Capítulo 7
Owen nos lleva por las escaleras hasta la primera planta. En las paredes aparece una cantidad obscena de carteles, todos con instrucciones o prohibiciones. En la entrada al Ala Este hay una señal circular con una boca y un dedo encima.
« DISCRECIÓN , NO DISCUSIÓN » , dice la inscripción que hay debajo.
—Las chicas a la izquierda del pasillo, los chicos a la derecha — nos indica Owen, levantando la voz.
Veo a Sophie algo más adelante, hablando con otra chica, y siento un pinchazo de tristeza. ¿De verdad puede hablar con una extraña y conmigo no?
Marquis me coge la mano y me la aprieta.
—Si me necesitas, haz la señal —me dice.
La señal es una serie de silbidos graves que él, Sophie y yo usábamos para encontrarnos cuando éramos niños, cuando nos perdíamos en los búnkeres subterráneos hacinados durante la guerra. Es algo que hemos conservado desde entonces, un sonido que nunca falla.
El chico de la camisa blanca está junto a la puerta del dormitorio de los chicos, jugueteando con algo que lleva en el bolsillo. Cuando ve que lo estoy mirando deja de hacerlo y me sonríe. Aparto la mirada.
—La señal —repito, asintiendo—. Te veo más tarde.
El dormitorio de las chicas es grande y está iluminado con unos apliques de latón en la pared que arrojan una luz mortecina.
Tras las cortinas opacas asoman unos visillos de encaje rosa.
De la pared cuelga un tapiz con la imagen del alfabeto y en la esquina hay un caballo balancín.
Esto debía de ser la habitación de algún niño.
Ahora hay seis camas, muy pegadas entre sí pero perfectamente hechas, con un uniforme sobre cada una de ellas: camisa y corbata de seda negra, una falda de lana azul marino y una chaqueta azul, medias negras y sombrero.
También hay un broche, con la imagen de un dragón que atraviesa un círculo plateado. Podría ser una corona.
O una red.
Sophie se queda con la cama al lado de la mía, la única que queda. Coge la manga de la chaqueta y la deja caer otra vez. Tiene los pómulos hundidos, y una quemadura en la mano que no tiene buen aspecto. La miro fijamente hasta que se ve obligada a devolverme la mirada.
—Hola —digo, sorprendida de la suavidad de mi propio tono —. Me alegro de verte.
Me lanza una mirada fulminante.
—¿Qué estás haciendo tú aquí?
—Yo podría preguntarte lo mismo.
A nuestro alrededor, las otras reclutas también se están presentando entre ellas.
—Ahora soy una inadaptada, ¿recuerdas? —responde Sophie, poniendo los ojos en blanco—. Pero tú y Marquis... deberíais estar en Fitzrovia.
—Tus padres me han dicho que llevas semanas desaparecida...
—¿Has visto a mis padres?
—He dejado a Ursa con ellos... Han pasado muchas cosas, Sophie...
—¿Ursa? ¿Por qué? ¿Dónde están tus...?
—Han sido detenidos —susurro. De pronto siento un dolor en el pecho—. Me han dicho que, si venía a trabajar aquí, los soltarían. — No menciono a Chumana ni el Acuerdo de Paz. Sophie no me creería.
—¿Tú dónde has estado?
—En la cárcel de Granger —responde Sophie, visiblemente satisfecha al ver mi gesto de asombro—. El lugar al que envían a los tránsfugas de clase.
La cárcel de Granger es donde acaba la gente que se resiste a la degradación. De pronto recuerdo los titulares de esta mañana.
—He leído que ha habido una fuga masiva. ¿Tú te has...?
Sophie niega con la cabeza.
—No. No hui con todos los demás. Me reclutaron. Esa mujer... Dolores Seymour... se presentó y habló con muchos de nosotros, pero me escogió a mí. —Sophie se encoge de hombros—. No sé por qué.
—Tus padres me han dicho que has intentado volver a casa muchas veces, pero no saben que te detuvieron.
—Por supuesto que no. ¿Cómo iban a saberlo? — Sophie coge el broche del dragón y le da la vuelta—. ¿Y tú? —añade, fijando sus verdes ojos en los míos—. ¿Cuál es tu excusa?
—¿Mi excusa?
—Para abandonarme. Para fingir que nunca fuimos amigas. Nunca me escribiste, ni intentaste venir a visitarme.
«Así que sí, me odia».
—Marquis me dijo que deberíamos dejar que te adaptaras a tu casa de rehabilitación —miento.
Sophie suelta una risa hueca.
—Está claro que nunca has puesto un pie en una casa de rehabilitación, Viv.
—Yo...
Lo cierto era que, después de que degradaran a Sophie, lo único que yo quería era olvidar. ¿Cómo iba a ir a visitarla en su casa de rehabilitación, sabiendo que era culpa mía que estuviera allí?
—Después del Examen...
—¿No quieres saber por qué detuvieron a mis padres? — digo yo. Estoy dispuesta a reconocer que son rebeldes si eso significa que Sophie deje de hablar sobre su degradación—. Ellos...
—¿Podemos unirnos a la conversación? —Una chica de aspecto pretencioso, con la piel negra y el cabello recogido en unas bonitas trenzas, nos mira fijamente—. Parece que vosotras dos tenéis mucho de lo que hablar.
—Sí, así es —replico, tirando de la manga a Sophie, pero ella se suelta.
—Perdón —le dice a la otra chica—. Vivien no está acostumbrada a que la interrumpan.
