Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Y cuántas veces has hablado con Sheba?

—responde Marquis, tranquilamente—. Dicen que antes del Acuerdo de Paz había dragones por todas partes.

Y hasta hace un par de décadas aún se los trataba como iguales a los humanos.

Mi padre me dijo que él y mi madre eran amigos de varios de ellos. ¡Eran amigos de los dragones, Viv!

Me quedo mirando los campos con vacas que pasan a toda velocidad al otro lado de la ventanilla.

La madre de Marquis, mi tía Florence, murió cuando nació él.

Ella era de Carolina del Norte, donde los bebés humanos y las crías de dragón comparten nidos.

Marquis solo ha ido a verlos una vez, antes de que se impusiera el cierre de fronteras.

Sopla el humo por la pequeña ventanilla corredera.

—Lo único que digo es que el Acuerdo de Paz y el sistema de clases quizá no sean tan maravillosos como tú crees.

—Estoy al tanto de los rumores —digo yo, pensando en las conversaciones susurradas que he oído en el campus sobre cláusulas secretas y sobre la manipulación de las votaciones—. Y, francamente, me sorprende que te hayas dejado convencer por esos conspiranoicos.

— Y a mí no me sorprende que lo llames conspiranoia simplemente porque no lo entiendes —replica Marquis.

Me giro, contrariada. ¿Qué le está pasando a mi familia? Primero mi padre; ahora Marquis.

—La primera ministra Wyvernmire y la reina Ignacia gana rán esta guerra —afirmo—. Y los rebeldes, nuestros padres, paga rán con su vida.

—No si conseguimos que puedan empezar de cero otra vez —dice Marquis, en voz baja—. Para eso estamos aquí, ¿no? Hacemos el trabajo, le damos al gobierno lo que quiere y nos vamos a casa.

A casa. Marquis tiene razón. Cuanto antes acabe el trabajo, antes regresaré a una vida normal, a una vida en la que mis pa dres no son rebeldes.

Me imagino de nuevo en mi dormitorio, y a Ursa que me despierta subiéndose en la cama.

Dejo vagar la mente por Fitzrovia, por la plaza que hay bajo mi ventana, llena de colorido con su mezcla de artistas, inmigrantes e intelectuales.

Me veo sentada en la biblioteca de la universidad, llena de libros, estudiando en el césped con Marquis, subiendo la escalinata del Banco de Londres y pidiendo que me dejen hablar con Sheba...

Marquis me despierta zarandeándome el hombro.

— Ya hemos llegado.

El tren se ha parado. La pálida luz de la tarde entra por la ventanilla. Me froto los ojos y miro al exterior. El andén es minúsculo y está junto a un enorme roble. El despacho de billetes tiene el tamaño de una cabina telefónica. El cartel dice:

ESTACIÓN DE BLETCHLEY

—¿Bletchley?

Marquis se encoge de hombros.

— Nunca había oído ese nombre.

En el andén nos espera un guardia con el casco bajo el brazo. Es la primera vez que veo a uno sin casco.

Sigo a Marquis y bajamos del tren.

—¿Vivien y Marquis Featherswallow? —pregunta el guardia. Tiene un acento irlandés, y curiosamente eso me reconforta.

—Sí —respondemos al unísono.

—Genial. Soy el guardia 601. Mi nombre real es Owen.

Es la primera vez que oigo el nombre real de un guardia.

Con un gesto señala la carretera, y el corazón se me encoge al ver otro de los elegantes automóviles de los guardias.

—No estaba seguro de cuándo llegaríais —dice Owen, poniéndose al volante—. Habéis ido llegando unos tras otros, desde la madrugada. Parece que desde que ha empezado la guerra el gobierno ha puesto una marcha más.

Dicho eso, se calla y se hace un silencio incómodo en el coche.

Atravesamos una ciudad anónima de edificios de ladrillo y pasamos junto a un campo de juegos desierto.

Hay una fila de personas frente a una verdulería, y una mujer empuja un carricoche frente a una tienda calcinada que probablemente quedaría devastada durante la Gran Guerra y que nunca fue reconstruida. Debe de ser un barrio de tercera clase.

La carretera da paso a unas calles con árboles a los lados y de pronto aparece un lago.

El sol está bajo e ilumina las aguas azul oscuro.

