Capítulo 9 #3
Mi único objetivo es descifrar el código de los dragones y volver a casa con Ursa, y eso no lo conseguiré si me distraigo.
Ni si el guardia pariente de Wyvernmire decide convertir mi vida en un infierno.
Alcanzo el vestíbulo y me dirijo a la puerta principal.
Ral ph ha dicho que me buscaban. Al pie de la escalinata de entrada hay un coche esperando.
El guardia al volante baja la ventanilla al verme.
—¿Vivien Featherswallow?
Asiento.
—Tenemos un visitante inesperado. Sube.
Tomo asiento en la parte de atrás y levanto la vista hacia las ventanas del segundo piso de la casa. Desde aquí no veo la biblioteca, pero espero que Atlas no se haya metido en un buen lío. Y que el profesor Lumens sea tan diplomático como parece.
El coche atraviesa Bletchley Park, pasando junto al lago, y luego toma un camino de tierra que atraviesa un gran prado.
¿Quién es el visitante inesperado y por qué está tan lejos?
A medida que avanza el coche por la pradera, veo por el parabrisas tres figuras enormes a lo lejos. El corazón me da un vuelco.
Dragones.
Hay varios guardias desplegados por el campo, y los dragones —dos ejemplares jóvenes y uno más grande— sangran por los costados.
Los pequeños son de color azul y violeta, y el tercero es negro y tiene cuernos.
Es enorme, más grande aún que Chumana. Al ver la espesa sangre que cae por las escamas de los dragones se me encoge el estómago.
Algo ha ido mal. El coche frena y el guardia se gira hacia mí, con el rostro pálido.
— Baja.
«¿Baja?». Miro por la ventanilla. Los otros guardias también esperan en el interior de sus coches.
Abro lentamente la puerta y bajo. La hierba es tan alta que casi me llega a las rodillas.
Un gruñido grave hace temblar el suelo. Todos, incluidos los dragones, me miran a mí.
Por fin los guardias bajan de sus coches, agarrando con fuerza sus fusiles.
Veo un rostro familiar bajo uno de los cascos con la visera subida, y siento cierto alivio.
Es Owen, el guardia que nos recogió a mí y a Marquis en la estación.
—Hola —me dice, con el gesto tenso.
Respondo asintiendo, sin apartar la vista de los dragones. El negro me mira con sus ojos almendrados y la boca entreabierta, dejando a la vista unos caninos del tamaño de mis dedos y una lengua bífida roja. Tiene plumas en las garras, como Chumana.
—Este dragón ha cruzado el Canal volando hace unas horas y estaba sobrevolando Bletchley —me dice Owen—. Nuestros dragones de guardia, Muirgen y Rhydderch, se han enfrentado a él, hasta que se han dado cuenta de que el visitante viene... en son de paz.
Echo un vistazo a los dragones de patrulla, más pequeños.
—Parece que este bolgorith viene de Bulgaria —me dice la dragona azul, Muirgen, en inglés.
Me quedo helada. ¿Un dragón de Bulgaria? Esos dragones no tienen ninguna relación con los humanos, al menos desde que arrasaron todo el país de mi madre en tres días. Intercambio una mirada horrorizada con Owen.
—No hemos podido comunicarnos con él — añade Rhydderch.
—No lo entiendo —respondo lentamente—. Sois dragones. Habláis varios idiomas... ¿Cómo es que no tenéis ninguno en común?
—Los dragones búlgaros no...
—Lo sé —digo yo, interrumpiendo a Owen—. Los dragones búlgaros no les enseñan idiomas humanos a sus crías desde la Masacre de Bulgaria. —Levanto la vista y miro al bolgorith—. Pero tú naciste antes — añado en búlgaro—. Debes de hablar búlgaro, al menos.
El dragón mueve los labios, esbozando una mueca.
—La pregunta es... ¿por qué lo hablas tú?
—Mi madre es búlgara —respondo con frialdad—. Toda su familia fue aniquilada.
—Eso es una pena —dice él—. Yo soy Borislav.
—¿En qué puedo ayudarte, Borislav? —digo, pasando al slavidraneishá, la lengua nativa de Chumana, actualmente el idioma oficial de Bulgaria.
