Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—¡Por Dios santo! —exclamo, mientras Dodie se ríe tapándose con la copa—. Katherine, eso no es...

—No es lo mío —confiesa Marquis.

—¿Quieres decir las peleas? —responde Katherine.

Marquis no responde; en lugar de eso, señala a Gideon.

—Él es mucho más corpulento; estoy seguro que lo haría mejor que yo.

Gideon frunce el ceño, pero al menos la tensión que flotaba en el ambiente ha desaparecido, y la charla distendida se mezcla con el sonido de la radio.

Somos nueve en total: cinco chicas y cuatro chicos.

El chico de la camisa blanca está hablando con otro llamado Karim que tiene la cabeza rapada y habla bajito.

—¿Ya has hecho amigas? — me pregunta Marquis.

—No —respondo—. Pero parece que tú sí.

Marquis se encoge de hombros.

—Más vale tener amigos que enemigos.

—¿No estás preocupado? —pregunto en voz baja, dándole un sorbo al agua.

—¿Por qué? —responde—. ¿Por el cielo infestado de dragones? ¿Porque en realidad somos prisioneros disfrazados de invitados? ¿O por el hecho de que ninguno de nosotros sabe qué vamos a hacer aquí?

—Por eso último.

La sonrisa desaparece por un momento de su rostro, y baja la voz.

—Por supuesto que estoy preocupado — admite—. No he tocado un avión en mi vida. Pero aprenderemos, ¿no? Construiré cualquier artilugio volador que quieran construir, y tú descifrarás cualquier código que quieran que descifres, y luego nos iremos a casa.

—¿Y si fracasamos? —respondo, viendo temblar la copa en mi mano—. Nos enviarán a la cárcel y nuestros padres no serán indultados. Y Ursa... —Dejo la copa en la mesa y se me quiebra la voz.

El chico de la camisa blanca se lleva una servilleta a los labios y me mira, intrigado.

—Todo irá bien, Viv —dice Marquis, convencido.

Conozco perfectamente el gesto de tozudez que tiene en el rostro ahora mismo.

Es el mismo gesto de tozudez que tenía de pequeño, cuando un grupo de chavales le dijo que era demasiado «poca cosa» para jugar en el equipo de fútbol, así que acabó rompiéndose la pierna intentándolo.

No hay nada imposible para Marquis, que acabó convirtiéndose en capitán del equipo.

Pero yo no soy como él. Yo soy... realista.

Y aún no consigo ver qué tienen en común los idiomas, el análisis criptográfico y los dragones.

«Londres ha sufrido una serie de ataques...».

El ambiente relajado desaparece al oír los informes de los bombardeos y de las llamaradas de los dragones. Nos quedamos en silencio hasta que acaba el informe y la radio vuelve a crepitar.

Marquis se pone en pie y la apaga, y a partir de ese momento solo se oye el ruido de las cucharas rozando los platos. El momento de buen humor que hemos disfrutado todos, alimentado por la promesa de contar con una nueva oportunidad, ha quedado atrás.

—¿Qué tal tu comida, Vivien Featherswallow?

Parpadeo, sorprendida. El chico de la camisa blanca se ha dirigido a mí, acercando tanto la cabeza desde el otro lado de la mesa que le veo el vello de la barbilla.

Tiene la piel lisa como el cristal.

—Está bien —respondo—. ¿Cómo sabes mi nombre?

— Lo he oído antes —dice él, con tono cordial—. Yo me llamo Atlas. Atlas King.

—Encantada de conocerte, Atlas King. ¿Qué tal tu vino?

Atlas le da un sorbo a la copa que tiene delante y hace una mueca.

—Picado. Tal como cabe esperar en un sitio como este.

Apoyo la cuchara en la mesa.

—¿Picado?

—Estropeado, corrompido —dice él. Mira a su alrededor—. Oh, venga ya. No os habréis creído de verdad nada de lo que ha dicho Ravensloe sobre eso de que esto es nuestra posibilidad de redención, ¿no?

Miro a Owen, intranquila. Ese es el tipo de conversación que puede hacer que nos degraden a todos.

—Sí, me lo creo —respondo con frialdad—. ¿Qué ganaría él faltando a su palabra?

— Déjame adivinar —dice Atlas, con una sonrisa intrigante—. ¿Eres de primera clase?

Levanto una ceja.

—Segunda.

Observo que Marquis y Sophie están prestando atención a la conversación.

Atlas se recuesta en su silla.

—En cualquier caso, no eres de tercera. Si no, entenderías por qué no confío en él.

Sophie se ríe en silencio y yo me ruborizo.

Así que Atlas es de tercera clase. Lo supe desde el momento en que le oí hablar con acento de Bristol, porque la ciudad de Bristol es casi toda de tercera.

Lo observo. La gente te juzga por el acento constantemente, motivo por el que voy con cuidado al hablar, alargando las vocales y marcando las consonantes.

No quiero que la gente haga suposiciones erróneas sobre mí: en otras palabras, todo lo contrario de lo que yo he hecho con Atlas King.

—Así que tú sugieres que, aunque ganemos esta guerra, ¿ninguno de nosotros saldrá libre? —pregunta Marquis.

Los otros están empezando a levantarse y aparece una criada que se lleva los platos sucios.

Atlas sonríe, socarrón, y se pone a recoger los cubiertos, haciendo el trabajo de la criada.

Le entrega las cucharas, provocando que se sonroje y que le insinúe una reverencia, cohibida. Luego él se gira hacia nosotros:

—Eso, amigos míos, depende enteramente de a quién os refiráis con «nosotros».