Capítulo 3 #2
—He venido a ofrecerte un trato —propongo.
Chumana hace un ruidito que solo puede ser una risa.
—¿Qué tipo de trato podría ofrecerle una niña humana a una dragona condenada?
Me hace vacilar, pero solo por un segundo.
—Escapar —respondo—. La libertad. Venganza.
—No sabes lo que dices — responde Chumana, que respira hondo y se gira.
—¡Puedo quitarte el detonador! —insisto—. Después de eso, podrías irte volando sin más. Pero primero... —Hago una pausa—. Primero necesito que reduzcas a cenizas la oficina de la primera ministra Wyvernmire.
La dragona se gira de nuevo para mirarme.
—¿Me estás exigiendo obediencia?
—¡No! —protesto—. Ya te lo he dicho. Sería un trato. Entre iguales.
Chumana se ríe otra vez y siento que me ruborizo.
—¿Te atreverías a hacer un trato con una dragona?
Pienso en el gesto horrorizado de Marquis, en el llanto de Ursa, en mi madre, a solas con esos guardias.
—Sí.
—¿Sabes qué pasará si lo rompes?
La voz de Chumana es tan seductora como el contacto de la seda sobre la piel desnuda.
—Me matarás —respondo, sin más.
La dragona asesina se queda mirándome, y sus ojos de color ámbar adquieren un tono más oscuro.
—¿Quemar el despacho de Wyvernmire? — susurra—. Sería un placer.
El corazón me da un vuelco en el pecho otra vez, pero me limito a asentir, intentando mostrarme tranquila.
—El detonador —digo, señalando el espacio entre sus alas con un gesto de la cabeza.
Marquis me ha hablado de los detonadores usados con los dragones; me ha contado que fueron parte de la negociación del Acuerdo de Paz, en el que se estipuló que se usarían solo con los dragones criminales.
La cajita plateada no es más grande que mi mano, pero, si mal no recuerdo, está llena de cristales de fulminato de mercurio.
—¿Tienes una cuchilla, niña humana? —dice Chumana—. Ambas sabemos que no podrás quitármela con los dientes.
Contengo una sonrisa. ¿Así que los dragones son capaces de hacer chistes? Saco el cortaplumas de papá y Chumana suelta un bufido socarrón.
—Eso no haría la mínima mella en mi piel —dice, y levanta una garra, señalando la librería—. Encima de la mesa.
Vuelvo al interior y Chumana me sigue, arrastrando su larga cola como una serpiente.
Colgada de la pared, por encima del escritorio, hay una espada enmarcada tras un cristal.
Me subo a la mesa para descolgar la pesada urna de la pared y la dejo en el suelo.
Chumana me observa, y de sus fosas nasales veo que sale un hilillo de humo.
—¿Por qué han dejado esto aquí, junto a una prisionera? —pregunto, mientras busco algo pesado en los cajones del escritorio.
—¿Se te ocurre que algún humano pudiera querer arrancarle un peligroso explosivo de la espalda a una dragona asesina? — responde Chumana.
Me encojo de hombros. Apuesto a que la chica de tercera clase que vi cómo asesinaban en la protesta lo haría.
Solo que la gente como ella raramente se acerca a las bibliotecas de las universidades.
Siento en la mano el contacto de algo redondo y frío y saco un pisapapeles del cajón. Lo lanzo contra la urna de cristal, que se rompe en pedazos. Luego saco la espada con mucho cuidado. Pesa mucho; sin duda es de verdad. El mango está algo oxidado, pero la hoja está afiladísima.
—Vale —digo, dándome la vuelta. Chumana está de pie entre dos estanterías, esperando—. ¿Cómo quieres que lo hagamos?
—Tendrás que trepar.
Asiento, intentando evitar que me tiemblen las manos. Rodeo a Chumana por el costado izquierdo, pasando lo suficientemente cerca como para ver los callos que tiene en la piel.
—Necesitaré algo de luz —le digo desde atrás—. Supongo que no podrías... prenderle fuego a algo, ¿no?
—No —responde la dragona con un gruñido —. A menos que quieras que las dos volemos por los aires.
—Ya veo —digo, algo menos decidida—. Encenderé las lámparas.
Enciendo las viejas lámparas de gas de la pared y luego levanto la vista hacia Chumana. Las enormes alas le tiemblan a los lados del cuerpo; llenarían toda la habitación si las abriera. Tiene el lomo cubierto de unas escamas en forma de cúpula.
Agarro fuerte la espada con una mano.
—Bueno, voy a...
—Hazlo ya.
Apoyo un pie en la base de la cola de Chumana.
«Oh, Marquis, si pudieras verme ahora mismo».
Subir resulta más fácil de lo que me esperaba.
Las escamas de Chumana me proporcionan agarre para las manos y los pies: es algo parecido a ascender por un despeñadero.
