Capítulo 8
Me despierta el zumbido grave de una sirena.
Tardo un momento en darme cuenta de que no estoy en mi cama en Fitzroy Square, sino en Bletchley Park, rodeada de los suaves ronquidos de unas extrañas.
O casi extrañas. Sophie enciende la lámpara y me saluda a regañadientes con un movimiento de la cabeza.
Nos vestimos en silencio, y de pronto el peso de la tarea que nos espera parece pesar más que nunca.
Mientras me cepillo el cabello y me coloco bien el broche siento los nervios en el estómago.
¿Y si fracasamos? Wyvernmire no tendrá otra opción que aplicar la ley.
Ejecutarán a mis padres. A mí me meterán en la cárcel.
Ursa crecerá en un orfanato. Hoy es el tercer día que mi hermana se despertará en Marylebone, con Abel y Alice. ¿Pensará que la he abandonado?
«Eso es exactamente lo que has hecho».
Sigo a las otras al pasillo, donde Marquis ya espera con cara de sueño.
—¿Todo bien?
Asiento, conteniendo las lágrimas. Tengo que concentrarme. Un guardia con el casco puesto nos espera en el vestíbulo y le pone un cesto de bollos de mantequilla en las manos a Marquis.
—Repártelos; luego, a vuestros puestos de trabajo.
Su voz me suena, pero no consigo recordar dónde la he oído antes.
— Los del invernadero, conmigo —ordena—. El resto, con los guardias 629 y 311.
Le doy un bocado a mi bollo y veo desaparecer a Atlas por una puerta tras la escalera.
Es como muchos de los chicos que he conocido en el colegio, sonrientes y preocupados por sus buenas notas.
Pero anoche habló con arrogancia y dejó claro que no le preocupaban las normas.
Ahora mismo obedecer las normas es lo único que nos puede salvar, así que decido que de momento lo mejor será mantener las distancias con él.
Sigo al guardia escaleras abajo, en dirección al patio, con Sophie y los otros dos reclutas de nuestro equipo: Katherine, la jugadora de ajedrez, y Gideon, el políglota.
El cielo tiene un color azul roto que vira a rojo por los bordes, como una acuarela.
Seguimos el camino que rodea la casa y llegamos a un jardín con el césped impecable.
Unos pollos picotean las hierbas y cacarean, alarmados al vernos pasar.
Caminamos en silencio, haciendo crujir la escarcha típica del mes de diciembre al pisar, hasta que Katherine tropieza y suelta un gritito.
Levanto la vista. Sobre los árboles asoma un dragón de un rojo vibrante, el color del otoño.
Me quedo mirando fijamente las púas negras de su rostro.
Las escamas del pecho brillan como el ébano, y la cresta de escamas que tiene sobre la cabeza crea una especie de corona.
Gideon, a mi lado, se ha quedado rígido, con los puños apretados.
—Buenos días, Yndrir —saluda el guardia.
El dragón asiente mientras pasa a nuestro lado. Es tan grande que las hojas de los árboles van cayéndole por el lomo. Me roza la bota con la larga cola y Gideon retrocede de un salto. Katherine se agarra con fuerza al brazo de Sophie.
—Es un ddraig goch —susurro, a nadie en particular. Un dragón galés. Es imponente.
—Venga, moveos —nos apremia el guardia, desde delante.
¿Por qué no me esperaba encontrar dragones en Bletchley?
Los otros reclutas siguen mirando a Yndrir, atónitos.
Probablemente sea lo más cerca que han estado de un dragón en sus vidas.
¿Cuántos dragones más trabajarán en el DDCD , y qué harán?
Me giro a mirar al ddraig goch, que rodea la esquina de la casa, aún emocionada.
Así que trabajaré con idiomas dracónicos.
Quizá pueda hablar con dragones de verdad.
Me pongo a la altura de Sophie, espero a que no mire nadie y le tiro de la manga.
—¡Oh, Viv!
Sophie se gira hacia mí, enfadada, con el cabello cubriéndole el rostro.
Ahora que está limpia y que ha comido bien, se parece más a la Sophie que yo conocía.
Cierro los ojos e intento no pensar en los recuerdos de aquel día.
«Lo siento», quiero decir. Pero no puedo. Porque sé que con «lo siento» no basta.
— Mira —digo—, independientemente de lo que ocurrió el verano pasado, ahora las dos estamos aquí y las dos necesitamos completar el trabajo que nos han asignado para volver a casa. Creo que deberíamos trabajar juntas.
Sophie entrecierra los ojos.
—Por supuesto que quieres dejar atrás lo que ocurrió el verano pasado, porque tu vida siguió como siempre. Pero la mía... —Veo cómo le tiembla el labio, y la culpa me invade con tal fuerza que casi me doblo en dos.
—Háblame de ello —le ruego—. Dime dónde has estado.
—Ya te lo dije —responde Sophie —. En la cárcel de Granger.
—¿Cuánto tiempo?
—Unas cuantas semanas. Era mejor que donde estaba viviendo antes.
