Capítulo 6
Fijo la vista hacia delante mientras Sophie ocupa el último asiento libre.
Noto que Marquis intenta establecer contacto visual, pero yo no me puedo mover.
Es como si de pronto no pudiera controlar mi mente.
Los padres de Sophie me han dicho que llevaba semanas desaparecida.
Y de pronto está aquí. En el Departamento de Defensa Contra Dragones.
El mismo día que yo. Apenas me estoy enterando de una palabra de lo que dice Ravensloe.
—El DDCD se creó tras la firma del Acuerdo de Paz como medida preventiva para protegernos de una tragedia como la que tuvo lugar en Bulgaria...
Poco a poco giro la cabeza para mirar a Sophie.
Lleva su sudadera azul preferida —la que su madre le compró la Navidad pasada —, pero tiene una manga manchada y rota.
Las uñas, que siempre llevaba tan limpias y cuidadas, las tiene mordidas, y los pequeños pendientes de plata que solía llevar en las orejas han desaparecido.
—... reunir datos que puedan ayudarnos en caso de que nos veamos obligados a enfrentarnos a los dragones.
Sophie pasa los dedos sobre el cordón que lleva a la muñeca. No me mira.
¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Y por qué tiene esa pinta, como si hubiera estado caminando sobre el fuego? ¿Ella también ha sido detenida? Ravensloe da un palmetazo sobre mi mesa y me hace dar un respingo.
—Vivien Featherswallow, ¿estás con nosotros?
Sophie no se mueve, pero todos los demás se giran para mirarme. Con el rabillo del ojo, veo que Marquis pone los ojos en blanco.
—Sí, señor —respondo, como si estuviéramos en el colegio.
Ravensloe prosigue con su charla y yo miro a Marquis.
«¿Qué está pasando?», pregunta sin hablar, articulando las palabras con la boca.
Niego con la cabeza y me concentro en lo que dice Ravensloe.
—Ahora que el gobierno se ha convertido en blanco de los ataques de dragones y humanos a la vez, el DDCD se ha convertido en un elemento crucial para la supervivencia de los valores de nuestra nación y de nuestro modo de vida.
—El vicepresidente echa a caminar por el aula—.
Ese es el motivo de que la primera ministra Wyvernmire lleve meses reclutando a las mentes más privilegiadas, personas fuertes y sanas con una serie de habilidades especiales, capaces también de trabajar bajo presión.
—Ravensloe hace una pausa para mirarnos—.
Creemos que vosotros encajáis en esa descripción.
Espero a oír la risita educada que suele seguir a una broma tan mala, pero no acaba de llegar.
Puede que sí, quizá trabaje bien bajo presión — los años de preparación del Examen han dejado su huella—, pero ¿una mente privilegiada?
Se me dan bien los idiomas, es cierto, pero solo tengo diecisiete años.
¿Y Marquis? Prácticamente he tenido que suplicar que le dejaran venir.
—Todos vosotros os habéis encontrado en una situación de re chazo social —prosigue Ravensloe—. Todos sois, de uno u otro modo, inadaptados.
Me ruborizo, sorprendida de pronto conmigo misma de la vergüenza que siento.
«Inadaptada».
Es una palabra triste, que se usa para describir a alguien de conducta extraña, o fuera de lugar, alguien que no sigue las reglas. Nunca imaginé que pudiera usarse para describirme a mí.
—No obstante, gracias a la generosidad de la líder de nuestra nación, todos habéis recibido una nueva oportunidad. La posibilidad de ser alguien. De alcanzar la redención.
El silencio en el aula es palpable. Sophie sigue sin moverse. Levanto la mano.
—Nos dijeron que nos asignarían un trabajo —digo—. ¿De qué se trata exactamente?
Por fin Sophie se gira hacia mí. Su mirada es fría, irreconocible.
—Excelente pregunta — dice Ravensloe.
Hace un gesto al guardia, que se acerca a la puerta y la abre.
Entran dos hombres y una mujer. Uno de los hombres tiene una larga barba blanca; el otro es alto y tiene un aspecto algo raro.
La mujer es guapa, tiene el cabello oscuro y unas gafas rojas demasiado grandes para su cara.
A Ravensloe se le ilumina el rostro al verlos, como si fueran portadores de grandes noticias.
—Cada uno de vosotros será destinado a uno de tres equipos —anuncia—. Estos son los jefes de cada equipo: el profesor Marcus Lumens, el señor Rob Knott y la doctora Dolores Seymour.
La doctora Dolores Seymour saluda con un mínimo gesto de la mano.
