Capítulo 4 #2
Me sonríe, y tengo toda la impresión de que ese no es un gesto que le resulte natural.
—¿Por qué si no iba a pedirte la universidad tantas referencias?
Referencias. Necesitaba cinco, pero para cuando llegó el día de la solicitud solo tenía cuatro. Por eso fui a ver a la señorita Morris, que me pidió que...
No, no puedo pensar en eso ahora.
—Las investigaciones protocolarias realizadas tras tu solicitud sacaron a la luz algunas irregularidades relacionadas con tus padres y tu tío —prosigue Wyvernmire—. Forman parte de un grupo de simpatizantes de la Coalición de la segunda clase.
—Pero eso es imposible —murmuro—. Mis padres siempre se han mostrado estrictos con respecto a la separación de clases, y asistimos a la Celebración del Acuerdo de Paz cada año...
—Vivien —dice Wyvernmire, mostrándose paciente—, estoy convencida de que no sabías nada de los actos delictivos de tus padres. No obstante, mis guardias te han visto infringir el arresto domiciliario, dejar a tu hermana en una casa de Marylebone y colarte en la Universidad de Londres.
«Saben dónde está Ursa» .
—El sábado por la noche no solo liberaste a una dragona ase sina. Le pediste que cometiera un acto de terrorismo contra el 10 de Downing Street, lo cual supone una violación directa del Acuerdo de Paz entre los humanos y los dragones de Britania.
La primera ministra Wyvernmire posa la taza de té y me mira fijamente con sus ojos verdes, sin parpadear.
—Has iniciado una guerra.
El corazón me late tan fuerte que oigo mi propio pulso.
—¿Una guerra?
—Te habrás dado cuenta, ¿no?
Miro por la ventana justo en el momento en que pasa un dragón volando, tan cerca del edificio que veo las plumas verdes de su ala. El té se revuelve en el interior de mi estómago vacío. Levanto la cabeza y miro a la primera ministra Wyvernmire.
—Mi ejército ya está preparado para atacar a los dragones en represalia —prosigue—. Se han roto todas las alianzas. Y el caos que has creado ha dado a los grupos rebeldes la ocasión de lanzar ataques contra mi gobierno.
Se oye un murmullo en la calle. Las ventanas tiemblan. ¿Qué he hecho? La habitación da vueltas a mi alrededor. ¿Por qué no me he ido de Londres, tal como me había dicho mamá?
—Lo siento —murmuro—. No quería que pasara todo esto. Yo solo quería tener a mis padres en casa otra vez.
— El Acuerdo de Paz nos ha mantenido a salvo durante cincuenta y siete años —añade Wyvernmire—.
Por suerte llevo un tiempo haciendo preparativos por si se rompía.
—Hace una pausa—. Mientras los rebeldes se han pasado las últimas veinticuatro horas lanzando ataques por todo el país, yo las he empleado en conversar con la reina Ignacia, que no se hace responsable de la acción del dragón que te ayudó a iniciar esta guerra, y ha ordenado su aniquilación.
Pienso en Chumana, que por fin ha alcanzado la libertad para morir poco después en pleno vuelo.
—Y hemos llegado a un acuerdo.
Asiento, pero no entiendo una palabra de lo que dice la primera ministra. Solo puedo pensar en que la situación sería mucho mejor para Ursa si me hubiera quedado en casa.
—El Acuerdo de Paz seguirá vigente —dice Wyvernmire—, pero aprovecharemos este intento de romperlo como una ocasión para aplastar a los rebeldes, tanto humanos como dragones. El movimiento rebelde está atacando y debemos defendernos.
—Entonces... ¿es el inicio de una guerra civil? ¿Con el gobierno y la Reina Dragona en un bando y los rebeldes en el otro?
— Correcto —responde Wyvernmire—. La cuestión, Vivien, es esta: ¿en qué bando estarás tú?
Se hace el silencio. El reloj de la pared cuenta los segundos que dura.
—No lo entiendo —digo yo—. Yo he roto el Acuerdo de Paz. Mis padres son rebeldes. Ahora soy una delincuente, ¿no?
Wyvernmire inclina el cuerpo hacia delante.
—¿De verdad hablas nueve idiomas con fluidez?
—Sí... —respondo—. ¿Eso qué importa ahora? Tres idiomas humanos y cinco lenguas dracónicas... seis si contamos el komodonés.
Wyvernmire cruza las manos sobre el regazo.
—La campaña de guerra requiere de las habilidades de una políglota — me explica, sin inmutarse—. Alguien con un talento único para descifrar... significados.
Parpadeo.
—Actualmente tu familia se enfrenta a la pena de muerte —añade—. Tu hermana quedará huérfana y será enviada a una casa de acogida de tercera clase, y la familia con la que la has dejado será castigada por acoger a la hija de unos rebeldes...
