conversar con los guardianes.
No consigo apartar la vista de ellos. No había visto tantos dragones en el mismo sitio desde el final de la guerra, y aunque ellos no me prestan la más mínima atención, no puedo dejar de hacer cábalas con Marquis sobre la especie a la que pertenecerán o el idioma que hablarán.
—Muy bien —dice la doctora Seymour, en el momento en que nos paramos en un pequeño claro. Veo el verde de la pista de tenis del otro lado de los árboles—. Poneos los auriculares y buscad la frecuencia correcta.
Doy un paso hacia Sophie, esperando compartir una máquina locuisonus con ella, pero ella me mira y se pone de pareja con Katherine, así que me voy a la otra máquina con Gideon, con los calcetines empapados a causa de la humedad del bosque, y muevo el dial de nuestra máquina hasta que desaparece el chisporroteo de las interferencias y encuentro la frecuencia ultrasónica en la que se produce la ecolocalización.
—Recordad que aquí no hay bloqueadores —nos advierte la doctora Seymour en voz baja, levantando la vista hacia los árboles—. Así que en ningún caso debéis reproducir ninguna de las llamadas de ecolocalización que grabéis. Si lo hacéis, los dragones podrán oírnos.
Asiento, y Gideon echa una mirada nerviosa a los altavoces de las máquinas, que son como trompetas doradas, como si de pronto fueran a cobrar vida.
Oigo una serie de chasquidos. Me quedo inmóvil, atenta.
¿Es un trino de tipo 13 o un repiqueteo de tipo 62?
Hojeo las fichas, en el carrito, pero de pronto nos pasa por encima una enorme sombra.
Miro hacia arriba justo en el momento en que vuelve a iluminarnos la luz del sol y veo un dragón volando de camino hacia la pista de tenis.
Los clics que emite resuenan en mis oídos. Me ajusto los auriculares.
—¿Alguien puede identificar a ese dragón? —pregunta la doctora Seymour en voz baja, observándolo con unos binoculares.
Gideon va pasando páginas del libro de fotogramas.
—Podría ser Soresten — dice—. Ciento diez años de edad, macho, un dragón de las arenas británico.
Se oye una larga secuencia de llamadas sociales que empiezan con un trino de tipo 2. Sé qué significa eso. El dragón ha visto algo de interés.
Pero ¿con quién está hablando?
Entrecierro los ojos para protegerme del sol y miro hacia el extremo del bosque, más allá de la pista de tenis y en dirección a los campos que hay cerca del lago. Allí hay una cabaña, aparentemente abandonada desde la Gran Guerra.
Y encima, posado, veo la reluciente mole azulada de otro dragón.
—Esa es Muirgen —digo, convencida—. Es la única Western Drake que hay por aquí.
Soresten pasa volando por encima de ella y oigo un trino de tipo 10.
De pronto Muirgen baja del lugar donde se había posado y aterriza con suavidad en los campos, fuera de mi campo de visión.
Soresten sigue volando, y es fácil seguir su brillo dorado por el cielo.
Luego se produce otra secuencia de llamadas sociales, diferente de la primera, pero similar.
Empieza con lo que parece un trino de tipo 10, pero más prolongado, con una inflexión al final como las que usamos los humanos al final de una interrogación.
Voy pasando fichas rápidamente, buscando una que describa lo que acabo de oír, pero no encuentro nada.
—Déjame escuchar —murmura Gideon, tendiéndome la mano para que le ceda los auriculares.
Yo no le hago caso, y justo en ese momento aparece otro dragón más allá de la cabaña, trazando unos círculos en el aire para luego aterrizar en el prado, junto a Muirgen.
La doctora Seymour está agazapada junto a Katherine, compartiendo con ella los auriculares.
—¿Habéis visto lo que ha pasado ahí?
Yo niego con la cabeza. Ojalá tuviera la respuesta.
—Los dos dragones han hecho lo mismo; han aterrizado en el prado. Soresten es jefe de patrulla, así que es probable que lo hayan hecho por orden suya.
—Pero les ha dicho cosas diferentes a cada uno —objeto —. Las llamadas que ha usado eran diferentes.
—Quizá no fuera solo él quien hablaba —propone Kathe rine—. Quizá la primera secuencia fuera la de las órdenes de So resten, y la segunda la respuesta de otro dragón.
—Buena teoría, Katherine —responde la doctora Seymour—. Es perfectamente posible, pero el parecido entre el primer trino de tipo 10 y el segundo, más largo, hace pensar que estaban diciendo lo mismo, solo que de forma diferente.
—Entonces ¿hay formas diferentes de decir las cosas con la ecolocalización? —pregunto—. ¿Como si usaran sinónimos?
Si es así, no es de extrañar que las grabaciones de la mañana me hubieran confundido. La doctora Seymour sonríe.
— Quizá sí. Pero recordad que todo esto es teórico. Yo estoy aprendiendo, igual que vosotros.
—Pero ¿de qué serviría? —pregunto—. ¿Por qué iba a perder tiempo Soresten diciendo lo mismo de dos maneras diferentes?
La doctora Seymour se encoge de hombros.
—Doctora Seymour, ¿y ese dragón búlgaro para el que tuve que traducir la semana pasada? ¿Para qué me necesitaban? Aun que no hablara el mismo idioma que Muirgen y Rhydderch, ¿no habrían podido hablar con la ecolocalización?
—Yo también me lo he preguntado —dice ella, poniéndose en pie—. Quizá sí se comunicaran a través de la ecolocalización antes de aterrizar, pero te lo ocultaron para no llamar tu atención, y por ende la de la primera ministra Wyvernmire. Recuerda que ellos quieren mantenerlo en secreto.
Asiento, pero no me convence. Si los dragones hubieran podi do comunicarse a través de la ecolocalización, no se habrían toma do la molestia de pedir una traductora humana simplemente para ocultar el hecho de que lo hacían.
¿Habrá diferentes tipos de ecolocalización, como los sinónimos a los que he hecho referencia antes?
Y si es así, ¿por qué no parece que eso le interese a la doctora Seymour, que inventó la máquina locuisonus?
Paso el resto del día en el invernadero, revisando las tarjetas en una esquina mientras la doctora Seymour hace su turno.
Sophie se ha ofrecido a ayudarla tomando notas y, aunque al principio me ha molestado ese intento descarado de destacar, luego he recordado que somos un equipo, lo quiera Sophie o no.