—Entre vosotros no habrá distinciones de clase —explica Ra vensloe—. Todos tenéis el mismo estatus y las mismas posibili da des. No obstante, tal como ocurre fuera de Bletchley Park, la contribución es clave. Quien no contribuya al grupo será degradado.
—¿Degradado? ¿Qué hay por debajo de «inadaptado»? —replica Marquis, sarcástico, provocando una risita en la chica que tiene detrás.
Ravensloe se gira y lo mira. De su sonrisa no queda ni rastro.
—¿De verdad quieres saberlo? —responde, sin alzar la voz.
Me quedo mirando a Marquis y por un segundo desearía borrarle de un bofetón esa sonrisa desafiante.
Va a meternos en líos antes incluso de empezar.
Sé que está pensando en nuestra discusión del tren.
La vida de los de tercera clase, los rumores sobre el Acuerdo de Paz y el sistema de clases.
Pero noto una extraña sensación de alivio en el pecho, me siento más liviana.
Si lo único que tengo que hacer es trabajar duro, estaré bien, y mi familia también.
Al fin y al cabo llevo jugando a este juego toda la vida: trabajo, notas, elogios... Ese es mi mundo.
Ravensloe se aclara la garganta.
—Antes de llegar aquí, habéis firmado un compromiso de confidencialidad, igual que todos los que trabajan en el DDCD .
No hablaréis de vuestro trabajo con nadie salvo con otros miembros de vuestro equipo, y eso solo en caso necesario.
Aquí no hay lugar para charlas insustanciales.
Todas las ventanas deben quedar cubiertas con cortinas opacas antes de que anochezca.
Permitir que el enemigo descubra nuestra localización supondría un peligro para nuestras posibilidades de victoria y para nuestras vidas.
Pienso en el ataque del dragón de antes, en St. Pancras, y se me pone la piel de gallina al recordar las llamas extendiéndose por las piernas de los guardias.
—A la gente del pueblo se le ha explicado que estamos aquí solo para realizar labores administrativas —añade Ravensloe—. Si alguien se presentara en esta casa y preguntara, debéis insistir en esa excusa. No podéis enviar cartas ni comunicaros con nadie fuera de Bletchley.
El chico de la camisa blanca hace tamborilear los dedos impacientemente contra el muslo.
—Los turnos serán de siete horas y tendréis los domingos libres.
Trabajaréis estrechamente con los otros miembros de vuestro equipo para completar vuestra misión lo más rápidamente posible.
Si nos proporcionáis la información necesaria para ganar la guerra, seréis libres de reintegraros en la sociedad, en la clase a la que pertenecíais antes de aceptar este trabajo, o en el momento del último censo, la que sea más alta, y se os perdonará cualquier de lito que hayáis cometido.
Me quedo mirando a Sophie, y la imagen de los extremos de mi campo de visión se me nubla.
«O en el momento del último censo».
¿Es cosa del destino que estemos aquí las dos? ¿O es el mayor golpe de suerte que he tenido nunca? El último censo fue hace casi un año, antes del Examen. Antes de que la degradaran. Lo cual significa que, si su equipo tiene éxito, volverá a segunda clase. Volverá a casa.
De pronto se me hace un nudo en la garganta. ¿Nos pondrán en el mismo equipo? Si es así, será mi oportunidad de devolverle lo que le quité. Si todos lo conseguimos, Marquis, Sophie y yo volveremos juntos a la segunda clase.
Es mi ocasión de salvarla.
—¿Hay alguna pregunta? —dice Ravensloe, frotándose la barba otra vez.
En un extremo de mi campo visual veo al chico de la camisa blanca levantando la mano, pero no dejo de mirar a Sophie, esperando que me vea.
—Solo por tenerlo claro, vice primer ministro... ¿a quién nos estamos enfrentando en esta guerra?
La voz firme y profunda del chico me llama la atención, y no puedo evitar girarme. Tiene un acento de tercera clase, posiblemente de Bristol, pero su tono es incisivo como el cristal. Se da cuenta de que lo miro y aprieta los labios, esbozando una sonrisa. Ravensloe entrecierra los ojos.
—A cualquiera que conspire contra el Estado, a cualquiera que colabore con la rebelión, a cualquiera que dé cobijo al enemigo, sea humano o dragón... a esos nos enfrentamos. ¿Te aclara eso las cosas, muchacho?
El chico le aguanta la mirada a Ravensloe, y la sonrisa apenas insinuada se vuelve completa.
—Desde luego, señor.
Aparto la mirada, con el corazón latiendo mucho más rápido que antes. Ravensloe chasquea los dedos y la doctora Dolores Seymour se pone a distribuir dosieres. El mío está dentro de una carpeta marrón con mi nombre garabateado delante con tinta negra.