El comentario me cae como una bofetada. Miro a Sophie y veo que esboza una sonrisa.
La otra chica también se sonríe y le estrecha la mano a Sophie.
—Serena Serpentine.
Primera clase, pues. La mayoría de las familias de primera clase tienen apellidos de ascendencia dracónica, símbolo de poder y de riqueza.
— Sophie Rundell —dice Sophie, girándose hacia mí.
—Vivien Featherswallow —murmuro, mirando a Serena—. Desde luego, no estoy en disposición de dar mi mejor imagen.
—Yo soy Dodie —dice la chica del cabello rojo, la que le ha hecho la pregunta a Ravensloe. Coge el pase que lleva al cuello y leo en él las palabras «Segunda Clase».
—Katherine —dice una chica pálida y menuda—. ¿Alguna más aquí está en criptografía?
El corazón me da un vuelco.
— Yo —me apresuro a decir. A la porra la discreción.
—¿Tienes alguna idea de qué tipo de códigos vamos a tener que descifrar?
Niego con la cabeza, desanimada al ver que ella tampoco lo sabe.
—A mí me dijeron que iba a trabajar con idiomas.
—¡Desde luego, espero que no sea eso! —exclama Sophie.
—¿Tú también estás en...?
—¿Criptografía? Me temo que sí —dice—. ¿Qué pasa, Vivvy? ¿Pensabas que serías la única?
Aparto la mirada, descolocada. Sophie está en el mismo equipo que yo, que es exactamente lo que esperaba.
Pero se suponía que ella iba a estudiar matemáticas en la universidad.
Si la han escogido para descifrar códigos, quizá este trabajo no tenga nada que ver con las lenguas dracónicas, al fin y al cabo. Quizá Wyvernmire me haya mentido.
Respiro hondo. Eso son buenas noticias. Significa que, si me salvo, también salvo a Sophie.
—A mí me escogieron porque soy buena al ajedrez —explica Katherine—. Esa tal Dolores me reclutó después de que ganara a todo el mundo en la cárcel, incluido al hijo del alcaide, que era campeón de ajedrez.
No le pregunto a Katherine por qué estaba en la cárcel.
—Yo estoy en Aviación — anuncia Serena, levantando una pequeña maleta de cuero y apoyándola en la cama.
¿Por qué a ella le han dejado traer equipaje?, me pregunto.
—¿Cuál es el tercer equipo?
—Zoología —dice Dodie, en voz baja.
—¿Zoología? —suelto—. ¿El estudio de los animales?
—De los animales no —responde Serena—. ¡De los dragones, querida!
Todas nos quedamos mirándola.
—Análisis criptográfico, Aviación, Zoología... Wyvernmire está intentando emular a los dragones. —Su voz es cálida y suave, y desprende confianza en sí misma —. Así es como espera ganar la guerra.
Me siento en mi cama. Así que los códigos que tengo que descifrar tienen que ver con los dragones. Pero ¿cómo?
—¿Eso es hueso de dragón? —pregunta Dodie.
Está mirando el cepillo que Serena acaba de sacar de la maleta. El mango es de un blanco nacarado y contrasta con el negro de las cerdas de pelo de caballo. El uso del hueso de dragón está prohibido desde que se firmó el Acuerdo de Paz.
Serena se encoge de hombros.
—Una herencia familiar. Mi madre me lo regaló antes de enviarme aquí.
—¿Tu madre te ha enviado aquí? —pregunta Dodie.
—Oh, sí —responde Serena, resentida—. Después de que suspendiera el Examen a propósito y me negara a casarme con el hombre que me había buscado ella para mantenerme en primera clase, prácticamente le rogó a Ravensloe que se me llevara.
—¿Por qué ibas a suspender el Examen a propósito? —pregunta Sophie.
Serena se encoge de hombros.
—Estaba aburrida: en primera clase, no es más que unas cuantas preguntas que te hace el examinador mientras tomas el té. Y me apetecía poner frenética a mi madre.
—¿Y ya está? ¿Estás aquí porque el vice primer ministro Ravensloe le ha hecho un favor a tu madre?
—No — responde Serena, lanzándome una mirada ofendida—. De hecho, Ravensloe se negó. Pero mi padre organizó una soirée en nuestra casa para celebrar el compromiso al que yo no estaba dispuesta a ceder y acallar los rumores de que su única hija había sido degradada. Y Ravensloe estaba allí.
Por supuesto. Serena viene de una familia que celebra encuentros con el vice primer ministro.
Es el tipo de persona que se puede permitir arruinar su formación solo por dar un disgusto a su madre: esa temeridad no supone un gran peligro cuando no corres el riesgo de que te degraden a tercera.
Lo peor que le podría pasar a Serena es acabar en una vida en segunda, con algún privilegio menos.
—Yo hago... artilugios —añade—. Así es como los llama mi madre.
Maquetas de aviones y alas, cosas que vuelan.
Es un hobby. Ravensloe me pilló en el vestíbulo intentando rescatar una de mis maquetas de manos de las doncellas que mi madre había enviado para que me vaciaran las habitaciones.
Y le dijo que había cambiado de opinión.
Yo me negaba a asistir a mi fiesta de compromiso, así que mi madre sabía que no iba a ceder.
Se cree que en cuanto vea el trabajo que hay que hacer aquí saldré corriendo y volveré a casa.
Pero no lo haré. Haré el trabajo. Seguiré en primera clase.
Y luego empezaré a vender mis maquetas...