Siento una presión en el estómago. Yo esperaba... Había querido convencerme de que la tercera clase no era tan mala como de cían los rumores. Que, a pesar de las advertencias de nuestros padres, ser degradado no era el fin del mundo.
—¿Quieres decir la casa de rehabilitación?
Sophie asiente.
—No quiero hablar de ello.
—Está bien —respondo, con suavidad—. Pero ¿y si trabajamos juntas? Cualquiera que sea ese código que se supone que debemos descifrar... Yo no sé nada de eso, y estoy segura de que tú tampoco. Y quiero que los tres salgamos de aquí, tú, yo y Marquis. Juntos. Dos mentes pueden más que una, ¿no, Soph?
Sophie levanta la vista al oírme usar el nombre con que la llamaba de niña.
—Me han prometido que, si cumplo con mi misión aquí, me ascenderán —dice Sophie, con la vista puesta en los árboles—. Me han prometido que volveré a la segunda clase.
Asiento. Yo me merezco estar aquí, pero Sophie no.
Ella no se merece tener unos recuerdos tan terribles que no puede hablar siquiera de ellos.
No se merece tener una traidora por amiga.
Nos abrimos paso por entre las raíces y los montículos del bosque, parando solo a echar una mirada a una pista de tenis oculta en un claro a la derecha de los árboles.
—El invernadero es nuestra instalación más protegida — nos dice el guardia, justo en el momento en que alcanzamos al resto del grupo—. Un retén de dragones y guardias lo protege, y el bosque lo hace casi indetectable desde el cielo.
«Casi indetectable desde el cielo». ¿Cuántos dragones sobrevuelan Bletchley a diario?
Desde arriba, la casa y sus terrenos deben tener el aspecto de una mansión de primera clase como cualquier otra.
El DDCD se oculta a plena vista, y los rebeldes no tienen ni idea.
Nos adentramos en el bosque y de pronto aparece entre los árboles un alto edificio de cristal.
La vegetación en su interior presiona el vidrio, dando la impresión de que la casa forma parte del bosque.
Alrededor de la casa, por la hierba, veo varias placas de goma negra montadas sobre unas patas y con canaladuras, como si fueran escamas de dragón.
¿Qué serán? El guardia mantiene la puerta abierta para que entremos y de pronto cruzamos una mirada. Doy un respingo. ¿De qué lo conozco?
—¡Bienvenidos al invernadero!
La doctora Dolores Seymour nos sonríe desde detrás de sus enormes gafas.
Su vestido verde se integra con el color de las plan tas que la rodean.
Tras ella hay una alfombra estampada y un sofá tapizado, así como dos grandes librerías y un armario, todo a la sombra de la vegetación.
El techo de cristal desaparece entre las ramas de un olmo, de modo que toda la estancia queda teñida de un tono verduzco.
Hay unas cortinas opacas recogidas en las aristas entre las paredes y el techo, e imagino que con solo tirar de un cordel pueden sumir este lugar en la más total oscuridad.
Unos cables recorren el suelo como retorcidas raíces negras, en dirección a una fila de máquinas y a dos aparatos más pequeños situados sobre unas mesas en la parte trasera de la sala.
—No hay tiempo para formalidades, doctora Seymour —dice el guardia—. Sus reclutas necesitarán ser instruidos en la disciplina más estricta para compensar su evidente falta de respeto por la autoridad.
Me mira y esboza una sonrisa burlona, y en los ojos se le ve que está disfrutando.
Doy un paso atrás, atónita, y de pronto siento como si un fantasma me hubiera dado una bofetada.
El guardia 707.
Este es el hombre que me golpeó cuando detuvieron a mis padres. El que bromeó con encontrar una llave bajo el vestido de mamá. Por el modo en que me mira tengo claro que él también me ha reconocido.
—Gracias, Ralph, pero estos reclutas son responsabilidad mía, no tuya —responde la doctora Seymour—. Si quieres ocupar tu puesto asignado en el exterior del invernadero, podremos ponernos a trabajar.
Ralph sonríe a la doctora Seymour, socarrón, y por un segundo tengo la impresión de que se va a negar, pero de pronto junta los tacones con fuerza, da media vuelta y se va, dejando que la puerta se cierre con un portazo. La doctora Seymour nos sonríe.
—Por favor — dice, indicando la parte trasera de la sala—. Sentaos.
Ocupo una silla junto a una de las mesas.
Este invernadero tiene el aspecto de una biblioteca que alguien ha decidido construir en medio de una jungla.
Veo unas lámparas bulbosas hechas de fina cerámica azul, mullidos cojines y revistas tituladas Dragons Daily bajo la hiedra y las hojas puntiagudas de una planta tropical del tamaño de un pequeño árbol.
Las máquinas parecen totalmente fuera de lugar.
Echo un vistazo al aparato que tengo delante. Es una caja hecha de cristal y por su forma recuerda una radio, pero tiene una alta antena retráctil y un pequeño altavoz dorado que parece más propio de un gramófono, varios diales de latón, botones de arrancado y pausa y un gran interruptor.