—Leeréis vuestros respectivos dosieres antes de que sean destruidos —ordena Ravensloe.
Marquis me mira y levanta una ceja justo en el momento en que la sala se llena del ruido del cartón de las carpetas al abrir todos sus dosieres. Yo también abro el mío y leo:
NOMbrE: Vivien Marie Featherswallow
TURNO: 5.00-12.00
POSICIÓN: Invernadero
EQUIPO: Criptografía
¿Criptografía? Releo esas palabras una y otra vez, en busca de cualquier información que se me haya podido pasar, pero no hay nada más.
Siento un nudo en el estómago. Wyvernmire me dijo que necesitaba a alguien que hablara lenguas dracónicas, una políglota.
Yo no sé nada de descifrar códigos. A lo mejor me han dado una carpeta equivocada.
Unos murmullos se extienden por la sala.
Miro a Marquis, que está meneando la cabeza en señal de incredulidad.
Sophie ha cerrado su dosier y ha hundido el rostro en las manos.
Solo el chico de la camisa blanca parece sereno.
De hecho, hasta parece que le hace gracia la situación.
—El guardia 601 os ayudará a localizar vuestros dormitorios —anuncia Ravensloe en el momento en que Owen reaparece en la puerta—.
Los turnos empiezan por la mañana. Os aconsejo que tengáis en mente que estáis participando en una misión gubernamental de máximo secreto que debe completarse con la máxima urgencia. Tenéis tres meses.
«¿Tres meses? ¿Tres meses para ganar una guerra?».
—Desgraciadamente, el grupo anterior no siguió mi consejo.
Un escalofrío me recorre la espalda. Así que no somos los primeros.
Me quedo mirando a los líderes de los tres equipos, pero sus rostros no revelan la mínima emoción.
¿También trabajarían con el grupo anterior?
Los otros reclutas se miran unos a otros, como intentando confirmar que no lo han oído bien.
—Recordad, reclutas, que lo que hagáis aquí contribuirá a determinar el resultado de la guerra.
Y dicho eso, el vice primer ministro y su guardia salen de la habitación.
Los líderes de los tres equipos empiezan a recoger los dosieres y a mí se me dispara la mente.
Tres meses. No es tiempo suficiente, y aun así, es demasiado tiempo para pasarlo lejos de Ursa.
De pronto siento la urgencia de ponerme a trabajar, de descubrir en qué consistirá exactamente este trabajo.
—¿Y bien? —murmura Marquis, comprobando que los líderes de los tres equipos no nos miran antes de acercarse a mi mesa—. ¿Qué te ha tocado?
—Se supone que no debemos hablar de ello —replico.
—Venga ya, prima —insiste Marquis, guiñándome el ojo—. Por una vez en tu vida, intenta no ser la repelente de la clase.
Llevamos ahí cinco minutos y ya quiere infringir las normas.
—Hemos firmado un compromiso de confidencialidad — susurro—. Ravensloe ha dicho...
—Que podemos hablar de nuestro trabajo entre nosotros —insiste Marquis, apoyándose en el borde de mi mesa—. Ambos sabe mos que acabarás diciéndomelo. Así que déjate de tonterías y hazlo ya.
—Muy bien. Me han puesto en Criptografía.
—¿Criptoqué? —repite él, levantando la voz.
—¡Chis! —le reprendo en el momento en que varias cabezas se giran hacia nosotros—. ¿Es que a ti no?
— No —responde Marquis—. A mí me han puesto en Aviación.
—¿Qué? ¿Con aviones?
—¡Y yo qué sé! —responde Marquis—. Tú les has dicho que estudio anatomía dracónica, ¿no, Viv?
Pero ya no le estoy escuchando. Los reclutas empiezan a salir del aula, y Sophie pasa a nuestro lado sin dignarse a mirarnos siquiera.
—¡Sophie! —la llama Marquis.
Ella no le hace ni caso y me da la espalda echándome una mirada de rabia.
—¿De modo que ahora nos odia?
El corazón se me dispara en el pecho.
—¿Por qué iba a odiarnos? No la hemos visto en meses, y no es que sepa...
No acabo la frase, y de pronto siento que se me calienta la cara.
—¿Saber qué? —pregunta Marquis, sacándose un cigarrillo ya enrollado de la bota y colocándoselo tras la oreja.
—Nada —murmuro, poniéndome a la cola de los reclutas y saliendo al pasillo.
Siento una presión en el estómago. Sophie no sabe el daño que le hice, y no pienso permitir que lo descubra. Corregiré lo que hice, y todo volverá a ser como antes.