Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—No quiero parecer maleducada —dice Dodie en voz baja—, pero ¿cómo pueden contribuir tus maquetas a la campaña de guerra?

Serena se está desabotonando el vestido.

—Cada vez son más los dragones que se unen al movimiento rebelde — explica, agitando el cuerpo para dejar caer el vestido, de forma que solo le queda una camisola de seda. Se pone unas medias negras y una falda azul marino—. Y si quieres derrotar a un dragón, tienes que luchar como un dragón, ¿no?

Puedo entender que la aviación —la operación de aviones— y la zoología —el estudio de los animales— estén relacionados en cierto modo con los dragones. Pero ¿el análisis criptográfico?

De pronto llaman a la puerta. El chico de la camisa blanca asoma la cabeza justo en el momento en que Serena se está abotonando la blusa.

—Oh... perdón —dice, apartando la mirada.

Serena le mira con una sonrisa dulce en los labios y de pronto decido que no me cae bien.

—Siento molestaros —añade el chico, tras asegurarse de que Serena está vestida —, pero acaban de llamarnos para la cena.

Sus ojos marrones brillan en contraste con el azul de su uniforme. Observo que se le sigue viendo la camisa blanca asomando bajo la chaqueta.

—Oh, qué hambre tengo —dice Serena.

Dudo que Serena haya pasado hambre ni un solo día de su vida, pero me pongo mi uniforme —dejando mi pase de clase bajo la almohada— y sigo a las chicas al pasillo, donde ya espera Marquis.

—Bonito uniforme —me dice, sonriendo y observando el broche que llevo en la solapa.

—Lo mismo digo —respondo, colocándole bien la corbata.

—¿Y Sophie?

—No quiere saber nada de mí, así que probablemente contigo haga lo mismo.

— Ah.

Observo cómo se dirige hacia la escalera con Serena, justo por delante de Katherine y Dodie.

—Hay una chica de primera clase que dice que Wyvernmire quiere que imitemos a los dragones. Que así es como piensa ganar la guerra.

Marquis ladea la cabeza, intentando decidir si hablo en serio.

—¿Alguno de los chicos es analista criptográfico? —le pregunto.

—Uno —dice Marquis—. Gideon. El alto y guapo. Según parece, habla varios idiomas.

El corazón me da un salto en el pecho. Recuerdo al chico que me ha lanzado esa mirada en el aula.

Si él también es políglota, quizá esto del código sí tenga algo que ver con las lenguas dracónicas.

Me paso la mano por las minúsculas cicatrices del brazo.

Las buenas notas, los reconocimientos, las reuniones de mis padres con los profesores para recibir buenas noticias...

Siempre he conseguido lo que me he propuesto. Y esta vez no va a ser menos.

El comedor está lleno de sombras; la temblorosa luz de las velas emite reflejos que parecen estrellas en las molduras del techo.

Los retratos de las paredes nos observan desde la penumbra y en la larga mesa veo cubiertos de plata y humeantes platos.

Se oye el crepitar de la radio entre la charla comedida del grupo.

Marquis se acerca a Sophie y le susurra algo al oído.

Ella esboza una sonrisa, nada convencida, pero él la abraza, levantándola del suelo.

Me hierve la sangre al verlo. ¿Así que a él le perdona que no le haya escrito, pero a mí no?

Es raro verlos juntos otra vez, como si no hubiera pasado el tiempo.

Mis dos mejores amigos.

Me siento frente a Gideon. Es tan guapo como ha dicho Marquis —alto, con el cabello rubio rizado y la piel rosada—. Me sirvo una cucharada de zanahorias asadas con miel. Él me mira, asiente a modo de saludo, y me pregunto cómo debería iniciar la conversación. Decido ir directamente al grano.

—He oído que tú también eres analista criptográfico...

Gideon, que acaba de meterse un bocado de pollo en la boca, se para a medio masticar.

Echa una mirada a Owen, que está de pie en la puerta, con el fusil al hombro.

—No te estoy pidiendo que infrinjas ninguna regla — me apresuro a añadir—. Ni tampoco quiero meterme en líos. Simplemente tengo curiosidad por saber si trabajaremos juntos.

Vuelve a asentir.

—¿Sabes algo de códigos?

—No —murmura Gideon, con la vista fija en su plato. Toma otro bocado y no vuelve a mirarme.

—Oh. —Me recuesto en mi silla, decepcionada.

En el otro extremo de la mesa, Katherine y Serena están comparando sus pases de clase, que evidentemente no han encontrado el momento de quitarse. Mientras que Katherine lleva el suyo colgado del cuello con un cordel, el de Serena cuelga de una delicada cadena de oro.

—Yo antes solía coser vestidos para chicas como tú —le dice Katherine, con tono de admiración—. Créeme, es mucho más agradable que empaquetar crisantemos, aunque te pinchas los dedos constantemente.

Serena la mira, intrigada. Yo le doy un sorbo al vino.

Es intenso, cálido, y me provoca un cosquilleo en los labios.

—Es una cena algo extravagante para un grupo de inadapta dos, ¿no? — observa Dodie, algo inquieta—. ¿Por qué se han toma do tantas molestias? En realidad, fuera de Bletchley Park nadie sabe que estamos aquí.

Sus palabras me dejan algo intranquila, pero Marquis la mira con una de sus sonrisas arrebatadoras en el rostro.

—Vamos a hacer un trabajo que cambiará el transcurso de la guerra —dice, imitando el tono afectado de Ravensloe—. Somos personas fuertes y sanas, con una mente privilegiada que por fin tienen la ocasión de alcanzar la... ¿Qué era? ¿Respetabilidad? ¿Rejuvenecimiento? ¿Romance?

El comedor se llena de risas.

Los reclutas se quedan mirando a Marquis con admiración, que es lo que buscaba desde el principio. A veces me pregunto si se muestra así de ingenioso con la esperanza de que no se den cuenta de lo que lo hace diferente. Me pregunto si yo también tengo esa misma esperanza.

—Tiene sentido que nos den de comer bien —le dice a Dodie, recuperando el tono serio—. Aunque por lo menos podrían haber encendido la chimenea, claro.

Pongo los ojos en blanco y tomo un bocado de puré de patata. Es lo primero que como desde hace días y me sabe a gloria. Sophie, al otro lado de Marquis, está dando cuenta del pollo asado como si le fuera la vida en ello.

—Sí, claro, vamos a encender luces en el lugar más secreto de Inglaterra para que los dragones puedan verlo desde el aire —responde Katherine, agitando las pestañas y mirando a Marquis, que parece complacido.

Parece ser que Katherine no ha oído lo de las cortinas opacas.

—¿Y tú quién eres, milady? — pregunta Marquis.

Me sirvo más salsa sobre el pollo mientras oigo cómo se ríe mi nueva compañera de habitación. Me temo que va a llevarse una gran decepción.

—Katherine —responde, fijándose en la mejilla magullada de Marquis—. Siempre me han gustado los hombres que saben pelear.

Marquis alarga la mano sobre la mesa, coge la suya y se la besa.