Cuando toco la piel entre las escamas con los dedos, noto que está templada, casi caliente al tacto.
Chumana huele a animal, y a humo de dragón, y a libros viejos.
Me paro en lo alto de su lomo, sentada a horcajadas sobre su grupa.
El detonador está situado estratégicamente en la base de las alas, rodeado de un grueso tejido lleno de cicatrices.
¿Cómo debe de sentirse con un pedazo de metal fundido en la piel?
¿Les dolerá menos a los dragones, que tienen una temperatura corporal tan alta? Espero que así sea.
—Chumana —digo de pronto—. ¿Cómo funciona este detonador?
Ella se mueve ligeramente, y tengo que agarrarme a su ala para no caerme.
— Debes tener cuidado —me dice—. Los cristales del detonador son sensibles a los golpes, así como al calor. Cuando lo hayas quitado, que no se te caiga.
Siento que el corazón se me acelera. ¿Así que podría matarnos a las dos?
—Pero ¿cómo funciona? —insisto—. ¿Qué es lo que te ha impedido escapar todo este tiempo?
—La fricción —dice ella, con un gruñido—. Si echáramos a volar, el movimiento de mis alas activaría el detonador. Y si eso fallara, el aumento de mi temperatura corporal, provocada por el incremento de la frecuencia cardíaca, haría que los cristales reaccionaran. Es un ingenioso invento humano.
Me quedo mirando la letal caja plateada, intentando no pensar en la crueldad que supone contener la necesidad innata de volar de un dragón con la amenaza de una muerte segura.
—¿Estás lista? —pregunto, y Chumana me responde con un gruñido.
Es la primera vez que uso una espada. Paso un dedo por el tejido cicatrizal. ¿Y si penetro demasiado y Chumana se desangra? Entonces me río de mi propia ocurrencia. Como si yo, Viv Featherswallow, fuera capaz de matar accidentalmente a un dragón.
Me apoyo en las rodillas y sostengo el mango de la espada con ambas manos.
Luego apoyo el filo de la hoja contra la piel y aprieto con fuerza.
Del corte brota una sangre roja. Chumana no se mueve.
Clavo la espada aún más. Cuando siento el contacto de la caja, corto por debajo, hendiendo la carne como si fuera mantequilla.
Chumana sisea con fuerza en el momento en que retiro la caja, manchada de sangre, sosteniéndola en mi mano izquierda.
«Que no se te caiga» .
Tiro la espada al suelo y me deslizo por el lomo de Chumana lentamente, sin apartar la vista del detonador.
Sobre la silla del escritorio hay un cojín comido por las polillas.
Apoyo el detonador encima con sumo cuidado.
Respiro hondo y me giro hacia Chumana con una sonrisa de satisfacción.
Ella abre los ojos y me observa. Acabo de liberar a una dragona criminal que se negaba a aceptar el Acuerdo de Paz firmado entre mi especie y la suya. ¿Quién me dice que respetará el trato?
—¿Por qué quieres quemar el despacho de Wyvernmire?
—Contiene pruebas de que mis padres son rebeldes —respondo—. Necesito que desaparezcan.
Chumana agita los bigotes que tiene en el morro y baja la cabeza.
—Entonces considera que ya han desaparecido, niña humana.
De pronto despliega las alas, derribando estanterías como si fueran fichas de dominó. Tienen púas en las puntas y son fuertes como el hueso, pero la membrana parece fina como el papel y ligera como una pluma.
—Chumana —le pregunto, de pronto—. ¿Cuál es tu máxima?
Si me oye, no lo demuestra. Corro tras ella, pero la dragona sale a la terraza y, sin previo aviso, se lanza hacia delante y echa a volar.
Sus garras golpean contra las paredes del antepecho, derribándolas y haciendo caer fragmentos al suelo con un estruendo que resuena en todo el campus.
Se lanza en picado, haciendo esfuerzos para recuperar el equilibrio.
A media caída se para, flota en el aire y luego agita las alas y vuela.
Me río, sintiendo la adrenalina que me corre por las venas, mientras observo cómo la dragona se empequeñece hasta convertirse en una forma oscura rodeada del brillo de las estrellas. ¿Cuánto tiempo haría que no volaba? No sabría ni hacer un cálculo.
Me limpio la sangre de las manos con los pantalones y bajo en el ascensor.
Tengo que estar de vuelta en Fitzrovia antes del amanecer, pero eso me deja tiempo suficiente para ver con mis propios ojos cómo cumple Chumana con su parte del trato.
Wyvernmire no está en su despacho, así que no saldrá herida.
Luego, una vez destruidas las pruebas de los delitos de mi familia, recogeré a Ursa de casa de Sophie y los esperaré a todos en casa.
Salto el muro otra vez, dirigiéndome hacia Westminster en plena noche, con el corazón lleno de esperanza.