Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Las Hébridas son más de cuarenta islas que forman un arco frente a la costa atlántica de Escocia.

No obstante, la mayoría de estas islas están deshabitadas.

En las islas Menores, que incluyen Canna, Sanday, Rùm, Eigg y Muck, solían vivir humanos y dragones juntos.

Rùm ha sido territorio de cría de los dragones británicos desde el siglo XII , pero no se convirtió oficialmente en territorio exclusivamente dracónico hasta la firma del Tratado de Paz, en 1866.

Los dragones afirman que la temporada de cría se ve afectada por la actividad humana, por lo que las rutas aéreas se han desviado de esas islas.

Cuando se firmó el Tratado de Paz, el gobierno requisó las islas vecinas de Eigg y Canna para fines oficiales.

Un total de 360 habitantes fueron trasladados a la isla principal.

Si Eigg y Canna eran propiedad del gobierno, lo que fuera que tuviera que ver la doctora Seymour con ellas debía contar con el beneplácito de Ravensloe. Pero ¿qué relación podían tener esos lugares con la ecolocalización de los dragones?

Rùm ha sido territorio de cría de los dragones británicos desde el siglo XII .

Me imagino una isla verde cubierta de nidos de dragón, con huevos del tamaño de bolas de bolera bajo las duras alas de sus progenitores.

—¿Has encontrado algo interesante?

Atlas asoma por encima de mi hombro, sobresaltándome.

—En realidad no —digo, cerrando el libro de golpe—. Pero gracias por traerme aquí.

—De nada.

Me doy la vuelta. Él sonríe, torciendo la boca de modo que se le forma un hoyuelo. Esta vez no puedo evitar devolverle la sonrisa.

«¿Quién es este chico?».

—¿Y a ti por qué te pusieron en Zoología? —pregunto—. Quiero decir... ¿qué hacías antes?

—Criaba caballos —responde Atlas.

Levanto una ceja.

— Los caballos son bastante diferentes a los dragones.

Él sonríe, socarrón.

—Así es. Y tampoco estaba previsto que me dedicara a eso. Mi madre me consiguió un trabajo en los establos de un lord, y él decidió que tenía buen ojo para los purasangres.

El padre de Hugo Montecue cría caballos de carreras para las familias de primera clase de Sandringham. Es un trabajo complicado, que requiere estudios de genética y veterinaria. Decir que es un trabajo inusual para un chico de tercera clase sería quedarse corto.

—¿Así que no tienes problemas con la selección genética de características deseables en caballos, pero te opones a ello en el caso de los dragones?

No sé por qué quiero provocarlo, pero funciona. Frunce los labios.

—Tal como has dicho, los caballos son muy diferentes a los dragones.

De pronto no puedo seguir mirándolo a la cara. Estoy siendo maleducada, a pesar de que se ha ofrecido a enseñarme la biblioteca.

—Fue el padre David quien me consiguió libros sobre fisiología equina —dice, con voz suave.

Y ahora se muestra amable continuando con la conversación.

—¿El padre David?

—Junto a la capilla de la finca de lord Lovat vivía un sacerdote que acabó siendo casi como mi mentor, supongo.

Asiento. Me gustaría mucho saber cómo un criador de caballos de tercera clase apadrinado por un cura ha acabado en Bletchley, pero no puedo preguntárselo, por si él me hace la misma pregunta.

Me imagino diciendo: «Hice un trato con una dragona asesina para salvar a mis padres rebeldes y al hacerlo rompí el Tratado de Paz».

Mejor no.

—Así pues, si tu equipo tiene éxito, ¿volverás a la finca?

Atlas niega con la cabeza.

—Creo que no. El último año lo pasé en el seminario.

—¿El semiqué?

—El seminario. Recibiendo formación como sacerdote.

Intento disimular mi sorpresa aclarándome la garganta, pero respiro polvo del libro y acabo tosiendo tan fuerte que los ojos se me llenan de lágrimas.

—¡Vaya! —exclamo con la voz ronca, mientras Atlas sonríe otra vez —. De modo que el padre David dejó huella en ti.

Atlas suelta una carcajada.

—¿Por qué estás tan horrorizada?

—¡No lo estoy! —respondo, intentando parecer neutral—. Es solo que no esperaba que fueras sacerdote.

—Seminarista —me corrige, señalando el cuello de la camisa, que en realidad es un alzacuellos—. ¿Esto no te ha dado ninguna pista?

«Claro».

—Pensé que te resistías a no ponerte tu camisa de siempre —respondo, casi sin voz.

Atlas vuelve a reírse mientras quito con la mano el polvo que queda sobre la cubierta del libro.

¿Los curas no son viejos arrugados y sentenciosos?

Atlas tiene el cutis brillante, brazos musculosos y una sonrisa que es difícil no mirar.

Devuelve mi libro al estante y echo una mirada al vello que tiene en la barbilla y al cabello ondulado de su nuca.

—Pensaba que los curas seguían reglas muy estrictas —comento, y al instante me arrepiento de haberlo dicho.

—¿Insinúas que yo no lo hago? — responde, ladeando la cabeza.

¿Está flirteando conmigo? ¿Está echándome los tejos un cura?

«Un seminarista», me corrijo.

—¿Y qué es lo que hacen los sacerdotes?

—Muchas cosas. Pero sobre todo buscan a Dios —responde Atlas—. ¿No es eso lo que hacemos todos?

—Yo no creo...

