Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Quieres decir que estáis escuchando en secreto lo que se dicen los dragones rebeldes entre sí para poder traducirlo y comunicárselo a Wyvernmire?

Estoy sentada a la mesa, hablando en voz baja con Marquis mientras los demás ocupan sus sitios para almorzar. En el aire flota un murmullo de voces; todos hablan del trabajo y de la guerra, y veo que Katherine y Gideon charlan animadamente mientras comen.

—Sí —respondo, dando un sorbo a mi sopa—. Y la Reina de los Dragones no quiere que Wyvernmire sepa nada de la ecolocalización, aunque eso podría ayudarlas a ambas a derrotar a los rebeldes.

—Una vez uno de mis profesores mencionó la ecolocalización hablando de los dragones —recuerda Marquis —, pero dijo que no era más que una teoría. La idea de que toda una especie pueda inventarse un código secreto con el objetivo de combatir contra los humanos...

—La doctora Seymour no cree que sea un arma. Y no es un código, en realidad. Es un idioma.

—Sea lo que sea, básicamente es leer la mente —observa Marquis, excitado—. Una especie de habilidad natural fantástica que tienen los dragones y que les da ventaja.

—No más ventaja de la que nos da a nosotros la posibilidad de hablar por radio. —Atlas se sienta a nuestro lado. Frunzo el ceño. ¿Cuánto tiempo lleva escuchándonos?

—Por supuesto que es una ventaja —replico—. Nosotros no tenemos conexión inalámbrica integrada.

Serena y Karim se nos unen en la mesa. Karim me mira y sonríe tímidamente: aún no le he oído hablar, pero se ruboriza cada vez que alguien le mira. Serena no es tan discreta.

—Yo he aprendido a pilotar aviones, por supuesto, pero nunca pensé que acabaría diseñándolos —dice, rozando con el codo el brazo de Atlas al alargar la mano para coger el pan—. Y cazas, nada menos. La aviación me parece el más útil de los tres equipos —añade, mirándome con intención.

—¿Cazas? —le pregunto a Marquis, haciendo caso omiso a la mirada de Serena.

—Hmmm —responde Marquis, con la boca llena de patatas—. Knott ha diseñado alas que emulan el vuelo de los dragones. Yo le he sugerido que incorporemos una molleja mecánica al avión, para que escupa fuego.

—¿Una qué? —pregunta Sophie, sentada a mi lado. Yo me giro a mirarla, sorprendida: ¿significa esto que está de acuerdo en colaborar?

— Así es como hacen las llamas los dragones —explica Marquis—. Tienen varios estómagos, como las vacas, y una molleja, como los pollos. Cuando la comida del estómago fermenta, produce metano.

Atlas levanta una ceja.

—Las mollejas de los dragones están cubiertas de unas escamas como el sílex —prosigue Marquis—.

Y los dragones ingieren pequeños pedazos de roca para ayudar a la digestión.

Así que, cuando las rocas chocan contra las escamas, la presencia de metano provoca las llamas. Es un mecanismo de lo más inteligente.

—¿Y tú crees que eso funcionaría? —pregunta Atlas—. ¿Esos aviones lanzallamas?

Ralph entra en la habitación con el casco bajo el brazo y todos nos callamos de golpe.

Me sorprende lo joven que es. No puede tener más de veinticinco años.

Su pálido cutis brilla en contraste con su cabello oscuro, y luce unas gruesas pestañas.

Pero su crueldad su pera a su belleza. Comemos en silencio mientras Ralph se sirve un plato, mirándonos a todos con desconfianza. Luego se va.

—¿Qué estáis haciendo en Zoología? —le pregunta Katherine a Dodie.

Dodie y Atlas cruzan una mirada.

—Estudiamos el crecimiento y el desarrollo de los reptiles — responde Dodie.

—Y también la eugenesia aplicada a los dragones —añade At las—. Lumens nos ha pedido que investiguemos sobre el tema en la biblioteca, aunque yo me estoy planteando negarme.

—¿De modo que aquí hay una biblioteca? —pregunto.

—Creo que la he visto en la segunda planta —responde Dodie, mirando a Atlas con gesto preocupado—. Te la puedo enseñar, si quieres...

—Yo te llevaré, Featherswallow —la interrumpe Atlas —. De hecho, pensaba ir ahora.

—Oh.

Un chico dispuesto a desobedecer las órdenes del líder de su equipo cuando se juega todo su futuro no me da buena espina. Querría mantenerme lo más alejada posible del tal Atlas King.

—Bueno, en realidad le había prometido a Marquis que le enseñaría la pista de ten...

—Karim sabe dónde está —se apresura a responder Marquis—. Él me la enseñará.

Miro a Marquis y luego a Karim, que está adoptando un tono rojo remolacha. Atlas sonríe, satisfecho.

Así que voy a estar a solas con el infractor de normas.

—Soph, ¿quieres venir?

—El hecho de que estemos en el mismo equipo no significa que seamos amigas otra vez —responde Sophie, cortante.

—Muy bien — digo, echándome el cabello hacia delante para ocultar las mejillas, que de pronto me arden.

Miro a Atlas y él se pone en pie de un salto.

—Tú primero.

Subimos las escaleras en silencio, y al llegar al rellano Atlas me indica un pasillo.

