Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Me llamo Dolores Seymour. Soy conductista dracónica y jefa del Departamento de Criptología y Reclutamiento de Bletchley Park.

Habéis sido escogidos para trabajar conmigo en el invernadero porque poseéis una habilidad particular que se adapta bien al trabajo que hago aquí.

—La doctora Seymour nos señala con un gesto amplio del brazo—.

Por ejemplo, Katherine: tú eres una revelación en el mundo de ajedrez.

Katherine asiente lentamente, desconcertada.

—Tu razonamiento lógico, tu memoria y tu capacidad para resolver enigmas es exactamente el tipo de talento que necesitamos aquí.

La doctora Seymour se gira hacia Sophie:

—Y tú, Sophie, tienes una gran habilidad con las matemáticas y dominas el código morse, gracias a tu experiencia en el envío de mensajes codificados a través de la red de telégrafos.

¿Por eso han reclutado a Sophie? ¿Porque ayudó a su madre en las oficinas de telégrafos durante la guerra?

—¡Y, por supuesto, tenemos a nuestros políglotas! —La doctora Seymour nos mira a Gideon y a mí con una sonrisa—. Gideon habla varios idiomas humanos, mientras que Vivien está especializada en lenguas dracónicas. Juntos, aportáis unos conocimientos valiosísimos al grupo.

— Perdone, doctora Seymour —digo yo, levantando la mano.

—¿Sí, Vivien?

—Entiendo que el ajedrez o el morse puedan ser útiles para descifrar códigos, pero... ¿los idiomas? —Echo una mirada a Gideon—. ¿Está segura de que nos han asignado al equipo correcto?

La doctora Seymour se sienta en un taburete y cruza las manos sobre el regazo.

—Bueno, Vivien, ya debes de saber que los dragones son los mejores lingüistas del mundo, capaces de aprender múltiples idiomas a una velocidad impresionante.

Asiento.

—Pero los dragones también se comunican de otros modos. ¿Entiendes lo que quiero decir?

De pronto me siento como si estuviera de nuevo en la universidad y me enfrentara a una pregunta con trampa de algún profesor. Niego con la cabeza.

—Por supuesto que no —dice, sonriendo como si le hiciera gracia su propia broma—. Los dragones también se comunican por sonar. Es una forma de ecolocalización, la misma que usan ballenas y murciélagos.

¿Ballenas y murciélagos? ¿Qué necesidad pueden tener los dragones de comunicarse como los animales cuando aprenden varios idiomas solo en su primer año de vida?

— Los dragones se comunican a través de la ecolocalización cuando los separa una gran distancia o cuando están bajo el agua. ¿Alguno de vosotros habéis oído hablar de la ecolocalización y de cómo funciona?

Gideon levanta la mano y siento una punzada de celos. ¿Cómo puede saber la respuesta?

—Yo he oído hablar del uso del sonar en la guerra para detectar submarinos. ¿Es eso?

La doctora Seymour asiente.

—El primer sonar se inventó a principios de siglo y se convirtió en los ojos y las orejas de los submarinos de guerra.

Pero el primer sistema de sonar lo creó la naturaleza.

El primer ejemplo que tuvimos de ecolocalización fue en murciélagos y ballenas.

Durante la Gran Guerra observamos que los dragones —que coordinaban sus ataques durante el vuelo con una precisión milimétrica— también lo estaban usando.

Se me pone la piel de gallina. Han pasado ya cinco años desde el final de la guerra: ¿por qué no me han enseñado nunca nada sobre esto en mis módulos sobre comunicación dracónica?

—Los dragones emiten ondas de sonido a través de la boca, y cuando las ondas impactan con algún objeto producen un eco —explica la doctora Seymour—.

Hay dos tipos de llamadas de ecolocalización: las llamadas de exploración, que usan para detectar objetos en el espacio que los rodea, y las llamadas sociales.

Todas usan una frecuencia demasiado alta como para que los humanos podamos oírla.

Vuelvo a observar el aparato que tengo sobre la mesa.

—¿Se comunican los dragones rebeldes mediante la ecolocalización? ¿Por eso estamos aquí, para leer ondas ultrasónicas?

—Vais a oírlas, no a leerlas —precisa la doctora Seymour —. Y luego vais a traducirlas.

Una mosca atraviesa la sala y aterriza en el micrófono del aparato. ¿También se podrían descodificar sus zumbidos, si tuviéramos la máquina adecuada?

—No tenemos claro cuándo o por qué empezaron a comunicarse los dragones mediante la ecolocalización, pero sabemos que es de importancia capital para su organización en el combate.

Si desciframos lo que dicen —y si un día conseguimos reproducir esas llamadas nosotros mismos—, obtendríamos una gran ventaja.

—¿Por qué no le pregunta la primera ministra a la Reina de los Dragones cómo funciona, simplemente? —pregunta Katherine—. ¿No estaría de acuerdo, si eso nos ayuda a vencer a los rebeldes?