—¡Recluta Featherswallow!

Me doy la vuelta de golpe. Ralph está de pie en la entrada de la biblioteca, con el fusil colgado del hombro. Cuando ve a Atlas a mi lado, entrecierra los ojos.

—Se requieren tus servicios abajo, pero da la impresión de que tienes cosas mejores que hacer.

—¿Mis servicios?

—¿Debo recordaros que los dos estáis aquí para trabajar? —Se nos queda mirando—. ¿Qué hacéis ahí arriba?

—Investigar —se apresura a responder Atlas —. La recluta Featherswallow necesitaba consultar unos libros.

—Featherswallow debería estar abajo, a disposición de cualquier superior que pueda necesitar de su... asistencia.

Me sonríe, socarrón, y me pongo en pie. Bajo la escalera lentamente.

—Tenía la impresión de que los guardias de Bletchley estaban aquí para protegernos —dice Atlas desde el altillo—. ¿No debería ser usted quien estuviera... asistiendo a Featherswallow, guardia 707?

Mis pies tocan el suelo y se me enciende el rostro al oír la bravata de Atlas. Me giro hacia Ralph.

—¿Quién pregunta por mí? ¿Es la doctora Seymour?

—¿Qué estabais haciendo los dos juntos? —pregunta él, en lugar de responder a mi pregunta—. Sois de equipos diferentes.

—Atlas me ha enseñado dónde estaba la biblioteca.

—No deberíais estar curioseando por ahí...

—No lo estábamos haciendo — me defiendo—. Solo me estaba ayudando...

—Me parece que voy a encargarme yo mismo de dictar vuestro castigo —espeta Ralph—. Por interrumpir a un guardia y por desobedecer el protocolo de Bletchley Park.

Atlas baja saltando desde la escalera, con el rostro contraído de la rabia.

—Ella no estaba desobedeciendo nada...

—Y tú vas a ir a aislamiento. ¡Por mentir y por ser una rata de tercera clase!

—¡No puede hacer eso!... —grito, pero no acabo la frase, porque Ralph alarga la mano y me agarra por la nuca. Me retuerzo para zafarme, pero él aprieta aún más. Es fuerte, más fuerte de lo que me imaginaba.

—No me des una excusa para darte otro bofetón — me susurra al oído.

Le araño el dorso de la mano, presa de la rabia.

—Suéltame, bast...

De pronto noto que me suelta, y cuando levanto la vista veo que Atlas tiene a Ralph cogido por el cuello, contra la pared. La puerta de la librería se abre de golpe y aparece el profesor Lumens.

—¿Qué está pasando aquí dentro?

Atlas suelta a Ralph y él se le echa encima, apuntándole con el fusil.

—Reclutas desobedeciendo las normas, Lumens —dice, enfurecido—. Este acaba de atacarme —añade, señalando a Atlas con un gesto de la cabeza.

—Mentiroso —respondo entre dientes.

El profesor Lumens levanta la mano. El director de Zoología tiene la barba blanca y lleva un maletín bajo el brazo. Nos mira a mí y a Atlas, que aún tiene los puños apretados y las mejillas enrojecidas.

—¿Has atacado a este guardia, muchacho?

—Él la ha agredido a ella... —se defiende Atlas.

—¿De modo que lo has atacado?

—¡Me estaba defendiendo! — digo yo, pero Lumens me ignora.

—Pide disculpas —le ordena a Atlas.

—¿Qué? —responde Atlas, airado—. Este guardia acaba de agredir a una mujer y debería ser despedido...

—Pide disculpas, recluta... —dice Lumens, con frialdad—, a Ralph Wyvernmire.

Me quedo helada.

¿Wyvernmire?

¿El guardia 707 está relacionado con la primera ministra?

Atlas se queda mirando a Lumens un momento. Luego se gira hacia Ralph.

—Lo siento —masculla.

Lumens asiente, satisfecho.

—¿Hay algún motivo en particular que le haya traído a esta biblioteca, guardia 707?

Ralph yergue el cuerpo poniéndose bien recto.

— Han solicitado los servicios de traducción de la recluta Featherswallow, pero, cuando han ido a buscarla, no la han encontrado.

—Muy bien. Entonces yo creo que más vale que vaya, ¿no le parece, señorita Featherswallow?

El profesor me guiña un ojo y yo asiento.

—Me encargaré de que llegue al lugar correcto —dice Ralph, apoyándome una mano en el hombro, que me quito de encima sacudiéndome.

—En realidad, guardia 707, me ha parecido que amenazaba con aplicarles un castigo a estos reclutas —señala Lumens—. ¿Qué le parece si decidimos juntos el del señor King?

Me escabullo por la puerta y corro escaleras abajo antes de que Ralph pueda alcanzarme.

Me tiembla todo el cuerpo. ¿Realmente tiene relación Ralph con Wyvernmire?

Así no es de extrañar que se comporte como si fuera el dueño de todo esto.

Recuerdo la fuerza con la que Atlas lo ha estampado contra la pared.

Eso no lo olvidará fácilmente y Atlas...

podría tener problemas graves. ¿Y si lo degradan?

Un escalofrío me recorre el cuerpo al pensar adónde pueden llevarse a los reclutas degradados.

Solo llevo aquí un día y ya he conseguido llamar la atención.

Sabía que debía mantenerme alejada de ese chico.

«Pero te ha defendido».

«Para», me digo a mí misma.