Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

«Estás detenida por romper el Acuerdo de Paz».

Estirada en el catre de mi celda, doy vueltas a esas palabras una y otra vez.

Levanto la cabeza, me siento y trago saliva, con la garganta seca como el papel de lija.

¿Por qué he corrido el riesgo de ir a ver cómo quemaba Chumana la oficina de Wyvernmire?

¿Por qué no me he ido directamente a casa?

La luz del alba se filtra por el ventanuco de la celda y de pronto siento un pinchazo de dolor en el corazón.

Ursa se despertará en una casa extraña con gente que apenas conoce.

¿Llorará cuando se dé cuenta de que me he ido?

¿Pensará que la he abandonado para siempre?

¿Qué hará el Estado con la hija abandonada de una familia de rebeldes?

La sensación de culpa me oprime el pecho y gimo entre sollozos; apenas puedo respirar.

Pensaba que no podría hacer nada peor de lo que le había hecho a Sophie en verano.

Pero ahora la sombra de desolación que dejó en mí esa decisión —la sombra que siempre consigue eclipsar cualquier cosa buena que me pase— se ha hecho aún mayor.

Es como si no pudiera dejar de cometer errores que hacen daño a la gente que más quiero.

Cierro los ojos y digiero la culpa, más dolorosa que los azotes con la vara o que la humillación que supuso que Hugo Montecue pasara de mí cuando por fin reuní el valor suficiente para quitar me sus manos de encima. Quiero sentir hasta la última gota de esa culpa.

«No cometas errores si no estás preparada para asumir las consecuencias», me decía siempre mamá.

Este dolor es la consecuencia de mis acciones.

Me paso el día mortificándome, con la vista fija en el pedazo de cielo que se ve a través de la ventana.

Aguanto todo lo que puedo hasta que me veo obligada a usar el orinal de la esquina, y en el momento en que por fin me agacho para hacer mis necesidades oigo un estruendo que reverbera por todo el edificio.

En el exterior se oyen chillidos. Cuando el sueño me vence por fin, las estrellas ocupan el lugar de las blancas nubes.

Y cuando me vuelvo a despertar el sol luce en el cielo y en la puerta se oye el golpeteo de un pestillo metálico.

«Mantén la calma —me digo —. No pueden demostrar nada».

—¡En pie! —me ordena un guardia, oculto tras su casco.

Me levanto.

—Brazos fuera.

—Llevo aquí un día y una noche enteros —le digo, mientras me registra—. Aún no me han leído los cargos de los que se me acusa.

—El despacho de la primera ministra ha sido incendiado —dice el guardia—. En la escena del crimen se os ha visto a ti y a un dragón.

—En ese caso, yo creo que lo más probable es que sea el dragón quien ha incendiado el edificio, ¿no cree?

Las tripas se me revuelven como serpientes. Pero ¿qué me pasa? Si quiero salir de aquí, voy a tener que mostrar la versión de Viv Featherswallow más apocada, la de la escolar inocente, no la de la rebelde rabiosa que se cuela en los edificios armada con el cortaplumas de su padre.

— Manos a la espalda.

El guardia me esposa y me saca de la celda a empujones.

En el pasillo hay montones de celdas idénticas a la mía.

¿Estarán mis padres en alguna de ellas? ¿O Marquis?

Me mete en un ascensor, más brillante y moderno que el de la biblioteca, y subimos varias plantas.

Frena abruptamente y salimos a un pasillo enmoquetado que huele mucho a té.

De una de las paredes cuelgan fotografías de personas de aspecto importante y en el centro hay una copia enmarcada del Acuerdo de Paz, firmado por la reina dragona Ignacia con su propia sangre.

La firma del antiguo primer ministro, con su estilográfica, debió de resultar bastante patética en comparación.

Echo un vistazo a las palabras impresas, líneas y más líneas de promesas y cláusulas negociadas entre humanos y dragones.

Ese mismo documento ocupaba un lugar de honor en todas las aulas por las que he pasado.

Mi única oportunidad es convencer a quienquiera que dirija la cárcel lo muy de acuerdo que estoy con él.

El guardia me lleva a una pequeña sala iluminada con lámparas eléctricas de poca potencia. Junto a las paredes hay unos feos archivadores y sobre una mesa, en el extremo de la sala, hay una maqueta de lo que parece una ciudad en miniatura, con dragones de papel suspendidos en el aire.

—Siéntate —me ordena el guardia, indicándome una butaca. Obedezco. En una mesita hay una tetera humeante y dos tazas preparadas junto a una caja de hojas de té.

—Esto es un error —le digo al guardia, que ha ocupado su posición junto a la puerta—. Yo estoy a favor del Acuerdo de Paz. Es lo que evita que humanos y dragones se maten unos a otros. ¿Por qué iba a...?

Una mujer alta entra en la sala. Me muerdo la mejilla con tal fuerza que noto el sabor a sangre.

La primera ministra Wyvernmi re lleva un largo abrigo oscuro y un broche en forma de garra de dra gón, símbolo de su compromiso con el Acuerdo de Paz y con la Reina Dragona.