—Tienes suerte de haber llegado aquí con dos personas que ya conoces —dice.

Cruzamos el pasillo y subimos otras escaleras ocultas tras una puerta.

—No he venido aquí con Sophie —respondo—. Simplemente la conocía de antes.

—¿Os habéis peleado?

—Algo así.

Nos paramos frente a una puerta doble.

—Featherswallow. Ese es un apellido de ascendencia dracónica, ¿no? Cuando lo oí, pensé que serías de primera clase.

—Mi familia debió de serlo en el pasado — respondo, encogiéndome de hombros—. Y debieron de hacer algo para que los degradaran. Algo cobarde.

—¿Por qué cobarde?

—Ya conoces la leyenda. Los dragones cobardes de Britania, los que traicionaron a los suyos, perdieron las escamas como castigo y se convirtieron en golondrinas.

Mi tío Thomas me dijo que, hace siglos, a los hombres que se habían enfrentado al rey les habían modificado el apellido añadiéndoles «swallow» al final, a modo de señal.

—Yo leí una historia diferente —dice Atlas, en voz baja—.

Los swallows , o golondrinas, eran originalmente dragones que podían hablar en todos los idiomas del mundo.

Pero aquello era un lastre para ellos, al ser capaces de empatizar con las historias de tanta gente, así que le pidieron a Dios que los librara de aquella carga y los hiciera livianos y despreocupados.

Dios los convirtió en aves y les dejó la cola bifurcada, como la lengua de los dragones, para recodarles lo que habían sido en el pasado.

Se me pone la piel de gallina. ¿Las golondrinas eran lingüistas? Es la primera vez que oigo esa versión de la leyenda. Atlas sonríe y me abre la puerta, y cuando atravieso el umbral y entro en la biblioteca vuelvo a percibir ese olor: menta y tabaco.

La biblioteca es pequeña, oscura, y está llena de libros.

Solo hay una ventana y nadie se ha preocupado de levantar la cortina opaca que la cubre.

Encendemos unas cuantas lámparas de gas y, cuando me giro, veo los montones de libros apilados en el suelo, abarrotando los estantes y apoyados en cualquier recoveco de la pared.

Hay un altillo, al que se accede por una escalera de mano, y ahí arriba veo una pequeña mesa redonda con unas cuantas sillas. El aire huele a papel húmedo.

—¿Qué es lo que buscas? —pregunta Atlas.

—Un libro sobre las islas de Escocia —digo yo, observando atentamente el lomo de los libros.

—¿Las islas de Escocia? ¿Por qué?

Hay un papel pegado a la pared. Leo lo que pone hasta que encuentro lo que busco:

GEOGRAFÍA – NIVEL SUPERIOR

Subo por la escalera.

—Simplemente me ha parecido un buen lugar por el que empezar.

Atlas me sigue de cerca, sube por la escalera y llega al altillo justo después de que lo haga yo.

—¿Siempre haces más trabajo del que se te pide? —dice, sonriendo.

—Sí —respondo, sin devolverle la sonrisa—. Me gusta adelantar trabajo.

—Pero pensaba que se trataba de traducir —dice Atlas—. ¿Para qué necesitas un libro sobre las islas de Escocia?

Recorro la pared con la mirada sin hacerle ni caso. Está cubierta de viejos mapas enmarcados, uno tras otro. Mis ojos siguen el contorno de las islas dibujadas, con sus montañas y sus ríos, hasta que veo una extensión de terreno sin nada más que tres palabras en el centro.

—«Aquí hay dragones» —leo en voz alta.

—Dicen que algunos cartógrafos tenían miedo de cartografiar ciertos territorios —dice Atlas, situándose detrás de mí—.

Cada vez que se encontraban con una zona inexplorada, sencillamente la marcaban con una advertencia en los mapas que estaban dibujando.

Significa que no saben lo que había, pero que sin duda serían dragones.

—¿Tú cómo sabes eso?

Sonríe.

—¿Y cómo es que tú no lo sabes?

Me giro y paso la mano por encima de los libros de los estantes.

Me sorprende ver que están ordenados por países.

Después de que se impusiera el cierre de fronteras, muchas bibliotecas retiraron los libros sobre países extranjeros y los sustituyeron por textos sobre Britania.

Pero ahora leo en los lomos que hay títulos como Capitales del mundo o La diáspora de los dragones en París y alrededores .

Esto debe de ser la colección privada de alguien.

Me pregunto quién viviría en Bletchley antes de que el gobierno lo expropiara.

Encuentro la sección sobre Britania y me arrodillo para ver los libros de más abajo.

Britania, un reino junto al mar

Territorios británicos: Historia de dos especies

El libro de los estuarios galeses

Breve historia del nacimiento de Escocia

Las islas de los vikingos

Las Hébridas: explorando las islas de Escocia

Paro la mano en ese punto. Saco el último libro y lo pongo sobre la mesa.

Voy pasando páginas mientras observo a Atlas con el rabillo del ojo.

Está absorto repasando la sección de política, moviendo los labios en silencio mientras lee.

El cuello blanco de la camisa le asoma por debajo del uniforme.

¿Por qué insiste en seguir llevando su ropa?

Algo me llama la atención en la página 265.