Más allá hay más árboles, un campo y, detrás, una casa de campo.

Es de ladrillo rojo, con unas altas rejas de entrada de hierro que se abren mecánicamente.

Detrás, un pequeño ejército de Guardias de la Paz se echa a los lados para dejar paso al automóvil.

—¡Menudo comité de bienvenida os han puesto! —dice Owen en voz baja, y me pregunto qué le habrán dicho de nosotros.

El coche se detiene en el patio de la casa, de grava blanca.

Me inclino hacia el lado de Marquis para mirar hacia arriba y ver la dimensión del edificio.

Es majestuoso, eso está claro, pero tiene algo de pastiche, con sus pórticos catedralicios y sus leones de piedra góticos, por un lado, y sus terrazas acristaladas y sus ventanales modernos por otro: mamá lo habría clasificado de vulgar.

Pero desde mi posición, envuelto en la suave luz del sol, yo no lo veo pretencioso.

Salgo del coche. Owen nos conduce a la escalinata que da a un vestíbulo con el techo abovedado. Dos escalinatas interiores de roble rodean la estancia hasta un amplio rellano en lo alto.

—Os esperan en el Ala Oeste — anuncia Owen, llevándonos por un pasillo a la izquierda.

Paramos frente a una puerta cerrada y Owen da unos sonoros toquecitos con el puño. Se oye un movimiento rápido, y al entreabrirse la puerta aparece un hombre corpulento con un oscuro traje púrpura. Cuando nos ve abre bien los ojos y se acaricia la corta barba con una mano rolliza.

—Ah, Vivien y Marquis —dice—. Os estábamos esperando.

Reconozco la voz de la radio. Ese hombre es el vice primer ministro Ravensloe.

Entramos en lo que parece un aula universitaria en desuso: todo está cubierto de una gruesa capa de polvo, en penumbra.

Unas cortinas opacas cubren las ventanas y la luz del sol apenas se cuela por los bordes, amenazando con invadir el interior.

En los pupitres hay sentadas varias personas, todas de mi edad más o menos.

Nos miran, y de pronto querría que se me tragase la tierra.

¿Saben por qué estoy ahí? ¿Saben lo que he hecho?

—Por favor, ocupad vuestros asientos —dice Ravensloe, con tono amable—. Nuestra clase ya está casi completa.

Tomo un asiento vacío entre dos chicos. El primero es alto y corpulento, y me mira con rabia cuando lo miro yo.

El segundo tiene los pómulos angulosos y una piel negra brillante que contrasta con el cuello blanco de su camisa.

Tiene la espalda muy recta y parece estar muy atento, como si estuviera a punto de hacer un examen.

Cuando me sitúo en el asiento a su lado, percibo el olor a menta y a tabaco.

Marquis se sienta una fila por delante, algo más a la derecha.

Ravensloe está de pie junto a una mesa en la parte de delante del aula, con un guardia armado tras él.

—Ahí estáis —dice con los ojos brillantes—. La clase de 1923.

Nadie dice nada y el vice primer ministro revuelve unos papeles, como si buscara algo.

— Bueno, pues pongámonos en marcha —anuncia—. Bienvenidos todos al DDCD .

Alguien levanta la mano. Es una chica con gafas y una larga melena de un color rojo intenso.

—Perdone, señor. ¿Qué significa DDCD ?

Ravensloe la mira con condescendencia, como si fuera una pregunta estúpida. Me provoca una profunda sensación de asco.

—Déjame que lo diga de otro modo, jovencita —responde—. Bienvenidos todos al Departamento de Defensa Contra Dragones.

La puerta se abre con un golpetazo y entran otros dos guardias. Entre los dos va una chica con la ropa hecha jirones y el cabello rubio sucio.

—Esta es la última, señor.

El corazón me da un vuelco en el pecho cuando reconozco ese modo de caminar y el cordón rojo en torno a la muñeca de la chica. De pronto me quedo pálida. La chica levanta la vista.

Me quedo mirándola y siento la piel de gallina en todo el cuerpo.

Nuestros ojos se encuentran y veo que le tiembla el labio inferior.

— Excelente —dice Ravensloe—. Clase, dejadme que os presente a nuestra última recluta. Se llama...

—Sophie —anuncia ella—. Me llamo Sophie.