Capítulo 8 #3
—Por eso tenemos bloqueadores. Quizá los hayáis visto ahí fuera.
Son grandes placas de goma que bloquean las señales de sonar salientes, de modo que no podamos emitir accidentalmente ninguna llamada de ecolocalización desde el invernadero.
Es como un cristal con espejo en un lado: podemos ver el exterior, pero ellos no pueden vernos a nosotros.
—La doctora Seymour, sentada en su taburete, echa el cuerpo adelante —.
Es esencial que ninguno de los dragones que protegen Bletchley Park se entere de la actividad criptográfica que estamos desarrollando en el interior del invernadero.
Pienso en Yndrir y en las afiladas púas de su rostro, en la fuerza de su cola. ¿Qué haría si se enterara de lo que está protegiendo realmente?
—¿Por qué no quieren que sepamos nada de la ecolocalización? —pregunta Sophie—. Si los murciélagos y las ballenas la usan, no es que sea algo de su propiedad.
—El gobierno cree que los dragones quieren usarla como arma de guerra en caso de que los humanos se vuelvan contra ellos un día, pero...
—Pero usted no lo cree —digo yo, en voz baja.
La doctora Seymour echa una mirada a la puerta, algo agita da, pero no responde.
Yo apoyo la espalda en la silla, pensando a toda velocidad.
El DDCD está descifrando los mensajes de ecolocalización dracónicos, algo que los dragones de Britania —y, por tan to, la Reina de los Dragones— no quieren que ocurra.
¿Qué harán si lo consiguen, pues? ¿Y por qué se arriesga Wyvernmire a perder el apoyo de la reina Ignacia con esta búsqueda del código dracónico? ¿Realmente es tan importante?
—Las grabaciones que hagáis desde aquí probablemente sean de llamadas de ecolocalización hechas por los dragones de paso — advierte la doctora Seymour—.
Pero cuando nos llevemos las máquinas locuisonus en salidas de campo por Bletchley Park, lo que grabaréis serán sobre todo comunicaciones entre nuestras patrullas dracónicas.
En ese caso, es importante tomar nota del dragón al que se está escuchando.
—¿Por qué? —pregunto yo—. ¿El objetivo final de todo esto no es espiar a los dragones rebeldes?
—No es solo eso —responde la doctora Seymour—.
El objetivo es aprender a hablar con la ecolocalización: no importa de qué dragones lo aprendemos.
Al igual que en cualquier otra materia de estudio, siempre es útil contar con la máxima información posible.
Sería interesante comparar, por ejemplo, de dónde vienen los diferentes dragones a los que oímos usando la ecolocalización.
—Nos muestra un libro—. Este es un álbum con fotografías de los diferentes dragones que podéis encontrar por Bletchley. Tendréis que memorizar sus nombres.
La doctora Seymour se pone en pie y se sitúa entre Gideon y yo. Toca los mandos de las dos máquinas.
—Empecemos escuchando unas grabaciones. Al DDCD le interesan sobre todo las llamadas sociales de los dragones. Queremos saber qué se dicen los dragones rebeldes y cómo se coordinan durante un ataque. Pero conocer los sonidos de sus llamadas de exploración también puede ser útil.
Gideon acerca la cabeza a la otra máquina locuisonus, intrigado.
—Lo que estáis a punto de oír es una selección de llamadas de exploración emitidas por un dragón mientras daba caza a una presa. El loquisonus las convierte en frecuencias audibles y baja la velocidad para que podamos oírlas. Escuchad atentamente, por favor.
Aprieta un botón y el altavoz de gramófono emite un sonido estático.
Luego se oye un sonido como el piar de un pájaro, pero más grave, y a continuación toda una secuencia de sonidos idénticos.
No puedo evitar echar una mirada a la puerta.
¿Cómo le deben sonar esos sonidos, ahora en una frecuencia audible para los humanos, a Yndrir?
¿Podría reconocerlos como llamadas de ecolocalización, o simplemente le parecerían el gorjeo de un pájaro encerrado en el invernadero?
La doctora Seymour se da cuenta de adónde miro.
—Normalmente usamos auriculares.