Su rojo cabello está perfectamente peinado y sujeto con laca de tal modo que le crea una especie de halo en torno a la cabeza.

En su rostro, pálido como la leche, se observan algunas líneas de expresión. Es mayor de lo que me imaginaba.

—Buenos días, señorita Featherswallow.

Su voz suena exactamente igual que en la radio: suave e inflexible. Se sienta en la butaca justo enfrente de la mía. Abro la boca, y luego vuelvo a cerrarla. Estoy en presencia de la primera ministra de Britania. Esposada.

—Bienvenida a la cárcel de Highfall, donde están encarcelados los rebeldes más radicales del país, con el máximo nivel de seguridad.

La primera ministra Wyvernmire entrecierra los ojos.

—Deberías sentirte como en casa.

Me encojo en mi asiento.

Los rebeldes son unos zánganos que evaden impuestos o, como mucho, anarquistas violentos. He leído los artículos de periódico sobre los actos de vandalismo, las bombas en los buzones, los intentos de asesinato.

—No, no es así — respondo, azorada.

—Perdóname, pues —dice Wyvernmire, sirviendo el té—. Simplemente he pensado que, dado que tus padres son...

—No tiene ninguna prueba contra mis padres —digo, y al momento me arrepiento.

—Desgraciadamente, tienes razón —responde Wyvernmire—. Las pruebas recogidas por mis guardias han quedado destruidas en un incendio que arrasó el 10 de Downing Street en la madrugada de ayer. Pero por supuesto eso ya lo sabes.

El estómago se me encoge. Toda la determinación que sentía antes se ha desvanecido de pronto.

—En cualquier caso — prosigue Wyvernmire—, tenemos testigos oculares dispuestos a testificar en relación con los delitos cometidos por tus padres. Es curioso lo dispuestos que se muestran a traicionar a sus camaradas los insurrectos más radicales cuando ven que se juegan el cuello.

Noto el calor en las mejillas.

—Mis padres no son insurrectos. Y yo tampoco.

Wyvernmire me acerca la taza de té.

—Tú has liberado a una dragona asesina de su celda en la Universidad de Londres, convenciéndola de algún modo para que prendiera fuego a mi despacho, lo que te convierte en responsable de un incendio premeditado.

¿O vas a decirme que la destrucción de las pruebas que relacionan a tus padres con la rebelión contra mi gobierno es una mera coincidencia?

Me quedo mirando el suelo, avergonzada.

—¿Sabes cómo llamamos a los ataques lanzados contra edificios gubernamentales, Vivien?

—Terrorismo —susurro.

—Chica lista.

De pronto empiezo a asimilar la dimensión de lo que le pedí a Chumana.

—Pero lo que más me interesa es saber cómo conseguiste convencer a esa dragona para que hiciera lo que le pediste —añade Wyvernmire—.

Tus acciones no han hecho más que incriminar aún más a tus padres, y de paso a ti también.

Sin embargo..., creo que tienes muchas posibilidades.

Le has creado una muy buena impresión a Rita Hollingsworth.

—No quiero volver a ver a esa mujer nunca más.

— Primera de tu clase durante doce años seguidos. Hablas fluidamente nueve idiomas. La niña de los ojos de tus padres.

Wyvernmire le indica con un gesto al guardia que me quite las esposas. Me froto las muñecas doloridas y le doy un sorbo al té, caliente y dulce.

—Querida niña —me dice la primera ministra—. ¿Cómo se te pudo pasar por la cabeza algo así?

Su tono amable me descoloca. Mis lágrimas se mezclan con el vapor de la taza de té. Hace dos días, mi único objetivo era conseguir una beca de prácticas en el departamento de traducción de la Academia, pero ahora probablemente no vuelva nunca a la universidad.

—Mis padres son buenas personas, yo solo quería ayudarlos —digo, lentamente.

—Tomaron una decisión que desgajó la familia —señala Wy vernmire, recuperando su tono severo—.

Han usado sus puestos de influencia en la sociedad para ayudar al movimiento rebelde.

Y te lo han ocultado deliberadamente, llevándote a tomar una decisión que ha acabado con todas tus posibilidades de alcanzar tus sueños, con la posibilidad de dejaros huérfanas a ti y a tu hermana.

Respiro hondo.

—Todo esto es un error — insisto, balbuciendo—. Mi madre trabajaba para la Academia; mi tío está en el ejército...

—Hemos estado vigilando tu casa durante meses —dice Wyvernmire—. Desde que solicitaste el ingreso en la universidad. Las personas que entran y salen de tu casa son conocidas...

—Perdón —la interrumpo—. ¿Ha dicho desde que solicité el ingreso en la universidad?

—No permitimos que cualquiera se matricule en Lenguas Dracónicas, Vivien.

—¿Ah, no?

—En las últimas décadas se ha registrado un aumento sustancial de rebeldes y disidentes, sobre todo entre los que tienen trabajos que suponen un contacto regular con... dragones.

La primera ministra cierra los ojos como si esa última palabra le hubiera provocado un dolor físico.

— Hemos observado que es mejor limitar el estudio de las lenguas dracónicas, o al menos dejarlas en manos de ciudadanos de lealtad contrastada.