Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

La biblioteca se encuentra en la torre norte de la Universidad de Londres.

Todas las puertas y las ventanas están envueltas en sombras y las grandes rejas de hierro se alzan imponentes en la oscuridad.

Pero yo sé que son solo para aparentar. Me cuelo trepando el muro sin hacer ruido; mis zapatos de cuero se hunden con suavidad en la hierba.

Las puertas de roble de la torre están cerradas a cal y canto, así que rodeo el lateral del edificio hasta una pequeña ventana iluminada por una farola.

Paso un dedo por el marco. Siento el cortaplumas de papá en el bolsillo, frío y pesado.

Lo abro y apoyo la punta entre el marco de la ventana y uno de los paneles de cristal.

Es algo que vi hacer a papá una vez, cuando Ursa se encerró en el cobertizo del jardín porque no quería empezar las clases. Él la sacó de allí y le explicó que la educación le serviría para asegurarse una buena profesión que le permitiera permanecer con la familia toda la vida.

Cuando la hoja entra en contacto con la goma, noto que la resistencia disminuye.

Empiezo a cortar, tirando del cortaplumas arriba y abajo, recorriendo el perímetro del panel.

Papá es más delicado con Ursa de lo que solía ser conmigo.

Tenía seis años cuando intercambié mi pase de clase con Vera Malloy, del barrio de tercera clase del otro lado de la plaza.

Para nosotras fue un juego, pero el juego perdió toda su gracia cuando llegó un coche patrulla de los guardias y Vera salió corriendo con mi pase colgado del cuello.

El guardia me preguntó qué hacía yo, Vera Malloy, en un barrio de segunda clase sin una autorización.

Me quedé helada, pero en lugar de arrestarme el guardia me llevó al barrio de Vera y me dejó en una calle que no conocía.

Así que le grité en wyrmerio, y en varias lenguas dracónicas más, y le pregunté cómo podía conocer tantas si iba a una escuela de tercera clase.

«Tu dominio de los idiomas te ha salvado, Vivien, y volverá a salvarte», me dijo papá. Pero a partir de entonces me prohibió volver a jugar en la calle.

El panel de cristal oscila al introducir la hoja del cortaplumas debajo, hasta que se suelta.

Lo apoyo en el suelo con delicadeza, meto la mano por el agujero y tiro de la manilla por dentro.

La ventana se abre y me cuelo por el orificio, rozando la pared con los zapatos sin querer.

En todas mis fantasías de infancia sobre la Universidad de Londres, nunca me había imaginado colándome como una ladrona.

Estoy de pie tras el mostrador del bibliotecario, en un rincón rodeado de estanterías repletas de libros.

Me abro paso en la oscuridad, caminando por los tablones gastados del suelo, hasta que llego al vestíbulo de la entrada y encuentro el ascensor; me meto dentro y cierro las puertas metálicas.

Tiro de la palanca hacia la izquierda. El ascensor empieza a subir y veo pasar los pisos por la pequeña ventana.

En el piso más alto se detiene con una sacudida. Salgo y me encuentro al pie de una escalera de caracol. Ya la he subido una vez, por una apuesta.

«¿A que no tienes agallas para subir y ver el dragón por ti misma?», había dicho Marquis.

Yo había subido por las escaleras y había llegado hasta la cárcel del dragón, para consternación de mi primo, y había bajado muy rápido. Solo por demostrar que era capaz. Ahora, rozando la barandilla curva, vuelvo a emprender el ascenso.

Cuando llego a la sala circular, una brisa fría hace que me estremezca.

Los ojos se me van de inmediato a la fila de librerías junto a las que vi tendido el dragón la última vez, y busco su silueta a la luz de la luna.

Pero ahí no hay nada. Unos escalones llevan a una pasarela elevada que da acceso a las librerías más altas.

Me pregunto qué tipo de libros habrá en ellas; no pueden ser muy importantes si los han dejado ahí arriba.

Un olor dulce, como de podrido, hace que se me revuelva el estómago. Doy un paso adelante y piso algo que cruje. Es una calavera blanca, de algún mamífero pequeño, quizá un gato. Debe de haberse aventurado aquí en busca de ratones y ha acabado convirtiéndose en presa.

O eso, o los encargados del mantenimiento han empezado a darle sus animales de compañía al dragón para que se los coma.

Siento en el estómago la presión de los nervios. Tengo que hacerlo. No hay otra opción. Esa idea me ayuda a hacer acopio de valor. Pero ¿dónde está el dragón?

Camino por el pasaje abovedado que tengo delante.

Lleva a una segunda sala, más grande que la anterior.

Piso la alfombra, que cruje bajo mis zapatos.

No es una alfombra. Es una enorme piel de dragón, pálida y frágil como el papel.

A la derecha hay un escritorio abandonado cubierto de excrementos de pájaro y a la izquierda un viejo cartel descolorido.

SOLICITUDES DE CONO CIMIENTOS , dice.

Los estudiantes más mayores me han dicho que el dragón de la biblioteca fue juzgado por rebelarse contra la creación del Acuerdo de Paz porque se negaba a ser gobernado por las leyes de los humanos.