Luego se oye un sonido diferente, mucho más prolongado, como una melodía. Vuelve a oírse el gorjeo unos segundos y luego acaba la grabación. La doctora Seymour me mira a los ojos.
—¿Habéis oído las llamadas de exploración, esos sonidos idénticos que aparecen a intervalos de tres segundos? Esas eran para que el dragón pudiera localizar a su presa. Pero hay un sonido en medio, un gorjeo más grave pero armonioso. ¿Lo habéis oído?
Asiento.
—Eso era una llamada social —señala la doctora Seymour—, lo que hace pensar que ese dragón no estaba cazando a solas.
Un escalofrío me recorre la espalda al imaginar a los dragones volando sobre nuestras cabezas, sin saber que están siendo escuchados mientras cazan. Es como si estuviéramos volando con ellos de incógnito.
La doctora Seymour vuelve a tocar los mecanismos de la máquina.
—Tenéis que recordar que cuando escuchéis en tiempo real habrá un pequeño desfase entre la emisión de las llamadas y lo que oís, porque la máquina necesita unos segundos para procesarlas. Aquí tenéis otra grabación.
Esta vez el gorjeo se produce a intervalos más rápidos, y se vuelve más y más rápido hasta convertirse en un zumbido.
—Ese fragmento del final se llama zumbido de ataque —explica la doctora Seymour—.
En el momento en que el dragón se lanza sobre su presa, emite una sucesión muy rápida de clics para au mentar la precisión.
Eso le permite ser consciente del mínimo cambio de dirección de su presa.
Podéis oír el zumbido final justo antes de atraparla.
Pongo las manos sobre la máquina locuisonus.
Esto es algo muy elaborado, más inteligente y complejo que ninguna otra forma de comunicación dracónica que haya estudiado nunca.
Pero si los dragones no quieren que los humanos sepamos que usan la ecolocalización, ¿significa eso también que no quieren que aprendamos sus lenguas habladas?
¿Que están en contra de que los humanos estudiemos las lenguas dracónicas?
Vuelvo a pensar en Chumana, en la biblioteca.
«La niña habla un idioma dracónico».
No parecía que le importara. De hecho, querría pensar que la impresioné.
Pero la ecolocalización es diferente. Llegar a entenderla y a imitarla significaría que el gobierno de Wyvernmire no solo podría espiar a los dragones rebeldes y aplicar las técnicas de ecolocalización a sus sistemas de comunicación, sino que también podría emitir mensajes clandestinos para confundir a los rebeldes.
Sería toda una revolución. Ahora entiendo por qué quiere este código Wyvernmire.
Desde luego, cambiaría el rumbo de la guerra.
—¿Quién ha diseñado estas máquinas? —pregunto.
—Yo —responde la doctora Seymour sin inmutarse.
Se sujeta un mechón de cabello tras la oreja y de pronto siento una gran admiración por ella.
—Por supuesto, esto va a requerir de una larga formación.
Tendréis que escuchar cientos de grabaciones, a diferentes veloci dades, antes de que empecéis a entender algo.
Vivien y Gideon, vosotros luego intentaréis relacionar los mensajes de ecolocalización con cualquier lenguaje basado en palabras de los que conocéis.
Sophie y Katherine, vosotras buscaréis patrones fonológicos y posicionales.
Lo primero que quiero que hagáis es aprender la terminología.
Saca una caja del armario y levanta la tapa. Está llena de fichas ordenadas alfabéticamente.
—Para que esto funcione, debéis saber distinguir entre un clic y un tic, entre un chirrido y un gorjeo. Para que las observaciones que hacemos los humanos sean coherentes entre sí, debemos usar un léxico común.
—¿Eso que son? —masculla Gideon, señalando un montón de cuadernos que hay sobre la mesa.
—Son nuestros cuadernos de registro —responde la doctora Seymour—.
Nunca deben salir del invernadero. Cuando empecéis vuestro turno, escribís vuestro nombre y la fecha, y luego registráis todos vuestros hallazgos y vuestras conclusiones debajo.
Eso nos permitirá estar al tanto de los progresos de cada colega y seguir con el trabajo en el punto en que lo haya dejado.
Si creéis que habéis traducido correctamente una llamada, la incorporáis al sistema de indexación.
La doctora Seymour señala la caja de fichas.