Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

La estación de St. Pancras es un caos. El gélido aire de noviembre se cuela por mi abrigo, haciéndome tiritar.

Los guardias dejan que me lave y me ponga ropa limpia antes de subir al mismo tipo de auto móvil con el que se llevaron a mis padres.

Me pongo el suéter y la falda que me dan, demasiado pequeña, intentando no pensar a quién debieron de pertenecer antes.

Me dicen que Marquis nos seguirá en otro coche.

Pero mientras observo a la gente que corre para subir a los trenes, tirando de sus maletas y de niños que lloran, no veo ni rastro de mi primo.

—¡Britania está en guerra otra vez!

El vendedor de periódicos ha aparcado su carrito frente a la taquilla, donde un hombre que lleva en un carrito un violonchelo y otros instrumentos gesticula con vehemencia.

La voz del vendedor de periódicos resuena en la estación.

En ese momento llega un tren que frena emitiendo una humareda de vapor.

Es pequeño, viejo y azul. Algo me dice que no voy a necesitar billete.

—¿Estáis seguros de que es este? —le pregunto al guardia que tengo más cerca.

Él asiente, oculto tras el visor de su casco, y me empuja hacia el tren.

A través de la ventanilla veo los asientos vacíos.

Subo a bordo, pero mis acompañantes se quedan en el andén.

Mi abrigo, lo único mío que me han permitido conservar, aún huele a humo de dragón.

Encuentro un vagón y me siento junto a la ventanilla, con el vientre encogido del miedo.

Marquis no está aquí. Tenía que habérmelo imaginado, ¿no? Como si la primera ministra fuera a acceder a las peticiones de una delincuente de diecisiete años.

Noto el calor de las lágrimas, pero parpadeo para enjugármelas: no voy a llorar mientras los guardias me miran. Encuentro un periódico encajado en el lateral del asiento y lo saco. En la portada hay un gran anuncio de Selfridges promocionando gabardinas para señora; paso la página.

SE MANTIENE EL ACUERDO D E PAZ : EMPIEZA LA GUE RRA CONTRA LOS REBEL DES , dice el primer titular.

«La guerra contra los rebeldes».

Vuelvo a pensar en las numerosas conversaciones de medianoche de mis padres.

Todo ese tiempo debían de hablar sobre reuniones secretas, atentados o lo que fuera que suelan discutir los rebeldes.

¿Cómo han podido hacernos eso a mí, a Marquis, a Ursa?

Leo el resto de titulares, intentando no agitarme.

ATENTADO EN LON DRES PROTAGONIZADO

P OR UNA COALICIÓN DRA GÓN - HUMANO

DE LAS P ROTESTAS AL GOLPE DE ESTADO :

EL PRIMER PA RTIDO INTERESPECIES

DECLARA LA GUERRA

F UGA MULTITUDINARIA

D E LA CÁRCEL DE GRANG ER

Doy unos golpecitos nerviosos con el pie en el suelo.

No es de extrañar que Rita Hollingsworth se negara a publicar los últimos artículos de mamá si el gobierno sabía que era una rebelde.

Pero la idea de que la Academia desincentivara el aprendizaje de lenguas dracónicas me parece algo extrema: me parece imposible que Hollingsworth estuviera de acuerdo.

De pronto el tren se pone en marcha, alejándose de la estación. Me lanzo a la ventanilla.

—¡Mi primo! —les grito a los guardias—. ¡No está aquí!

Una llamarada envuelve el andén.

Me encojo y retrocedo, tropezando y golpeándome la rodilla con el brazo del asiento.

Los guardias se giran y apuntan hacia arriba con sus pistolas justo en el momento en que un dragón atraviesa el techo de cristal de la estación.

La gente huye despavorida en todas direcciones, pero sus chillidos casi no se oyen con el estruendo de cristales rotos y el chirrido de los hierros.

El vientre del dragón, de un color violeta intenso, roza el andén y con la cola cubierta de púas derriba una columna de piedra.

Gira la cabeza hacia el departamento de equipajes, y al hacerlo sus escamas hexagonales brillan como si fueran de metal.

Con los cuernos que le salen de debajo de la barbilla ensarta el carrito de un porteador y lo lanza al aire.

Lo último que veo mientras el tren se abre paso entre la lluvia de escombros es la imagen de los guardias que me han traído al tren envueltos en llamas.

La puerta del vagón se abre violentamente y me doy la vuelta de golpe.

De pie en el umbral, con el cabello enredado y una herida amoratada bajo el ojo, está Marquis. Me echo a llorar. En su afán por venir a mi encuentro, Marquis está a punto de caerse, pero no lo hace, y otra vez respiro el dulce olor a hogar.

—¿Estás bien? —pregunta con torpeza, como si simplemente nos hubiéramos citado para asistir a una conferencia sobre lenguas dracónicas. Y luego—: ¿Cómo narices has conseguido sacarme de ahí, Viv?

—Pensé que no venías —digo en voz baja, mientras nos separamos—. Pensé que me habría mentido.

—¿Quién?

— Wyvernmire.

—¿Has hablado con Wyvernmire?

Asiento. Nos sentamos, y por un momento nos quedamos callados, mirando los altos edificios grises que van pasando a toda velocidad por la ventanilla, mientras el tren se aleja de Londres.