—Los dragones no quieren que los humanos sepan que poseen un sistema de sonar natural. Parece ser que quieren mantener este método de comunicación en secreto.

—¿Cómo funciona? —pregunta Sophie. Se ha atado el cabello en una coleta y tiene un brillo en los ojos que refleja su determinación.

—La ecolocalización dracónica se compone de cientos de sonidos ultrasónicos (clics, llamadas y pulsos ) que, una vez grabados y reproducidos a menor velocidad, podrían imitar el ritmo y la estructura de muchas lenguas dracónicas —explica la doctora Seymour—.

Y ahí es donde entran en acción nuestros políglotas.

—Yo traduzco idiomas, no código —digo yo, lentamente—. No estoy cualificada para esto.

—Yo tampoco —afirma Katherine, meneando la cabeza.

—La ecolocalización de los dragones sin duda se parecerá más a la ecolocalización usada por las ballenas y los murciélagos que al lenguaje hablado, ¿no? —añade Gideon.

— Pero es que la ecolocalización dracónica es un idioma —insiste la doctora Seymour—.

Y parece ser mucho más sofisticada que la ecolocalización que hemos observado en otras criaturas.

Aunque los clics que emiten para localizar objetos en el aire podrían recordar las señales del código morse, sus llamadas sociales ultrasónicas suenan casi como un lenguaje verbal, y estamos convencidos de que contienen significados complejos.

Por supuesto, el código dracónico, tal como lo llamamos, no tiene nada que ver con el morse, inventado por los humanos, pero las personas que dominan el morse, los que están acostumbrados a resolver enigmas complejos y los que tienen oído para los idiomas son los que más posibilidades tienen de llegar a descifrarlo.

—¿Y entonces yo qué hago? —pregunta Gideon—. ¿Quiere que escuche grabaciones de mensajes de ecolocalización de los dragones y que le diga si se parecen en algo a alguno de los idiomas que conozco? Yo no hablo ningún idioma dracónico.

Es todo tan ridículo que me dan ganas de reír.

—Tú sabes igual que yo que todas las lenguas dracónicas se han originado a partir de los idiomas humanos —responde la doctora Seymour—.

Y no, no queremos que escuches grabaciones nada más.

—Levanta la cabeza y mira al cielo a través del techo de cristal—.

Los dragones sobrevuelan Bletchley día y noche.

Y dado que el cristal es uno de los pocos materiales que atraviesan las ondas de sonar, queremos que los escuchéis en directo.

Así que voy a ser una espía.

— Lo ideal sería desplegar una vigilancia día y noche, pero de momento vosotros cuatro haréis el turno de mañana y yo el de tarde —indica la doctora Seymour—. Creemos que trabajaréis más rápido juntos y combinando esfuerzos.

—Para aprender a hablar código dracónico —dice Katherine, con un suspiro de desánimo.

Yo intento mantener la calma, pero por dentro me invade el pánico.

Al menos Sophie tiene algo de experiencia en códigos, pero ¿yo?

Hablo idiomas que se componen de gramática, estructura y alfabeto.

No de clics y llamadas. ¿Cómo voy a traducir sonidos ultrasónicos como los de los murciélagos en palabras?

—¿Esto es lo que usaremos? —le pregunto a la doctora Seymour, señalando el aparato que tengo delante y el que hay al lado.

La doctora Seymour asiente.

—Estas son dos máquinas locuisonus, los aparatos más modernos para la detección de señales de ecolocalización de que disponemos.

—Señala la fila de altas máquinas negras que hay en la pared, a nuestras espaldas—.

Las máquinas reperisonus de ahí se usan para almacenar las grabaciones que hacen sus hermanas, que son más pequeñas pero mucho más impresionantes.

Apoya la mano en uno de los aparatos de menor tamaño.

—En Bletchley tenemos las únicas máquinas locuisonus de toda Britania.

Son portátiles, lo que significa que pueden detectar mensajes de ecolocalización en cualquier lugar al que las llevemos.

— Alarga la mano y acciona el interruptor de la que tengo delante—.

Y son versátiles, lo que quiere decir que pueden emitir sonidos además de grabarlos.

En otras palabras, teóricamente pueden servir para la comunicación a través de la ecolocalización.

Acerco la cabeza a la máquina locuisonus y siento un escalofrío de emoción. Si lo que dice la doctora Seymour es cierto, podría usarse para hablar con dragones a kilómetros de distancia...

—Toda esta tecnología es muy nueva —añade la doctora Seymour—. Y, como aún no hemos podido descifrar muchas llamadas de ecolocalización dracónicas, no hemos logrado reproducirlas como medio de comunicación.

—Si lo hiciéramos, ¿no lo oirían los dragones? —pregunta Sophie—. Ya me imagino a los rebeldes que sobrevuelan Bletchley recibiendo mensajes de ecolocalización... Eso les revelaría nuestra posición inmediatamente.

La doctora Seymour sonríe.