Capítulo 2 #3
Diez minutos más tarde salgo de la casa con Ursa, que está profundamente dormida, en brazos.
Mina maúlla, compungida, desde el interior de la cartera del colegio de mi hermana, donde he metido una muda y su osito preferido.
El aire de la noche es frío y en la calle impera un lúgubre silencio.
En el cielo, muy por encima de la luz de las farolas, distingo la silueta de un dragón que atraviesa el cielo.
Tengo suerte de que Marylebone esté a solo un paseo y de no tener que abrirme paso por ningún barrio de tercera clase para llegar.
Un póster me mira desde una parada de tranvía, con la imagen de una familia respetable sonriendo cándidamente mientras un rebelde con cola de dragón, armado con una pistola, les arrebata a su hijo desde atrás.
Los jóvenes manifestantes que vimos Marquis y yo debían de haber sido víctimas de la radicalización, pero mis padres son capaces de pensar por sí mismos: ¿cómo han podido llegar a implicarse de esa manera?
Los padres de Sophie viven en una modesta casa de ladrillo rojo con un manzano en el jardín. Recorro el camino de entrada de piedra, con los brazos doloridos por el peso de mi hermana. Doy unos golpecitos al picaporte de latón y espero.
Silencio.
Echo una mirada por encima del hombro. Entonces se enciende una luz en el recibidor. Abel me abre la puerta. El padre de Sophie tiene el cabello gris y el rostro arrugado por la edad, el sueño o tal vez el trauma de haber perdido a su única hija.
—¿Vivien? —susurra, buscándome en la oscuridad—. ¿Eres tú?
—Sí —respondo, casi sin voz—. Abel, tengo problemas.
Abel abre más la puerta, indicándome que entre con un gesto, pero yo niego con la cabeza.
—No hay tiempo —digo, consciente del temblor de mi voz—. Han detenido a mis padres. Los acusan de desobediencia civil o algo así, pero tengo una idea que podría salvarlos. ¿Podéis quedaros con Ursa?
El padre de Sophie parpadea.
—¿Abel?
Su esposa aparece en el umbral, vestida con una bata de franela.
—¿Vivien?
—Necesito que os quedéis a Ursa —digo, sin poder contener un sollozo—.
Necesito que os ocupéis de ella hasta que regrese, probablemente mañana, pero si no es así necesito que la protejáis y necesito saber que estará bien, porque si no, podría...
—Se me quiebra la voz. Alice me mira a mí y luego a su marido, horrorizada.
— Vivien —dice Abel, lentamente—. Si han detenido a tus padres, no hay nada que puedas hacer...
—Lo que no puedo es no hacer nada —replico, levantando la voz, y Ursa se sobresalta. Bajo la voz—. Mi familia morirá.
—No, si son inocentes.
—Sophie era inocente —responde Alice, airada—. Y Dios sabe dónde estará ahora.
Abel parece venirse abajo al oír el nombre de su hija.
— Alice, si los guardias vienen a investigar...
—Entonces no encontrarán más que a un padre y una madre sin hija que cuidan a una niña sin padres. —Alice alarga los brazos para coger a Ursa—. Dámela, querida.
Contengo el llanto mientras me retiran de las manos el peso de mi hermana dormida.
—Vivien, creo que no eres consciente de lo peligroso que es transgredir la ley —dice Abel, clavando sus ojos azules en los míos—.
Nuestra Sophie... —Hace una pausa y se agarra al marco de la puerta—.
Sophie intentó volver a casa varias veces después de que la degradaran.
Los guardias se la llevaban de vuelta a Camden cada vez, a su barrio de tercera clase, pero ella siempre volvía.
Y nosotros se lo permitimos. Alice... Alice incluso intentó ocultarla. Y ahora ya no está.
Siento una presión en el pecho.
—¿Qué queréis decir con eso de que no está? ¿Adónde se ha ido?
—El ayuntamiento nos dijo que se había trasladado a otro barrio por trabajo, pero ella no ha vuelto a escribirnos. Si eso fuera cierto, nos habría escrito, ¿no?
Me mira como si yo pudiera saber qué piensa Sophie, o al menos dónde está. Lo único que puedo hacer es asentir. Sophie nunca abandonaría a su familia.
— Ahora no desaparezcas tú también —me dice Alice, con los ojos cubiertos de lágrimas.
Le entrego la bolsa de Ursa a Abel, y Mina suelta un bufido.
—La gata... —murmuro, con tono de disculpa— tiene el pase de clase de Ursa alrededor del cuello. Volveré a por ella, lo prometo.
Alice asiente, envolviendo a Ursa con la manta y dándose la vuelta.
Al ver desaparecer su cabecita dorada en el interior de la casa no puedo contener las lágrimas.
Abel espera pacientemente a que me recomponga, y de pronto me doy cuenta del tiempo que ha pasado desde que entré por última vez en esa casa.
Los recuerdos amenazan con desbordarse, ahora teñidos de culpa.
La ventana del dormitorio de Sophie se ilumina y sé que debo marcharme.
Alice se ha llevado a Ursa sin pensárselo dos veces.
¿Lo habría hecho igualmente si supiera que Sophie estaba desaparecida por mi culpa?
¿Si supiera que soy la responsable de la ruina de su familia?
—Ten cuidado, Vivien —dice Abel.
Asiento antes de volver a recorrer el camino hasta la calle, tensando la correa de la bolsa que llevo en bandolera. Tengo una larga noche por delante. Necesito un dragón, un dragón con un buen motivo personal.
Afortunadamente para mí, sé exactamente dónde encontrarlo.