—¿Qué ha pasado ahí fuera? —pregunta Marquis.

—Un dragón ha atacado la estación —respondo—. Ha prendido fuego al andén. Creo que los guardias que me acompañaban han muerto.

—Pues mejor —murmura Marquis.

Me estremezco y señalo el corte que tiene en el rostro.

—¿Eso te lo han hecho ellos?

—Sí, y luego me han dicho que mi prima había negociado mi liberación. —Se pasa los dedos por el cabello—. Viv, ¿quieres decirme qué narices está pasando?

Se lo cuento todo, desde cómo dejé a Ursa con los padres de Sophie hasta el encuentro con Wyvernmire. Él responde con una retahíla de palabrotas.

—¿Le has arrancado el detonador a la dragona de la biblioteca?

— He hecho algo peor que eso —respondo, con la voz entrecortada—. He iniciado una guerra.

Marquis sonríe.

—¿Que tú has iniciado una guerra?

—Lo que hizo Chumana..., lo que yo la ayudé a hacer, fue una violación flagrante del Acuerdo de Paz. Los rebeldes lo han visto como una especie de luz verde, y ahora hay una guerra civil, y es todo culpa mía.

Marquis se saca un paquete de tabaco de la bota.

—Los rebeldes llevan planeando el golpe de Estado desde hace meses —dice él, echando mano de un papel de fumar—. Todos sabíamos que iba a pasar. Ya has leído los periódicos: incluso has visto una de sus protestas tú misma.

De pronto veo ante mí el rostro de la chica de tercera clase muerta.

—Pero el incendio de Downing Street fue la gota que colmó el vaso. Wyvernmire dijo...

—Da la impresión de que está intentando que te culpes —dice Marquis, mientras se lía el cigarrillo —. Cuando en realidad sabía, como cualquier hijo de vecino, que esta guerra estaba al caer.

—Si aún se mantiene el Acuerdo de Paz es porque no ordenó al ejército de que respondiera al ataque —insisto, angustiada—. Lo que hice... podría haber desencadenado una guerra entre especies.

—A mí me da la impresión de que estás intentando atribuirte el mérito de algo que está muy por encima de tus posibilidades.

Frunzo el ceño.

—No quiero atribuirme ningún mérito —replico—. Yo no quiero tener nada que ver con los rebeldes.

Se hace el silencio, y mis palabras caen pesadamente en el espacio que hay entre los dos.

—¿Tú lo sabías? —pregunto, mirando a mi primo fijamente—. ¿Lo de nuestros padres?

Marquis deja escapar el humo del cigarrillo por entre los dientes.

— No digas tonterías. ¿Tú lo sabías?

—No. —Noto que me tiembla el labio, así que me lo muerdo para frenar el temblor—. ¿Cuánto tiempo crees que llevaban implicados?

—¿En la rebelión? Por lo que he leído, la coalición entre humanos y dragones rebeldes es bastante reciente. Y, conociendo a tu madre, seguro que fueron los dragones los que la involucraron.

—Pero ¿por qué querría formar parte de algo así? Llevaban una vida normal, hasta buena...

—No creo que fuera por sus vidas —dice Marquis—. Es por la vida de los de tercera clase, por las injusticias a las que sometieron a los dragones en aras del Acuerdo de Paz...

—¿Injusticias? ¿De qué estás hablando? —replico—. Los dragones aceptaron el Acuerdo de Paz. Eso y el sistema de clases han funcionado bien durante años.

— Pero no todo es bueno, ¿no?

Me quedo mirándolo, expectante.

—La limitación de movimientos, para empezar —dice Marquis. Yo pongo los ojos en blanco.

—El cierre de fronteras se decretó para evitar la superpoblación.

—Si hubiera estado en vigor cuando se produjo la Masacre de Bulgaria, tu madre estaría muerta y tú no estarías aquí —responde Marquis.

Cierro los ojos, recordando al guardia que llamó a mamá sabandija búlgara. En eso mi primo lleva razón.

—Y tampoco me parece justo que haya cosas que nosotros podemos hacer, lugares a los que podemos ir, y que la gente de tercera clase no pueda.

Cuando tenía doce años vi cómo se llevaban a una niña de la biblioteca pública porque era de tercera clase.

La registraron y le vaciaron los bolsillos, que tenía llenos de páginas arrancadas de Cuento de Navidad , de Dickens.

Me impresionó su acto de vandalismo, pero aún más su determinación de acceder a la literatura.

El sistema de clases fomenta la ambición, me explicó más tarde el tío Thomas.

¿Habría deseado tan desesperadamente leer el libro esa niña si lo tuviera permitido?

¿Sería yo tan buena estudiante si, tal como decía papá, no sintiera la amenaza de la tercera clase flotando sobre mi cabeza?

—¿No te molesta saber que estás aprendiendo lenguas dracónicas en un país que mantiene la interacción entre humanos y dragones reducida al mínimo? —me pregunta Marquis.

—Sí que interactuamos con los dragones — respondo yo, indignada—. Pasamos junto al nido que hay sobre la Biblioteca Británica a diario, y hay una dragona plateada que cuenta el dinero en el banco... —Hago una pausa, intentando recordar su nombre—. Sheba.