Así que lo enviaron aquí a servir a los humanos, el peor castigo que podían infligirle.

Su sentencia fue tener que aportarles a los estudiosos conocimientos relevantes sobre historia.

Al fin y al cabo, una criatura que ha vivido siglos puede proporcionar mucha más información que cualquier libro.

Pero aquello tuvo efectos indeseados, porque el dragón estuvo a punto de matar a un estudiante.

Supongo que ahora simplemente lo dejarán aquí hasta que muera.

Levanto la vista hacia el tejado de la torre, pero no se mueve nada, salvo una paloma que está haciendo el nido.

Al doblar la esquina, una ráfaga de viento me golpea el rostro.

La pared ha sido derribada, creando una abertura hacia las terrazas exteriores de la torre, como una herida abierta hecha de piedra caliza y metal mellado.

Siento que se me eriza el vello de la nuca.

Es como si de pronto la estancia se hubiera quedado sin oxígeno.

Allí delante, de espaldas, está el dragón, llenando todo el espacio.

Desde el antepecho, mira en dirección al campus y la ciudad.

Tiene la puntiaguda cola enrollada en torno al cuerpo como si fuera un gato, y la piel, de un color rosa intenso, cubierta de escamas que brillan como el cristal a la luz de la luna.

Es el dragón más grande y más aterrador que he visto en mi vida.

En un viaje de investigación con mamá que apenas recuerdo, una vez dormí entre guivernos amistosos, y sus cuerpos desprendían calor, como enormes soles ronroneantes.

Durante los ataques aéreos con zepelines de la Gran Guerra, vi los dragones que defen dían sus posiciones en Fitzroy Square, los que hacían cola en Blackfriars a la espera de que les colocaran las armaduras, y desviando las bombas que lanzaban sobre Westminster.

Pero esto es completamente diferente. Este dragón es un criminal condenado. ¿En qué demonios estaba pensando? Retrocedo lentamente, pero golpeo una piedra con el pie.

«Mierda».

Aprieto los dientes con una mueca al oír el ruido de la piedra rodando por el suelo. El dragón mueve ligeramente la cola. ¿Cuánto tiempo hará que sabe que estoy aquí?

«Al menos ahora no puedes escapar», pienso.

Me aclaro la garganta e intento mantener la voz firme.

—¿Eres el dragón de la biblioteca? — pregunto, con la voz de una niña asustada. El dragón emite un murmullo, como un ronroneo.

—¿Qué otro dragón podría ser?

Me habla en inglés con un acento eslavo. ¿Será búlgaro?

Desde luego, es la peor idea que he tenido nunca. Trago saliva.

—Me preguntaba...

—No he aceptado solicitudes de conocimientos desde 1903.

Tiene la voz áspera, pero suave; indudablemente, es una hembra. La dragona se gira de pronto, agitando su enorme cabeza. También tiene el rostro cubierto de enormes púas, y luce unos anillos blancos en torno a los ojos.

—No he venido a hacer una solicitud de conocimientos —me apresuro a decir.

Ella emite un gruñido que hace vibrar el suelo bajo mis pies.

—Bueno, pues es una suerte —dice ella—. Te habría arrancado la lengua si así fuera.

Siento que se me encoge el estómago.

—¿Eso es lo que le hiciste al último estudiante que subió aquí arriba?

—No sé, no lo recuerdo.

—La memoria de un dragón tiene una capacidad para conservar datos diez veces mayor que la del cerebro humano — respondo—. Y parece ser que los humanos de por aquí se acuerdan de eso bastante bien.

¿Me concederá un último deseo antes de morir? La dragona mueve la cola mientras me mira, con unos ojos como brillantes esferas de ámbar. Por encima de sus enormes garras tiene varias filas de plumas de un negro sedoso. Es bella, pero tiene cicatrices en las patas y un tono cetrino en la piel.

—Estás prisionera —constato, señalando la minúscula caja plateada que sé que lleva fijada entre las alas. Es un detonador, adherido a la piel de la bestia y cargado con explosivos.

—Qué observadora.

—¿Eres una dragona búlgara? —pregunto, recordando los dibujos de las diferentes especies que hacía Marquis—. ¿Una bolgorith?

—¿Y si lo soy?

— Moyava maìka izlydane e v Bolgor —le digo en slavidraneishá.

«Mi madre es de Bulgaria».

—La niña habla un idioma dracónico.

La emoción me embarga de pronto. Ha entendido lo que le he dicho. Por primera vez en mi vida, estoy hablando dracónico con un dragón de verdad.

— Hablo slavidraneishá, wyrmerio, harpentesa, drageoir, draecksum y un poco de komodonés. Y varias lenguas humanas, obviamente.

Me coloco un mechón tras la oreja y respiro hondo.

—¿Cómo te llamas?

La dragona suelta un profundo suspiro.

—Yo me llamo Vivien —le digo.

—Yo soy Chumana.

—¿Doncella Serpiente? Esa es la traducción directa, ¿no?

—¿Qué es lo que quieres, niña humana?

Trago saliva. Esta conversación podría acabar muy mal. Chumana ya ha intentado matar a un estudiante antes. ¿Quién me dice que no vaya a hacerlo otra vez?