—¡No! —protesto—. Solo están haciendo lo que haría cualquier persona decente.
El gesto de Wyvernmire se vuelve glacial.
—Vivien, te estoy ofreciendo una oportunidad única —dice—. Te ofrezco un trabajo.
«¿Un trabajo?».
De pronto me veo en un campo de trabajos forzados, y veo pasar ante mis ojos una vida llena de dolor y esfuerzo.
—Si aceptas, y lo haces bien, entonces, y solo entonces, tu familia quedaría perdonada.
El corazón me da un vuelco en el pecho.
«¿Esto es verdad?».
—Tus padres y tu tío no podrán ejercer sus profesiones actuales. No obstante, se les permitirá buscar otro tipo de trabajo —dice Wyvernmire—. Y a ti, después de demostrar tu lealtad al gobierno, se te permitirá volver a tus estudios.
—¿Y mi primo? —pregunto—. Él es el más inocente de todos nosotros.
—Él también será perdonado.
Resoplo, temblorosa. No sé si perdonaré nunca a mamá y papá por lo que han hecho, pero al menos puedo salvarles la vida. Al menos puedo conseguir que vuelvan a casa.
—¿En qué consiste el trabajo?
— Me temo que no te lo dirán hasta que llegues allí.
Wyvernmire echa una mirada a su reloj de pulsera de oro.
—¿Aceptas?
Hago una pausa deliberada y le doy un sorbo al té, fingiendo que tengo alguna posibilidad de elección.
—¿Dónde estará mi familia mientras tanto?
—En Highfall.
Se me encoge el estómago. Así que están aquí.
—Y mi hermana y sus... cuidadores... ¿Estarán a salvo?
—Por supuesto —responde Wyvernmire—. A menos que no cumplas con el trabajo que se te asignará.
Asiento lentamente, sintiendo de nuevo un soplo de esperanza.
La luz del sol atraviesa la ventana, envolviendo a la primera ministra en luz dorada.
Ahí tengo a la mujer que tanto he admirado siempre, justa y digna, que impone respeto como un hombre.
Fue una de las primeras mujeres de Britania en ir a la universidad, y ha hecho tanto por la nación como Hollingsworth en la Academia.
Me doy cuenta de que Wyvernmire no hace más que cumplir con su trabajo.
El trabajo que hace que la sociedad siga adelante.
El trabajo con el que ha conseguido mantener intacta la alianza entre los dragones y los humanos de Britania, aun después que, por mi culpa, quedara colgando de un hilo.
Y ahora me ofrece la oportunidad de borrar los dos últimos días como si no fueran más que una horrible pesadilla.
«Tu dominio de los idiomas te ha salvado, Vivien, y volverá a salvarte».
—Muy bien —digo—. Pero tengo una condición.
— No estás en posición de regatear.
—Mi primo Marquis. Es inteligente; estudia anatomía dracónica. Dele también un trabajo a él.
Wyvernmire se me queda mirando.
—No.
—¡No puede quedarse aquí, no ha hecho nada malo! —exclamo, envalentonada al darme cuenta de que la primera ministra del Reino Unido acaba de dejarme claro que me necesita—. Inclúyalo en el paquete y los dos la ayudaremos a ganar esta guerra.
Se queda un buen rato escrutándome el rostro, como si buscara en él una mentira.
—Muy bien —responde por fin.
De pronto me siento como si flotara.
—Pero, si fallas, tu primo acabará colgado en el patíbulo, igual que el resto de tu familia.
Asiento.
—Acepto su oferta.
Wyvernmire echa mano de su maletín y saca un puñado de folios escritos a máquina.
—Antes de ir a ningún sitio, la Ley de Secretos Oficiales dicta que firmes el compromiso de confidencialidad. Al hacerlo, juras de por vida no revelar los detalles de la misión que estás a punto de asumir. ¿Lo entiendes?
— Sí —respondo, cogiendo la pluma que me tiende.
Echo un vistazo rápido a la página y veo palabras como SECRETOS , DRAGONES y DIREC TRICES DEL GOBIERNO . Pero no tiene sentido leerla. Este trabajo es mi única esperanza.
Firmo el documento y Wyvernmire asiente, satisfecha. Luego le hace un gesto al guardia con la cabeza.
— Llévate a la señorita Featherswallow para que se lave.
De pronto observo el estado de mis pantalones, manchados de sangre de dragón.
—Y libera al chico —añade Wyvernmire—. Se van al DDCD .
—¿Puedo hacer una pregunta? —digo, en el momento en que el guardia me acompaña a la puerta, esta vez sin esposarme.
—Una —responde Wyvernmire.
— La dragona, la que quemó su despacho... ¿Ya ha sido destruida?
La primera ministra frunce el ceño.
—No. De momento esa rebelde en particular sigue viva.