Borislav baja la cabeza hasta situarla casi a la altura de mi rostro, sin poder disimular su sorpresa al oírme hablar una lengua dracónica.
Su cuello tiene la longitud de un coche, y tiene púas por encima y por debajo.
— No es habitual que una humana hable varios idiomas —observa, sibilando—. ¿Dónde has aprendido?
—En la escuela —respondo—. En los libros.
—Por supuesto —gruñe—. Vosotros, los humanos, insistís en representar nuestras lenguas con esos garabatos.
—Eso es para poder pasar el conocimiento a futuras generaciones.
— Se me había olvidado lo mal que se os da enseñar a hablar a vuestras crías —responde Borislav, sacudiendo la cabeza, lo que hace que varios guardias retrocedan de un salto, alarmados—. Las crías de dragón aprenden al menos tres idiomas en su primer año de vida.
—Y sin embargo aquí estás, sin poder conversar con los de tu propia especie sin una traductora humana —constato.
Borislav ruge, retrocediendo y provocando un terrible crujido al golpear un árbol con la cola. Los guardias levantan las armas al ver la lluvia de astillas que cae sobre sus coches.
—¿Qué es lo que le has dicho? —grita Owen, entre los gruñidos de Muirgen y Rhydderch.
—El inglés es un idioma para vagos, que me niego a hablar. Y vuestros dragones de patrulla son aún jovencitos y no han aprendido las lenguas del este —señala Borislav, airado—. Es una señal de debilidad, igual que esa paz que se supone que han firmado con los humanos.
El corazón me late con fuerza en el pecho. Por un momento he tenido la impresión de que el dragón búlgaro iba a matarme.
—¿Qué es lo que quieres que traduzca? —pregunto.
Borislav hace rechinar los dientes y agita la cola de un lado al otro.
— Dile a Wyvernmire que los dragones de Bulgaria están de acuerdo.
Le transmito esas palabras a Owen.
—¿Están de acuerdo con qué? —gruñe Rhydderch en inglés.
Me giro a preguntarle a Borislav, pero Owen se adelanta:
—Eso es todo lo que necesitamos, Vivien.
Rhydderch entrecierra los ojos. Lo miro y luego miro a Borislav. ¿A qué acuerdo han llegado los dragones de Bulgaria y Wyvernmire? ¿Y por qué no parece que esté informado Rhydderch, que sirve a la reina Ignacia?
—Dile al dragón que Wyvernmire le da las gracias por haber venido hasta aquí —dice Owen—. Y recuérdale que mientras esté en territorio británico solo puede cazar animales salvajes.
Traduzco lo que ha dicho, y Borislav suelta una carcajada.
—Dile a tu superior que esta madrugada, cuando sobrevolaba Londres, me he zampado a dos de sus colegas. —Mueve los ojos y me mira—. Nosotros no obedecemos las normas de los humanos; tu primera ministra ya lo sabe.
De pronto, Borislav abre las alas, que se extienden por el prado, derribando el retrovisor de uno de los coches.
Da unos pasos y echa a volar. Nos quedamos observándolo en silencio mientras se eleva en el cielo, sobrevolando el campo en círculos unas cuantas veces antes de desaparecer entre las nubes, por encima del bosque.
—Que alguien vaya a buscar a Ravensloe — ordena Owen—. ¡Enseguida!
Muirgen y Rhydderch se han acercado el uno al otro y están conversando en voz baja.
No parece que entiendan lo que ha pasado más que yo.
Pero ¿por qué? Aún le doy vueltas al asunto cuando Owen me abre la puerta del coche y me lleva de vuelta a Bletchley Manor.
Si todos los dragones hablan con la ecolocalización, ¿por qué no han podido comunicarse los dragones de guardia con Borislav al verlo en el cielo?
Decido que se lo preguntaré a la doctora Seymour, porque hay otra cuestión que me preocupa aún más.
¿Por qué tiene tratos Wyvernmire con los dragones búlgaros, los más implacables de Europa? Y si la reina de los dragones es la aliada de Wyvernmire, ¿por qué se veía tan sorprendidos a sus dragones?